El tiempo escrito con ceniza
José Joaquín Rodríguez Lara
Me acuerdo de cuando teníamos que forrar los libros. Los
libros de aprender. Incluso me acuerdo de antes, de cuando no los forrábamos. No
teníamos libros en aquellos tiempos, así que tampoco había necesidad de echarles
el forro.
Lo primero que
vi forrado en una escuela fueron las piernas de mi maestra. Aquella señorita no
era un joven corcovado que pastorease criaturas debido a que el acordeón vertebral
le hubiese dejado inútil para la siega, para el gobierno de las mulas y otras
tareas comunes en el cortijo. No. Tampoco era una víctima de ‘la polio’
arrastrada por la cojera hasta la sacristía y expulsada de ella, por culpa de
la menguada paga de sacristán, para dar tumbos por los oficios de silla y
aterrizar en una escuela de campo, tan lejos de su casa que sólo volvía con la
familia de quincena en quincena. Ni fue nunca un maestro jubilado, borrachín y
con hernia. Nada de eso. Mi primera maestra se forraba las piernas con revistas,
pero era una maestra de verdad, de carrera, con su bola del mundo, sus dos
mapas de España –el físico y el político-, un Jesusito crucificado, un Franco y
un José Antonio –los tres muy serios en su trinidad-, un encerado con una tiza
y dos cabezas –la de un negro y la de un chinito-, cada una con su ranura en la
mollera, que servían para convertir en cristianos a los niños pobres del mundo
que aún no conocían a Jesusito. Pues, a pesar de ese diabólico desconocimiento,
la maestra les llamaba ‘la santa infancia’, como si ellos fuesen más buenos que
nosotros, que estábamos bautizados, pero nos llamaba ‘herejes’, a pesar de que nos
hacía rezar a cada rato y hasta hablábamos con Dios, como si lo conociésemos de
toda la vida. Claro que, al Franco y al José Antonio sólo los conocíamos por
las estampas que había colgadas en la pared y ‘la santa infancia’ sí que debía
de tratarlos en persona, pues la maestra no hablaba de ellos cuando bajaba de
la repisa las cabezas vacías y nos pedía dinero para que los pobres santos niños pecadores
del mundo conociesen a Jesusito. “Mañana tenéis que traer cada uno una peseta,
o al menos dos reales, o lo que sea, para que ‘la santa infancia’ de África
conozca a Jesusito”. La primera vez que la oí decirlo pensé que el dinero era
para pagar el viaje hasta la escuela, donde estaba el Jesusito, de todos los
negritos que, seguramente, vivirían más allá de la pared de Mampolín, por la
carretera de Táliga. Lejísimos. Pero no. Según entendí algún tiempo después,
era para costear el viaje de Jesusito hasta donde vivía ‘la santa infancia’ de
África, que decía la maestra cuando nos pedía limosna a nosotros, ‘los herejes’,
para los negritos buenos. Yo no sé en qué se gastarían las perras chicas, las perras
gordas, las perras rubias y hasta una moneda de diez reales que oí revolotear
dentro de las cabezas del negrito o del chino -entre los dos se repartían el
trabajo y las ganancias-, pero durante los meses que estuve en aquella escuela,
jamás noté que el Jesusito se hubiese bajado de la cruz para ir a casa de los
negros. Siempre estaba igual, inmóvil, colgado de la pared, por encima del
Franco y del José Antonio. Ninguno de los tres hablaba, pero tampoco te perdían
ojo. Ni un pestañeo.
A la maestra, en cambio, le gustaba variar y cambiaba
con frecuencia el forro de sus piernas. Lo sé porque se notaba en los santos de
las revistas. Cada día eran distintos. Se conoce que los leía. Nada más entrar
en clase y subirse sobre la tarima en la que estaba su mesa, al lado de la
cristalera orientada al patio, le daba una vuelta con la badila al brasero de
picón y se forraba las piernas. Para que no se le cayeran sobre el rescoldo y
originasen un incendio, la maestra se ataba las revistas con cuatro galones
negros, dos por encima del tobillo y otros dos por debajo de la rodilla. Lo sé
porque me dormía a veces y ella me castigaba por llegar tarde a clase. La
frialdad del suelo congela las rodillas desnudas, pero hasta la cara me llegaba
el calorcito del brasero, así que estar arrodillado cerca de la mesa de la maestra
no era tan malo. Incluso, en ocasiones, te decía que le dieras una vuelta al rescoldo
y, entonces, podías desentumecer las articulaciones y hasta calentarte las
manos. Fue así como descubrí las dos piernas forradas de la señorita.
