domingo, 18 de noviembre de 2012

Benjamina

José Joaquín Rodríguez Lara


INVESTIGADORES que trabajan en Atapuerca han recompuesto el cráneo de una niña que malvivió hace unos 530.000 años. Poco antes de nacer, a la criatura se le soldó la parte izquierda de la sutura lambdoidea, que articula el hueso occipital con los parietales y temporales, y su cerebro creció de forma asimétrica hacia la derecha. Además de afectar al cráneo, y probablemente a su capacidad intelectual y motora, la anomalía le deformaría la cara y la cría debió de tener la cabeza inclinada por tortícolis.

Un verdadero cuadro. Paleontológico, médico, sociológico y humano. La patología detectada en los restos de la niña encontrados en la sierra burgalesa se denomina 'craneosinostosis de sutura lambdoidea simple' y aún existe. Se registran unos seis casos por cada 200.000 nacimientos. Lo que ocurre es que ahora se opera. Es excepcional que en la muestra de 28 individuos desenterrados hasta hoy en la Sima de los Huesos haya un síndrome tan extraño. Sorprende que la 'craneosinostosis' más antigua documentada esté en Atapuerca - Burgos - España. Asombra que esa criatura deforme viviera hasta la preadolescencia, pues para ello necesitó ser cuidada durante años por los suyos. Pero, sobre todo, maravilla que esos cuidados, tan humanos y propios de la sociedad del bienestar, los realizaran unos individuos que no eran de nuestra especie -Homo sapiens-, ni de la especie que nos precedió en Europa -Homo neanderthalensis (hasta hace 30.000 años)- a la que nos comimos real o metafóricamente y aún no sabemos cómo ni el porqué, sino de una estirpe anterior a los neandertales -el Homo heidelbergensis (hace más de 500.000 años)-, que, sin Ley de Dependencia, sin hospitales ni Declaración Universal de los Derechos del Niño, vivió durante el Pleistoceno Medio.

Hace 530.000 años, la gente de Atapuerca, cuidaba a sus enfermos incurables. No hay constancia de ello, pero tal vez ya se practicase el aborto, pues las plantas abortivas son anteriores a la ministra Aído. Pudiera ser que existiera la eutanasia sin anestesia, aunque no hay pruebas para asegurarlo y, desde luego, había canibalismo. Ritual o gastronómico. En Atapuerca, el Homo antecessor (800.000 años atrás) se comía a los niños. Los restos del festín lo demuestran. 300.000 años después, su pariente el Hombre de Heidelberg cuidó a la niña querida de Atapuerca, Benjamina, que así la llaman.

Hay que suponer que lo hizo por bondad y que la invención de la ganadería vino después.


