jueves, 5 de marzo de 2026

EL BOSQUE CAÍDO

José Joaquín Rodríguez Lara

https://elpostigodelara.blogspot.com

Durante mucho tiempo han sido un ejemplo de orden y de progreso. Los postes del teléfono, o y del telégrafo, espaciados a trechos perfectamente regulares, más rectos que la ley, ordenados en fila india, con sus jícaras aisladoras y sus cables enhebrando los pueblos en un collar de palabras, montando guardia a lo largo de las carreteras, no eran un accidente en el paisaje, eran el paisaje mismo. Durante la noche, la luz de lo automóviles se reflejaba en el hilo de los mensajes advirtiendo, con varios kilómetros de antelación, que por aquella carretera solitaria se acercaba un vehículo.
Todos y cada uno de estos maderos estaban en permanente estado de revista. Ya no lo están. Hace muchos meses que los palos del tendido telefónico se encuentran abandonados. Nadie los cuida. Se caen sin necesidad de que los zarandeen las borrascas. Muchos yacen tumbados sobre el suelo. Otros se echarán a dormir más pronto que tarde. Son un ejército derrotado por la obsolescencia. Por la falta de rentabilidad. Son viejos y la vejez es un estorbo. Por eso arrastran sus cables y sus jícaras sobre los terrones. Es un bosque caído. ¿Definitivamente, ya no sirven para nada? ¿Han perdido toda su utilidad? ¿Volverán a prestar servicio alguna vez?
Si es así, si su baja solamente es temporal, que sus propietarios vuelvan a ponerlos en pie, pues tumbados en el suelo o a punto de caer son un peligro para las personas, para los animales y para los vehículos. Aunque no estén electrificados. Y si carecen de cualquier utilidad, que los quiten de los campos, ya que en su estado actual constituyen un grave peligro para las personas, para los animales y también para los vehículos. ¿Dónde carajo está la Administración que no toma cartas en el asunto y ordena volver a elevar los cables o a retirarlos si han dejado de necesitarse? ¿Con tanta rapidez viajan los políticos por las carreteras que no contemplan el paisaje? ¿No ven los postes caídos?
Ya sé que entrasteis en política huyendo del trabajo, pero leche, ¿para qué queréis a los asesores y a los cargos intermedios cuyos sueldos pagamos entre todos?

martes, 24 de febrero de 2026

Versos para conversos


José Joaquín Rodríguez Lara

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En aras de la igualdad,
de la justicia y del progreso,
llamaré yo besa al beso
y lealto a la lealtad.

Si Almudena te nombro
no ha de faltar Almudeno,
que nunca ha sido bueno
dejar sin sombra al asombro.


domingo, 22 de febrero de 2026

QUE LO SEPAS

José Joaquín Rodríguez Lara

Aquí estoy
y no sé
por qué he venido.
Pero de aquí
no me voy,
si no te vienes
conmigo.

domingo, 8 de febrero de 2026

 Pérdidas irremplazables


José Joaquín Rodríguez Lara

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Se ha venido abajo una tapia en el huerto. Una viejísima tapia de tierra apisonada a golpes. Cuando yo era niño ayude a hacer tapias. En la casa de un vecino al que apodaban el Chifle. En mi pueblo. Barcarrota. Así que sé muy bien como se hacen. Es muy sencillo, aunque bastante pesado. Se humedece la tierra y se va colocando en unos moldes de madera. Cada capa de tierra se apisona con fuerza, con un pisón especial, de madera, para que la tierra forme un cuerpo sólido.

    Las tapias se construyen a trechos. Con trozos de tapial que se levantan adosados unos a otros. Así forman un muro muy resistente. El peor enemigo de la tapia es el agua. La humedad. Si la tapia se moja en exceso, la tierra apisonada pierde cohesión y la tapia se viene al suelo por su propio peso. Esto es lo que ha ocurrido en el huerto. Yo podría reconstruirla. Levantarla y dejarla igual que la construyeron hace un par de siglos. Incluso emplearía la misma tierra, amontonada ahora en el suelo, justo a los pies de donde se mantuvo, altiva y airosa, durante tantos años. 

    Podría, pero no puedo. Me faltan los tableros del molde. Y los travesaños que los atraviesan y los conectan manteniéndolos separados. En paralelo. Ni siquiera tengo el pisón. Tendremos que encargar la construcción de un muro de otro tipo. Con materiales modernos. Aunque procuraré que parezca lo más rústico posible.

