martes, 25 de marzo de 2025

Calamares de bar

José Joaquín Rodríguez Lara

Los cefalópodos son algunos de los animales más extraños que hay en la mar. Hay quien dice que ni siquiera son de este mundo. Que el pulpo, por ejemplo, con su simetría radial, su cuerpo sin huesos, su enorme inteligencia y todo lo demás es un extraterrestre.

    Y lo será. Pero, además de haber llegado de otro planeta, los cefalópodos constituyen un manjar. Desde las puntillitas, los mas pequeños que pueden encontrarse en los mercados de abastos, hasta el potón, hermano mayor de la pota, primo zumosol del chipirón y colega del calamar. El calamar gigante no se cocina. Se lo comen crudo los cachalotes.
    El calamar y la sepia, sí, también la sepia, merecen plato aparte. Son dos prodigios de la gastronomía. Pueden cocinarse de muchas formas, pero para abreviar me referiré sólo a dos. La sepia a la plancha. Con poquísima aceite. Sólo unas gotas. Con unos granos de sal gorda. Y con una cerveza o un buen vino. Mejor si el vino es blanco.
    Las mejores sepias que he probado las comí en Almería (Unión Europea). En un humilde bar situado en la Puerta de Purchena. Lo regentaba un hombre ya muy mayor que ponía la sepia como aperitivo. Con las cañas. Detrás de la barra, según se mira a la izquierda, cerca de la puerta del establecimiento estaba la plancha. Sobre ella había siempre un montón de sepia picada en trozos. Cocinándose. El hombre amontonaba los pedazos, para que no se pasaran, y cuando le pedías un caña tomaba un palillo, lo hundía en el montón de sepia, ensartaba tres o cuatro pedazos y te daba el pincho en la mano. Sin plato ni zarandajas. ¡Qué buena estaba aquella sepia! ¡Qué requetebuena!
    También fue en Almería donde descubrí el pulpo seco. En otro bar. Situado esta vez junto a la carretera de Málaga (Unión Europea). Viajaba yo en autoestop y el conductor que me llevaba en su vehículo tuvo la amabilidad de preguntarme si me importaba que parásemos en un bar. ¿Cómo iba a importarme?
    - ¿Te gusta el pulpo seco? -me preguntó.
    - No lo he probado nunca.
    - Pues ahora lo vas a probar y ya me dirás si te gusta.
    El dueño del establecimiento ponía el pulpo sobre una tela metálica que hacia de valla de separación y cierre de su propiedad. Para que se secase con el sol y con la brisa marina del Mediterráneo. Cuando algún cliente le pedía pulpo seco, como era el caso, se acercaba a las traseras del bar y, al poco, volvía a la barra con el pulpo en las manos. Allí mismo, sobre la barra, delante de la clientela, cortaba unos trozos de pulpo y se los servía al cliente. Pulpo seco. Sin aceite ni pimentón de La Vera ni cachelos de papas gallegas ni vinagreta ni nada de nada. Pulpo y solamente pulpo. Estaba muy bueno. Aunque no tanto como la sepia de la Puerta de Purchena, en la capital almeriense.
    Los calamares los descubrí en Barcarrota. Mi pueblo. (Unión Europea). Fue durante una feria de septiembre. Mi padre había vuelto de Alemania (Unión Europea), de permiso, y entramos en un bar de la plaza a tomar algo. Unos refrescos con calamares. Aunque ahora hago por recordarlos y tal vez fueran chocos. Luego los redescubrí en Madrid (Unión Europea). A los calamares. En los mesones de la Plaza Mayor, donde los turistas y la gente con algo de dinero en los bolsillos comían raciones de calamares sentados a la mesa en las terrazas, mientras los estudiantes sobrevivíamos con los restos de la fritanga atrincherados en minúsculos bollos de pan. Nos los despachaban a través de un ventanuco que daba a la calle. Y cada bocadillo costaba un duro. Un duro de los de Franco.
