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jueves, 29 de octubre de 2015

'Edipo', una tragedia contada con humor y muchísimo arte


José Joaquín Rodríguez Lara


Esto sí es divertido, esto sí es un espectáculo, esto sí es arte, esto sí es teatro. 'Edipo'. El 'Edipo' de Sófocles. El mito clásico de toda la vida. El 'Edipo' de tantas y tantas y tantas representaciones, pero representado de un modo diferente, genial.

Sólo tres intérpretes sobre el escenario del teatro López de Ayala, de Badajoz. Jorge Cruz, Nadia Santos y Tiago Viegas. Ni un solo decorado; la escena completamente vacía. El reparto, vestido de calle, como si los actuantes hubiesen bajado a comprar el pan. Y el público, riendo, hipnotizado durante sesenta minutos justos. 

Una función de teatro puede durar algo menos, pero no necesita extenderse mucho más para satisfacer. Lo importante no es que sea larga, lo importante es que cumpla su función.

¿Qué tiene este 'Edipo' que la Companhia do Chapitô, de Lisboa, ha traido al 38 Festival de Teatro de Badajoz?

Tiene arte, mucho arte. Tiene imaginación, mucha imaginación. Tiene inteligencia, mucha inteligencia. Y tiene dominio del medio. Mucho dominio. Y el medio, ya se sabe, es el mensaje. No es lo mismo representar una obra de teatro, con palabras, con gestos, con acciones, con ocupación del espacio escénico, como hace esta compañía portuguesa, que recitarle, por no decir leerle, un texto teatral, por muy bueno que pueda parecer, a los amigos sentados en la primera fila de butacas. El teatro, o es un espectáculo o no es teatro.

En la undécima entrega del 38 Festival de Teatro de Badajoz, tres intérpretes, sólo tres, han encarnado a los numerosos personajes del culebrón clásico -que en modo alguno es un clásico culebrón-, y lo han hecho con una calidad formidable. Con humor, con eficacia y sin necesidad de tergiversar las líneas maestras del mito universal.

No es imprescindible conocer la epopeya edípica para disfrutar de esta propuesta de la Companhia do Chapitô. Pero si la conoces, si sabes algo, aunque sea poco, de Yocasta, del rey Layo, del ciego Tiresias y de la Esfinge de Tebas, entonces el gozo se multiplica.

Este 'Edipo' portugués, dialogado en castellano, es sin duda una de las mejores ofertas, y son muchas y diversas, incluidas en la programación del 38 Festival de Teatro de Badajoz. Y sus intérpretes, Jorge Cruz (Layo, Creonte, el pastor de Corinto..., entre otros muchos personajes), Nadia Santos (Yocasta, Tiresias, la Esfinge, una oveja...) y Tiago Viegas (Edipo, el de los pies hinchados, el asesino de su padre, el marido de su madre, el padre de sus hermanos, el viudo de su progenitora, el cuñado de su tío, el vencedor de la Esfinge, el animal que primero anda a cuatro patas, luego a dos y por último a tres, el ciego, en fin, el desgraciado Edipo) van a permanecer durante algún tiempo en la memoria de quienes les hemos visto sobre las tablas del teatro López de Ayala. 

Porque su trabajo consigue que te rías de Edipo y de su tragedia sin perderle el respeto que el mito y Sófocles merecen.

La oveja, la montaña y Edipo. (Imagen bajada de www.youtube.com)


miércoles, 28 de octubre de 2015

'Algo en el aire' que resulta infumable


José Joaquín Rodríguez Lara



El mundo del teatro está lleno de héroes. La gran mayoría de ellos existe gracias al escenario. Muchos son héroes de ficción, simples personajes. Otros son héroes de carne y hueso, simples personas.

Pero, en ocasiones, los héroes no están sobre las tablas, sino en las butacas. Son héroes anónimos, simple público.

Durante la representación de 'Algo en el aire', décima entrega del 38 Festival de Teatro de Badajoz, había mucha heroicidad entre el respetable; personas que han pagado su entrada, que han ocupado su localidad, que han visto la función de cabo a rabo y que hasta han aplaudido al final. No como otras, que se han marchado a mitad de la representación, comportándose como simples héroes impacientes.

Ciertamente tiene mérito tanto quien se levanta como quien aguanta. 'Algo en el aire', de David Harrower, representada por José Vicente Moirón y Pilar Massa, es una obra difícil de digerir. No es entretenida, no es divertida, no es conmovedora, no emociona... Carece de acción. Casi no es teatro. Más que una obra dramática parece un ejercicio académico de virtuosismo profesional.

José Vicente Moirón es actualmente uno de los mejores actores extremeños. Es expresivo, tiene voz y con 'Algo en el aire' demuestra que puede interpretar simultáneamente a varios personajes recurriendo simplemente a pequeños cambios en la entonación. No obstante, su indudable calidad interpretativa no puede convertir en una fiesta a un espectáculo tan falto de empatía como es 'Algo en el aire'.

En la función sólo hay dos intérpretes: José Vicente Moirón, que encarna a Athol, y Pilar Massa, que le pone voz a Norma. Athol y Norma permanecen durante toda la representación sobre el escenario, pero no conversan. Simplemente monologan en paralelo y de forma alternativa. Son como dos raíles de ferrocarril que ni siquiera está unidos por las traviesas. Athol y Norma son hermanos, pero llevan catorce años sin hablarse, pasa en las mejores familias, y no iban a romper con la tradición precisamente en el 38 Festival de Teatro de Badajoz.

El espectáculo me ha resultado infumable, pero hay gente a la que le ha gustado y está en su derecho de proclamarlo a los cuatro vientos y de aplaudir. El mismo derecho que tiene cualquier persona a levantarse de su butaca y marcharse del teatro sin esperar a que acabe la función.

La mayoría del público que asiste a las representaciones teatrales suele ser muy complaciente. En otros espectáculos -el fútbol, los toros, incluso la ópera- el desagrado se demuestra con silbidos, abucheos, pateos y hasta lanzando almohadillas. En el teatro no, en el teatro el público observa, escucha, calla y hasta aplaude, aunque sea sin entusiasmo.

Quedan ya muy lejos los tiempos de los 'chorizos', de sus rivales los 'polacos' y de sus sucesores los 'panduro'. El castizo universo de los reventadores teatrales hace tiempo que reventó, por falta de efectivos. Del viejo patio de butacas del teatro español ya sólo nos queda la claque -familiares, amigos, paisanos, compañeros...- y no se la ve en todas las funciones. A veces, hasta se la echa de menos.

Pilar Massa y José Vicente Moirón en 'Algo en el aire'. (Imagen bajada de hoyesarte.com)





martes, 27 de octubre de 2015


Silvia Marsó y otros seres enjaulados en 'El zoo de cristal'

José Joaquín Rodríguez Lara


Casi todo el mundo sabe que los zoológicos son cárceles de animales. Por mucho que se disimulen los barrotes y los fosos, ni siquiera puede afirmarse que los inquilinos de las jaulas vivan en una situación de libertad vigilada. Hasta las propias bestias asumen que están presas y suelen mostrarse dispuestas a aprovechar cualquier oportunidad para huir de su encierro. La huida es la primera obligación de quien se siente injustamente cautivo.


Los personajes de 'El zoo de cristal', de Tennessee Williams, también están enjaulados. Ninguno de ellos lo ignora y todos buscan, de forma casi compulsiva, un agujero en el cerramiento que les permita escapar de su lamentable situación.

Amanda, la madre sureña que una vez fue rica, intenta escapar de la pobreza impuesta por su trayectoria sentimental y agravada por la Gran Depresión que hundió a Estados Unidos a partir del año 1929. Tom, el hijo, trata de huir física y mentalmente, y además lo consigue, de su madre y de toda su familia, así como de un trabajo que le causa alienación. Laura, la hija, coja y retraída, se refugia en una colección de figuritas de cristal, su frágil zoo particular, para no exponerse a la curiosidad del público que la considera una joven rara. Y Jim, compañero de trabajo de Tom y excondiscípulo de su hermana Laura, huye de la muchacha y de la velada galante que le ha organizado la autoritaria y manipuladora Amanda en cuanto comprende que, sin darse cuenta, se está metiendo en las feroces fauces del afecto, antesala del compromiso.

'El zoo de cristal' es una de las grandes obras del teatro universal. Tennessee Williams plasmó brillantemente en este drama las calamidades de su propia familia y de unos Estados Unidos de Norteamérica abatidos por la crisis.