El día que se
lo conté a mi madre se enfadó más que si le hubiese pedido perras para el chino
y para el negro. Para los dos a la vez. ¡Qué cara puso! Ni siquiera protestó;
directamente me arreó un bofetón. Por mi imprudencia. “Hoy le he visto las
piernas a la maestra…”. No pude ni terminar la frase hasta que me recuperé del
segundo guantazo. Si lo hubiese dicho muy rápido o al revés –por ejemplo: “se
las forra, las piernas, la señorita, hoy, se las he visto”- tal vez habría
esquivado al menos el segundo sopapo. Y lo peor no fueron las dos leches que me
aventó mi madre, que luego estaba pesarosa, la pobre, sino la explicación que
me dio. Decía ella que la maestra se forraba las piernas ¡para que no le
salieran cabras! “¿Cabras, mama?”. Las cabras salen de los cercaos y se echan
al camino, o salen de los huertos en los que entran a comerse lo que entallan,
pero debajo de su mesa, debajo de la mesa de la señorita no hay cabras, que soy
el que más vueltas le da al brasero y lo sé muy bien. Si acaso, habrá alguna
mierda de gato mezclada con el picón; que huele peor que las cabras, desde
luego, pero cabras no. Entonces, mi madre se arremangó las sayas que le
llegaban hasta los tobillos, se bajó las medias y me enseñó sus piernas. “Esto
son cabras”, dijo señalándolas con el índice. Lo del índice lo digo ahora, pues
por aquellos tiempos, al índice yo sólo le llamaba deo, como a cualquier deo
sin importancia. Al gordo y al meñique, no, que esos comían aparte y gastaban nombre
propio.
Además de
bichos que berrean y dan leche, las cabras eran como una red rojiza que salía
en la parte baja de las piernas por arrimarse al brasero o a la lumbre con la
intención de espantar al frío. Mi madre presumía de que, gracias a que las
sayas le protegían de la candela, tenía pocas cabras en las piernas. En el
corral no había ninguna, porque éramos pobres y por eso mi madre vestía sayas y
no falda corta y revistas, como la maestra.
Que en las
piernas salen cabras si no te las forras con revistas fue una cosa que recuerdo
haber aprendido en aquella escuela de la Corredera, una de las calles más
rectas de Barcarrota. La diferencia entre la cabra de leche y la cabra de
pierna me la enseñaron junto a la chimenea, a guantazos. El dolor de los
sabañones que salen en las orejas lo descubrí jugando en el Altozano y, no sé,
supongo que aprendería algo más, porque, a pesar del mucho tiempo que pasé
castigado de rodillas, todo un invierno para estudiar las cabras de la maestra hubiese
resultado un gasto excesivo en culeras de calzones. Y no digamos nada en la
salvación de los negritos. Un capital. Que salvar negritos salía por un pico. Y
si eran chinos, otro tanto o más. Un día vino a la escuela el cura. Me estuve
fijando, pero no pude ver si gastaba pantalones debajo de las sayas y si
también se forraba las piernas para que no le saliesen cabras. La cosa es que
entró en la clase, la maestra dio unos golpecitos en la mesa, nos pusimos en
pie y, después de las presentaciones, empezó con lo del dinero. “Hijos míos, no
podéis permitir que esos angelitos vayan al Limbo por no estar bautizados. Hay
que ser generosos. Tenemos que ser
caritativos. Hablad con vuestros padres. Que den todo el dinero que puedan para
bautizar a ‘la santa infancia’”.
“¿Y por qué no
la bautizan de balde?”, gritó la Ignacia, una niña rubia muy guapa, que se
sentaba en mitad de la clase y a la que, por lo visto, le agobiaba el
sufrimiento de tantísima alma negrita sin cristianar. “De balde, el bautizo,
gratis. Y a los chinitos, también”. Todos nos quedamos mirándola sin saber la
respuesta. “¡Ignacita!”, clamó la maestra, entre el asombro y la indignación.
Viendo tantos ojos clavados en su cara, la Ignacia no se atrevía ni a sentarse.
La maestra levantó la palmeta, pero el señor cura la apaciguó con un gesto, del
índice y de otro deo, mientras se frotaba las manos acercándose a la mesa de la
Ignacia. Pensé que con la primera galleta ya le sacaría la cabeza a rosca para
encajarla en la repisa de las huchas, con la del chino y la del negro, pero ¡qué
va! Ni la tocó. Se puso a darle explicaciones. Vamos, se la dejan a mi madre y espabila
a la Ignacia en un santiamén. “Tienes razón, Ignacita”, decía el cura. “Pero no
sólo se trata del sacramento del bautismo. Esas criaturas necesitan hospitales,
escuelas, medicinas, vestidos, pozos, comida…; hasta letrinas necesita ‘la
santa infancia’. Son muchas las necesidades, muchas”. Vamos, que los negritos no
tenían ni donde caerse muertos, que hubiese dicho mi madre para no meterse en
aguas mayores. Si los niños de la ‘santa infancia’ viviesen en nuestro pueblo y
fuesen ‘herejes’, como nosotros, serían pobres y pasarían frío, pero les
bautizarían tan pronto como abriesen los ojos y podrían beber de la fuente de
Los Corredores, del pilar del Berrocal o de cualquier pozo aunque no tuviesen
ni perras rubias ni gordas ni chicas. Y, anda que no hay cercaos ni na en
Barcarrota para hacer de vientre a gusto. Eso sí, en mi pueblo tampoco había
hospital, porque en la clínica de Quico el Barbero, don Manuel, ‘el Gordo’, te ponía
inyecciones y poco más, pero de haber nacido en el pueblo, aunque fuese en el
Llano de la Cruz, seguro que tendrían mejor semblante. La verdad es que me
resultaba muy difícil comprender el empeño que ponía ‘la santa infancia’ por
nacer en África o en China, en lugar de en un pueblo, como nosotros ‘los
herejes’.
