martes, 24 de febrero de 2026

Versos para conversos


José Joaquín Rodríguez Lara

https://elpostigodelara.blogspot.com/

En aras de la igualdad,
de la justicia y del progreso,
llamaré yo besa al beso
y lealto a la lealtad.

Si Almudena te nombro
no ha de faltar Almudeno,
que nunca ha sido bueno
dejar sin sombra al asombro.


domingo, 22 de febrero de 2026

QUE LO SEPAS

José Joaquín Rodríguez Lara

Aquí estoy
y no sé
por qué he venido.
Pero de aquí
no me voy,
si no te vienes
conmigo.

domingo, 8 de febrero de 2026

 Pérdidas irremplazables


José Joaquín Rodríguez Lara

https://elpostigodelara.blogspot.com/


Se ha venido abajo una tapia en el huerto. Una viejísima tapia de tierra apisonada a golpes. Cuando yo era niño ayude a hacer tapias. En la casa de un vecino al que apodaban el Chifle. En mi pueblo. Barcarrota. Así que sé muy bien como se hacen. Es muy sencillo, aunque bastante pesado. Se humedece la tierra y se va colocando en unos moldes de madera. Cada capa de tierra se apisona con fuerza, con un pisón especial, de madera, para que la tierra forme un cuerpo sólido.

    Las tapias se construyen a trechos. Con trozos de tapial que se levantan adosados unos a otros. Así forman un muro muy resistente. El peor enemigo de la tapia es el agua. La humedad. Si la tapia se moja en exceso, la tierra apisonada pierde cohesión y la tapia se viene al suelo por su propio peso. Esto es lo que ha ocurrido en el huerto. Yo podría reconstruirla. Levantarla y dejarla igual que la construyeron hace un par de siglos. Incluso emplearía la misma tierra, amontonada ahora en el suelo, justo a los pies de donde se mantuvo, altiva y airosa, durante tantos años. 

    Podría, pero no puedo. Me faltan los tableros del molde. Y los travesaños que los atraviesan y los conectan manteniéndolos separados. En paralelo. Ni siquiera tengo el pisón. Tendremos que encargar la construcción de un muro de otro tipo. Con materiales modernos. Aunque procuraré que parezca lo más rústico posible.

    La tapia del huerto no ha sido la única víctima de las borrascas. El vendaval ha descuajado las dos mejores encinas de Los Cañuelos. Las he visto desde la carretera. Arrancadas por la pata. Tendidas sobre la hierba como dos soldados caídos en el campo de batalla. Ignoro si habrá más víctimas. Todavía no he podido subir al cerro para hacer recuento.

    Además, los arroyos se han desbocado y se han llevado por delante los caminos. No se puede transitar por ellos. Dicen que no se han registrado daños personales. En el cuerpo seguramente no. En el ánimo sí. Cualquier encina es para mí un ser querido. Y su muerte, una pérdida irreparable. Estar convencido de que, con los años, otra encina la reemplazará no me consuela. Porque también sé que cuando esa nueva encina comience a dar frutos, yo ya no estaré allí para verla.

lunes, 2 de febrero de 2026

Enemigo al que no se ve venir

José Joaquín Rodríguez Lara

Cuando la dehesa arde, las raíces permanecen y las encinas, lo mismo que los alcornoques, vuelven a brotar.
    Cuando el huracán arrasa, los árboles, muchos de ellos con centenares de años, se quedan volcados, con las raíces al aire, sin tierra para seguir viviendo.
    El incendio es malo para la dehesa, pero el vendaval es tanto o más dañino.
    Y no caben cortafuegos ni previsoras brigadas de salvamento.
    A las llamas se las ve venir. El viento solamente se siente cuando pasa sobre ti.