La obra ha sido llevada a las tablas y al cine, repetidamente, además, por destacadas figuras de la interpretación, en muchos países. Como espectáculo es un clásico. Williams descarnó tanto los sentimientos que el interés de 'El zoo' persiste, más allá de las circunstancias, aunque en la Gran Depresión que viven países como España, resulte inimaginable buscarle marido a la niña para asegurarse los garbanzos. Más que nada porque, ¿quién puede garantizar que el yerno de ahora, en vez de traer comida a la mesa, no se limite a aportar una boca más a la hora de comer? Representar esta obra es un reto profesional importante. Francisco Vidal, como director, Silvia Marsó y sus compañeros de reparto lo han afrontado con decisión. Más que en los hechos que se representan, el gran mérito de 'El zoo de cristal' está en la forma en la que el carácter de los personajes radiografía su realidad y a la sociedad de su tiempo.

'El zoo' ha llegado a Badajoz envuelto en la programación del 38 Festival de Teatro. Es su novena entrega. Las butacas del López de Ayala se han llenado para ver a Silvia Marsó, a Alejandro Aréstegui, a Pilar Gil y a Carlos García Cortazar encarnar, con no poco acierto, a unos personajes que, gracias a la genialidad del gran dramaturgo estadounidense, tienen más vida que muchas personas de carne y hueso.

A fin de cuentas, la vida es esa cosa que palpita sobre el escenario mientras el público la contempla refugiado en el confortable burladero de sus localidades.

Silvia Marsó, la madre, intenta engatusar a Jim, el joven al que le ha asignado
el puesto de futuro yerno, mientras el padre de la muchacha,
que abandonó a la familia hace años, contempla la escena desde una fotografía
que tiene mucho de aparición fantasmagórica. (Imagen bajada de www.teatrobellasartes.es)


lunes, 26 de octubre de 2015

Lo increíble de la comedia 'En familia' es que resulta muy creíble


José Joaquín Rodríguez Lara


Un cuerpo es un conjunto de células y un país es un conjunto de familias. De familias tradicionales, de familias modernas, de familias ideológicas, de familias mafiosas... De todo hay en la gran viña de la familia.

En la octava jornada del 38 Festival de Teatro de Badajoz se ha estrenado la comedia 'En familia', de Eugenio Amaya que, además, dirige con mucho acierto el montaje, producido por la compañía Aran Dramática.

En esta obra se expone la parte más conocida y menos criticada de la corrupción: la desvergüenza familiar. En España hay delincuencia de alto standing, pero también abunda la delincuencia de andar por casa. Y no por su carácter doméstico y familiar es menos delincuencia y atenta menos contra los intereses de la colectividad que la delincuencia política.

Este es un país aparentemente muy religioso pero realmente es muy impío. Sólo se ve la paja en el ojo ajeno. Hay más hipocresía que buenas intenciones. Se critica a los políticos en general, por el mero hecho de dedicarse a la política, pero, fuera de los juzgados, no se suelen deslindar sus actos delictivos de los que no lo son. Tampoco se acostumbra a reflexionar sobre si las personas honradas se corrompen tras entrar en política, o entran en política porque ya son personas corruptas.

Estoy plenamente convencido de que hacer política es una obligación que nos atañe a todos, no sólo a los 'políticos', y tengo la completa seguridad de que cada vez que una persona honrada que podría dedicarse a la política no lo hace, avergonzada por la corrupción, le está abriendo las puertas de las instituciones a una persona sin vergüenza.

¿Hay corrupción en una madre que pretende amañar una oferta pública de empleo para colocar a su hijo? ¿Es corrupto un padre que vende una vivienda y exige que una parte del pago se haga en dinero negro? ¿Es decente el hijo que completa su sueldo vendiendo droga? ¿Hay que alabar a la mujer de la limpieza que hace de mula y le proporciona al muchacho la hierba que su marido cultiva en casa? ¿Es digna de aplauso la resplandeciente joven verde esmeralda que corona al chaval, engañándole con su jefe? ¿Carece de ética y de deontología el abogado que compra viviendas pagando en negro?

Si hubiese que salvar de la cárcel a alguno de estos personaje, ¿usted, a quién salvaría? Yo no tengo dudas: a la chica. Por muchas razones, pero principalmente porque no comente delito alguno.

Sin embargo, es quien más insultos recibe. En la ficción y en la realidad. Socialmente, su conducta es la más denigrada. A fin de cuentas, a la madre le mueve el amor de madre; al padre, la responsabilidad del cabeza de familia preocupado por dejarle un capitalito a sus vástagos; al hijo y a la asistenta, la necesidad, y al intermediario, el oficio. Pero a la chica... Esa es una zorra. Lo dice la asistenta, que encarna a la acusación popular.

Está muy mal visto engañar a la pareja, aunque no lo castigue el Código Penal, pero infringir la ley amañando las ofertas públicas de empleo, cobrando y pagando en negro o traficando con droga, eso no recibe la censura general porque no se le da importancia. Está tan visto que ya ni siquiera se ve mal. En España, engañar a la pareja se considera una canallada; engañar a Hacienda, es decir a la pareja y a todo el mundo, es un deporte. Con un par. Diga usted que sí.

Lo increíble de la historia que nos cuenta esta comedia de Eugenio Amaya es que resulta absolutamente creíble. Y se debe tanto al libreto como al buen hacer del reparto. He visto mucha naturalidad y mucha fuerza de convicción sobre las tablas del teatro López de Ayala. 'En familia' es una comedia para verse, en familia. La recomiendo.

María Bigeriego (la chica infiel), Quino Díez (el marido y del Atlético de Madrid),
María Luisa Borruel (la madre funcionaria), Elías González (el hijo informático
 y herbolario), Beli Cienfuegos (la asistenta y mula) y Pablo Bigeriego
(el abogado de la mafia), ponen en escena la comedia  'En familia'.
(Imagen bajada de blogarandramática)


viernes, 23 de octubre de 2015


'Atchúusss!!!', un estornudo delicioso

José Joaquín Rodríguez Lara


Es un espectáculo delicioso, pero no es un pastelito, sino toda una bandeja de dulces, un surtido de pasteles que dejan en el paladar un regusto a buen teatro.


El secreto está en la masa, en los ingredientes. Empezamos con una base de alta calidad: Antón Chéjov. Palabras sabiamente engarzadas las suyas. Y seguimos con Malena Alterio, con su hermano Ernesto Alterio, con Enric Benavent, con la grandísima Adriana Ozores y con el muy popular Fernando Tejero. Con semejantes aditivos resulta muy difícil hacer un mal pastel.

Pero, además, 'Atchúusss!!!' es una caja  de música, una de esas delicadas y elegantes cajitas de música que fascinan, tanto por su melodía -la pone Ernesto Alterio, que durante toda la función toca el piano en directo- como por las evoluciones de las actrices y actores actuantes.

Y si todo ello no fuese suficiente, el montaje es de la compañía Pentación espectáculos, y el productor ejecutivo es nada más y nada menos que Jesús Cimarro, director del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida durante los cuatro años de rescate y despegue del certamen.

Mire usted, si con tales mimbres no sale bien el cesto, es que lo está mirando un tuerto.

'Atchúusss!!!' es una comedia entretenida, divertida, interesante, elegante, muy artística, muy dulce y nada empalagosa.

Es muy larga, más de dos horas, y se hace corta. Es un 'collage', una ristra de piezas y no resulta difícil de seguir. La gente llenó el teatro López de Ayala de Badajoz y se puso en pie para aplaudir con afición. Es decir, un éxito marca Cimarro en el 38 Festival de Teatro Clásico de Badajoz, que dirige el dramaturgo Miguel Murillo.

Allá donde vaya esta obra triunfará. Y eso que, en mi modesta opinión, tiene un fallo enorme: el título. 'Atchúusss!!!' es un sonido difícil de recordar, de escribir correctamente, de reproducir... Y, encima, no habla de la obra.

'Atchúusss!!!' es una colección de relatos de Chéjov convertidos en pieza de teatro. Pero el relato titulado 'El estornudo', que debía darle título a la comedia, no forma parte de ella porque alargaba demasiado el espectáculo.

"El estornudo es una pieza muy divertida, pero nos íbamos a las dos horas y media de espectáculo y no se incluyó", afirma Malena Alterio, mujer amable y risueña, además de un gran actriz. Se quitó el relato, pero se quedó la referencia al asunto en el título. Hubiese sido preferible al revés, incluir el relato y desechar el título, pero la producción teatral, sea ejecutiva o no lo sea, suele tener este tipo de cosas.