Cuando una mujer dice no

José Joaquín Rodríguez Lara


Los ojos son poesía, la boca, sensualidad, en las manos hay destreza y elocuencia, y en las orejas, ¿qué hay? ¿Para qué sirve una oreja? ¿Es el gancho en el que se cuelgan las gafas y los audífonos, la repisa que sostiene el lápiz del carpintero y al pitillo que hace antesala, a la espera de ser recibido por la boca? ¿La oreja es la antena parabólica del oído, el pendón arrugado que sirve de enganche a los sonidos? Antes, al menos, era carne de martirio y argolla de los pendientes y arracadas, pero ahora que los pirsin, que no son sino pendientes deslocalizados, taladran la boca, las cejas, la nariz, el ombligo e incluso otros enclaves más recónditos, ¿han perdido cuota de utilidad las orejas? Hay quien todavía las ve como soplillos, o como simples agarraderas; las asas de la perola las llaman, quizá porque, hasta el siglo pasado, España funcionaba a base de carbón y las madres y los maestros agarraban por las orejas a los muchachos traviesos para devolverlos al redil. Pero esos modos ya no se estilan; si acaso serán los mostrencos quienes arrastren por las orejas a madres y profesores para corregir su tozuda incomprensión.
Algunos indicios señalan que la oreja pudiera haber tenido una función relevante en el pasado. En el fondo, allá en el lóbulo, la oreja conserva un poso de erotismo, una pizca de lascivia capaz de despertarse ante una gota de perfume o una sutil caricia. Pero parece demasiada carne para tan ocasional cometido. Los prestidigitadores sacan de las orejas huevos, naipes, monedas, pañuelos y hasta palomas, así que tal vez tengan capacidades ocultas -las orejas- y las estemos pasando por alto. Con las cocochas, que vienen a ser las orejas de la merluza y del bacalao, ocurría algo parecido: nadie las apreciaba hasta que alguien las puso en un menú de cinco tenedores y hoy son consideradas manjares exquisitos. Pero comer la oreja no es comer, sino que es el prólogo de un engaño: empiezan comiéndote la oreja y te la terminan mojando. Y no es que te la mojen para plancharla, porque planchar la oreja es dormir y pegarla, escuchar las conversaciones ajenas; como abrirse de orejas, pero sin que te vean.
La oreja que más se ve y la que más se vitorea es la oreja del toro bravo. El diestro temerario le come la oreja al toro –a veces le come hasta el pitón- y no es que se la moje, es que se la corta después de hacerle pasar una y cien veces bajo las telas del engaño. En el reglamento taurino, la primera oreja la da el público y la segunda acostumbra a racionarla el presidente, que suele ser un policía con vocación de madre y ya se sabe que las madres tienen una incurable propensión a fiscalizar las orejas de sus vástagos. Así que una oreja puede valer por dos. No depende del toro ni del torero ni de la faena ni del público ni siquiera de la presidencia, depende de la plaza. Como lo oye. Por eso vale más una oreja en Madrid que dos en Albacete y un solo apéndice en esa Maestranza de abril invadida por los japoneses que dos orejas y el rabo ganados en buena lid ante la Santísima Virgen de Carrión -a la que la afición le viene de muchísimo más lejos- en su coso de Alburquerque.
Los taurinos aprecian mucho una oreja de ley, una oreja ‘de mérito’. En un festejo celebrado en Salvatierra de los Barros (Unión Europea), un presidente indocto y descreído cedió a los aplausos del público guasón y le concedió dos orejas al torerillo. El becerrista recibió los dos trofeos con gallardía y respeto e, inmediatamente, con tanta ira como vergüenza torera, tiró al suelo uno de ellos enarbolando el otro muy ufano mientras daba la vuelta al ruedo. Y es que los taurinos que se precian de serlo desprecian las orejas regaladas.
Sin embargo, parece que a los no taurinos les place que les regalen la oreja; a pesar de que es lo más parecido a comérsela, disfrutan con los elogios, sean sinceros o interesados. El regalo de oreja más famoso es el que hizo Vincent van Gogh. El artista se cortó con una navaja el lóbulo de la oreja derecha, lo envolvió en un paño y se lo entregó a una tal Rachel que trabajaba en un prostíbulo. Muchas personas consideran que fue un rasgo de locura, pero tratándose del lóbulo y no de la oreja entera, tal vez solo fuese una pizca de honesto arrebato erótico, una satisfacción de servicios sexuales ya prestados y aún no prescritos. ¿Por qué le regaló parte de la oreja y no alguno de sus famosos ‘girasoles’, por ejemplo? Pues porque el artista tal vez quisiera a Rachel con locura, pero no estaba loco. En aquel momento, navidades de 1888, su pintura era muy poco valorada; Van Gogh vendió tan escasas pinceladas en toda su vida que subsistía gracias a la ayuda de Theo van Gogh, su hermano menor, que le daba dinero con frecuencia. Seguramente se lo daba para que le pagase a Rachel, pero Vincent se lo gastaba en lienzos, acuarelas, pinceles y otros caprichos plásticos. En cualquier caso, que el inquilino de la Casa Amarilla le regalase media oreja a la mujer del burdel tuvo una indudable repercusión artística. Van Gogh, que para ahorrar en modelos se hizo 27 autorretratos, se pintó varias veces desorejado y, muchos años, después, en el norte de España, surgió un grupo musical llamado ‘La oreja de Van Gogh’. Este conjunto alcanzó cierta fama, mas no tanto por su música como por su oreja, más tarde conocida como Amaia Montero, que, como la propia oreja del artista, terminó separada de los demás miembros. Cuando ya no era la oreja de Van Gogh, Amaia Montero hizo oídos sordos a las conveniencias sociales y escribió un ‘tuit’ que decía: “A veces cuando las mujeres dicen ‘no’, solo quieren ver de (sic) lo que serias (sic) capaz de hacer por ellas”. La chocante  reflexión auricular originó tal revuelo que a Amaia Montero todavía deben de estar zumbándole las orejas, esas protuberancias cartilaginosas que, al estar situadas a medio camino de la nada, en tierra de nadie, no tienen ni el prestigio del cráneo ni la prestancia de la cara.
Entonces, ¿para qué sirve regalar la oreja? Sinceramente, no lo sé. Y llegado el caso, sería preferible venderla; quizás uno se sintiese asquerosamente materialista e interesado, pero al menos no temería infundir sospechas de adulación o de cualquier otro engaño.



