sábado, 25 de abril de 2015
martes, 21 de abril de 2015
El soufflé de Ciudadanos
José Joaquín Rodríguez Lara
Ignoro si Ciudadanos sufre de vértigo, si le asustan las alturas o es que ha alcanzado ya la cima de sus posibilidades electorales y, como a partir de la cúspide, lo único que se puede hacer es bajar, ha iniciado el descenso, pero algo le está pasando.
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Albert Rivera, líder del partido político Ciudadanos, en catalán Ciutadans, C's. (Imagen bajada de Internet.) |
Algo le ocurre al bonito partido de Albert Rivera. Algo que explique propuestas tan peregrinas como olvidarse de invertir en el AVE, sin plantear una alternativa de comunicación por ferrocarril de alta velocidad en comunidades autónomas como la extremeña, para destinar ese dinero a una retahíla de institutos tecnológicos que, mucho me temo, se ubicarían todos en ciudades, provincias y regiones que ya están comunicadas a través del AVE. Más que nada, para acercar unos institutos a otros.
Algo debe ocurrirle a Ciudadanos cuando una de sus propuestas es legalizar la prostitución, que no es una reivindicación que la ciudadanía española, esté prostituida o no lo esté, exprese un día tras otro con sus protestas callejeras. Y hacerlo, además, con el argumento de que la prostitución mueve muchos miles de millones y no paga impuestos. Ni a Zapatero se le ocurrió semejante cosa. El narcotráfico también mueve millones y tampoco paga impuestos: legalícese.
Dejo al margen cualquier aspecto moral, allá cada quien con su conciencia, pero no me veo a las personas que se dedican a la prostitución cargando el IVA en el recibo. Ni a su clientela pidiéndole factura, con lugar, fecha y NIF, para desgravarse ese mismo impuesto en la declaración trimestral.
Prostituir a una persona es un delito y ese delito jamás debería ser legalizado. Tener que ejercer la prostitución por iniciativa propia al no hallar mejor forma de ganarse la vida es lamentable y no debería legalizarse algo que es lamentable. Ejercer la prostitución voluntariamente y sin necesidad material de hacerlo es digno de análisis, pero no me parece que exija la aprobación de una ley. Salvo que haya leyes para jugar al dominó o para pintar con acuarela. Más que legalizar el ejercicio de la prostitución, habría que velar por la buena salud de las personas que la ejercen y de su clientela. No es admisible que haya que tener carnet de manipulador de alimentos para despachar pan y no se vigilen las condiciones higiénicas de los prostíbulos.
Tras adelantar a la derecha precisamente por el carril de la derecha negándose a extender la atención sanitaria universal a los inmigrantes que estén en España en situación ilegal, lo último, por ahora, en el universo electoral de Ciudadanos es la propuesta de subirle el IVA, y por lo tanto el precio, al pan, para bajárselo a la ópera. Que a esto puede reducirse el planteamiento de aumentar el IVA de los productos básicos para bajárselo a los bienes y servicios culturales.
Se ve que para Ciudadanos, el IVA es una manta tan corta tan corta que si te arropas los calcetines (21% de IVA) te desarropas los huevos (4%). Bueno, los huevos y la leche y las papas y el queso y el pizarrín. Perdón, se me olvidaba, también la goma de borrar y el cuaderno y la regla y el resto del material escolar. Todo lo que, por estar dentro del grupo de los productos básicos, está gravado con el IVA superreducido, del 4%.
Y hablando de subir y de bajar, recuerdo ahora que el soufflé no sube dos veces, así que hay que hornearlo con mucho tino, don Albert, con todo el tino del mundo. Que le aproveche.
domingo, 19 de abril de 2015
Cerdos de flor en flor
José Joaquín Rodríguez Lara
Es inútil 'darle margaritas a los cerdos'. Cada vez se utiliza menos esta expresión, que tiene su origen documental nada más y nada menos que en San Mateo, pero aún no se ha olvidado. A veces, en vez de margaritas, lo que se desaconseja es echarles perlas a los marranos. Viene a ser lo mismo. No sólo por la intención del dicho, sino porque para la Real Academia Española de la Lengua, además de una planta y de la flor de esa planta -me quiere, no me quiere-, la margarita es una perla, "la perla de los moluscos". Si no me cree, puede cerciorarse usted en el diccionario.