Confiemos en que el empresario Jesús Cimarro tenga la ocasión de incluir en la programación del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida a Malena Alterio, a Ernesto Alterio, a Enric Benavent, a Adriana Ozores y a Fernando Tejero. Con Chéjov y sin Chéjov, el público del certamen emeritense se lo merece. El teatro grecolatino está lleno de papeles que fueron escritos para que los encarne un grandísima actriz como Adriana Ozores, Y son imnumerables los que hay para grandes profesionales como Ernesto Alterio, Fernando Tejero, Enric Benavent y Malena Alterio.

AñMalena Alterio y Fernando tejero en una de las escenas más divertidas de 'atchúusss!!!'. (Imagen bajada de www. teatrolalatina.es)


jueves, 22 de octubre de 2015

La madre que alumbró a la telerrealidad


José Joaquín Rodríguez Lara


Juan Copete firma el texto, Paco Carrillo asume la dirección, Ana Trinidad, Esteban G. Ballesteros, Lourdes Gallardo y Paca Velardiez ponen carne a los personajes y el público aporta las risas.

La obra se titula 'Madrecita del alma querida' y, en el programa de mano de la función, es presentada como "una comedia negra (sic) sin moral, agresiva y despiadada", pero menos lobos, Caperucita. Bastantes menos lobos.

'Madrecita del alma querida' es un espectáculo divertido, entretenido y de fácil digestión. En ningún momento sobrecoge. Si hubiese que etiquetarlo con algún color, sería con el rosa; con el rosa chicle y ensalivado de la telebasura.
 
No es que 'Madrecita del alma querida' sea un espectáculo basura, no. Es que reproduce un supuesto programa basura de telerrealidad y de la madre -Mami TV- que la alumbró.
 
El 'reality' lo protagoniza una familia: madre, padre, hija y abuela. Falta Belén Estebán, pero no se puede tener todo dentro del mismo contenedor televisivo. Además, tampoco se echa en falta su ausencia, pues el trabajo del reparto es notable. Especialmente en los casos de Ana Trinidad y de Esteban G. Ballesteros.

Esta comedia, con tintes de sainete, es de la compañía Las 4 Esquinas y ha sido la cuarta entrega del 38 Festival de Teatro de Badajoz, que tiene el mérito de ofrecer teatro durante 16 días seguidos y con un espectáculo diferente cada jornada.

Una de las escenas finales de 'Madrecita del alma querida'. (Imagen bajada de http://teatrolopezdeayala.es)


miércoles, 21 de octubre de 2015


El final feliz de los suicidios asistidos

José Joaquín Rodríguez Lara


Con cara de felicidad, y hasta esperanzado, ha salido el público asistente a la tercera entrega del 38 Festival de Teatro de Badajoz. Esta vez se ha representado 'Happy End', una comedia muy negra, que es el color de moda en lo que llevamos de festival.


El espectáculo de la compañía Vaiven Producciones dedica hora y media a promocionar el suicidio asistido. Con escaso éxito, desde luego.


A pesar de lo tétrico que puede ser el argumento, el público pacense ha reído con el humor disparatado de esta comedia y ha aplaudido con entusiasmo el buen trabajo de las tres personas que la interpretan.


Suicidarse no debe de ser fácil. Sobre todo, no debería serlo. Hacer reír con el suicidio, tampoco lo es. Xabi Donosti, Garbiñe Insausti y Ana Pimenta lo consiguen en 'Happy End', así que es lógico que el público se lo reconozca y hasta se ponga en pie para aplaudir su trabajo, que se basa en un texto de Borja Ortiz de Gondra y está dirigido por Iñaki Rikarte.


Curiosamente, la calidez de los aplausos y, consecuentemente, el agradecimiento del público aumenta a medida que las dos actrices y el actor se asoman una y otra vez a la corbata del escenario para mostrarle su respeto al respetable.


Lo mejor del argumento de 'Happy End' es su estrambote con final feliz, una pirueta casi circense que reconcilia a la desesperación con el deseo de seguir viviendo.


Aunque sea más negro que la tinta de calamar, 'Happy End' es un plato bien cocinado y muy bien servido. Si lo prueba, le gustará.


Los personajes de 'Happy End' en plena acción. (Imagen bajada de internet.)


martes, 20 de octubre de 2015


'Carne de gallina', una comedia que se agrava con los años



José Joaquín Rodríguez Lara


El 38 Festival de Teatro de Badajoz ha cubierto su segunda jornada con la representación de 'Carne de gallina, una comedia negra como el carbón'.


La obra comenzó siendo película y ha devenido en obra de teatro. Y, por el camino, ha pasado de comedia algo fantástica a tragedia muy realista.


El montaje puesto sobre las tablas del teatro López de Ayala, de Badajoz, por las compañías Teatro del Cuervo (Asturias), Arteatro (Madrid) y La Estampa Teatro (Extremadura), es un espectáculo excelente. No incita a la carcajada, porque le queda poco de comedia, si es que alguna vez realmente lo fue. Sí tiene bastante de cine. Sobre el escenario se suceden, con un ritmo vertiginoso, secuencias enhebradas unas con otras en el hilo de los fundidos en negro. Los cambios de plano son constantes. Las entradas y salidas de mobiliario, también. Se notan mucho más los mutis de los muebles que los de las personas que interpretan la obra.


Tanto movimiento no impide, sin embargo, seguir el desarrollo del argumento sin perder ni una brizna de su mensaje. Hay mucha agilidad en 'Carne de gallina' y mucha calidad en sus intérpretes.


La obra está ambientada en el declive de la minería asturiana del carbón, pero es perfectamente extrapolable a cualquier territorio en crisis socio-laboral. Los grandes rasgos de la penuria son universales.


Existen concomitancias muy perceptibles entre 'Carne de gallina', en la adaptación teatral de Javier Maqua, Maxi Rodríguez y Sergio Cayol, y 'La camisa', de Lauro Olmo, obra escrita en 1960 y estrenada en 1962. En ambos casos, los personajes se mueven sobre el escenario atrapados en la cochambre de una sociedad sin esperanzas, aferrados a ilusiones vanas. Hay muchas similitudes entre aquella España que empezaba a salir de la posguerra, como Lauro Olmo retrató en sus obras, y esta que sueña con salir de la crisis.


Y la mayor diferencia entre ambos mundos, separados por más de medio siglo, no está en los teléfonos móviles que ahora repican en los mismos bolsillos vacíos, sino en la pensión de los abuelos que está permitiendo llenar de garbanzos, o de fabes, los pucheros baldíos.


'Carne de gallina' es una tragedia de la miseria, una tragedia de gente trabajadora venida a pobre. Al contrario de lo que ocurre con las tragedias de ricos, aquí no hay brillos; ni siquiera hay oropeles. No hay oro ni plata ni tampoco púrpura. Por no haber, no hay ni sangre. Sólo sombras.


Es una tragedia a ras de suelo, muy distinta a las tragedias de gente de altura en las que la desdicha enviada por los dioses cae en picado sobre algunos de los personajes y los destroza para escarmiento de los demás. Aquí no. En 'Carne de gallina', la tragedia no es un halcón, ni siquiera es un milano u otra sanguinaria ave de rapiña. Aquí la tragedia es un gusano. No ataca a sus víctimas desde lo alto. Vive dentro de ellas. Y no de algunas, solamente, sino de todas, rumiándolas y vaciándolas de cualquier esperanza de redención.


Con tales ingredientes bien se puede hacer un panfleto demagógico ahora que, como siempre, estamos en vísperas de elecciones, pero 'Carne de gallina' no lo es. No es un panfleto. Es un aguafuerte que se agrava y revaloriza con la crisis. En esta etapa negra de la historia de España, se acaba el carbón, pero no la tizne, porque, como escribió Miguel Hernández, "la pena tizna cuando estalla". Y la pena fue siempre el estiércol que abona la típica y secular alegría española.


Escena de 'Carne de gallina'. No se puede explicar. Hay que verla. (Imagen bajada de http://teatro.ponferrada.org)


lunes, 19 de octubre de 2015


Els Joglars llena el teatro de Badajoz con un pequeño dictador


José Joaquín Rodríguez Lara


El público ha llenado completamente el teatro López de Ayala para asistir a la primera representación del 38 Festival de Teatro de Badajoz. Era lunes y llovía. El López de Ayala se ha llenado de personas maduras, en su mayoría, para ver una obra que las critica con dureza.