El 569

José Joaquín Rodríguez Lara


Coleccionaba palabras. Palabras muertas, agonizantes o ya enfermas sin remedio. De tisis. Las buscaba en todo momento, en cualquier lugar, con la avidez de un hambriento, con la pasión de un enamorado, con la osadía de un loco y también con la paciencia taxonómica de un setero. Vivía con los cinco sentidos desplegados, en estado de alerta permanente, ante el posible rescate de un raro ejemplar definitivamente olvidado. Las olía, las veía, las saboreaba y las acariciaba tan pronto como las oía. Recorría con las yemas de los dedos las curvas de sus letras nada más verlas y pararse a inhalar sus aromas, paladeando cada sílaba, el eco de los acentos, antes de acomodarlas en la memoria y, con el mayor de los esmeros, realizar el pertinente asiento contable en su libretilla de las palabras muertas.
“Damajuana: 28 de marzo de 1964: Así llama abuela María a la garrafa del vino que está en el doblao”.
Esta es la primera pieza de su colección, la que le abrió los ojos, descubriéndole que más allá de los volúmenes, de las utilidades, de la musicalidad y de los significados, hay palabras hermosas por sí mismas, joyas del lenguaje que se apolillan en los anaqueles sin que nadie les ofrezca conversación, las envíe en una carta o las engarce en un verso. Durante muchos años, la ‘damajuana’ fue para él todo un yacimiento de evocaciones sobre el que volvía una y otra vez para empaparse de gestos, de olores, de sombras y de partículas de polvo bailando en el chorro de sol que caía en cascada desde el tragaluz.
Tentemozo, aguanieve, soplillo, tamo, aguamanil, gatera, quincalla, alcoba, mojiganga, chirlo, anafre, zamboa, saya, golondrino, arriate, estrampía, azafate, lavativa, tinaja, badila, ubre, jerga (para dormir), borcelana, yunta, poyo, caneco, muchachino, catre, inte, celemín, nalga, chisquero, yesca, fanega, zaguán, dornajo, espiche, verija, entremijo, roña, formón, granza, sobaco, halda (dicha con j), repulgo, escupiña, llares (dicha en plural), pespunte, ox (repetida varias veces –os,os,os– mientras se hacen aspavientos con los brazos para espantar a las gallinas), pilistra, senara, vierteaguas, quintal, melliza, alcuza, arroba…
El día que descubrió la resurrección informática de la arroba se fumó el puro que conservaba desde la boda. La suya. Lo sacó del estuche como si fuese un arma química encerrada en un proyectil metálico, le olisqueó el lomo, mordisqueó la punta, pidió fuego y se fue calle abajo traqueteando y echando humo como una locomotora de vapor, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en los raíles.
Desde la otra acera le llegó el gimoteo de un crío al que su madre, en chándal rosa, arrastraba camino de la escuela, mientras se quejaba de la llantina parvularia: “Jesú, Llosua, que jediondo qu’eres”. No oyó más. Un taxi le atropelló cuando zapateaba sobre las teclas del paso de peatones camino de aquel manojo mañanero de palabras frescas. Estuvo varios meses dentro de una bolsa de plástico y lo enterraron por aburrimiento. Sobre el cemento húmedo de su nicho garrapatearon el número 569. En un rincón de la Comisaría se quedaron la colilla del puro, sus huellas dactilares y la libretilla de las palabras muertas. Nadie la abrió nunca más.




