domingo, 24 de julio de 2016
sábado, 23 de julio de 2016
Señorías sin vergüenza
José Joaquín Rodríguez Lara
España necesita una nueva Ley Electoral. Está visto que la actual, que lleva la firma de un Felipe González en supermayoría socialista, no sirve. Se ha quedado obsoleta por muchas razones. Y la principal de todas es que, en circunstancias como las que se están dando, es decir, cuando se produce una carencia casi absoluta no sólo de estadistas, sino de simples políticos sensatos, no se consigue formar gobierno.
Ahora mismo (una de la madrugada del 24 de julio del año 2016) la convocatoria de unas nuevas elecciones generales en España parece más fácil que la formación de un gobierno. ¿Por qué? Porque ni la Constitución ni la Ley Electoral prevén medidas para salir del atolladero en el que el electorado y los políticos han metido a este país.
El legislador, iluso de él, seguramente creyó que el centro sociológico español jamás se radicalizaría. Debió de suponer que al muy noble y leal ejercicio de la política sólo se dedicarían personas sensatas. No ladrones, no soberbios, no presumidos, no estúpidos, no tontocoños. Y sus correspondientes versiones en todo el arco iris sexual.
Y dado lo que hay, ¿qué podemos hacer para salir de este barrizal? Varias cosas.
Para empezar, presionar en la medida de nuestras posibilidades para que los políticos -todos los políticos de todos los partidos- pongan nuestras necesidades por delante de sus intereses. Se presiona con el voto, con la opinión, con la manifestación y con un sin fin de mecanismos absolutamente legales y democráticos. Pero hay que presionar porque la política es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de los políticos.
Se habla mucho de cambiar la Constitución y muy poco, demasiado poco, de cambiar la Ley Electoral. Estamos metidos hasta el cuello en este charco porque, entre otras cosas, los políticos que aprobaron la vigente Ley Electoral la han utilizado desde entonces para robarnos a los ciudadanos el derecho al sufragio pasivo, a ser candidatos. Un derecho que, como reconoce el Tribunal Constitucional en varias de sus sentencias, la Constitución asigna a la personas de una en una, individualmente, no a los partidos políticos ni a las agrupaciones de electores.
Pero los dirigentes de los partidos -todos los dirigentes- le han robado a la ciudadanía ese derecho y lo utilizan a su antojo, y como arma de poder, para decidir quién puede ser candidato y quién no.
Pues de esa 'selección' realizada por los dirigentes de las fuerzas políticas ha salido la bazofia y la carga de inútiles que tenemos actualmente en el Congreso de los Diputados. Señorías, atrincheradas en sus egoísmos y en sus incapacidades, que sólo sirven para hacer discursos y cobrar sueldos suculentos. No les interesan los problemas de la ciudadanía. No les preocupa que haya que celebrar una elección tras otra y que, aún así, tampoco se forme gobierno. ¿Dónde están los políticos con profundísimas diferencias ideológicas pero con un sentido tan fuerte del estado que fueron capaces de llevar a España desde la dictadura y el aislamiento internacional a la democracia y a la integración en las instituciones europeas? ¿Había menos diferencias ideológicas entre el comunista Santiago Carrillo y el exfranquista Manuel Fraga que entre Rajoy y Pablo Pablito Pablete Iglesias? ¿Al socialista Felipe González le resultó agradable renunciar al marxismo, pactar con el exfranquista Adolfo Suárez y tragarse luego el sapo de entrar en la OTAN? ¿De qué nalga de Minerva ha nacido el sociata Pedro Sánchez para emperrarse en ser el perro del hortelano, que ni gobierna con Podemos ni deja gobernar a Rajoy?
Nos han robado el derecho constitucional al sufragio pasivo y utilizan nuestro voto para seguir robándonos grandes sueldos y prebendas. No tienen perdón. Ni perdón ni vergüenza. Si no son capaces de realizar la tarea para la que fueron elegidos, ¡que renuncien! Que se vayan a su casa a la vista de que, como parlamentarios, son un desastre. Lárguense, por Dios, antes de que les corramos a gorrazos.