Pues sea una flor o sea una perla, la tradición considera inútil de toda inutilidad echarle margaritas a los cerdos. Y está muy claro el porqué: se supone que los cerdos no aprecian las margaritas. Es lo que creía San Mateo y lo que cree todo el mundo. Yo también lo creía. Lo he creído hasta que los propios cerdos me han convencido de lo contrario. En una dehesa extremeña, Almamed, en el corazón de un encinar y alcornocal, he visto a los cerdos comer margaritas. Margaritas de pétalos, no de nácar. Margaritas de campo, margaritas de oro y nata, esas margaritas con las que la dehesa se desabotona la primavera y proclama la amorosa frondosidad de sus intenciones.
Quienes no conocen Extremadura (Unión Europea), por la parte baja del mapa, la imaginan seca y áspera como una sábana de esparto. Pero Extremadura tiene primaveras suaves, dulces, tiernas, verdes, floridas y llenas de vida.
Más que una estación meteorológica, la primavera extremeña es un acto sexual. Por su intensidad, por su lujuria, por su brevedad. En Extremadura, la primavera estalla como la pólvora, se apodera de los sentidos -de la vista, del tacto, del olfato, del oído, del gusto, del sentido poético y hasta del sentido común-, y se agosta en quince días. Todo lo más, en un mes. Muy poco si se la compara con su primo el verano y con su abuelo el invierno, a los que no es nada fácil echar de casa.
Un mes de estación primaveral es una miseria, incluso para Extremadura, pero como acto sexual es mucho más que un rato de lujuria.
Pues en esta primavera extremeña, intensa, lujuriosa y breve, he visto a los cerdos comer margaritas. Y no comerlas de modo casual, como quien se traga un grano de pimienta negra en un bocadillo de salchichón, sino de forma intencionada. Pero lo más sorprendente es que esos mismos cerdos, ibéricos, criados libres en la dehesa desde el destete, también comían las flores blancas del jogarzo. (Para el vulgo y para los académicos, jaguarzo.)
Y no las comían tampoco por error, ni por estar mezcladas con la hierba. No señor. Estos cerdos buscaban las flores, las tomaban de una en una, excluyendo en cada uno de sus bocados las verdes hojas del jogarzo. No pastaban flores, las ramoneaban con una delicadeza que ya quisieran para sí las cabras, el ganado más escrupuloso a la hora de elegir su alimento.
Cuando se habla de la calidad del jamón y de la chacina se acostumbra a mencionar la raza del cerdo. Todo el mundo sabe que no hay mejores perniles que los de cerdo ibérico. Se cita también la enorme importancia que tiene el hecho de que el cerdo se haya alimentado con bellotas, en la montanera, durante los dos meses anteriores a su sacrificio. Sin embargo, no se suele mencionar el papel tan destacado que en la crianza y el engorde del cerdo ibérico de bellota tiene la hierba. Tanto la hierba de primavera como la del otoño, que le aporta a la carne de cerdo ibérico extremeño parte de su extraordinaria sapidez. Después de verlos comer flores entre las encinas y alcornoques de Almamed, empiezo a sospechar que la peana del santo jamón se sostiene sobre varios pilares: la raza porcina ibérica, la bellota y la primavera.
Y aún me queda una cuarta columna, en la que tampoco se suele reparar mucho: la dehesa, el campo, con su hierba, sus margaritas, sus moluscos, sus jogarzos, su belleza sobrecogedora y, sobre todo y por encima de todo, su espacio, su libertad perimetrada con paredes de piedra seca puestas en pie por los hombres que, en un parto de milenios, alumbraron a la dehesa extremeña.