    En Salvatierra de los Barros (Unión Europea) hubo un bar, el de la Eulogia, en el que el plato estrella eran las raciones de calamares. Aunque tal vez, en vez de calamares, fuesen chipirones. Por su pequeño tamaño. En cualquier caso, a todo el mundo le admiraba el buen sabor y la terneza de aquellas raciones de calamares, disfrutadas sentados a una mesa camilla con brasero de picón. En pareja. Averiguar la receta de la Eulogia para los calamares era un reto. Imaginarla, una obsesión.
    - El secreto de los calamares de la Eulogia está en que, antes de freírlos, los cuece. Los cuece en leche -se decía.
    Desde que el mundo es mundo, en los quioscos del Paseo de San Francisco, en Badajoz (Unión Europea) hubo siempre buenos calamares. Como debe ser en una ciudad de bares, como es Badajoz. Porque el calamar es un producto de barra de bar. De bocadillo. No de mesa y ración. Se pide una ración de calamares, para picar algo y acompañar a las bebidas. Cuando se tiene apetito o necesidad, se pide un bocadillo de calamares y alguna bebida para acompañarlo. En la barra, el bocadillo de calamares es el rey de lo bocadillos. Donde se pongan las anillas de calamar, que se quiten las lonchas de jamón serrano. Y digo bien: ¡serrano! El jamón para bocadillo. Meter jamón ibérico de bellota entre dos rebanadas de pan es un sacrilegio. El pata negra se toma sin pan. O con muy poquito y seco. Unas regañas.
    En cambio, a los calamares les viene muy bien ese pan blanco, blando, que absorbe el aceite de la fritura y que, de tanto apretarlo entre los dedos y con los dientes, se va convirtiendo en un molde a la cera perdida para fundir calamares.
    Aunque parezca lo contrario, no es fácil preparar un buen bocadillo de calamares. En primer lugar, el cefalópodo debe estar muy limpio. Se le debe librar completamente no sólo de sus vísceras y ojos, sino también de la película que lo envuelve para que, al comerlo, no deje tiras de su piel en nuestra boca. Hay que enharinarlo lo justo y freírlo en aceite abundante y muy caliente. Pero no durante demasiado tiempo. El pan debe ser tierno. Y de bocadillo. Mejor si es de tipo mollete. Para hacer un buen bocadillo de calamares no vale el pan de mesa.
    Luego, el bocadillo de calamares no necesita bayonesa. Si nos la ofrecen, rechacémosla educadamente. Tampoco es preciso ponerle lechuga ni demás hojas verdes. Todo lo más, dos o tres rodajas de tomate fresco. Para refrescar. No para acompañar.
    Buenos bocadillos de calamares pueden comerse en muchos sitios. Malos, también. Yo no he podido estar en todos los lugares en los que se ofrecen. Pero voy a mencionar algunos bares en los que, últimamente, los comí y me gustaron. El bar Las Mayas, en Barcarrota. El quiosco pacense de San Francisco que está más cerca del río Guadiana. En el supermercado Carrefour de La Granadilla, en la ciudad de Badajoz. Dicho sea sólo a modo de ejemplo.
    Por el contrario, no volveré a pedir un bocadillo de calamares en el bar de la estación de servicio del Alto de Santiago (Unión Europea), junto a la autovía de la Plata, en la provincia de Cáceres. No he visto jamás un bocadillo con más tiras de piel. Ni tan resistentes. No lo habían limpiado, al menos por fuera, absolutamente nada. No es que tuviese mal sabor. Es que las numerosísimas tiras de piel lo hacían incomestible. Lo encontré mucho peor que los que comí en Madrid, aquellos restos de la fritanga, obligado por las penurias propias del hecho, glorioso sin duda, de ser estudiante.