En la próxima Ley Electoral hay que incluir remedios para todos estos males. Uno de ellos tendría que ser que los candidatos a la Presidencia del Gobierno deberán permanecer encerrados en cónclave, es decir bajo llave, que eso significa 'cum clavis', y a pan y agua, hasta que lleguen a un acuerdo o dimitan. Ya se hizo con los cardenales de la Iglesia en 1268, cuando llevaban tres años de reuniones y no se les aparecía el Espíritu Santo ni elegían a un nuevo papa. Bastó con echar la llave y simplificar el menú para que se les aclarasen inmediatamente las entendederas y eligiesen papa a Gregorio X, que mantuvo el cónclave y el racionamiento alimentario para ayudar al Espíritu Santo en las sucesivas elecciones de papa.
jueves, 21 de julio de 2016
jueves, 14 de julio de 2016
martes, 5 de julio de 2016
Badajoz, una ciudad asediada
José Joaquín Rodríguez Lara
Nada más y nada menos que en Tasmania, al fondo a la derecha, según se traspone el horizonte, ha sido localizado el diario de campaña de un militar británico que tuvo una participación muy destacada en uno de los asedios más sangrientos sufridos por Badajoz.
El diario se titula ‘Alentejo. Journal. 1811’. Su autor fue John Squire, cuya vida daría para muchos libros y hasta para más de una película. Squire fue militar, ingeniero, espía, arqueólogo, escritor… Desde luego, no se aburrió. Al final de sus días, muy poco tiempo antes de que unas fiebres le descabalgasen definitivamente, recogió algunas de sus andanzas en este diario, en el que plasmó su visión del asedio a Badajoz a manos del ejército del duque de Wellington.
Anhelo profundamente que, más pronto que tarde, alguna institución, pública o privada, publique este diario y que lo presente en la capital pacense. Lo deseo, pero no espero que suceda. Creo, además, que debería ser publicado en una edición plurilingüe –en inglés, castellano, francés y portugués- que incluya los preceptivos análisis históricos, castrenses y de ingeniería necesarios para que la lectura de la obra contribuya a conocer lo mejor posible ese transcendental instante de la historia de Badajoz. Pero es muy posible que mi anhelo, a pesar de su modesto coste, comparado con cualquier fasto oficial al uso, exceda con mucho hasta las competencias del mismísimo San Judas Tadeo, venerado patrón de lo imposible, que mora en la plaza pacense de las tres mentiras y sabe más de milagros que nadie.
Así que, como no confío en que se produzca el prodigio de la adecuada publicación del diario, me retrepo en el asombro. ¿Cómo es posible que pasen los siglos y se enfríen las batallas y bostecen las guerras y se politicen los militares y los asedios a Badajoz no pasen de moda? El hallazgo del librito ha sido comentado con fruición hasta en la prensa de la corte madrileña. El diario de John Squire, localizado en una librería de viejo -Cracked and Spineless, (Agrietado y Frágil)- de la ciudad de Hobart, en la isla de Tasmania (Australia), sólo es la punta del iceberg que ocupa, desde el fondo a la superficie, todo el devenir histórico de la población pacense.
Una ciudad que nació asediada por el poder y, 1.141 años después de su alumbramiento, subsiste en mitad de un asedio permanente.
Hay que recordar, aunque sea a grandes rasgos, que para huir del asedio del emir de Córdoba, Ibn Marwan se encaramó en el cerro de la Muela y fundó la ciudad, junto al vado del Guadiana, en el año 875. Siglo y medio después, Badajoz fue tomada por el rey Alfonso IX de León. Posteriormente la conquistaron los portugueses. Durante la Guerra de la Independencia, Badajoz fue asediada, tomada y saqueada por las tropas napoleónicas y por los ejércitos aliados de Wellington en un pim pam pum que pudiera parecer una partida de pimpón si las pelotas no hubieran sido de hierro colado, si no oliesen a pólvora y en vez de raquetas, los contrincantes no las disparasen con cañones y otras armas de fuego.