Se ha representado 'VIP' (Very Important Person) de Els Joglars. No está claro si la obra es una comedia negra o si, por el contrario, es una tragedia blanca. Lo que parece evidente es que está inspirada en la vida misma.


'VIP' trata de reflejar desde la escena, desde el universo de los actores, algo que sucede fuera del teatro, en el escenario de los espectadores. Muestra lo que ocurre con una parte importante de la población: la infantil. El mensaje de 'VIP' es muy sencillo: por incapacidad, por hastío, por dejadez, por cansancio, por indiferencia, por estupidez, por bobería y por un millón de sinrazones más, a los niños actuales se les está consintiendo todo. Ni en la escuela ni en el hogar ni tampoco en la calle se les educa como ciudadanos respetuosos, sino que se les incita a transformarse en tiranos, se les corona como reyezuelos, se les convierte en personajes insoportables.


Esto ya lo decía Sócrates cuando se quejaba de la mala educación de la que hacían gala los jóvenes de su época (siglo IV antes de Cristo), y estoy convencido de que los tiranos, reyezuelos e insoportables niños del primer cuarto del siglo XXI -es decir, muchos, aunque afortunadamente no todos, de los de ahora mismo- también lo dirán de sus hijos y de sus nietos.


Nada nuevo hay bajo el sol. Ni mucho menos sobre las tablas del López de Ayala, donde el teatro es vida y, cada carnaval, las murgas dan rienda suelta a todas sus ocurrencias.


La puesta en escena de 'VIP' y la actuación del elenco catalán es marca de la casa. Els Joglars tiene su propio sello de calidad. Por eso llenan las salas. Al público, en general, le gustó la obra. Al menos eso indicaban los comentarios que se escuchaban a la salida del patio de butacas de López. No obstante, los espectadores se rieron poco. Ignoro si porque les costaba tomarse a broma algo tan serio y que, desgraciadamente, conocen muy bien, o porque el humor de 'VIP' es demasiado grotesco, cuando no burdo, lo que choca con la trascendencia del asunto abordado.


El pequeño dictador de 'VIP' está muy lejos de alcanzar la elegancia artística de 'El gran dictador', de Chaplin, y la escenificación de la concepción, de la gestación y del nacimiento de Lucas, el niño insoportable, no llega, en la obra de Els Joglars, a los niveles de hilaridad de 'Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar', de Woody Allen, pero, lógicamente, el cine tiene capacidades que al teatro le están vedadas. Son comparaciones heterogéneas; si se aducen aquí es para significar que la falta de elegancia juega, en mi opinión, en contra del mensaje de 'VIP'.


No obstante, el público, aunque riera poco, aplaudió y comentó la obra. Hay quien criticaba cierto desequilibrio entre las diferentes partes del montaje, pero, más allá de gustos personales, cuando el teatro está lleno, cuando el público aplaude y comenta lo bueno y lo menos bueno del espectáculo que acaba de ver, puede hablarse con total propiedad de una cosa: éxito.


El nacimiento de Lucas, niño isoportable. (Imagen bajada de http://www.comedia.cat/es)


miércoles, 19 de agosto de 2015

Acuérdese de 'El cerco de  'Numancia'


José Joaquín Rodríguez Lara


La tragedia 'El cerco de Numancia' cierra el 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y lo hace con muy buena nota. Florian Recio ha hecho una buena versión de la obra de Cervantes y Paco Carrillo ha dirigido un montaje que funciona.

 
Se trata de un espectáculo que se ajusta a las características del Teatro Romano de Mérida. No sólo ocupa casi toda la escena, sino que tiene también música en vivo, ejecutada desde la orchestra, algo que raramente se ve en el Festival.

 
Además de las nueve personas que integran el reparto y que, en conjunto, realizan un buen trabajo -con un convincente Fernando Ramos en el papel de Escipión y un eficaz David Gutiérrez, que encarna a un legionario veterano-, en 'El cerco de Numancia' hay tantos figurantes -32 figurantes, 32- que la obra hace recordar a montajes de hace muchos, muchos, muchos años. ¿Cómo será posible hacer teatro con tanta gente sin arruinar a la empresa? ¿Por cuánto sale una obra con cuatro actores y 60 niños cantores de Viena?


La última obra del Festival de Mérida no se ajusta, evidentemente, al texto cervantino. Recio ha tomado la esencia argumental y se ha esforzado en acercar la historia a la actualidad. No se trata de un espectáculo patriotero, en el peor sentido del término, sino de un montaje en el que se hace mucho más hincapié en la defensa de la libertad y de la dignidad de las personas, como individuos, que en la independencia de las ciudades, de los pueblos o de los países.


El argumento de 'Numancia' es archiconocido, pues durante siglos se ha utilizado en las escuelas patrias como ejemplo paradigmático de la valentía, de la honorabilidad y de la capacidad de sacrificio del pueblo español. No obstante, el autor de la versión le ha dado a la obra un carácter menos racial, más universal, de modo que en el mensaje importa poco si el enfrentamiento es entre íberos y romanos, entre numantinos y legionarios, entre bárbaros y soldados de Roma, entre españoles y extranjeros... El combate es entre personas que luchan para dominar a las demás y personas que se resisten a ser dominadas.


Si se despoja a los contendientes de sus falcatas y de sus gladius -la famosa espada corta romana que, curiosamente, Roma le copió a los celtíberos-, la lucha es un combate sin cuartel entre el orgullo, el exceso de la propia estimación, y la soberbia, que es altivez y menosprecio de lo ajeno. El orgullo y la soberbia son dos conceptos que, aunque a veces se utilicen como sinónimos, no son la misma cosa.


El orgullo, la defensa de su dignidad colectiva, le impide rendirse a los numantinos. Y la soberbia, el deseo de imponer a sangre y fuego su poder político y militar, le impide a los romanos aceptar un acuerdo de paz si no conlleva la humillación y la esclavitud de los habitantes de Numancia.


En este sentido, la obra que firma Florian Recio se nos presenta muy en blanco y negro. O se es conquistador o conquistado; o se es oprimido o se es opresor; o se es de los buenos o se es de los malos. No hay trazos grises. Esto hace que todo el mundo se identifique con el bando numantino, con los buenos. No importa la causa que se defienda ni como se defienda. Cualquiera se sentirá numantino, oprimido por el poder, ajeno; sometido por el gobierno, ajeno; machacado por el estado, ajeno. Quién va a declararse imperialista. En Iberia hubo una vez una Numancia. Ahora, seguramente haya diecisiete, más dos ciudades autónomas en la costa africana y, al Oeste, Portugal. Lo de Andorra está por ver.


Numantinos en su laberinto. (Imagen de Jero Morales.)


Mención aparte merece la escenografía de 'El cerco de Numancia'. El diseño es de Damián Galán. El decorado ocupa casi toda la escena. Numancia está situada en la valva regia, acotada por focos y materiales de color rojo. Cada vez que los numantinos actúan dentro de los límites de su ciudad lo hacen fajados y casi maniatados por unas bandas elásticas, rojas, que simbolizan su opresión.


Numerosas lanzas clavadas en la arena rodean a Numancia y se inclinan amenazadoras hacia la ciudad. En vez de en una hoja de acero, cada lanza termina en una especie de palmatoria que permanece encendida durante casi toda la obra. Un bosque de acero y de fuego rodea a Numancia. El efecto es muy estático y frío, pero convence.


También hay dos enormes columnas, fabricadas con material traslúcido. Uno de estos hitos refleja el paso de la historia y el dolor de las gentes. Se mezclan en esta columna chorros de sangre fluyente, autopistas colapsadas, alambres de espino, referencias a la columna de Trajano y fotografías de políticos, sin especificar sin son dictadores o demócratas, numantinos o romanos, orgullosos o soberbios... Son políticos y, aunque hayan accedido al poder por el voto de la mayoría, parece que ser político es un vicio muy, muy malo.


En la otra columna no aparecen imágenes. El hito sólo cambia de color: verde, azul, blanco, anaranjado... Es la columna del poder y a los umbrales de su base se encarama Escipión cada vez que se considera obligado a arengar a la tropa.


En el vano de la valva regia hay una maraña de bolsas llenas de un líquido rojo que, se supone, es sangre. Esa telaraña de goteros está conectada por tubos a las columnas luminosas para alimentar el poder con la sangre del pueblo numantino.


