domingo, 26 de julio de 2026

Los dioses multicolores

José Joaquín Rodríguez Lara

Creo en la existencia de vida extraterrestre. No puedo concebir que algo tan inmenso, tan complejo y tan misterioso como es el Universo sea un nido con un solo huevo fértil: la Tierra.

    Menos fe tengo en que exista vida inteligente fuera del planeta azul. Si casi no la hay en la esfera que habitamos, ¿por qué tendría que haberla en otros rincones del Cosmos?

    No rechazo que la haya, pero como no la he visto me niego a darla por existida. Y mucho menos por existente.

    Quienes creen en ovnis, platillos volantes, naves alienígenas y extraterrestres varios no parecen dudar de que tenemos vecinos en el espacio. Unas veces dicen que son verdes y bajitos, otras grises y altos, en ocasiones casi traslúcidos y casi nunca, agraciados. Hablan de ellos con una seguridad pasmosa, aunque nunca los hayan visto. No solo están convencidos de que los dioses multicolores nos visitaron hace milenios y trabajaron para nosotros -construyeron las pirámides, por ejemplo-, sino de que somos hijos suyos y viven a nuestro lado.

    No desacredito sus opiniones. Me limito a no darles crédito. Quienes estudian y difunden la cultura extraterrestre se hacen muchísimas preguntas y no nos dan ni una respuesta. Hacerse preguntas que tengan sentido no es fácil en cualquier campo de la vida. Ofrecer respuestas, aunque sean mínimamente solventes, es mucho más complicado.

    Yo, que no soy experto ni en mí mismo, me pregunto por qué razón unos seres que, supuestamente, llegaron a este planeta desde mundos distantes millones de millones de kilómetros y que tenían una tecnología muy superior a la humana solamente dejaron en la Tierra piedras labradas y otros rastro bastante pedestres. Nosotros, con medios mucho más modestos, les hemos enviado naves -la Voyager 1 y la Voyager 2- con discos de oro en los que están grabados saludos en 55 idiomas, nuestro ADN, nuestra música, la posición de nuestro planeta en el sistema solar y otras pistas muy esclarecedoras sobre lo que somos. Es decir, les hemos enviado respuestas, no preguntas.

    Pero los expertos en las visitas extraterrestres hablan con tal ardor y convencimiento de ellas que, más que estudiosos de un asunto tan crucial, parecen propagandistas, embajadores de los alienígenas, auténticos charlatanes que, a través de la televisión, unas noches nos venden platillos voladores y al día siguiente, con la misma profesionalidad y eficacia, podrían endosarnos sartenes antiadherentes. Como si en vez de informarnos sobre los ocupantes de los platillos estuviesen preparándonos para que su manifestación expresa, sea pacífica o bélica, no nos coja por sorpresa.

    Nada extraño. Las religiones del mundo, incluida la cristiana, están llenas de profetas y de profecías sobre la llegada o el regreso de los dioses. Esas erróneas creencias religiosas facilitaron, por ejemplo, la colonización de América por los conquistadores extremeños. A quienes somos terrícolas nos están convenciendo de que, más temprano que tarde, los extraterrestres se sentaran a nuestra mesa. No se sabe aún si para comer con nosotros o para devorarnos.