En 1936, poco más de un siglo después de padecer los sitios anglo-napoleónicos, Badajoz sufrió el más sangriento y doloroso de todos los asedios militares. El teniente coronel Yagüe, que tenía úlcera en el estómago y al general Franco subido en la chepa, acampó en San Roque, en la margen derecha del Rivillas, y puso todo su empeño en darle un escarmiento a la Segunda República, que tenía la cabeza en Madrid, pero se acordó de Badajoz para llevarse a su gobernador militar y nombrarlo ministro de la Guerra. Yagüe pasó por encima del gobernador sustituto y tomó la capital pacense a sangre y fuego. Sin piedad, con la saña de un converso. Las heridas que causó aquella batalla todavía se destapan y se sahúman con flores y discursos cada mes de agosto.
¿Fue este el último asedio sufrido por la capital de la provincia? No. Los asedios han seguido y siguen. Badajoz los resiste porque es una ciudad que nació para resistir, encastillada sobre el cerro de la Muela, y encastillada continúa, arrebujada en la desdentada toca de sus murallas, aguantando asedios y nuevos embates de guerras que nunca han sido, ni nunca serán, formalmente declaradas.
Pero las señales y la maquinaria de tanto sitio están a la vista de quien quiera contemplarlas. De tanto haber sido utilizada como campo de batalla, Badajoz sólo conserva como monumento destacado sus murallas, incluidas las de la Alcazaba. Poco más ha quedado en pie. Hasta la Catedral se usó como trinchera.
Badajoz, la ciudad extremeña más poblada, es también la peor comunicada. Para llegar desde Badajoz hasta Cáceres hay que circular por una trocha infame, que no merece el nombre de carretera, en la que la velocidad llega a estar limitada a 30 kilómetros por hora y en la que no hay ni un solo metro de carril para vehículos lentos, a pesar de los muchos camiones que transitan por ella. Entre Cáceres y Trujillo hay una autovía, y lo mismo ocurre entre Coria y Navalmoral de la Mata, y entre Miajadas y Don Benito-Villanueva de la Serena. Entre Badajoz y Cáceres sólo hay una trocha, la trocha de la vergüenza. Badajoz tampoco tiene conexión completa por autovía con Granada, ni con Sevilla, ni con Córdoba, ni por supuesto con Huelva. Y estas carencias comunicativas, ¿qué tienen que ver con los asedios? Bastante. Aislar al contrincante lo más posible es el primer objetivo de quien asedia.
Además, hay que impedir que pueda prosperar. En el pasado se robaba el ganado de las ciudades asediadas, se quemaban las cosechas, se talaban los bosques… Ahora no hace falta. Hay procedimientos más sutiles: por ejemplo, dilatar en el tiempo, sine die, la construcción de la Plataforma Logística del Suroeste al tiempo que se supedita el futuro de toda una ciudad precisamente a la puesta en servicio de ese proyecto, así como de un ferrocarril acorde con los tiempos y con las necesidades.
Basten estos dos ejemplos para honrar la memoria del ingeniero constructor de puentes y experto en asedios John Squire, pero hay más. Si no es asedio, ¿qué tipo de pedagogía fiscal es la que propugna cuadrar las cuentas de una administración (el SES) no pagándole los impuestos a otra? (El Ayuntamiento de Badajoz es uno de los gobiernos locales damnificados.) ¿Podemos hacer lo mismo con la Junta los contribuyentes de a pie que sufrimos descuadres de bolsillo y salir indemnes del intento? O, ¿por qué se reduce la apertura del comercio pacense los domingos? Los representantes del pequeño comercio encarnan más y mejor los intereses de los vecinos de Badajoz que el Gobierno municipal que esos mismos vecinos han elegido con sus votos?
¿Por qué se continúa sitiando Badajoz, una ciudad que abre sus murallas a todo el mundo? Y no las abre un día al año, sino un día y otro y otro y otro... Badajoz es una ciudad de puertas abiertas los 365 días del año. Sean festivos –el Carnaval, la Semana Santa, los Palomos, Almossassa, la Feria de San Juan…- o laborables y reservados para ir de compras, de médico o de papeleo.
¿De verdad se merece Badajoz tanto asedio? ¿A quién se pretende escarmentar disparando una y otra vez contra las murallas pacenses?
(Artículo publicado en la revista municipal de la feria pacense de San Juan 2016.
Página 129 y siguientes.)
Página 129 y siguientes.)
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Recreación artística de uino de los muchos asaltos sufridos por Badajoz. El pan nuestro de cada día en la ciudad. |
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