Todo muy simbólico, pero parece que resulta difícil de percibir para la mayoría de los espectadores. Tan difícil debe de ser que los responsables del invento se han sentido obligados a explicar lo que significa el decorado colocando un cartel al borde del escenario. Lo nunca visto. 


El decorado de cualquier obra de teatro es el marco que delimita al cuadro, al texto, a la acción dramática. El cuadro que ha pintado Florian Recio se entiende perfectamente. Si hay que explicar el marco, para que se entienda lo que significa el decorado, es que algo se ha hecho mal en la escenografía. 


Si se tiene la necesidad de explicar el decorado, o está fallando la comunicación con el espectador -la comunicación directa, entre el escenario y los asientos-, o se pretende poner al marco por encima del lienzo o se está cayendo en la sobreactuación escenográfica.


La obra dura una hora y casi cuarenta minutos. No es demasiado tiempo, pero lo parece. Se trata de una tragedia, de un espectáculo muy agobiante, en el que la penumbra, los tonos rojizos, la sangre deslizándose por `la columna de la sangre`, la música lúgubre, el llanto... amalgaman un conjunto que resulta sobrecogedor por momentos.


Y aún lo sería más si en la escena final, conceptualmente muy cruel, se hubiese utilizado algún efecto especial, aunque sólo fuese megafónico, para hacerla más creíble. Entonces la catarsis colectiva sería total.


En cualquier caso, merece la pena ver 'El cerco de Numancia'. En la obra se nos invita a pensar en Numancia, a luchar y a gritar cuando nos sintamos oprimidos, perseguidos, acorralados... No es mala idea. Tampoco lo es acordarse de 'El cerco de Numancia' cuando alguien se empeñe en tratar al Teatro Romano como una caja de cerillas olvidada en mitad del paisaje extremeño. 


Señor Monago, señor Vara, expresidente y presidente del Ejecutivo extremeño, señor Cimarro, director del Festival de Mérida, ¿cómo es posible representar 'El cerco de Numancia' con tanta gente sin que nos arruinemos todos?




miércoles, 29 de julio de 2015

Pedro Mari Sánchez triunfa entre todas las mujeres


José Joaquín Rodríguez Lara


'La Asamblea de las mujeres' calienta motores a ritmo de musical, arranca como teatro clásico, se acerca al final con gruesos trazos de cabaret y concluye imitando el desenlace de la película 'Con faldas y a lo loco'. ¿Qué es entonces 'La Asamblea de las mujeres'  que acaba de estrenarse en el Teatro Romano de Mérida, en versión de Bernardo Sánchez y bajo la dirección del actor Juan Echanove?


Ni se sabe muy bien, pero la comedia que escribió Aristófanes desde luego que no es. El séptimo espectáculo incluido en el programa del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida es una propuesta complicada que a pocas personas va a dejar indiferentes. A quien le guste reirá y aplaudirá, y a quien no le guste no le faltarán ganas de maldecir la hora en la que decidió ir a verla.


Dirá usted que esto es lo que suele ocurrir con cualquier espectáculo. Y tendrá razón. Pero aquí ocurre a lo grande. La obra tiene un gran reparto: Lolita, María Galiana, Pedro Mari Sánchez, Luis Fernando Alves, Sergio Pazos... Es una producción del propio Festival; es decir, una inversión en identidad, en imagen de marca, en futuro. Y además de durar dos horas, se va a representar durante diez días, agrupados en dos tandas de cinco, más que cualquier otro montaje, por lo que hay tiempo de sobra para disfrutarla y para sufrirla.


A la obra le sobra media hora y una ración considerable de expresiones soeces, pero el público se ríe y aplaude, aunque otra parte del respetable se sienta engañada y eche pestes contra lo que le están ofreciendo desde el escenario.

 
Más de 2.700 personas asistieron al estreno. Entre ellas estaban el presidente de la Junta y la consejera Portavoz, además del alcalde de Mérida, así como caras conocidas del mundo del espectáculo como Elena Furiase, la hija de Lolita, y Ricardo Gómez, el hijo pequeño de los Alcántara, en la serie 'Cuéntame cómo pasó'.


Lolita y Pedro Mari Sánchez. (Fotografía de Jero Morales)

Cuando Aristófanes escribió 'La Asamblea de las mujeres', en el año 392 antes de Cristo, las  mujeres atenienses no podían participar en política. No se las consideraba ciudadanas. En su comedia, Aristófanes plantea una idea revolucionaria para su época: que las mujeres tomen el poder. Y lo hace con una comedia que gira en torno a la convulsión social que ocasionaría el hecho de que Atenas fuese gobernada por mujeres.


Han pasado 2.406 años y las mujeres tienen derechos de ciudadanía en casi todo el mundo, pero aún hay países en los que no se les permite salir solas de casa ni conducir vehículos ni tomar según qué decisiones. Es cierto que hay mujeres que gobiernan, pero la mujer en general está todavía muy lejos del poder. Así que el texto de Aristófanes sigue teniendo vigencia. No es necesario actualizarlo para comprenderlo, pues incluso plantea otra faceta política, la implantación del comunismo entre las personas libres -las esclavas eran consideradas animales de trabajo-, que aún planea sobre la tierra.


Pero en 'La Asamblea' de Echanove, buena parte de estos mensajes se diluyen entre muestras de humor zafio y escenas que parecen parches para reparar un neumático que pierde aire.


Pues a pesar de todo, la obra funciona en taquilla tan bien que puede convertirse en un verdadero éxito. Buena parte del mismo hay que achacárselo a Pedro Mari Sánchez, un actor vestido de mujer, que triunfa entre las mujeres y ha sido lo mejor del estreno; a Lolita, que debuta en el Teatro Romano y deja constancia de su estirpe; y a Sergio Pazos en su papel de ateniense gallego. Un gallego que sobresale por su humor fino en un montaje lleno de sal gorda.

Y el problema no está en echarle sal gorda al teatro. Eso ya lo hacía Aristófanes. El problema está en pasarse con lo salado y anular cualquier otro sabor.


miércoles, 22 de julio de 2015

'Andrómaca' en el Templo de Diana


José Joaquín Rodríguez Lara


Minutos antes de que empezase el estreno de 'César & Cleopatra' en el Teatro Romano de Mérida concluía junto al Templo de Diana, igualmente emeritense, la representación de 'Andrómaca', una versión de la obra de Eurípides que firma y dirige Raquel Bazo.


Dicen que las comparaciones son odiosas, pero a veces son inevitables. Tanto 'César & Cleopatra' como 'Andrómaca' llevan la marca del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, aunque el primer espectáculo se represente en el Teatro Romano, en medio de una gran expectación, y el segundo, sin ese gran revuelo, se ponga en pie en la calle, junto a las ruinas del llamado Templo de Diana.


No se puede exigir que ambos montajes tengan la misma calidad pues la diferencia de caché, y por lo tanto de medios, entre uno y otro es abismal. En 'César & Cleopatra' trabajan dos actrices muy buenas y dos grandes actores. Quienes representan 'Andrómaca' no tienen ni la experiencia ni el prestigio ni los ingresos de Ángela Molina, de Emilio Gutiérrez Caba, de Lucía Jiménez ni tampoco de Marcial Álvarez. Tal vez le ganen en ambición, desde luego deberían de sobrepasarles en ilusión, y puede que algún día lleguen a igualarlos en los carteles, pero ya los superan en número.


Imagen de la puesta en escena de 'Andrómaca'. (Fotografía de Jero Morales.)


Y los superan por mucho, por muchísimo. Si en el reparto de 'César & Cleopatra' sólo hay cuatro nombres, en el de 'Andrómaca' hay catorce, más un coro integrado por 21 personas. Treinta y cinco artistas sobre un pequeño escenario, 35.


Hay mucho esfuerzo, muchas ganas de ser, muchos sueños en este montaje que se puede ver gratis o comprando una entrada que cuesta tres euros. Mi aplauso y mi reconocimiento para todas las personas que hacen posible la representación y para quienes la ven, paguen o no.


Es muy conveniente que el Festival de Mérida programe este tipo de espectáculos teatrales callejeros. Y lo es no porque semejante iniciativa constituya una saludable cantera de actrices, actores, autores, directoras y técnicos en general, sino porque puede ser un yacimiento de espectadores, un filón de público.


El teatro, como todo en esta vida, hay que probarlo para que de verdad te guste, y si hay personas que no van al Teatro Romano porque no les apetece o porque no pueden permitírselo -cualquier día de estos bajará el IVA y, con él, el precio de las entradas- lo más acertado es sacar el teatro a la calle.