El tiempo escrito con ceniza

José Joaquín Rodríguez Lara


Me acuerdo de cuando teníamos que forrar los libros. Los libros de aprender. Incluso me acuerdo de antes, de cuando no los forrábamos. No teníamos libros en aquellos tiempos, así que tampoco había necesidad de echarles el forro.
       Lo primero que vi forrado en una escuela fueron las piernas de mi maestra. Aquella señorita no era un joven corcovado que pastorease criaturas debido a que el acordeón vertebral le hubiese dejado inútil para la siega, para el gobierno de las mulas y otras tareas comunes en el cortijo. No. Tampoco era una víctima de ‘la polio’ arrastrada por la cojera hasta la sacristía y expulsada de ella, por culpa de la menguada paga de sacristán, para dar tumbos por los oficios de silla y aterrizar en una escuela de campo, tan lejos de su casa que sólo volvía con la familia de quincena en quincena. Ni fue nunca un maestro jubilado, borrachín y con hernia. Nada de eso. Mi primera maestra se forraba las piernas con revistas, pero era una maestra de verdad, de carrera, con su bola del mundo, sus dos mapas de España –el físico y el político-, un Jesusito crucificado, un Franco y un José Antonio –los tres muy serios en su trinidad-, un encerado con una tiza y dos cabezas –la de un negro y la de un chinito-, cada una con su ranura en la mollera, que servían para convertir en cristianos a los niños pobres del mundo que aún no conocían a Jesusito. Pues, a pesar de ese diabólico desconocimiento, la maestra les llamaba ‘la santa infancia’, como si ellos fuesen más buenos que nosotros, que estábamos bautizados, pero nos llamaba ‘herejes’, a pesar de que nos hacía rezar a cada rato y hasta hablábamos con Dios, como si lo conociésemos de toda la vida. Claro que, al Franco y al José Antonio sólo los conocíamos por las estampas que había colgadas en la pared y ‘la santa infancia’ sí que debía de tratarlos en persona, pues la maestra no hablaba de ellos cuando bajaba de la repisa las cabezas vacías y nos pedía dinero para que los pobres santos niños pecadores del mundo conociesen a Jesusito. “Mañana tenéis que traer cada uno una peseta, o al menos dos reales, o lo que sea, para que ‘la santa infancia’ de África conozca a Jesusito”. La primera vez que la oí decirlo pensé que el dinero era para pagar el viaje hasta la escuela, donde estaba el Jesusito, de todos los negritos que, seguramente, vivirían más allá de la pared de Mampolín, por la carretera de Táliga. Lejísimos. Pero no. Según entendí algún tiempo después, era para costear el viaje de Jesusito hasta donde vivía ‘la santa infancia’ de África, que decía la maestra cuando nos pedía limosna a nosotros, ‘los herejes’, para los negritos buenos. Yo no sé en qué se gastarían las perras chicas, las perras gordas, las perras rubias y hasta una moneda de diez reales que oí revolotear dentro de las cabezas del negrito o del chino -entre los dos se repartían el trabajo y las ganancias-, pero durante los meses que estuve en aquella escuela, jamás noté que el Jesusito se hubiese bajado de la cruz para ir a casa de los negros. Siempre estaba igual, inmóvil, colgado de la pared, por encima del Franco y del José Antonio. Ninguno de los tres hablaba, pero tampoco te perdían ojo. Ni un pestañeo.
       A la maestra, en cambio, le gustaba variar y cambiaba con frecuencia el forro de sus piernas. Lo sé porque se notaba en los santos de las revistas. Cada día eran distintos. Se conoce que los leía. Nada más entrar en clase y subirse sobre la tarima en la que estaba su mesa, al lado de la cristalera orientada al patio, le daba una vuelta con la badila al brasero de picón y se forraba las piernas. Para que no se le cayeran sobre el rescoldo y originasen un incendio, la maestra se ataba las revistas con cuatro galones negros, dos por encima del tobillo y otros dos por debajo de la rodilla. Lo sé porque me dormía a veces y ella me castigaba por llegar tarde a clase. La frialdad del suelo congela las rodillas desnudas, pero hasta la cara me llegaba el calorcito del brasero, así que estar arrodillado cerca de la mesa de la maestra no era tan malo. Incluso, en ocasiones, te decía que le dieras una vuelta al rescoldo y, entonces, podías desentumecer las articulaciones y hasta calentarte las manos. Fue así como descubrí las dos piernas forradas de la señorita.