Para que un jamón sea un tesoro de sabor, no sólo debe ser de cerdo ibérico, no basta con que el cerdo tenga en el comedero bellotas o un pienso que imite los ácidos grados de la bellota. Además, tiene que andar libremente, ejercitarse buscando la comida, correr y bufar si se espanta, bañarse en la charca, comer hierba, tanto en la primavera como en el otoño y, lo más importante, regalarse el paladar con flores. Sean de margarita o de jogarzos, pero flores silvestres, vivas, tomadas directamente de la planta, flores tan naturales como el propio cerdo. Y todo esto sólo es posible si el cerdo campa a sus anchas en la dehesa.
Porque los cerdos negros que viven en las dehesas extremeñas, de andar cabizbajo como filósofos meditabundos, sí aprecian las margaritas y otras flores. Yo acabo de verlo y doy fe de ello.
viernes, 10 de abril de 2015
¿Qué has hecho con mi carta, carajo?
José Joaquín Rodríguez Lara
Puse en Correos una carta certificada el día 23 de marzo, en Badajoz. Su destino era Majadahonda, en Madrid. Al certificarla pregunté cuánto tardaría en llegar y me respondieron que, como máximo, tres o cuatro días.
Han pasado ya 18 días. La carta no ha llegado a su destinatario. Correos no sabe decirme ni dónde está ni qué ha pasado con ella. Y eso que, antes de apartarme del mostrador de la oficina postal, quise saber qué garantías me daba el certificado de la carta y me respondieron que, al certificarla, podría conocer en todo momento por donde iba con solo introducir el código del envío en el localizador. Con semejante respuesta, casi me sentí mal por haber mostrado indicios de desconfianza.
Como pasan los días y mi carta no llega a su destino, busco información sobre mi envío en el localizador de Correos, a través de Internet, y sólo me dice que fue admitido el día 23, cosa que yo ya sabía. Pongo una reclamación, también vía cibernética, en Correos y no me han respondido aún. Presento otra reclamación en la oficina de Correos desde la que hice el envío y me dicen que me llamarán. Pero aún no me han llamado. Llamo al teléfono de atención al cliente y me atiende una máquina que no me entiende. Vuelvo a llamar, con el mismo resultado hasta que transfieren mi llamada a una voz humana, femenina, que dice llamarse Míriam, ¿en qué puedo atenderle?, y la voz me cuenta que responderán a mi reclamación antes de un mes.
¡Antes de un mes! Si me lo hubiesen dicho en el momento de enviarla, en vez de certificar mi carta la hubiese llevado yo mismo, andando, desde Badajoz hasta Majadahonda, en Madrid, y me hubiese dado tiempo de sobra a volver antes de que se cumpliera el mes, más los 18 días que recuelgan.
Hubo un tiempo en este país durante el que nada funcionaba bien, salvo la Guardia Civil y Correos. Conocí a un escritor, un tal Camilo José de Cela y Trulock, gallego para más señas, que no sólo fue Premio Nobel, el buen hombre, sino que hasta escribió un libro -el Diccionario Geográfico Popular de España- con los datos que reunió pidiéndoselos a los carteros de todos los pueblos españoles.
Esto que estoy escribiendo ahora mismo, devorado por la ira y por la impotencia, no es una fábula, pero tiene MORALEJA: Las empresas españolas de mensajería no necesitan hacerse publicidad, ya se la hace Correos. Y gratis.
SEGUNDA MORALEJA: Quienes deberían tener más interés en que Correos vuelva a funcionar muy bien son sus empleados y empleadas. A los clientes seguro que nos atenderán amablemente en otras empresas de mensajería. Y los altos ejecutivos de Correos no van a quedarse sin empleo.