Creo que hay que insistir en esta política, que no es nueva, aunque en algún momento pudiera parecer que no da frutos. Es necesario que el teatro clásico conquiste la vía pública. Quizá también se pudiera hacer en el Teatro Romano un día del espectador, con entradas más baratas; o conseguir que los grandes nombres de la escena ofreciesen actuaciones callejeras.


Ideas no van a faltar nunca. Y todas las que sirvan para divulgar y fortalecer el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida son buenas, porque el Festival es una realidad cultural y económica muy importante para Mérida y para Extremadura y merece todo el apoyo que se le pueda dar.



Ángela Molina seduce al Teatro Romano de Mérida


José Joaquín Rodríguez Lara


"Cuando yo sea mayor quiero ser como Ángela Molina", le comentaba una joven a su amiga mientras aplaudía con entusiasmo a la actriz, y a sus compañeros de reparto, al concluir el estreno de 'César & Cleopatra', sexto espectáculo de los nueve que integran el programa del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.


Ángela Molina encarna a una Cleopatra eterna, a una mujer cuya capacidad de seducción ya no reside en el físico, sino en la inteligencia, en la complicidad, en la memoria, en la ternura, en el sentido del humor y en su poquino de perversidad femenina, de pura mala leche. En esto se nota la mano de Magüi Mira, directora de la obra.


Le da réplica Emilio Gutiérrez Caba, de los Gutiérrez Caba de toda la vida, un valor interpretativo seguro por muchas crisis que zarandeen al teatro español. Emilio Gutiérrez Caba le pone voz y gesto a un César igualmente eterno, aficionado al tango, que está ya muy lejos de ser aquel general arrollador tanto en los campos de batalla como en las camas. El marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos de Roma se limita ya a contar batallitas. Amorosas y bélicas.


Ambos personajes evocan su juventud, su relación sexual y afectiva y sus peripecias políticas desde la eternidad de sus 2.000 años de historia. Y lo hacen instalados en pleno año 2015, concretamente a finales del mes de julio, vestidos de celebración, bebiendo whisky y cantando. Desde esta perspectiva, la pareja reflexiona sobre nuestro presente y sobre su pasado.


Pero no lo hace sola, sino reflejándose en el espejo de otra pareja, de otro César y de otra Cleopatra, encarnados respectivamente por Marcial Álvarez y por Lucía Jiménez, que son personajes terrenales, que viven en su tiempo, en la Alejandría egipcia y desconocen qué será de su vida, pues la pasión no es un recuerdo para ellos sino una punción cotidiana.


La propuesta dramática -dos personajes históricos interpretados simultáneamente, pero en dos planos temporales diferentes y muy separados en el tiempo, por dos actrices y dos actores distintos- resulta original e interesante. El montaje es una especie de docu-dram-edia, pues tiene mucho de documental histórico, bastante de drama y no pocas pinceladas de comedia, además de algún toque de musical.


César y Cleopatra, en paralelo, aunque algo revueltos. (Fotografía de Jero Morales)


El humor lo pone especialmente Ángela Molina, que hace una Cleopatra divertida, profunda en sus reflexiones y algo frívola en sus reacciones, con un toque chic y una tablet con la que no sólo "se entera de todo", sino que hasta se hace autorretratos, selfies. El público asistente al estreno -casi 2.000 personas- agradece con risas y aplausos su actuación. Lo conquista.


Su homónima, la Cleopatra todavía mortal, es un personaje menos refinado que el de la Cleopatra eterna. Lucía Jiménez es una mujer en la flor de la vida, con un físico muy atractivo y mediterráneo, pero su personaje carece de la suficiente carga erótica para escandalizar a Roma, algo que sí hizo la Cleopatra real.


Marcial Álvarez es otro de esos actores en cuyo trabajo se puede confiar. Hace un buen papel y se muere muy bien. Si la obra hubiese concluido con su muerte y con Ángela Molina y Emilio Gutiérrez Caba haciendo mutis por la valva regia mientras bailaban un tango, el teatro se hubiese venido abajo y habría que volver a poner las columnas en pie. 


La obra no es larga, pues la representación dura aproximadamente una hora y media, pero le sobran diez o quince minutos. La parte documental, la histórica, se hace pesada; la reflexiva resulta ardua a veces y hay un guiño a Extremadura que es completamente innecesario.


Por lo demás, el montaje no aprovecha las dimensiones del Teatro Romano de Mérida; es decir, que una vez más se presenta en formato de bolsillo, completamente apto para la plaza Porticada de Santander. Pero, al menos, no agrede a las columnas del frente escénico. Admitamos lo malo si evitamos lo peor, pero a este paso, como algún día alguien haga un montaje teatral pensando en el Teatro Romano de Mérida, muchos espectadores gritarán ¡milagro, milagro, milagro, José Tamayo ha resucitado!


Entre las casi 2.000 personas que asistieron al estreno de 'César & Cleopatra' estuvieron Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, a quien le gustó la obra, y el exdiputado socialista Luciano Fernández, que compartió con Ángela Molina estudios de Arte Dramático, en Madrid, y que, acompañado de su esposa, acudió a abrazar a su condiscípula y amiga para recordar viejos tiempos. 


Casi casi como acababan de hacer César y Cleopatra sobre la escena del Teatro Romano. Si es que el teatro, o es vida o no es teatro.




viernes, 17 de julio de 2015

Carmen Machi, una Merkel con más corazón y con mucho arte


José Joaquín Rodríguez Lara


El Teatro Romano de Mérida acercándose al lleno. Unas 2.400 personas en pie. Aplaudiendo durante varios minutos. Carmen Machi, Manuela Paso, José Luis Martínez y el resto del reparto volviendo una y otra vez a la escena, a través de la valva regia, para responder con saludos a la ovación del público. Los vomitorios del Teatro Romano emeritense, y los accesos a los vomitorios, llenos de personas dedicándole elogios al espectáculo que acababan de presenciar...


Un éxito, una noche triunfal, un día grande. El cielo amenazaba lluvia, pero la tormenta no estaba en las nubes, sino en el escenario. 'Antígona' ha vuelto a poner sobre el tapete la vieja lucha entre la ley y la tradición, entre la razón de estado y el estado sin razón, entre lo legal y lo lícito, entre la autoridad y la piedad, entre el deber público y el interés particular.


Las personas que han presenciado la representación de esta tragedia, el quinto montaje del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, han asistido con enorme atención al desarrollo del espectáculo, seguramente convencidas de que el conflicto entre la ley y la conciencia reflejado en la 'Antígona' que Sófocles escribió unos 450 años antes de que naciese Cristo, continúa vivo en la sociedad actual.


Forma parte de la vida. Porque el teatro es vida y mientras refleje la vida y lo haga con arte, con inteligencia y con respeto al espectador, seguirá vivo.


En la 'Antígona' que protagoniza Carmen Machi, sobre un texto de Miguel del Arco, que versiona la obra de Sófocles, hay vida, hay arte, hay inteligencia y hay respeto al respetable. Y por eso interesa al público y 2.400 personas, aunque a simple vista parecían más, se han puesto en pie en el Teatro Romano de Mérida para subrayar con sus aplausos el agradecimiento por lo que acababa de contemplar.


Carmen Machi.

Una tragedia representada 'a pelo', sin aditivos, sin decorado, sin otros ingredientes que la palabra, el gesto, el movimiento, la coreografía de cuatro actrices y de otros tanto actores. Con una mujer, Carmen Machi, convertida en gobernante de Tebas, en un Creonte encarnado en mujer, en una suerte de Angela Merkel, rubia como la canciller alemana, tan estricta y exigente como la emperadora -lo de emperatriz le viene estrecho- de la Unión Europea, pero con más corazón que la todopoderosa gobernante germana y, sobre todo, con muchísimo más arte que ella.


Poco importa en este caso que una actriz haga de mujer para encarnar a un hombre y que demuestre tantos o más redaños que podría haber mostrado un Creonte masculino. En 'Antígona' el conflicto no tiene sexo, porque ni el estado ni la ley ni tampoco el poder son masculinos ni femeninos.