Mientras estuve
con la señorita también aprendí a campear en el recreo. Además de lo referido,
de aquella escuela conservo en la memoria el amplio ventanal con arco de medio
punto o casi que todavía mira a la calle, la enorme dimensión del aula y el
largo poyo o caballete que había en el patio. Cuando salíamos al recreo, nos
subíamos en el caballete –las niñas, no, claro- y nos poníamos a orinar todos al
mismo tiempo y en la misma dirección. Ganaba el que más campeaba, el que
alcanzaba más distancia con la orina. Una vez todos bien meados, el que se
consideraba ganador proclamaba su victoria y para evitar cualquier discrepancia
la marcaba con una raya en el suelo arrastrando un pie sobre la tierra. Haber
llegado hasta ese pequeño surco paralelo al poyete era un honor, así que todos
nos afanábamos en perfeccionar la técnica de estirar lo más posible la manguera
y apretar la boquilla para ser el que más campeaba orinando. Las niñas,
curiosamente, permanecían ajenas a este campechano alivio de virilidad, como si
entonces el tamaño no les importase ni poco ni mucho ni nada.
Mearle en la
cara al recreo debió de ser para mí como un escape. Antes de que mis padres me
inscribiesen en aquella escuela de Barcarrota, yo había sido alumno del jorobado,
en el cortijo de La Cocosa. Un día acompañé a mi padre hasta la cocina de los
mozos, a comprar el pan para la quincena, y, al cruzar la puerta del campo, el
maestro, que estaba asomado al patio, dictó sentencia: “Mañana, que venga a la
escuela”. Y fui. No tenía cartera, ni siquiera una de aquellas que se hacían
doblando un cartón y cosiendo los lados más cortos; no sabía que existían los
cabás –de madera, de cuero, de hojalata-, ni las pizarras biodestrozables, con
su piedra lisa y negra, su marco de tabla y su trocito de trapo, atado con una
cuerda, para borrar lo escrito ayudándose de una escupiña, sin polvos ni
química. Por supuesto, ignoraba la existencia de los pizarrines y no digamos
nada del plumier y compartíamos la cartilla de leer. La escuela de La Cocosa
estaba en un aula pequeña, hermana gemela, por sus dimensiones y orientación,
del gallinero, que se encontraba al lado, pared por medio. Tenía bancos
corridos, una ventana con rejilla para la gallinería y una tinaja con tapa de
madera y cazo para beber. Entré, me senté, me cansé y pedí permiso para ir a
mear. Me lo dieron y me puse a orinar tranquilamente desde el umbral del aula,
cuya puerta daba al patio del cortijo. “No, ahí no”, me dijo el maestro
jorobado, “en el campo”. Crucé la enorme cancela de hierro, que por el día
guardaban dos mastines y se cerraba al llegar la noche, y cuando me vi fuera de
las tapias cortijeras, ni siquiera me paré a orinar: salí corriendo y me fui directo
al chozo en el que vivíamos, golpeándome las nalgas con los zancajos para
avivar el galope. Nunca más volví a ver la joroba de aquel maestro y para que
llegasen a La Cocosa Aniceto, el sacristán, y don José, el jubilado con hernia,
al que terminé sirviendo de escudero cuando salía de pesca, todavía faltaban
años. El rato que estuve a la vista del corcovado fue mi primer día de escuela
y también el último, hasta que llegué a la clase de la maestra que se forraba
las piernas con revistas.
Entonces
leíamos en la cartilla de la bellota y del tomate y copiábamos en la pizarra
las muestras y las cuentas que la señorita nos ponía en el encerado,
corrigiendo nuestros propios errores a base de escupiñas y de trapo, o con el
puño de la manga. No había libros que forrar en aquella época. Años después, yo
también aprendí a echarles el forro. Con papel de estraza, con cartulina, con plexyglás,
con hojas de revista… Me quedaban tan bien forrados que, al final del curso, hasta
parecían nuevos. Ahora hay tantos libros que ya casi nadie se acuerda de
forrarlos. ¿Para qué? Por muy flamantes que estén cuando terminen las clases, a
nadie le valdrán para estudiar lo mismo el año que viene. Es mejor así. Que las
hojas pierdan el filo, que se ablanden con la soba del uso, que se hagan cada
día más gráciles y traslúcidas. Como las culeras de aquellos calzones de pana bravía
que domamos y dejamos escritas para siempre en los bancos de la escuela; lo
mismo que las pizarras de la memoria, escritas y borradas una y otra vez, a
base de trapo y de saliva y de lágrimas, hasta las mismas raíces de la piedra y
de la ceniza blanquecina que lloraba el pizarrín. Recuerdo que un día, la maestra
bajó de la repisa al chino y nos dijo: “Mañana tenéis que traer cada uno una
peseta, o al menos dos reales, o lo que sea…”. Entonces, todavía no teníamos libros
de forrar.
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