viernes, 21 de marzo de 2025

La vuelta al chozo

José Joaquín Rodríguez Lara

El chozo era redondo, así que no podía ser muy grande. Tampoco era tan pequeño como los chozos de bayón, ligeros y portátiles, que los pastores cargan en sus burros para llevarlos de agostadero en agostadero.
    Se levantaba directamente sobre el suelo pues carecía de ese anillo protector, construido con piedra seca, sobre el que se levantan otros chozos. En La Cocosa no había piedras para hacer paredes. Si acaso todavía habrá alguna clavada en las lindes, alzándose contra el cielo como dedos que proclaman el sacrosanto misterio de la propiedad.  
    Los chozos se construyen siempre con los materiales que aporta el terreno. El nuestro fue construido con leños de encina. Mi padre hincó en el suelo los pontones, terminados en horcajas, y colocó sobre ellas un círculo de palos horizontales, como si cada pontón le echase los brazos por los hombros a los compañeros que le flanqueaban. De la cumbre de cada pontón salía otro palo, a modo de costilla de paragua. Todos ellos confluían en la cima, en la vertical del centro del chozo. Contemplada en su desnudez, esa estructura de palos tenía cierta apariencia de torre humana en plena función circense.           
    Una vez que los pontones, los brazos y las costillas del chozo habían sido atados con firmeza entre sí, se empezaba a forrar la estructura. Si hacía falta se rodeaban los pontones y las costillas con cañas, mimbres u otro tipo de varas dispuestas horizontalmente y unidas a los pontones y a las costillas para que los huecos entre los palos no fuesen excesivamente grandes y el forro de fusca se sujetase mejor.
    Con el armazón de palos firmemente dispuesto sobre el terreno se cubría todo con una capa de ramaje. Mi padre utilizó ramas de encina y las aseguró atándolas a la estructura de palos. Llegó entonces el momento de cubrir el chozo con una capa impermeable. Para ello se recurría al bayón, al que también se llama enea, anea y hasta espadañas, a los juncos, al bálago de centeno, a la retama o a la juncia. El bayón, los juncos y la juncia crecen en los arroyos. El centeno y la retama son de secano. De todos estos materiales, el mejor para forrar chozos es el bayón. Pero escasea. Ahora, me paree que incluso está prohibido cortarlo. Lo mismo ocurre con el centeno. Que prácticamente no se siembra. El junco abunda, pero dista mucho de ser un buen material. La retama también es abundante y tiene ventajas. Pero no carece de inconvenientes. La juncia, verde, olorosa, áspera y afilada como cuchillas de afeitar fue lo que eligió mi padre para que forrásemos nuestro chozo. La juncia abunda y tiene muchas más ventajas que inconvenientes. Se van colocando grandes manojos de juncia en la parte exterior de las paredes del chozo. De abajo hacia arriba, de modo que el agua de la lluvia escurra siempre sobre una capa de juncia, de bayón o de lo que se utilice como techumbre. Exactamente igual a como se hace con las tejas al distribuirlas obre las tablas el tejado.  
    Para que la cubierta del techo no resbale y caiga al suelo, dejando sin protección al chozo, es necesario coserla a la estructura y, al mismo tiempo, sostenerla con cañas o varas no muy gruesas dispuestas de forma horizontal. Como hilo de costura se utiliza cuerda o alambre. En nuestro chozo usamos alambre de alpaca, que así llamamos a las pacas de paja. Esta operación deben realizarla dos personas. Una estará dentro de la choza que se va a coser y la otra fuera. Conviene que la más experta –mi padre– esté dentro. Yo, que tendría 6 o 7 años, estaba fuera. Para pasar el hilo, ya sea de cuerda o de alambre, a través de la cubierta se usa una aguja larga. Suele ser de hierro. Con su pico y su ojal. Vale una de coser serones de esparto si es lo suficientemente larga. Se enhebra con el hilo y se comienza a pasar de dentro hacia fuera. Dentro del chozo se ata el filamento a un elemento fijo de la estructura. Un pontón, una rama o algo así. Una vez que la aguja está fuera, se rodea con el hilo un manojo de la juncia, de los juncos, del bayón etcétera, y se vuelve a clavar la aguja, volviendo a atar el hilo, que debe de quedar muy apretado. Cuando ya se ha forrado una extensión suficientemente amplia del chozo, se sujeta esa parte de la cobertura con cañas o varas. Para ello se atan con el hilo a la parte interna del chozo pasando la aguja cuantas veces se considere necesario. Si se desea, esta operación puede dejarse para el final. Cuando y está colocada toda la techumbre.  
    No toda la fusca de la cobertura tiene la misma tendencia a permanecer en el sitio en el que se coloca y tal y como se dispone. A pesar de la cañas de sujeción. El junco es el material que más se desliza. El bálago de centeno también se escurre bastante. El material que ofrece más resistencia a caer y, por lo tanto, es menos propenso a abrir goteras en la techumbre del chozo es la retama. Aunque al secarse se contrae y pierde eficacia. La escoba es muy parecida a ella. Las ramas de estas plantas se enganchan unas con otras y se sostienen casi sin la ayuda de las cañas. No obstante, por seguridad y como garantía de que no habrá goteras o serán las menos posibles, conviene coserlas bien con el hilo y la aguja y sujetarlas con cañas o varas igualmente cosidas a la parte interior del chozo.     