Lo mismo sucede con el argumento. Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, habían acordado turnarse en el gobierno de Tebas. Llegado el final de su mandato, Eteocles se niega a cederle el poder a su hermano Polinices, por lo que este ataca la ciudad con un ejército. Ambos hermanos mueren en la batalla, ganada por los partidarios del aprovechado Eteocles. Creonte, tío de ambos contendientes, ensalza a Eteocles como héroe, pero prohíbe, bajo pena de muerte, tributar honores fúnebres y darle sepultura a Polinices, que a pesar de que había combatido por lo que legítimamente le correspondía, es declarado traidor por haber atacado a su ciudad. Antígona, hermana de ambos fallecidos, se decide a sepultar a Polinices. Su hermana Ismene intenta disuadirla, pues la matarán si es descubierta. A pesar de ello, Antígona cubre con una capa de polvo el cadáver de su hermano Polinices, y es detenida y condenada a muerte por Carmen Machi, que empieza defendiendo la aplicación de la ley hasta sus últimas consecuencias, continúa intentando salvar su imagen como gobernante de Tebas y termina sufriendo las consecuencias de la aplicación estricta de su propia norma.


A pesar de su antigüedad, el argumento llega al público, confirmando que cuando el teatro se hace bien, con autenticidad y con arte, siempre interesa, como demuestran los aplausos. Desgraciadamente no todos los espectáculos alcanzan ese nivel, y no pocas veces se comprueba que hay más teatro en la vida que vida en el teatro.


jueves, 16 de julio de 2015

'Edipo Rey', teatro para espectadores ciegos


José Joaquín Rodríguez Lara


Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón acaban de poner sobre la escena del Teatro Romano de Mérida un texto limpio, contundente y claro. Sobre todo muy claro. Tan claro que no es necesario mirar hacia el escenario para disfrutarlo, pues se entiende perfectamente simplememte oyéndolo.


El 'Edipo Rey' ofrecido por el 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida parece teatro leído. El texto lo es todo en este montaje: no hay acción.


El rey Edipo, sin duda el personaje más desgraciado del teatro grecolatino, se arranca los ojos para no verse como asesino de su padre, como esposo de su madre y como hermano de sus propios hijos e hijas. Los espectadores asistentes a la representación podrían haber hecho lo mismo que Edipo: sacarse los ojos o cerrarlos o volver la cara, con la seguridad absoluta de que no se perderían nada de la obra.


En este 'Edipo Rey' hay mucho que escuchar, pero nada que ver. Es un espectáculo muy adecuado para espectadores ciegos. Más que una representación teatral parece teatro radiofónico. Y teatro radiofónico de calidad. Salvo algún pequeño fallo, la dicción es muy buena durante toda la representación, que dura aproximadamente una hora. El sonido, también.


En esta obra no hay decorados, excepto la columnas y estatuas del imponente frente escénico del Romano. El vestuario tampoco es llamativo. Carece de cualquier relación con el mundo clásico. El reparto viste 'a la europea', que dicen los norteamericanos. El atuendo de Edipo recuerda un poco a la falda-pantalón que durante un tiempo lució Miguel Bosé en sus conciertos. Y Yocasta, su madre y esposa, luce un vestido que parece sacado de la serie 'Cuéntame' y, más concretamente, de baúl de aquella doña Carmen Polo de Franco que salía en el NODO, en la televisión y en las páginas de huecograbado del diario Abc. Todo ello en blanco y negro.


Edipo; integrante del coro e hija de Edipo; Yocasta; Creonte; Tiresias, pastor e hija de Edipo. (Fotografía de Jero Morales.)
Los cinco integrantes del reparto se sientan a una mesa de comedor cubierta con un mantel blanco, sobre la que hay unos platos, unas copas y una vasija con agua. En torno a la mesa se desarrolla toda la obra, desde el principio hasta el final. Hay personajes a los que se espera, porque tardan, pero no pueden llegar porque están sentados a la mesa desde el primer momento. En este 'Edipo' la falta de movimiento es atroz. Hay tan poca acción en esa mesa que los comensales ni siquiera comen.


En realidad la mesa resulta uno de los elementos más anacrónicos del montaje. Edipo, Yocasta, Creonte, Tiresias, el dúo que hace de coro y de las hijas de Edipo -casi todo el reparto interpreta a varios personajes- permanecen sentados en torno a esta mesa como podrían contar la historia mientras jugaban a las cartas, charlaban recostados en un tresillo o apoyados en la barra de un bar. En este montaje lo único imprescindible es el texto.


Si en vez de estar sentados en torno a una mesa de comedor, lo hubiesen estado a la mesa de un estudio radiofónico, si las copas hubiesen sido sustituidas por micrófonos de radio, con sus correspondientes cortavientos, si en lugar de platos tuviesen auriculares, el montaje resultaría menos chocante.


Pero no es un mal montaje. Y la interpretación es buena. Simplemente no parece una puesta en escena muy adecuada para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y para el Teatro Romano emeritense. Y no porque le falte calidad, sino porque no aprovecha ni el Festival ni el Teatro. Con otro montaje, este Edipo podría satisfacer mucho más. Claro que para un solo pase y a mitad de semana, ¿quién se mete en más líos y en más gastos? Bueno está el chaleco para quien es padre.


Más de 1.500 personas han visto la representación de un 'Edipo Rey' que no desagrada, pero tampoco satisface completamente. Sabe a poco porque podía haber dado mucho más de sí. Entre los espectadores estaban su señoría Blanca Martín Delgado, presidenta de la Asamblea de Extremadura, doña Esther Gutiérrez Morán, consejera de Educación y de Empleo, y don Santos Jorna Escobero, consejero de Medio Ambiente y de Política Agraria. 


Posiblemente ha sido el estreno con más autoridades regionales, del PSOE, en lo que va de Festival.





miércoles, 15 de julio de 2015

La 'Medea' de Aitana


José Joaquín Rodríguez Lara


La segunda 'Medea' del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida ha sido un éxito. El público ha aplaudido durante varios minutos a Aitana Sánchez-Gijón, subrayando que la representación le había complacido. No hay mejor termómetro para medir el éxito de un espectáculo que el público, pues como afirma Jesús Cimarro, director del Festival, el teatro se hace para el público. No para la crítica ni para las instituciones: para el público.


Aitana Sánchez-Gijón protagoniza un montaje teatral que en su origen no está concebido para el Festival de Mérida o, mejor dicho, para el Teatro Romano emeritense. Y se nota. Se nota mucho. Es como un pantalón que se queda corto y se le saca la bastilla para tapar el trozo de pierna que ha dejado al descubierto el estirón de la escena. Esta 'Medea', que llega de Madrid, se ha diseñado para espacios mucho más pequeños.


El espectáculo se basa en la 'Medea' de Séneca, sobre la que Andrés Lima, autor de la versión, director del espectáculo, narrador, intérprete de Jasón y de Creonte y hombre para todo sobre el escenario, ha construido un proyecto que seguramente funciona mejor en un espacio escénico reducido que sobre la enorme pasarela del Teatro Romano de Mérida.


Medea, sus dos hijos de atrezo, la nodriza y, detrás, el coro. (Imagen de Jero Morales).


En el reparto de la obra sólo figuran cuatro personas; Aitana, que encarna a Medea; Andrés Lima, que como se ha dicho representa a Jasón y a Creonte, y que se comporta durante toda la obra más como un director que como un actor; Laura Galán, en el papel de la nodriza, y Joana Gomila que canta, con una bonita voz, por cierto, y toca el contrabajo. Y no hay más. Hasta los hijos de Medea y de Jasón son de atrezo, sendos muñecos de cartón, de plástico o de algo parecido, que ni se mueven ni pestañean a pesar de la que se les viene encima. Y advertidas debían de estar las criaturas, pues les faltan las manos y parte de los brazos. Gajes del oficio.


Tan sólo con cuatro personas es muy difícil llenar el escenario del Teatro Romano, salvo que se tenga una dimensión artística descomunal. En este caso, a la parquedad de medios de una 'Medea' concebida para espacios reducidos se le añade, como extensiones circunstanciales, un coro gigantesco para una obra de teatro: el Coro de Jóvenes de Madrid, que tiene unos 80 integrantes. No es un coro de teatro clásico, es un coro musical. No cuenta ni explica la acción, la subraya con música vocal, durante una noche y en el teatro Romano de Mérida.


La presencia de la 'Medea' de 
Aitana Sánchez-Gijón en el Festival es un visto y no visto, una única noche. La adaptación circunstancial, por lo breve, a la arena emeritense deja al descubierto desajustes y lagunas inevitables en el sonido, en la ocupación de espacios, en los movimientos... Seguramente es muy difícil pasar, para tan poco tiempo, del formato café teatro, dicho sea con todos los respetos y sólo con fines descriptivos, al del Festival de Mérida. Y esta dificultad juega en contra del montaje.