¡Qué años aquellos en los que las cartas ordinarias llegaban a su destino aunque las señas fuesen insuficientes o estuviesen mal! ¡Felices tiempos en los que certificar una carta era un lujo innecesario! ¿Dónde están aquellos carteros que ayudaron a Cela a escribir su Diccionario Geográfico Popular de España?
Correos, que sepas que yo también te quise. Hasta hablé muy bien de ti en alguno de mis poemas, cuando era novio novicio y creía en tu buen hacer. Pero, entrañable servicio de Correos, empiezo a estar de ti hasta la coronilla, por no señalar más abajo. Tienes todo el derecho del mundo a la huelga, pero no a la desidia ni mucho menos a fastidiarme la vida.
Correos, que sepas que yo también te quise. Hasta hablé muy bien de ti en alguno de mis poemas, cuando era novio novicio y creía en tu buen hacer. Pero, entrañable servicio de Correos, empiezo a estar de ti hasta la coronilla, por no señalar más abajo. Tienes todo el derecho del mundo a la huelga, pero no a la desidia ni mucho menos a fastidiarme la vida.
Me cobras por un servicio que no me prestas. Y, encima, tampoco me das las explicaciones que te pido.
Correos, ¿qué has hecho con mi carta, carajo?
lunes, 6 de abril de 2015
Mentiras
Fuera de mí
para siempre,
lejos de ti
y de lo que fuimos,
debo admitir
que no te olvido,
aunque sea mentira.
Ahora que puedo
beberme tus ojos
sin miedo
ya a ahogarme en ellos,
podría decir
"aún te deseo",
pero sería mentira.
Para siempre
herido de ti,
pero libre de ti
desde hace un siglo,
hoy puedo
desmentir
que habites
mis recuerdos,
mis labios
o mis miedos.
Eso es mentira.
Mentira, mentira.
(Para siempre
herida de ti,
pero libre de ti
desde hace un siglo,
hoy puedo
desmentir
que habites
mis recuerdos,
mis labios
o mis miedos.
Eso es mentira.
Mentira, mentira.)
Yo, que por no tener
no tengo
ni siquiera el consuelo
de haber dormido
en tu pelo
como el humo
entre la escarcha,
no me voy a permitir
la alegría
infantil
de regalarte
una lágrima.
Ni aunque fuese de mentira.
De mentira, mentira, mentira,
una lágrima de mentira.
Sólo una lágrima.
Para acariciar
tu piel,
no necesito
un papel,
ni un lienzo
ni una pizarra.
Me basta
con recorrer
con los dedos
tanta sed
como dejaste
en mi alma.
Aunque sería mentira.
Mentira, mentira.
Pues en ese pozo
de mi vida
jamás hubo agua.
Ni antes ni ahora.
Nada.
Nada más que mentiras.
Yo, que sobreviví
a tu desprecio,
herido de ti
y de tus besos,
podría decir
que aún te quiero
con toda el alma,
pero tú sabes también
que aunque te sonara bien
eso sería mentira.
Mentira, mentira, mentira, mentira.
Todo sería mentira.
Mentira, mentira, mentira.
(Yo, que sobreviví
a tu desprecio,
herida de ti
y de tus besos,
podría decir
que aún te quiero
con toda el alma,
pero tú sabes también
que aunque te sonara bien
eso sería mentira.
Mentira, mentira, mentira, mentira.
Todo sería mentira.
Mentira, mentira, mentira.)
martes, 31 de marzo de 2015
Coser y callar
José Joaquín Rodríguez Lara
Guillermo Fernández Vara, líder de los socialistas extremeños, afirma que Extremadura “necesita muchos costureros”. En su opinión, en esta tierra hay mucho que coser, mucho que unir. Vara culpa al presidente José Antonio Monago de la división que el propio líder socialista detecta en la región. Considera que la VIII legislatura del Parlamento extremeño concluye en un ambiente de crispación y de enfrentamientos.
Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la opinión de Fernández Vara, pero como son impresiones personales, es difícil confirmar o negar que esté o no esté en lo cierto. Simplemente a título de ejemplo: hay pilotos de motos y de la Fórmula 1 que se sienten más seguros en un circuito, volando a 300 kilómetros por hora, que circulando a 60 por una carretera.
Y tienen razón, porque sopesan su seguridad con una balanza personal e intransferible. Lo mismo debe de ocurrir en el caso de Vara y en el de otros líderes del Parlamento extremeño que, al valorar el desarrollo de la legislatura que ahora concluye, han destacado el alto nivel de acuerdos alcanzados entre los grupos que han habitado el hemiciclo durante los últimos cuatro años.
Se han aprobado muchas leyes. Nada más y nada menos que 41. Bastante de ellas por unanimidad. Leyes como la de 'Igualdad Social de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Transgéneros, Transexuales e Intersexuales y de políticas públicas contra la discriminación por homofobia y transfobia en la Comunidad Autónoma de Extremadura', más conocida como Ley LGTBI, que han conseguido hacer coincidir el voto de personas y partidos que, por tradición, partían de posiciones muy alejadas.
Indudablemente, durante la legislatura ha habido momentos de crispación, de enfrentamientos que, en ocasiones, han sido a cara de perro. Algunos de los casos más significados –la moción de censura, las acusaciones contra Monago por los viajes que como senador hizo a Canarias, las críticas sobre los premios Ceres, sobre la política educativa y sobre la sanidad, el asedio a la vivienda particular del presidente extremeño en Badajoz, la polémica del pádel, etcétera, etcétera- han sido propiciados, originados, mantenidos o no condenados por el PSOE y por Vara.
Y nadie, salvo Guillermo Fernández Vara, ha considerado que para reparar esas desavenencias políticas o sociales, que en alguna ocasión se adentraron en lo personal, se necesitasen muchos costureros.
Al hacer su personal valoración de la legislatura, tal vez pesen en el ánimo del líder de los socialistas extremeños las irregularidades, presuntamente delictivas, que el Gobierno de Monago ha detectado en los cursos de formación de personas empleadas. Delitos que hasta ahora, en ningún caso, se dice que hayan cometido Vara o su equipo de gobierno, aunque se deriven de una convocatoria de subvenciones aprobada por el Ejecutivo socialista en las últimas fechas de su mandato.
Evidentemente, para nadie es un plato de buen gusto que le lleven a la Fiscalía y que le reclamen, en conjunto, más de tres millones de euros. La patronal (CREEX y CEPES) y las centrales sindicales (UGT y CC OO) se sienten agredidas y se defienden como pueden y consideran oportuno. ¿Hay crispación asociada a este presunto fraude? Claro que la hay. Al menos, a mí me lo parece. ¿Hay enfrentamientos? Desde luego que sí. Pero, ¿debe silenciarse el uso irregular, cuando no claramente delictivo, de los fondos públicos, del dinero de todos? ¿Hay que pagar facturas presuntamente falsas, supuestamente infladas, para no causar crispación ni enfrentamientos? ¿El precio de la concordia y de la paz social debe ser tragar y pagarle a unos pocos, con el dinero de toda la ciudadanía, lo que no está debidamente justificado? Cuando se detecta un posible delito y no se denuncia ante la Justicia, ¿se cosen las costuras o se cae en la complicidad?
Y alguna irregularidad, algún desajuste, debe de haber en las cuentas presuntamente infladas, pues tanto la patronal CREEX como la central sindical UGT reconocen que cuando las facturas suman tanto dinero -casi siete millones de euros-, la existencia de alguna discrepacia, miles de euros arriba o miles de euros abajo, es inevitable. Y no debería ser así. Ni en miles de euros ni en un céntimo. Precisamente para evitar eso se inventaron la contabilidad y la buena gestión.
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