    Este tipo de viviendas no suelen tener ventanas ni necesitan chimeneas. Aunque cortan el paso de la lluvia, las paredes del chozo dejan que pase el aire, que ventila el recinto, y el humo de la lumbre. En algunos casos se le coloca en lo más alto de la estructura uno o varios conos de metal, con la apertura más ancha hacia dentro, para facilitar la salida del humo. Pero no es necesario, ni tampoco conveniente, abrir esos agujeros en la techumbre, pues por ellos puede entrar la lluvia.        
    Aunque no tenga chimenea, dentro de un chozo se puede hacer fuego, sin problemas, y cocinar. Sólo hay que tener la precaución de que las llamas no se acerquen a las paredes del recinto. Para conseguirlo se hace la lumbre en el centro del círculo. Y se procura que las candelas no sean muy grandes. Con el tiempo, toda la materia vegetal del interior de la choza se va cubriendo con una película negra. Es el hollín. Esta pátina de humo solidificado impide que se incendie la cubierta con las chispas que emergen del fuego. La lumbre es la parte más peligrosa de cualquier chozo y hay que tener mucho cuidado con ella. Conviene rodearla con piedras para que las brasas no rueden al golpearlas involuntariamente. Tampoco está demás colocar la candela sobre una plataforma. En vez de hacerlo directamente sobre la tierra. Puede ser una plataforma de piedra, por ejemplo una lancha, de ladrillo o de metal. Una chapa clavada en el suelo. De esta forma, el fuego quedará circunscrito a un lugar seguro, será más fácil retirar las cenizas y el calor y los trabajos de limpieza no irán abriendo un agujero cada vez más profundo en el suelo.
    El piso de todos los chozo suele ser de tierra, aunque nada impide enlosarlo o pavimentarlo de cualquier otro modo. Si la tierra está al descubierto, conviene tener cuidado a la hora de barrer, para no ir rebajándola cada vez más y convertir la vivienda en un foso.     
    Las puertas de los chozos suelen ser pequeñas. Hay que tener cuidado al entrar y salir para no golpearse la cabeza. Son de dimensiones reducidas por economía de materiales. Para evitar que entre mucho frío. Con el fin de impedir que el viento arremoline las llamas de la lumbre. Y también, para no debilitar la fortaleza de la estructura. En ocasiones, las puertas están partidas horizontalmente, de modo que se puede cortar el acceso, cerrando la parte inferior, y permitir el paso de la luz dejando abierta la parte superior de la hoja. Se consigue lo mismo usando una puerta, completa, y una sobrepuerta o contrapuerta, más corta que la anterior, que deje al descubierto la parte superior del vano de acceso a la choza. La sobrepuerta puede ser de quita y pon. Así era la nuestra.           
    Uno de los puntos débiles de un chozo es su perímetro inferior. La parte que toca el suelo. Si carece de un muro de piedra, es necesario proteger esa zona. Hay que defenderla del agua de lluvia que corre por el suelo y de los animales y otros intrusos. Que siempre los hubo. Conviene reforzar la cubierta colocando una o varias capas de fusca más gruesa en ese anillo. Igualmente es conveniente cubrir la parte inferior de la techumbre, la que toca el suelo, con tierra extraída de allí mismo, como más adelante se explicará, o traída de otro lugar.   
    Para defender el chozo se rodea su base con un bardo. Un anillo de taramas y vegetación espinosa. Ese bardo corona todo el perímetro de la choza, salvo el lugar en el que está la puerta. Impide que el ganado se restriegue por la cubierta del habitáculo y la dañe. También sirve como elemento disuasorio para que las alimañas –zorras, ginetas, garduñas…– no usen la cubierta como cubil o refugio ocasional. Impide que los cerdos y las gallinas domésticas hocen y escarben en esa zona tan sensible. Dificulta los robos. En fin, un buen bardo es muy útil y alarga la vida del chozo.          
    Aunque siempre se ha llamado bardos a los poetas y juglares celtas, el diccionario de la Real Academia de la Lengua también define al bardo como ‘un vallado de leña, cañas o espino’. Igualmente reconoce el verbo bardar, al que le admite el significado de ‘poner bardas a un vallado o a una tapia’.           
    Por fuera del bardo y rodeándolo en toda su extensión, incluso delante de la puerta, se abre una zanja, como de cuarenta centímetros de anchura y veinte de profundidad para recoger y canalizar el agua de lluvia que escurra de la cubierta, así como la que corra por el suelo. El objetivo es impedir que entre dentro del chozo y alejarla lo más posible de él.          
    A medida que se extrae la tierra de la zanja se puede depositar sobre la base de la cubierta, para taparla. Sólo hay que tener la precaución de dejar el espacio suficiente entre la zanja y la fusca para construir más tarde el bardo.       
      En un chozo, aunque sea pequeño y portátil, como el que utilizan los pastores, se puede dormir. No caben muchas camas y no conviene que sean grandes, pero un chozo puede usarse como dormitorio, cocina, despensa y salón de estar. Todo al mismo tiempo. Desde luego, nunca será tan amplio y cómodo como una casa. Pero generaciones enteras de extremeños han nacido y se han criado en este tipo de viviendas campestres. Hemos vivido, en definitiva, en chozos sin que ello nos haya impedido disfrutar de una cierta felicidad. Hay hasta quien ha podido prosperar.         
    Los chozos actuales se construyen para usarlos como diversión. Para verlos, más que para vivirlos. Y, en realidad, la inmensa mayoría de ellos ni siquiera son chozos. Son casas redondas. Y más que casas, son cosas. Están construidos con paredes de ladrillo y mortero. Tienen cuarto de baño con aseo y ducha. En vez de lumbre están dotados de calefacción y cocina. Es decir, se les llama chozos para no llamarles casas. Pero ni son chozos ni se les parecen.

