- Me río de quienes aseguran que el periodismo
consiste en hacer público aquello que se desea mantener
en secreto. Semejante afirmación me parece una soplapollez.
Hay infinidad de cuestiones que se desea mantener ocultas
y que carecen de interés público,
porque son auténticamente privadas
y no tienen repercusión social.
¿Qué importancia tienen los amores y desamores
de las personas a las que se suele considerar anónimas?
¿Qué trascendencia hay que concederle a la pura intimidad
de las personas famosas?
Si el periodismo consistiera en publicar
lo que se desea mantener en secreto,
las mejores periodistas de este país serían Belén Esteban
y demás cotillas.
Y no es así.
El periodismo es ir, verlo y contarlo.
Pero no cualquier asunto.
Solamente los que tienen importancia
para el funcionamiento de la sociedad.
jueves, 22 de octubre de 2026
miércoles, 21 de octubre de 2026
- La rueda de prensa es la tumba del periodismo.
sábado, 10 de octubre de 2026
Otra palabra muerta
José Joaquín Rodríguez Lara
No me considero propenso a las expresiones escatológicas. Es más, detesto todo lo escatológico. Sin embargo, después de muchísimos años de haberla olvidado, y no sé debido a qué sinrazón, me ha vuelto a la memoria la palabra bufo. Cuando yo era niño, en mi pueblo, Barcarrota (Unión Europea), la gente no se peía. Se bufaba. Actualmente, la palabra casi no se usa. Ni en mi pueblo ni en boca alguna. Con ese sentido, al menos.
La Real Academia no la recoge y para buscarle un reconocimiento oficial es necesario adentrarse en el Tesoro de los Diccionarios Históricos de la Lengua Española, en el Diccionario Extremeño del profesor don Antonio Viudas Camarasa -valor y al toro, amigo Antonio, que es una mona- o en el Vocabulario Extremeño de Francisco Santos Coco en los que se dice que el término bufo proviene del portugués y se utiliza en las islas Canarias y en Extremadura para referirse específicamente a los pedos mudos y especialmente hediondos.
Así, tal cual, como debe ser. Porque eso es un bufo, un pedo sin alharacas. La gente se bufa, aunque lo haga clandestinamente, porque pederse -de pedo- suena mucho peor. Dónde va a parar.
Así están las cosas en este país de mierda y algo habría que hacer para que el bufo vuelva a ser una ventosidad de curso legal, en vez de un epitafio en el camposanto de las palabras muertas, que a eso huele.
ESTRAMBOTE.-
El sábado día 9, minutos después de haber publicado este articulino en el blog, le envié un mensaje por guasá al profesor Antonio Viudas. Para notificarle que lo mencionaba en el texto y, sobre todo, para darle ánimos en la lucha a muerte que mantenía contra el cáncer. No llegó a leerlo. Rosa María Lencero, su compañera de vidas y de literaturas, me comunicó el lunes que Antonio había muerto aquella misma mañana. Viudas Camarasa, aragonés de nacimiento, ha sido un firme defensor de Extremadura y de su cultura. Especialmente lingüística. Su Diccionario Extremeño continúa siendo una obra de referencia. Adiós amigo Antonio.
domingo, 4 de octubre de 2026
Nosotros
José Joaquín Rodríguez Lara
En general se considera que las mujeres son más habladoras que los hombres. Disfrutan hablando entre ellas. El hecho de haber pasado muchos siglos, si no retenidas, al menos sí confinadas en el interior de las viviendas, en el serrallo, en la cocina, en los costureros..., les ha hecho encontrar en la conversación una espita para salir de su aislamiento. Ya no están aisladas, pero practican la conversación con ahínco, como si fuera un deporte. Hasta en la calle. Es más usual ver grupos femeninos hablando durante horas, incluso en pie, que de hombres. Hacen bien. Se lo merecen. Se lo han ganado a pulso.
Debido a que la voz de la mujer fue recluida durante mucho tiempo, alejada de las practicas sociales del hombre, el lenguaje, el diccionario, formalmente es muy poco, casi nada, inclusivo y basta cambiar la terminación de algunas palabras -o por a- para convertir un elogio hacia el varón en un insulto a la mujer. Verbigracia: hombre público y mujer pública.
La Real Academia se esfuerza en solucionar el problema, pero más parsimoniosa, lenta al fin, que la Academia de España únicamente hay una institución en el mundo: el Vaticano. Así que las cosas de palacio van despacio y las del casoplón de Podemos, demasiado rápidas. Buscar el atajo de la e -niñes- o de la arroba -ciudadan@s- me parece ridículo y tan condenado al fracaso como cuando el general Franco, que no era de Podemos, pero podía mucho más que todo el podemismo actual junto, ordenó que al coñac se le llamase jeriñac. Se murió sin conseguirlo.