       El día que se lo conté a mi madre se enfadó más que si le hubiese pedido perras para el chino y para el negro. Para los dos a la vez. ¡Qué cara puso! Ni siquiera protestó; directamente me arreó un bofetón. Por mi imprudencia. “Hoy le he visto las piernas a la maestra…”. No pude ni terminar la frase hasta que me recuperé del segundo guantazo. Si lo hubiese dicho muy rápido o al revés –por ejemplo: “se las forra, las piernas, la señorita, hoy, se las he visto”- tal vez habría esquivado al menos el segundo sopapo. Y lo peor no fueron las dos leches que me aventó mi madre, que luego estaba pesarosa, la pobre, sino la explicación que me dio. Decía ella que la maestra se forraba las piernas ¡para que no le salieran cabras! “¿Cabras, mama?”. Las cabras salen de los cercaos y se echan al camino, o salen de los huertos en los que entran a comerse lo que entallan, pero debajo de su mesa, debajo de la mesa de la señorita no hay cabras, que soy el que más vueltas le da al brasero y lo sé muy bien. Si acaso, habrá alguna mierda de gato mezclada con el picón; que huele peor que las cabras, desde luego, pero cabras no. Entonces, mi madre se arremangó las sayas que le llegaban hasta los tobillos, se bajó las medias y me enseñó sus piernas. “Esto son cabras”, dijo señalándolas con el índice. Lo del índice lo digo ahora, pues por aquellos tiempos, al índice yo sólo le llamaba deo, como a cualquier deo sin importancia. Al gordo y al meñique, no, que esos comían aparte y gastaban nombre propio.
       Además de bichos que berrean y dan leche, las cabras eran como una red rojiza que salía en la parte baja de las piernas por arrimarse al brasero o a la lumbre con la intención de espantar al frío. Mi madre presumía de que, gracias a que las sayas le protegían de la candela, tenía pocas cabras en las piernas. En el corral no había ninguna, porque éramos pobres y por eso mi madre vestía sayas y no falda corta y revistas, como la maestra.
       Que en las piernas salen cabras si no te las forras con revistas fue una cosa que recuerdo haber aprendido en aquella escuela de la Corredera, una de las calles más rectas de Barcarrota. La diferencia entre la cabra de leche y la cabra de pierna me la enseñaron junto a la chimenea, a guantazos. El dolor de los sabañones que salen en las orejas lo descubrí jugando en el Altozano y, no sé, supongo que aprendería algo más, porque, a pesar del mucho tiempo que pasé castigado de rodillas, todo un invierno para estudiar las cabras de la maestra hubiese resultado un gasto excesivo en culeras de calzones. Y no digamos nada en la salvación de los negritos. Un capital. Que salvar negritos salía por un pico. Y si eran chinos, otro tanto o más. Un día vino a la escuela el cura. Me estuve fijando, pero no pude ver si gastaba pantalones debajo de las sayas y si también se forraba las piernas para que no le saliesen cabras. La cosa es que entró en la clase, la maestra dio unos golpecitos en la mesa, nos pusimos en pie y, después de las presentaciones, empezó con lo del dinero. “Hijos míos, no podéis permitir que esos angelitos vayan al Limbo por no estar bautizados. Hay que ser generosos.  Tenemos que ser caritativos. Hablad con vuestros padres. Que den todo el dinero que puedan para bautizar a ‘la santa infancia’”.
       “¿Y por qué no la bautizan de balde?”, gritó la Ignacia, una niña rubia muy guapa, que se sentaba en mitad de la clase y a la que, por lo visto, le agobiaba el sufrimiento de tantísima alma negrita sin cristianar. “De balde, el bautizo, gratis. Y a los chinitos, también”. Todos nos quedamos mirándola sin saber la respuesta. “¡Ignacita!”, clamó la maestra, entre el asombro y la indignación. Viendo tantos ojos clavados en su cara, la Ignacia no se atrevía ni a sentarse. La maestra levantó la palmeta, pero el señor cura la apaciguó con un gesto, del índice y de otro deo, mientras se frotaba las manos acercándose a la mesa de la Ignacia. Pensé que con la primera galleta ya le sacaría la cabeza a rosca para encajarla en la repisa de las huchas, con la del chino y la del negro, pero ¡qué va! Ni la tocó. Se puso a darle explicaciones. Vamos, se la dejan a mi madre y espabila a la Ignacia en un santiamén. “Tienes razón, Ignacita”, decía el cura. “Pero no sólo se trata del sacramento del bautismo. Esas criaturas necesitan hospitales, escuelas, medicinas, vestidos, pozos, comida…; hasta letrinas necesita ‘la santa infancia’. Son muchas las necesidades, muchas”. Vamos, que los negritos no tenían ni donde caerse muertos, que hubiese dicho mi madre para no meterse en aguas mayores. Si los niños de la ‘santa infancia’ viviesen en nuestro pueblo y fuesen ‘herejes’, como nosotros, serían pobres y pasarían frío, pero les bautizarían tan pronto como abriesen los ojos y podrían beber de la fuente de Los Corredores, del pilar del Berrocal o de cualquier pozo aunque no tuviesen ni perras rubias ni gordas ni chicas. Y, anda que no hay cercaos ni na en Barcarrota para hacer de vientre a gusto. Eso sí, en mi pueblo tampoco había hospital, porque en la clínica de Quico el Barbero, don Manuel, ‘el Gordo’, te ponía inyecciones y poco más, pero de haber nacido en el pueblo, aunque fuese en el Llano de la Cruz, seguro que tendrían mejor semblante. La verdad es que me resultaba muy difícil comprender el empeño que ponía ‘la santa infancia’ por nacer en África o en China, en lugar de en un pueblo, como nosotros ‘los herejes’.