sábado, 15 de marzo de 2025

Los premios literarios y su selva

José Joaquín Rodríguez Lara


Parece que cada día se lee menos y, curiosamente, cada vez hay más personas que escriben.
    O que hacen como que escriben. O que tienen un negro, o negra, que les escribe las obras y, una vez acabadas, se las pasan a la firma. O que les han pedido a los Reyes Magos una inteligencia artificial y se han lanzado a la aventura de hacer literatura de bote con el sano propósito de presentarse a los premios literarios y ganarlos. Las editoriales, tanto las gigantes como las pequeñas, están sobrepasadas. No les da tiempo a digerir tanto material como quieren hacerles llegar. Hay que reconocerles su esfuerzo.
    Premios literarios también hay un buen montón. De nanorelatos, de microrelatos, de relatos cortos, de relatos más largos, de novela corta, de novela no tan corta, de novelón o novela histórica, de poesía, de ensayo, de cuentos, de teatro... De todo.
    Hay premios que, si los ganas, pueden solucionarte la vida. Por la generosidad de su dotación económica y por la nombradía que aportan a quienes los ganan. También hay otros que no sólo no te dan dinero, aunque los ganes, sino que te cuestan las perras. Escribir y mandar tu obra a un concurso conlleva un coste en tiempo, esfuerzo, dinero... Y, por si esto fuera poco, hay certámenes en los que se exige que para recoger el premio, entre 50 y 1.000 euros, menos impuestos, te presentes en el acto de entrega. Que casi siempre tiene lugar en una localidad bastante alejada de donde resides. O vas. Lo que también acarrea gastos por el desplazamiento, el alojamiento, la comida... O envías a alguien que te represente. Más gastos. Porque quien te representa también acostumbra a comer. O te quedas sin premio y sin dinero. A veces da la impresión de que, en vez de ganar un concurso literario, has recibido una herencia envenenada. Con más impuestos que valor de mercado.
    Las bases por las que se rigen los concursos literarios, tanto si son convocados por empresas privadas como si los convocan instituciones públicas, son un manglar en el que no faltan ni los caimanes ni tampoco los tiburones. Es conveniente leer muy bien las bases que regulan el premio al que quieres presentarte. Leerlas varias veces. Incluso. Puedes encontrarte con que si ganas pierdes completamente el control de tu obra. Que podrá ser publicada en cualquier formato, en cualquier idioma, adaptada a cualquier medio. Cine, televisión, ¿cómic?, ¿radio?, ¿teatro?...  Las editoriales privadas, que conocen muy bien su negocio, saben perfectamente qué es lo más rentable en cada caso. Y las instituciones públicas, que seguramente no volverán a imprimir ni un ejemplar más de tu libro, se reservan el derecho a hacerlo por si llegara el caso.
     Otra de las curiosidades de las bases está en el apartado de quienes se pueden presentar. De más a menos: todas las personas que estén vivas en el momento de abrirse el plazo de presentación. Todas las personas que, además de estar vivas, sean naturales o residan en un territorio bendecido por las bases, se encuentren en una franja de edad admitida por esas mismas bases, tengan a bien hablar en su obra de la lenteja pardina, del aceite de oliva virgen extra, de la bella y muy noble ciudad sede de la entidad convocante, del café Centro, incluir cinco palabras claves en tu texto... Y otra exigencias pintorescas como no presentarse al premio de al lado que, curiosamente, convoca la misma entidad. Por ejemplo.
    Las bases de la convocatorias suelen ajustarse a la ley del embudo: la parte ancha, para mí, que sé convocar premios; la parte estrecha para ti, que sólo sabes escribir literatura.