En la 'Medea' de Aitana Sánchez-Gijón hay muchos gritos, auténticos alaridos, y bastante menos de ese estado de ánimo que habitualmente se denomina emoción. La emoción se diluye debido a varios factores. El principal de todos es la ausencia de modulación. La obra comienza con una lectura acelerada e intensa sobre la mitología, a cargo del recitador-director-Jasón-Creonte, sigue con los alaridos y continúa con un nivel de intensidad dramático-vocal altísimo, pero monótono. Incluso a pesar del coro. Las canciones que interpreta Joana Gomila son un oasis de paz entre tanto decibelio y tanta desmesura gutural.


Más que emocionar, esta 'Medea' asusta. Los alaridos dan miedo, causan espanto, que sin duda es una forma de emoción, pero no una emoción que aproxime a lo que se ofrece desde el escenario. La invocación a Hécate y a todos los demonios del inframundo para envenenar los regalos que Medea le hará a Creusa, la nueva esposa de su marido Jasón, antes que a un conjuro recuerda a un aquelarre. El coro, distribuido en semicírculo en torno a la protagonista, resalta este efecto. Medea no parece una mujer abandonada y despechada a la que consumen los celos y el odio. Tampoco parece una hechicera solitaria. Parece una bruja come niños -una bruja con un tipo estupendo, desde luego, pero una bruja- y, como tal, termina embadurnada, si no en pez sí en otra sustancia igualmente pegajosa, y rebozada en plumón.


Tampoco resulta especialmente emotivo que Medea mate a sus hijos de cartón estrellándolos varias veces contra el suelo, hasta que a uno de ellos se le arranca la cabeza. Siempre queda ridículo empeñarse en matar algo que ya está muerto, pero tener que lanzar una y otra vez contra el suelo a dos muñecos para destrozarlos, más que ira, transmite impericia.


El numeroso público -unas 2.500 personas, el mejor debut en lo que va de Festival- asistente a la representación vio todo esto y, en general, le gustó. Aplaudió con ganas tras poco más de una hora de espectáculo. Después del estreno no faltaron comparaciones entre la 'Medea' de Ana Belén (dos horas de representación), que abrió este 61 Festival de Mérida, y la 'Medea' de Aitana Sánchez-Gijón, que sacaba ventaja en las preferencias. Tras la representación, Aitana parecía muy satisfecha, feliz y relajada. Buena señal.


Entre el público estaba el expresidente socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra que, aunque acostumbra a ir al Festival no suele asistir a los estrenos. Esta vez, al ser representación única, no quiso perdérsela. Estuvo también el alcalde emeritense, espectador habitual, ejerciendo de anfitrión.


Subrayo la presencia de estos dos dirigentes socialistas -uno con cargo y otro sin él- porque, hasta ahora, salvo error u omisión, las nuevas autoridades regionales no se están dejando ver en los estrenos del Festival. Hay que suponer que se debe a la tarea extra que conlleva subirse en marcha al gobierno autonómico, y no a un problema de incompatibilidad con los horarios -las representaciones comienzan cerca de las once de la noche- o con la programación, decidida y cerrada durante el mandato del popular José Antonio Monago. 


El presidente Guillermo Fernández Vara estuvo anoche en Badajoz, en el estreno de la película 'El país del miedo', que ha abierto el Festival Ibérico de Cine. La película se basa en una novela de Isaac Rosa, hijo del exconsejero y exdirigente sindical Antonio Rosa, y está dirigida por Francisco Espada.



miércoles, 8 de julio de 2015

Sócrates y la negra sombra del euro


José Joaquín Rodríguez Lara


Mario Gas y Alberto Iglesias firman el texto de 'Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano' que acaba de estrenarse en el Teatro Romano emeritense. Es el segundo estreno del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y el segundo montaje -el primero fue 'Medea', con texto de Vicente Molina Foix- en el que se aborda el mundo clásico con una obra nueva. Sobre todo en el caso de 'Sócrates'. 


Hasta ahora lo que se acostumbraba a hacer en Mérida era reescribir la obra, o las obras, de los clásicos, manteniendo el título y el nombre del autor, que ya no puede reclamar sus derechos, ni económicos ni literarios, y destrozarla con el pretexto de actualizarla, tanto en el lenguaje (haciendo que la sordomuda no pare de hablar, por ejemplo), en el vestuario (cambiando las togas por uniformes nazis, generalmente) o en la escenografía, llenando la escena del Teatro Romano de automóviles, neumáticos o cualquier otro objeto que descontextualice el mensaje original.


En 'Sócrates' no ocurre casi nada de esto. Y es de agradecer. Se trata de una obra nueva, basada en documentos históricos, lógicamente, que aporta su grano de arena a la amplia, pero también limitada, panoplia de textos teatrales sobre el mundo clásico.


Aunque sólo sea por esto, por ver un 'clásico de hoy mismo', ya merece la pena asistir a la representación de 'Sócrates'. Si además el protagonista es el gran José María Pou, la asistencia está más que justificada.


José María Pou y Carles Canut en los papeles de Sócrates y Critón. (Fotografía de Jero Morales.)

Pero hay más. A Pou le acompañan en escena seis buenos profesionales del teatro que ofrecen una actuación notable. Especialmente en el caso de Carles Canut, de Pep Molina y de la impresionante Amparo Pamplona, que ha vuelto al Teatro Romano diecisiete años después de su última actuación y está estupenda en el papel de la mujer de Sócrates. El público asistente al estreno aplaudió el mutis de la actriz tras un pequeño monólogo en el que explica la relación con su esposo el filósofo.


'Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano' es una obra de muy poca acción y de mucha reflexión. No es una obra sencilla ni fácil de seguir. Hay que mantener la atención en todo momento. Y escuchar, escuchar sin distracciones, tratando de beberse las palabras. Se puede cerrar los ojos, a veces hasta conviene hacerlo, pero hay que tener completamente abiertos los oídos durante toda la representación.


Además de poquísima acción, en este espectáculo también hay muy pocos diálogos. La obra se basa en los monólogos. Hay muchos y en diversos formatos: monólogos a varias voces, monólogos interiores, monólogos que se aproximan al diálogo con el público, monólogos grabados que semejan voces en of, aunque el actor permanece en escena...


Es una combinación interesante desde el punto de vista de la mecánica teatral, pero dificulta el seguimiento de la obra, en la que, en una especie de prefacio, se explica la muerte de Sócrates, a continuación se desarrolla el juicio en el que se condena a muerte al filósofo, más tarde, Sócrates reflexiona en voz alta sobre su vida, su condena, la justicia y la injusticia y, por último, se vuelve a explicar la ejecución.


La escenografía es sobria, minimalista. La escena rectangular, de corredor, propia del Teatro Romano adopta las formas redondeadas de un teatro a la griega con la incorporación de un círculo que ocupa gran parte de la orchestra y permite que los actores estén más cerca del público. El círculo parece un gran disco de gramola, con algún rayón, pero quiere ser una plaza o una corte de justicia, cuando no simplemente la cueva en la que Sócrates fue encerrado y obligado a suicidarse bebiendo un mejunje elaborado a base de cicuta.


Aunque leyendo el texto que Mario Gas firma en el programa de mano de la función, el círculo también podría ser interpretado como la negra sombra de un enorme euro clavada sobre el solar griego. 


Como coautor y director de 'Sócrates', Mario Gas dedica el "espectáculo al pueblo griego, y a su gobierno, esperando que el caso de Grecia sirva para que avance la Europa de los ciudadanos y retroceda la Europa del gran capital".


Curiosamente, Gas homenajea a un Gobierno griego que lleva meses reclamándole más dinero a "la Europa del gran capital", con un ciudadano Sócrates que rechaza el dinero que, para salvarle la vida', le ofrece su amigo y seguidor Critón, una persona adinerada. Aunque no se sabe si tanto como la troika, reencarnación comunitaria de las 
'muy benévolas' y muy clásicas Euménides griegas, antecesoras de las muy justicieras Furias romanas. 


Don Mario, perdóneme, pero creo que el ciudadano Sócrates, el Sócrates auténtico, se hubiese tomado la cicuta voluntariamente y con mucho gusto antes que ver supeditado el cobro de su pensión de filósofo a las concesiones de "la Europa del gran capital". 


Estoy convencido de ello pero, para cerciorarme, voy a intentar ver otra vez su obra, porque considero que merece la pena y porque seguramente hay en ella cosas que me perdí la noche del estreno.