    La tapia del huerto no ha sido la única víctima de las borrascas. El vendaval ha descuajado las dos mejores encinas de Los Cañuelos. Las he visto desde la carretera. Arrancadas por la pata. Tendidas sobre la hierba como dos soldados caídos en el campo de batalla. Ignoro si habrá más víctimas. Todavía no he podido subir al cerro para hacer recuento.

    Además, los arroyos se han desbocado y se han llevado por delante los caminos. No se puede transitar por ellos. Dicen que no se han registrado daños personales. En el cuerpo seguramente no. En el ánimo sí. Cualquier encina es para mí un ser querido. Y su muerte, una pérdida irreparable. Estar convencido de que, con los años, otra encina la reemplazará no me consuela. Porque también sé que cuando esa nueva encina comience a dar frutos, yo ya no estaré allí para verla.

lunes, 2 de febrero de 2026

Enemigo al que no se ve venir

José Joaquín Rodríguez Lara

Cuando la dehesa arde, las raíces permanecen y las encinas, lo mismo que los alcornoques, vuelven a brotar.
    Cuando el huracán arrasa, los árboles, muchos de ellos con centenares de años, se quedan volcados, con las raíces al aire, sin tierra para seguir viviendo.
    El incendio es malo para la dehesa, pero el vendaval es tanto o más dañino.
    Y no caben cortafuegos ni previsoras brigadas de salvamento.
    A las llamas se las ve venir. El viento solamente se siente cuando pasa sobre ti.

viernes, 30 de enero de 2026

 NO LO DUDE


José Joaquín Rodríguez Lara
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Llueve a mares
pero el verano
muge, escarba
y calienta ya
en los corrales.


miércoles, 28 de enero de 2026

 Memoria de ti


José Joaquín Rodríguez Lara

https://elpostigodelara.blogspot.com/


Escucho en la radio que piden testimonios de la audiencia sobre lo más extraño, lo más sorprendente, lo más inquietante, lo más... que quienes escuchan la petición se han encontrado en los bolsillos. En sus bolsillos. La propuesta es una estrategia, como tantas otras, para hacer que quienes escuchan el programa se sientan partícipes de su contenido. Pero el asunto me atrae. No por el programa. Sí por los bolsillos.

    Me atrae tanto la propuesta que, aunque no llamé a la emisora, porque no tenía el teléfono y, además, estaba conduciendo por la carretera mientras arreciaba la borrasca, decidí dedicarle una entrada por escrito en este blog. Esta entrada.

    ¿Qué es lo más que he encontrado yo en mis bolsillos? ¿Un pitillo? He fumado tan poco, ni siquiera una cajetilla completa, que no creo. ¿Una moneda? No recuerdo haber encontrado jamás dinero en mis bolsillos? Haberlo encontrado significaría que le había perdido la pista, y no es el caso. En mis bolsillos puedo haber encontrado la cuerda de un repión, un agujero directamente comunicado con la entrepierna, el capuchón de un bolígrafo, un bolígrafo sin capuchón, un par de bolindres, incluso una canica cristaleja...

    Poca cosa como puede verse. Nada extraño ni inquietante ni sorprendente. Me hubiese gustado encontrar tu aroma en mis bolsillos. Meter la mano y sacar un puñado de ti. De tu olor. Sin fragancias ni perfumes ajenos. O encontrar en el fondo de mi faldriquera una carta. Una carta con tu dirección y mi remite. Ambos textos escritos a mano. Con inquietud. Como la propia misiva. Una carta ya cerrada y con el sello pegado en su rostro de carta lista para enviar. Una carta llena de palabras que solamente te pudiera decir en una carta escrita y franqueada para no depositarse jamás en los brazos de Correos. Para que  quedase en mis manos. En mi bolsillo. Para que no llegase nunca nunca nunca a las tuyas. A la luz de tus ojos. Una carta destinada a tenerte siempre conmigo. Tú, tal como eres, escrita es un pulcro papel de carta. Con renglones pautados. Dentro de un sobre blanquísimo.

    Los bolsillos son la memoria de las prendas con las que no vestimos. En la penumbra de los bolsillos se nos almacenan los recuerdos. Esos que van siempre con nosotros, como una sombra de lo que alguna vez fuimos. Me hubiese gustado tanto encontrar memoria de ti en mis bolsillos que no dejo de buscarte.