domingo, 4 de octubre de 2026

Nosotros

José Joaquín Rodríguez Lara


En general se considera que las mujeres son más habladoras que los hombres. Disfrutan hablando entre ellas. El hecho de haber pasado muchos siglos, si no retenidas, al menos sí confinadas en el interior de las viviendas, en el serrallo, en la cocina, en los costureros..., les ha hecho encontrar en la conversación una espita para salir de su aislamiento. Ya no están aisladas, pero practican la conversación con ahínco, como si fuera un deporte. Hasta en la calle. Es más usual ver grupos femeninos hablando durante horas, incluso en pie, que de hombres. Hacen bien. Se lo merecen. Se lo han ganado a pulso.

            Debido a que la voz de la mujer fue recluida durante mucho tiempo, alejada de las practicas sociales del hombre, el lenguaje, el diccionario, formalmente es muy poco, casi nada, inclusivo y basta cambiar la terminación de algunas palabras -o por a- para convertir un elogio hacia el varón en un insulto a la mujer. Verbigracia: hombre público y mujer pública.

              La Real Academia se esfuerza en solucionar el problema, pero más parsimoniosa, lenta al fin, que la Academia de España únicamente hay una institución en el mundo: el Vaticano. Así que las cosas de palacio van despacio y las del casoplón de Podemos, demasiado rápidas. Buscar el atajo de la e -niñes- o de la arroba -ciudadan@s- me parece ridículo y tan condenado al fracaso como cuando el general Franco, que no era de Podemos, pero podía mucho más que todo el podemismo actual junto, ordenó que al coñac se le llamase jeriñac. Se murió sin conseguirlo.

            Tengo la impresión de que quienes pretenden redactar un diccionario completamente inclusivo tienen mucho menos interés en aprender que en conseguir que les aprueben sus ocurrencias. La Academia afirma que al decir niños nos referimos también a las niñas. Yo creo que no. Pero en modo alguno abogo por el uso de niñes, de niñ@s ni demás ridículas invenciones. En el diccionario de toda la vida hay expresiones como chiquillería, criaturas, población infantil y otras que incluyen a las niñas y a los niños sin ridiculizar ni a unas ni a otros. Y lo mismo pasa con ciudadanos y ciudadanas. El diccionario nos ofrece soluciones muy sencillas: ciudadanía, población... Me asombra y me irrita que teniendo la solución en la mano se ahonde en el problema.

            En el Padre Nuestro en vigor, producto de muchos cambios, se dice textualmente "perdona nuestras ofensas, / como también nosotros perdonamos A LOS QUE NOS OFENDEN". ¿Por que se ha optado por el LOS en vez de por un QUIENES que se refiere tanto a LOS como a LAS? 

            Un Padre Nuestro, la oración principal del Cristianismo, que diga "perdona nuestras ofensas, / como también nosotros perdonamos A QUIENES NOS OFENDEN" siempre será más inclusivo que la fórmula actual. ¿Cambiará la letra del Padre Nuestro el Vaticano? Seguramente. Lo ha hecho tantas veces. Pero hasta que lo haga, usted puede adelantarse y decir QUIENES en vez de LOS. Yo lo hago, pero como estoy solo en esta lucha no se entera ni Dios.

El definitiva, aprovechemos la palabras que ya existen para abrir el contenido del diccionario sin caer en incorrecciones ni ridiculeces. El diccionario es nuestra Biblia de las palabras y está llena de joyas a las que no prestan atención ni los orfebres que las fabricaron. A mi me gusta mucho la palabra nosotros. Puede parecer demasiado rotunda, excluyente, incluso egoísta. Pero en realidad es todo lo contrario. Nosotros es un término abrazador que nos incluye -nos- e incluye a -otros- que no forman parte del nos.

         

viernes, 2 de octubre de 2026

 - Para alguien que se considera profundamente español,
lo ideal sería ser argentino por la mañana,
brasileño por la noche
y uruguayo en cualquier momento del día.


martes, 25 de agosto de 2026

 - Tanto el sexo como el laurel
son aliños sobrevalorados.


lunes, 17 de agosto de 2026

 La churrería de mi pueblo


José Joaquín Rodríguez Lara


Lo mismo que le ocurre a usted, y a la mayoría de las personas que conoce, yo he comido jeringas de churrerías muy diversas. Antes de que se extendiera el uso de términos como churros y porras, en mi pueblo, Barcarrota (Unión Europea), toda la población llamábamos jeringas a lo que los doctos inmortales de la Real Academia Española de la Lengua se empeñan en nombrar tejeringos. 

    Jeringa es el término que me parece más correcto para denominar a estos populares frutos de sartén. Y tengo razones varias para opinar así. 

   En primer lugar, las jeringas se hacen con una jeringa, ya sea esta manual y artesana, es decir, sobaquera, o eléctrica y sin alas. La masa del tejeringo sale siempre de una jeringa.

   En segundo término, la palabra jeringa es la más perecida al académico tejeringo.

    Y en tercer orden, cambiar el idioma para nombrar a lo que ya tiene nombre y cuenta con una honda tradición me parece un actitud desdeñosa propia de personas pretenciosas, afectadas y embargadas por complejos de inferioridad. Dixit.

    Cuando yo era un muchacho, que ciertamente lo fui y disfruté siéndolo, en Barcarrota había muchas churrerías. Estaban distribuidas por los diferentes cuarteles del callejero local. Las había en la Plaza del Altozano, al amparo de un árbol, bajo el arco superviviente al cerramiento porticado de la Plaza de España, junto a la Plaza de los Corredores, donde se crio y moceó el padre del campeón Alberto Contador, en el Muelle... Incluso se vendían jeringas de forma ambulante por las calles. Eran churrerías muy modestas. Algunas se reducían a un caldero, una hornilla, el baño para tener la masa protegida con un paño blanco y una tapadera de tablas así como, por supuesto, el montón de leña, de encina a poder ser, para calentar el aceite. 