       Mientras estuve con la señorita también aprendí a campear en el recreo. Además de lo referido, de aquella escuela conservo en la memoria el amplio ventanal con arco de medio punto o casi que todavía mira a la calle, la enorme dimensión del aula y el largo poyo o caballete que había en el patio. Cuando salíamos al recreo, nos subíamos en el caballete –las niñas, no, claro- y nos poníamos a orinar todos al mismo tiempo y en la misma dirección. Ganaba el que más campeaba, el que alcanzaba más distancia con la orina. Una vez todos bien meados, el que se consideraba ganador proclamaba su victoria y para evitar cualquier discrepancia la marcaba con una raya en el suelo arrastrando un pie sobre la tierra. Haber llegado hasta ese pequeño surco paralelo al poyete era un honor, así que todos nos afanábamos en perfeccionar la técnica de estirar lo más posible la manguera y apretar la boquilla para ser el que más campeaba orinando. Las niñas, curiosamente, permanecían ajenas a este campechano alivio de virilidad, como si entonces el tamaño no les importase ni poco ni mucho ni nada.
       Mearle en la cara al recreo debió de ser para mí como un escape. Antes de que mis padres me inscribiesen en aquella escuela de Barcarrota, yo había sido alumno del jorobado, en el cortijo de La Cocosa. Un día acompañé a mi padre hasta la cocina de los mozos, a comprar el pan para la quincena, y, al cruzar la puerta del campo, el maestro, que estaba asomado al patio, dictó sentencia: “Mañana, que venga a la escuela”. Y fui. No tenía cartera, ni siquiera una de aquellas que se hacían doblando un cartón y cosiendo los lados más cortos; no sabía que existían los cabás –de madera, de cuero, de hojalata-, ni las pizarras biodestrozables, con su piedra lisa y negra, su marco de tabla y su trocito de trapo, atado con una cuerda, para borrar lo escrito ayudándose de una escupiña, sin polvos ni química. Por supuesto, ignoraba la existencia de los pizarrines y no digamos nada del plumier y compartíamos la cartilla de leer. La escuela de La Cocosa estaba en un aula pequeña, hermana gemela, por sus dimensiones y orientación, del gallinero, que se encontraba al lado, pared por medio. Tenía bancos corridos, una ventana con rejilla para la gallinería y una tinaja con tapa de madera y cazo para beber. Entré, me senté, me cansé y pedí permiso para ir a mear. Me lo dieron y me puse a orinar tranquilamente desde el umbral del aula, cuya puerta daba al patio del cortijo. “No, ahí no”, me dijo el maestro jorobado, “en el campo”. Crucé la enorme cancela de hierro, que por el día guardaban dos mastines y se cerraba al llegar la noche, y cuando me vi fuera de las tapias cortijeras, ni siquiera me paré a orinar: salí corriendo y me fui directo al chozo en el que vivíamos, golpeándome las nalgas con los zancajos para avivar el galope. Nunca más volví a ver la joroba de aquel maestro y para que llegasen a La Cocosa Aniceto, el sacristán, y don José, el jubilado con hernia, al que terminé sirviendo de escudero cuando salía de pesca, todavía faltaban años. El rato que estuve a la vista del corcovado fue mi primer día de escuela y también el último, hasta que llegué a la clase de la maestra que se forraba las piernas con revistas.
       Entonces leíamos en la cartilla de la bellota y del tomate y copiábamos en la pizarra las muestras y las cuentas que la señorita nos ponía en el encerado, corrigiendo nuestros propios errores a base de escupiñas y de trapo, o con el puño de la manga. No había libros que forrar en aquella época. Años después, yo también aprendí a echarles el forro. Con papel de estraza, con cartulina, con plexyglás, con hojas de revista… Me quedaban tan bien forrados que, al final del curso, hasta parecían nuevos. Ahora hay tantos libros que ya casi nadie se acuerda de forrarlos. ¿Para qué? Por muy flamantes que estén cuando terminen las clases, a nadie le valdrán para estudiar lo mismo el año que viene. Es mejor así. Que las hojas pierdan el filo, que se ablanden con la soba del uso, que se hagan cada día más gráciles y traslúcidas. Como las culeras de aquellos calzones de pana bravía que domamos y dejamos escritas para siempre en los bancos de la escuela; lo mismo que las pizarras de la memoria, escritas y borradas una y otra vez, a base de trapo y de saliva y de lágrimas, hasta las mismas raíces de la piedra y de la ceniza blanquecina que lloraba el pizarrín. Recuerdo que un día, la maestra bajó de la repisa al chino y nos dijo: “Mañana tenéis que traer cada uno una peseta, o al menos dos reales, o lo que sea…”. Entonces, todavía no teníamos libros de forrar.