    Uno de los obstáculos inherentes al camino que lleva a los premios literarios es la extensión de las obras. Las bases carecen de estandarización en este, en todos y en cada uno de sus apartados. En general, hay selvas vírgenes mucho más ordenadas que las bases reguladoras de los concursos. A la hora de establecer el tamaño y el tipo se acostumbra a mezclar conceptos propio de las máquinas de escribir -folios, número de líneas por folio, márgenes, a doble espacio...- con otros pertenecientes a los ordenadores: tipo de letra, cuerpo, interlineado y, sobre todo, palabras. Número de palabras.
    Bastaría con establecer el número de palabras que deben tener cada original presentado a concurso para olvidarse del folio, de los márgenes, del doble espacio y de todas las demás zarandajas. Los ordenadores cuentan las palabras según las escribes. Y para enterarse de cuantas salieron de la máquina de escribir solo se necesita saber sumar y multiplicar. Incluso basta con saber sumar. 
    Cierto es que el número de matrices, de espacios, es más preciso que el de palabras. Pero no se necesita llegar a tanto. El tamaño de un libro es muchísimo más flexible que el de una columna de prensa. Y la extensión, medida en palabras, podría establecerse por acuerdo de las entidades e instituciones convocantes. 
    A modo de ejemplo, si se decidiera que un nanorelato no debe superar las diez palabras; que el microrelato puede llegar hasta las 200; que el relato corto debe respetar el límite de las 5.000 palabras; que el relato no debe saltar por encima de las 15.000; que la novela corta puede llegar hasta la 50.000; que la novela no tan corta pueda alcanzar las 100.000 y que el novelón, o novela histórica, comience en las 100.000 y llegue hasta donde la imaginación alcance, no se necesitarían ni márgenes variopintos ni interlineados a dos espacios ni tanta normativa.
    Sería un avance. Aunque no es este el principal problema que presentan las bases de lo concursos. En ellos se abusa claramente de quienes escriben. Hay convocantes que no declaran la fecha, ni siquiera aproximada, en la que se producirá el fallo. Que no hacen públicas hasta el final del concurso, si es que lo hacen, las obras finalistas y que exigen que una obra presentada a su certamen no pueda presentarse en otro hasta que haya pasado un tiempo, que puede llegar a meses, desde que se dio a conocer el fallo.
    En fin, hay muchos aspectos manifiestamente mejorables en los concursos literarios. El ministerio de Cultura, si es que tal ministerio existe, y su titular, cuando emerja de sus obsesiones antitaurinas, deberían darse una vuelta por las bases de los premios literarios con la sana intención de ver, honradamente, en qué se pueden mejorar. Que es mucho. No es de recibo la actual indefensión y el sometimiento indecoroso de quienes escriben frente a quienes publican. Claro que eso obliga a leer, a leer las bases, lo cual exige un esfuerzo que no está pagado con el sueldo de ministro. Ni aún incluyendo en el cheque mensual el coche oficial, la moqueta del despacho y demás pagos en especie de tamaña sinecura.

viernes, 10 de enero de 2025

martes, 24 de diciembre de 2024

Señas de identidad.-

No gasto reloj.
No exhibo cruces ni medallas.
No uso cadena ni collares ni pulseras.
No tengo anillo ni tampoco llevo alianza.
No duermen en mi piel hierritos ni tatuajes.
Sólo acuno cicatrices.
Las heridas de la vida.
Y no todas.
Únicamente aquellas que no pude o no supe curar.


martes, 3 de diciembre de 2024

-Las editoriales españolas no les abren sus puertas
a los escritores nuevos o poco conocidos
salvo que, por algún inexplicable motivo,
el autor ya esté dentro.