    Ya no hay tantas churrerías como había. Ni en Barcarrota ni en sitio alguno. Eso sí, en mi pueblo hay una que destaca sobre las que hubo, hay y seguramente habrá. Está situada en la antigua travesía de la carretera de Huelva, en la salida hacia Badajoz, en instalaciones que fueron de la desaparecida fábrica de la harina. El local, enmarcado en ladrillo visto, tiene la elegancia y la belleza de la sencillez. Es muy amplio para ser una churrería. Además de jeringas ofrece todo tipo de tostadas, cafés, infusiones y zumos. Incluso da cabida a los niños pequeños. Es un lugar muy cómodo para desayunar; sentado a alguna de las muchas mesas que hay en el interior del establecimiento, sobre los taburetes dispuestos a pie de barra o en los veladores que ocupan la terraza exterior, protegida por una verja de forja que la separa de la carretera.

    Me gusta la churrería de mi pueblo. Me gusta mucho. Tenía ganas de decírselo a Maribel, que fríe las jeringas, ella las llama porras, y coordina el funcionamiento del equipo churrero con sonrisas y buen criterio. Dicho está. Maribel no es un miembro de mi familia; tampoco es amiga o vecina mía. Es una persona a la que he visto trabajar y me convence su aptitud. El día que empiece a llamar jeringas a las jeringas, como se hacía en la Barcarrota de mi adolescencia, no habrá quien la detenga.

    La próxima vez que pase usted por mi pueblo y quiera desayunar, no lo dude: busque esta churrería. Es muy fácil encontrarla. Se llama El Bocata, pero no se lo tenga en cuenta. Un borrón lo echa el mejor de los escribanos. Y quien sabe si algún día no se llamará así, sino que su nombre será La Jeringa o El Tejeringo. En esta churrería, el nombre es lo de menos. En realidad, casi nadie la busca por su gracia, sino por las hechuras de sus instalaciones, lo apetecible de su carta y el buen servicio de su personal. Muy agradecido, Maribel.

domingo, 26 de julio de 2026

Los dioses multicolores

José Joaquín Rodríguez Lara

Creo en la existencia de vida extraterrestre. No puedo concebir que algo tan inmenso, tan complejo y tan misterioso como es el Universo sea un nido con un solo huevo fértil: la Tierra.

    Menos fe tengo en que exista vida inteligente fuera del planeta azul. Si casi no la hay en la esfera que habitamos, ¿por qué tendría que haberla en otros rincones del Cosmos?

    No rechazo que la haya, pero como no la he visto me niego a darla por existida. Y mucho menos por existente.

    Quienes creen en ovnis, platillos volantes, naves alienígenas y extraterrestres varios no parecen dudar de que tenemos vecinos en el espacio. Unas veces dicen que son verdes y bajitos, otras grises y altos, en ocasiones casi traslúcidos y casi nunca, agraciados. Hablan de ellos con una seguridad pasmosa, aunque nunca los hayan visto. No solo están convencidos de que los dioses multicolores nos visitaron hace milenios y trabajaron para nosotros -construyeron las pirámides, por ejemplo-, sino de que somos hijos suyos y viven a nuestro lado.

    No desacredito sus opiniones. Me limito a no darles crédito. Quienes estudian y difunden la cultura extraterrestre se hacen muchísimas preguntas y no nos dan ni una respuesta. Hacerse preguntas que tengan sentido no es fácil en cualquier campo de la vida. Ofrecer respuestas, aunque sean mínimamente solventes, es mucho más complicado.

    Yo, que no soy experto ni en mí mismo, me pregunto por qué razón unos seres que, supuestamente, llegaron a este planeta desde mundos distantes millones de millones de kilómetros y que tenían una tecnología muy superior a la humana solamente dejaron en la Tierra piedras labradas y otros rastro bastante pedestres. Nosotros, con medios mucho más modestos, les hemos enviado naves -la Voyager 1 y la Voyager 2- con discos de oro en los que están grabados saludos en 55 idiomas, nuestro ADN, nuestra música, la posición de nuestro planeta en el sistema solar y otras pistas muy esclarecedoras sobre lo que somos. Es decir, les hemos enviado respuestas, no preguntas.

    Pero los expertos en las visitas extraterrestres hablan con tal ardor y convencimiento de ellas que, más que estudiosos de un asunto tan crucial, parecen propagandistas, embajadores de los alienígenas, auténticos charlatanes que, a través de la televisión, unas noches nos venden platillos voladores y al día siguiente, con la misma profesionalidad y eficacia, podrían endosarnos sartenes antiadherentes. Como si en vez de informarnos sobre los ocupantes de los platillos estuviesen preparándonos para que su manifestación expresa, sea pacífica o bélica, no nos coja por sorpresa.

    Nada extraño. Las religiones del mundo, incluida la cristiana, están llenas de profetas y de profecías sobre la llegada o el regreso de los dioses. Esas erróneas creencias religiosas facilitaron, por ejemplo, la colonización de América por los conquistadores extremeños. A quienes somos terrícolas nos están convenciendo de que, más temprano que tarde, los extraterrestres se sentaran a nuestra mesa. No se sabe aún si para comer con nosotros o para devorarnos.

    

sábado, 16 de mayo de 2026

 - La familia es un rompecabezas de círculos concéntricos
 que empiezan donde comienza el cariño 
y terminan donde empieza la indiferencia.


viernes, 8 de mayo de 2026

 - No es difícil que haya inteligencia
donde falta sentido del humor.
Es imposible.