Acuérdese de 'El cerco de 'Numancia'
José Joaquín Rodríguez Lara
La tragedia 'El cerco de Numancia' cierra el 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y lo hace con muy buena nota. Florian Recio ha hecho una buena versión de la obra de Cervantes y Paco Carrillo ha dirigido un montaje que funciona.
Se trata de un espectáculo que se ajusta a las características del Teatro Romano de Mérida. No sólo ocupa casi toda la escena, sino que tiene también música en vivo, ejecutada desde la orchestra, algo que raramente se ve en el Festival.
Además de las nueve personas que integran el reparto y que, en conjunto, realizan un buen trabajo -con un convincente Fernando Ramos en el papel de Escipión y un eficaz David Gutiérrez, que encarna a un legionario veterano-, en 'El cerco de Numancia' hay tantos figurantes -32 figurantes, 32- que la obra hace recordar a montajes de hace muchos, muchos, muchos años. ¿Cómo será posible hacer teatro con tanta gente sin arruinar a la empresa? ¿Por cuánto sale una obra con cuatro actores y 60 niños cantores de Viena?
La última obra del Festival de Mérida no se ajusta, evidentemente, al texto cervantino. Recio ha tomado la esencia argumental y se ha esforzado en acercar la historia a la actualidad. No se trata de un espectáculo patriotero, en el peor sentido del término, sino de un montaje en el que se hace mucho más hincapié en la defensa de la libertad y de la dignidad de las personas, como individuos, que en la independencia de las ciudades, de los pueblos o de los países.
El argumento de 'Numancia' es archiconocido, pues durante siglos se ha utilizado en las escuelas patrias como ejemplo paradigmático de la valentía, de la honorabilidad y de la capacidad de sacrificio del pueblo español. No obstante, el autor de la versión le ha dado a la obra un carácter menos racial, más universal, de modo que en el mensaje importa poco si el enfrentamiento es entre íberos y romanos, entre numantinos y legionarios, entre bárbaros y soldados de Roma, entre españoles y extranjeros... El combate es entre personas que luchan para dominar a las demás y personas que se resisten a ser dominadas.
Si se despoja a los contendientes de sus falcatas y de sus gladius -la famosa espada corta romana que, curiosamente, Roma le copió a los celtíberos-, la lucha es un combate sin cuartel entre el orgullo, el exceso de la propia estimación, y la soberbia, que es altivez y menosprecio de lo ajeno. El orgullo y la soberbia son dos conceptos que, aunque a veces se utilicen como sinónimos, no son la misma cosa.
El orgullo, la defensa de su dignidad colectiva, le impide rendirse a los numantinos. Y la soberbia, el deseo de imponer a sangre y fuego su poder político y militar, le impide a los romanos aceptar un acuerdo de paz si no conlleva la humillación y la esclavitud de los habitantes de Numancia.
En este sentido, la obra que firma Florian Recio se nos presenta muy en blanco y negro. O se es conquistador o conquistado; o se es oprimido o se es opresor; o se es de los buenos o se es de los malos. No hay trazos grises. Esto hace que todo el mundo se identifique con el bando numantino, con los buenos. No importa la causa que se defienda ni como se defienda. Cualquiera se sentirá numantino, oprimido por el poder, ajeno; sometido por el gobierno, ajeno; machacado por el estado, ajeno. Quién va a declararse imperialista. En Iberia hubo una vez una Numancia. Ahora, seguramente haya diecisiete, más dos ciudades autónomas en la costa africana y, al Oeste, Portugal. Lo de Andorra está por ver.
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Numantinos en su laberinto. (Imagen de Jero Morales.) |
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