lunes, 12 de noviembre de 2012


En un banco de piedra


José Joaquín Rodríguez Lara


Me la imagino rubia y con el pelo por los hombros, o más largo aun; pero tal vez sea morena y se peine a lo ‘garçon’. ¿Pelirroja acaso? No lo creo. Nunca la he visto aunque me resulta tan familiar como si viviese conmigo, con todos nosotros. Supongo. ¿Será la hija…?, la madre…?, la esposa…?, la hermana…?, la cuñada…?, la vecina…?, la amante…?, la amiga…? ¿Qué le será? La suegra no, desde luego. O tal vez sí, hay suegras muy jóvenes; hasta hay rubias con el pelo por los hombros que son suegras. Además, ella no envejece. Lo noto en el timbre de su voz, que corta el aire de las calles como un bisturí que se abriese paso en la manteca.
Puede decirse que la conozco ‘de toda la vida’. Seguramente habrá estado mil veces a mi vera, pero nunca me atreví a buscar sus ojos; ni siquiera a preguntar su nombre. Sólo sé que es ‘la voz’ del tapicero. “…butacas, butacones, sofás, sillas, sillones, mecedoras, descalzadoras…”. Así una y otra vez, y otra y otra y otra, sin perder el ritmo, inasequible al desaliento. Lo mío con ella es un sinvivir. Se para ante mi ventana y me entran ganas de bajar y presentarme en la furgoneta del tapicero para arrancarme la angustia de no verla, pero trabajé en la radio –con Isabel Gemio, que entonces se llamaba Francisca, imagínese- y conozco las reglas: si la voz del locutor te enamora, no te pases por la emisora.
Aunque la buscase entre las telas de chenilla, de gabardina, rasos, lonetas, astracanes, alcántaras, escais y otros hules, por más que removiese chinchetas, flecos, borlones y albaranes, seguramente no la encontraría. Ella no estará en la ‘emisora’ del tapicero; o estará de modo vicario, en una cinta, en un CD o en cualquier otro soporte informático. La ‘voz’ del tapicero está en todas partes y en ninguna, viaja de ciudad en ciudad, de barrio en barrio, de pueblo en pueblo y nunca se la ve. Es el misterio de los misterios.
Cristina Elisabet Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina, tiene tres ‘voces’ oficiales, además de su YPFhuracanado grito. Dos de las tres ‘voces’ oficiales de la presidenta argentina son de mujer, la tercera de hombre y la cuarta de sargento de artillería. La más famosa de las cuatro es Natalia Paratore, locutora e hija de locutor, a la que llaman “la locutora militante”, por el empeño que pone en callar a los argentinos para que hable la viuda de Kirchner. Pues la militancia de ‘la locutora militante’ es un karaoke comparada con el afán de ‘la voz’ del tapicero. Ni Soraya Sáenz de Santamaría, la ‘voz’ de Rajoy, vende el tapizado -… “recortes, recortaduras, limitaciones, reducciones, restricciones, amputaciones”…- con semejante énfasis y tanto talento vocal. La ‘voz’ del tapicero es inimitable, algo verdaderamente extraordinario.
En 33 años de periodismo, nunca se me ocurrió entrevistarla. Pido perdón por tan imperdonable impericia profesional. Intentaré reparar mi falta antes de que el paro eche sobre mis costillas la última paletada de tierra. Todo personaje tiene su entrevista y ‘la voz’ del tapicero es un personaje digno de figurar entre las entrevistas con los protagonistas de la Historia que realizó Oriana Fallaci. Hablar con ‘la voz’ del tapicero sería mucho más que entrevistar a Napoleón, a Tutankamón, a Julio César o a Ibarra; sería tan impresionante como poder preguntarle por causas, razones y motivos al hechicero del Triángulo de las Bermudas. Espero quedar con ella en algún parque y hablar sobre todo lo divino y lo humano, sentados los dos en un banco de piedra, intapizable.




