Otra palabra muerta
José Joaquín Rodríguez Lara
No me considero propenso a las expresiones escatológicas. Es más, detesto todo lo escatológico. Sin embargo, después de muchísimos años de haberla olvidado, y no sé debido a qué sinrazón, me ha vuelto a la memoria la palabra bufo. Cuando yo era niño, en mi pueblo, Barcarrota (Unión Europea), la gente no se peía. Se bufaba. Actualmente, la palabra casi no se usa. Ni en mi pueblo ni en boca alguna. Con ese sentido, al menos.
La Real Academia no la recoge y para buscarle un reconocimiento oficial es necesario adentrarse en el Tesoro de los Diccionarios Históricos de la Lengua Española, en el Diccionario Extremeño del profesor don Antonio Viudas Camarasa -valor y al toro, amigo Antonio, que es una mona- o en el Vocabulario Extremeño de Francisco Santos Coco en los que se dice que el término bufo proviene del portugués y se utiliza en las islas Canarias y en Extremadura para referirse específicamente a los pedos mudos y especialmente hediondos.
Así, tal cual, como debe ser. Porque eso es un bufo, un pedo sin alharacas. La gente se bufa, aunque lo haga clandestinamente, porque pederse -de pedo- suena mucho peor. Dónde va a parar.
Así están las cosas en este país de mierda y algo habría que hacer para que el bufo vuelva a ser una ventosidad de curso legal, en vez de un epitafio en el camposanto de las palabras muertas, que a eso huele.
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