A las escritoras suele ocurrirles lo mismo.
Pero ellas no necesitan que les abran las puertas
de par en par.
Les basta con una rendija
para penetrar en cualquier universo editorial.


sábado, 16 de noviembre de 2024

El nuevo Siglo de Oro

José Joaquín Rodríguez Lara


La literatura en lengua castellana está viviendo un nuevo Siglo de Oro. No por la gran calidad de todo lo que se publica, sino por la enorme cantidad de lo mucho que se escribe. Las editoriales, tanto las grandes como las modestas, dicen estar atascadas. No les da tiempo, es decir no tienen medios, para leer y evaluar de una forma crítica tantos originales como les llegan. Eso dicen y hasta puede que sea verdad.

    Es mucho más fácil ganar en la lotería -en cualquiera de ellas- que conseguir que una editorial -cualquiera también- acepte y lea un original literario. Sin embargo, se continúa publicando. ¿Cómo lo hacen?

    No siempre, pero sí muchas veces empezando la casa por el tejado. Antes de construir el libro hay que fabricarse a quien lo firmará. Escribir con calidad es muy importante para publicar, pero no más que ser famoso. Salir regularmente por los televisores, mantener una relación sentimental pública y publicada con alguien que sea popular, haber atracado un banco... Cualquier cosa que te ponga en el candelabro, que decía la otra, puede llevarte casi sin querer a la imprenta. E incluso al éxito. Y ni siquiera es necesario que tu libro lo hayas escrito tú. Se lo puedes encargar a un Negro o a un Rojo. Lo que más te convenga. El escribiente a sueldo tampoco necesita matarse escribiendo. Puede recurrir al plagio discreto, vulgo intertextualidad.

    Escribir, incluso escribir bien, es muy poca cosa en estos tiempos de ordenador e inteligencias artificiales. Las puertas de las editoriales están cerradas a cal y canto para quienes sólo escriben. Aunque lo hagan con calidad. Para traspasar el portalón de las imprentas hay que entregar un original literario y algo más. Una talega de popularidad, una mochila con escándalos, un premio literario aunque sea de provincias, a un amigo... O contar con una mano amiga que te introduzca en el interior de la poderosa máquina editora... Casi todo vale. Ya lo dijo Arquímides: la amistad es un poderoso fluido que te empuja hacia el triunfo. En este sentido, las editoriales son como la televisión: no entras si no tienes ya una amistad dentro. Por eso las televisiones, en general, además de caras, soeces y reiterativas, son tan endogámicas. Como ocurría durante la edad de oro del cine con los estudios -las grandes empresas cinematográficas de Hollywood-, las televisiones tienen sus equipos de opinadores, de tertulianas, de gente dispuesta a airear las sábanas de cualquiera, incluidas las suyas, y hasta de sus invitados de cabecera. Las pantallas de los televisores son bodegones. Cambia la composición, pero las flores, las naranjas, los membrillos, las uvas, los faisanes, el cristal y los dorados son siempre los mismos.

    La incapacidad de las editoriales convencionales para sacar al mercado del libro tantos originales como les llegan, ha hecho que se desarrolle enormemente el mercado de la publicación por encargo. Pagando. La oferta es amplísima y el servicio editorial a la carta, tanto en papel como en pantallas, tiene precios y calidades de lo más variados.

    Es una salida, y no la peor, para quienes se han esforzado escribiendo un libro y no quieren dejarlo morir en un cajón. Se paga un dinero y se consiguen unos ejemplares para regalárselos a familiares y amigos.

    No se puede estar toda la vida a las puertas de Las Ventas -de las superventas, en este caso- como hacían los antiguos maletillas que pedían una oportunidad. Ahora hay otros medios. Si se puede pagar, se paga. Y se torea. Se publica, vaya. Que se consigan trofeos ya depende del respetable.