domingo, 11 de noviembre de 2012

De burros, sabios y tontos


José Joaquín Rodríguez Lara


La burrina de tía Felisa era rucia, mansita, pequeña, peluda y suave, pero no se llamaba Platera ni tenía nombre conocido. La llamábamos la burra; así, a secas. Era una burra sabia. Sabía poco, pero lo poco que sabía se lo sabía muy bien. Me convencí de ello el primer día que tía Felisa nos la prestó. Mi madre quería que fuésemos al cortijo de Los Cabezúos, al otro lado del arroyo de Hinojales, a comprar verduras y quizás algún huevo. El Hinojales es un arroyo manso, pequeño, que se desliza suavemente por los llanos de Herrera y La Cocosa acariciando hierbas y florecillas, como Platero. Pero cuando al Hinojales se le hinchan las narices, y se le hinchan con bastante facilidad tanto en otoño, como durante el invierno y en el arranque de la primavera, las aguas reclaman el terreno que es suyo, se extienden sobre los campos y cortan carreteras y caminos, sin respetar urgencias ni conveniencias ajenas. Mi madre lo sabía muy bien y la burrina de tía Felisa, mucho mejor.

-Isabelilla, tú no te preocupes. Te montas en la burra con el Joaquinito y ella te llevará a Los Cabezúos.

-Pero, ¿por dónde cruzamos el arroyo, tía Felisa? Con tanta agua como lleva todavía, lo mismo hasta tenemos un percance.

-La burra se sabe el camino y las ‘paseras’; ella os llevará por sitio seguro.

Y así fue. Pusimos a la burra mirando hacia el Poniente, nos encaramamos sobre el aparejo, mi madre dijo ¡arre! y la burrina se puso en marcha. No hubo que decirle nada más ni tampoco tuvimos que reconducir su andadura tirando del cabresto, que entonces todavía no se llamaba ronzal. Sin aflojar ni apretar el paso en ningún momento, la burra de tía Felisa tomó el camino de las Tres Fuentes, costeó las aguas crecidas del Hinojales, se metió entre las juncias, espadañas y tamujas, atravesó la corriente y se paró en la puerta del cortijo de Los Cabezúos.

Y allí estuvo el animal, sin moverse durante dos horas largas, hasta que, con las hortalizas ya pagadas, subimos de nuevo sobre su lomo y mi madre volvió a ponerla en marcha: ¡arre! Entonces, la burra deshizo lo andado y, sin un titubeo ni un resbalón ni una espantada ni un rehúse, cruzó las aguas del Hinojales y nos llevó de vuelta hasta la puerta del chozo de tía Felisa, en La Cocosa.

Repetimos este viaje varias veces en dos o tres años y también fuimos a Valverde de Leganés, a por los avíos, ‘an ca Julián’, cuyo comercio estaba en el Llano Lagar. Para ir a Valverde bastaba con poner a la burra mirando hacia el Naciente y decir ¡arre! Ella se sabía las veredas, los caminos, la carreterilla y la carretera y conocía el tranco más recomendable para cada ocasión, tanto a la ida como a la vuelta.

Me he acordado de la burrina de tía Felisa al remover en unos cajones y encontrar, perdido entre papeles, el GPS que me compré harto de sufrir cada dos o tres meses las inclemencias del tráfico madrileño. Mi navegador GPS no es un Tom Tom, pero es primo hermano suyo; y más tonto todavía. A principio era divertido: “a—dos-cientos – metros—gire a la derecha,----gire a la derecha”. En aquel tiempo yo escuchaba a mi GPS con devoción; le admiraba, le obedecía, le compré mapas y lo actualicé, le cambiaba el idioma, le hacía trampas… “recalculando, recalculando”. A cambio de mis desvelos, el GPS me enseñó el mundo mostrándome paisajes desconocidos para mí, pues se empeñaba en llevarme por carreteras de muy poco tránsito, en ocasiones de casi ninguno, que a veces ni siquiera venían en los mapas de carreteras impresos en papel.

Mi relación con el navegador empezó siendo un entretenimiento y se convirtió en una tortura. El día que rompí con él me sentí profundamente liberado. Ahora el trasto está en desuso, guardado en un cajón, y yo me he convencido de que no hay en el mundo un GPS que iguale en buenos modales, conocimientos, firmeza de criterio y seguridad a la burrina de tía Felisa. ¡Arre, tontón, arre!

miércoles, 7 de noviembre de 2012

- Lo difícil no es tener una idea de gobierno, sino ponerle una cara (Obama, González, Suárez, Ibarra...)
y que el electorado confíe en ella. 

(Publicada en Twitter el 7 de noviembre del 2012)