Tengo la impresión de que quienes pretenden redactar un diccionario completamente inclusivo tienen mucho menos interés en aprender que en conseguir que les aprueben sus ocurrencias. La Academia afirma que al decir niños nos referimos también a las niñas. Yo creo que no. Pero en modo alguno abogo por el uso de niñes, de niñ@s ni demás ridículas invenciones. En el diccionario de toda la vida hay expresiones como chiquillería, criaturas, población infantil y otras que incluyen a las niñas y a los niños sin ridiculizar ni a unas ni a otros. Y lo mismo pasa con ciudadanos y ciudadanas. El diccionario nos ofrece soluciones muy sencillas: ciudadanía, población... Me asombra y me irrita que teniendo la solución en la mano se ahonde en el problema.
viernes, 2 de octubre de 2026
- Para alguien que se considera profundamente español,
lo ideal sería ser argentino por la mañana,
brasileño por la noche
y uruguayo en cualquier momento del día.
martes, 25 de agosto de 2026
- Tanto el sexo como el laurel
son aliños sobrevalorados.
lunes, 17 de agosto de 2026
La churrería de mi pueblo
José Joaquín Rodríguez Lara
Lo mismo que le ocurre a usted, y a la mayoría de las personas que conoce, yo he comido jeringas de churrerías muy diversas. Antes de que se extendiera el uso de términos como churros y porras, en mi pueblo, Barcarrota (Unión Europea), toda la población llamábamos jeringas a lo que los doctos inmortales de la Real Academia Española de la Lengua se empeñan en nombrar tejeringos.
Jeringa es el término que me parece más correcto para denominar a estos populares frutos de sartén. Y tengo razones varias para opinar así.
En primer lugar, las jeringas se hacen con una jeringa, ya sea esta manual y artesana, es decir, sobaquera, o eléctrica y sin alas. La masa del tejeringo sale siempre de una jeringa.
En segundo término, la palabra jeringa es la más perecida al académico tejeringo.
Y en tercer orden, cambiar el idioma para nombrar a lo que ya tiene nombre y cuenta con una honda tradición me parece un actitud desdeñosa propia de personas pretenciosas, afectadas y embargadas por complejos de inferioridad. Dixit.
Cuando yo era un muchacho, que ciertamente lo fui y disfruté siéndolo, en Barcarrota había muchas churrerías. Estaban distribuidas por los diferentes cuarteles del callejero local. Las había en la Plaza del Altozano, al amparo de un árbol, bajo el arco superviviente al cerramiento porticado de la Plaza de España, junto a la Plaza de los Corredores, donde se crio y moceó el padre del campeón Alberto Contador, en el Muelle... Incluso se vendían jeringas de forma ambulante por las calles. Eran churrerías muy modestas. Algunas se reducían a un caldero, una hornilla, el baño para tener la masa protegida con un paño blanco y una tapadera de tablas así como, por supuesto, el montón de leña, de encina a poder ser, para calentar el aceite.
Ya no hay tantas churrerías como había. Ni en Barcarrota ni en sitio alguno. Eso sí, en mi pueblo hay una que destaca sobre las que hubo, hay y seguramente habrá. Está situada en la antigua travesía de la carretera de Huelva, en la salida hacia Badajoz, en instalaciones que fueron de la desaparecida fábrica de la harina. El local, enmarcado en ladrillo visto, tiene la elegancia y la belleza de la sencillez. Es muy amplio para ser una churrería. Además de jeringas ofrece todo tipo de tostadas, cafés, infusiones y zumos. Incluso da cabida a los niños pequeños. Es un lugar muy cómodo para desayunar; sentado a alguna de las muchas mesas que hay en el interior del establecimiento, sobre los taburetes dispuestos a pie de barra o en los veladores que ocupan la terraza exterior, protegida por una verja de forja que la separa de la carretera.
Me gusta la churrería de mi pueblo. Me gusta mucho. Tenía ganas de decírselo a Maribel, que fríe las jeringas, ella las llama porras, y coordina el funcionamiento del equipo churrero con sonrisas y buen criterio. Dicho está. Maribel no es un miembro de mi familia; tampoco es amiga o vecina mía. Es una persona a la que he visto trabajar y me convence su aptitud. El día que empiece a llamar jeringas a las jeringas, como se hacía en la Barcarrota de mi adolescencia, no habrá quien la detenga.
La próxima vez que pase usted por mi pueblo y quiera desayunar, no lo dude: busque esta churrería. Es muy fácil encontrarla. Se llama El Bocata, pero no se lo tenga en cuenta. Un borrón lo echa el mejor de los escribanos. Y quien sabe si algún día no se llamará así, sino que su nombre será La Jeringa o El Tejeringo. En esta churrería, el nombre es lo de menos. En realidad, casi nadie la busca por su gracia, sino por las hechuras de sus instalaciones, lo apetecible de su carta y el buen servicio de su personal. Muy agradecido, Maribel.