- FÚTBOL:
La bota de oro te la entregan si la ganas.
El balón de oro lo recibes cuando te lo regalan.
- CONCLUSIÓN:
La bota de oro la ganas. El balón de oro te lo regalan.
- FÚTBOL:
La bota de oro te la entregan si la ganas.
El balón de oro lo recibes cuando te lo regalan.
- CONCLUSIÓN:
La bota de oro la ganas. El balón de oro te lo regalan.
En la Universidad de Badajoz
José Joaquín Rodríguez Lara
Pasear por los mercadillos es como realizar un peripatético y ocasional curso en la Universidad de la vida. Se aprende muchísimo. Yendo a clase todos los domingos, o todos los martes, los jueves o el día de la semana que tenga a bien el alcalde, a poco que se preste atención se sale del mercado poligonero con una licenciatura, y hasta con un doctorado, en bragas, colchas de hilo, castañas, orégano, aceitunas, cinturones y demás bienes imprescindibles para tener una existencia plena.
Hace años, muchos, muchos años, había folcloristas y escritores que recorrían las calles y las plazas y los campos escuchando, anotando y publicando refranes y pregones populares casi tan impactantes como los actuales de calcetines a un euro. Eran los acentos de aquel mapa.
¡Cántaros y barriles. Porrones vedriaos!, gritaba el botijero de Salvatierra de los Barros, acompañado siempre por el burrillo que le hacía las veces de establecimiento, mostrador, furgoneta y almacén. Los botijeros fueron siempre profesionales valientes, esforzados y austeros que han recorrido el mundo con sus cacharros y sus pregones. Llegaron hasta el Amazonas. Las mujeres del norte de Europa les compraban la loza por compasión. Les apenaba ver a los burros, a los que les daban caramelos, todo el día cargados con las angarillas rebosantes de tiestos. En el último cuarto del siglo XX, los botijeros salvaterreños se instalaron en las playas mediterráneas y adecuaron sus pregones a las nuevas circunstancias. Very good, very nice, aseguraba el famoso Bonanza mostrándole los pucheros a las bañistas.
¡Puntillas. Tiras bordás!, pregonaba el vendedor de encajes y coloridas orlas para los vestidos. O ¡El último. Uno me queda. Me queda uno. Seis mil pesetas a la peseta!, anunciaba incansable el lotero, repartidor de fortunas etéreas.
Todo ello hay que darlo prácticamente por desaparecido. Por obra y gracia de los grandes medios de comunicación, aunque en Extremadura nos hayamos quedado atascados en el polvo de los caminos de asfalto y en el humo de las vías férreas de tierra, vivimos sumergidos en una sopa publicitaria en la que casi todos los pregones suenan lo mismo. Y si es americano, mejor.
Mientras recorría las aulas de la Universidad de Badajoz, en el polígono El Nevero, he visto un cartel que me ha llamado la atención. Gajes del oficio. Se trata de un letrero escrito con letras de imprenta en una cartulina plastificada de color verdiamarillo anaranjado algo gris. El cartel, colgado entre la mercancía, viene a decir: estos artículos no tienen cambio ni devolución. Una forma sencilla y directa de informar a la clientela de que si compra ahora, calle para siempre. Eficaz advertencia que ha desaparecido hasta de las bodas. Rápidamente he buscado al jefe del puesto, he esperado que dejase de hablar por teléfono y, muy respetuosamente, le he ofrecido mi colaboración. Señor, perdone usted la impertinencia, le he dicho, pero puede mejorar el letrero diciendo que sus artículos no tienen cambio ni marcha atrás. El hombre me ha mirado fijamente y se ha sonreído. Sí, sí. Está bien tirao, me ha dicho. Creo que le ha gustado. Lo mismo, a partir de ahora, cambia el currículo de su asignatura.
Los futbolistas y lo albañiles
José Joaquín Rodríguez Lara
Festejar la consecución de un gol, sobre todo si lo anota el contrario en propia puerta, resulta infantil. Imagínese a los albañiles corriendo a saltos por el andamio cada vez que colocan un ladrillo. Sería ridículo. Para celebrar un éxito hay que tener una copa en la mano. Aunque sea de gaseosa.
Cafetería de la Real Academia de la Lengua, en Madrid, rompeolas de todos los acentos.-
Mirada atrás
José Joaquín Rodríguez Lara
Si yo pudiese volver
sobre mis pasos borrosos
volvería para beber
las lágrimas de tus ojos.
Candiles de tus mejillas,
carbones hechos de fuego,
¿dónde habrá maravillas
más parecidas al cielo?
¿Dónde noches tan brillantes,
dónde llantos tan risueños,
dónde pupilas tan grandes,
dónde mares tan pequeños?
Si yo pudiese volver.
- Vivir en pareja es haberse casado sin papeles.
- Tener amante es vivir una aventura sin guion.
¡Qué pena! ¡Qué lástima! ¡Qué mala suerte!
José Joaquín Rodríguez Lara
Los Juegos Olímpicos 2024 que se desarrollan en París y en otros enclaves franceses están confirmando, una vez más, que el gran atractivo del deporte no está en la victoria, sino en la posibilidad de ganar.
Las victorias inesperadas son el gran atractivo de cualquier competición deportiva. Si el favoritismo asegurase el triunfo, el deporte no sería una competición. Serían unas elecciones colombianas para reeeeeelegir, es un decir, a Maduro, el tal Nicolás.
Afortunadamente, el deporte no es una ciencia exacta. Se gana y se pierde en función de numerosos factores. Ocurre así en todos los países e islas diminutas. Salvo en España. Las y los deportistas españoles sólo pierden por mala suerte. ¡Qué pena! ¡Qué lástima! ¡Qué mala suerte! Lo asegura el gran equipo de voces profesionales de Televisión Española. Su trabajo deja mucho que desear. Con fallos, silencios, micrófonos inexplicablemente abiertos y broncas en directo que ni se justifican ni conllevan disculpas. Aunque sean mínimas. ¡De pena! ¡Qué mala suerte! ¡Qué lástima! Y no son gajes del directo. Son consecuencias de la impericia. Tanto técnica como oral.
Primero nos convocan a presenciar en directo la consecución garantizada de las presuntas medallas, incluso antes de que se inicie el partido, el combate, la carrera... Lo que sea. Y luego nos subrayan la derrota con los consiguientes ¡qué pena!, ¡qué lástima!, ¡qué mala suerte! Vender la piel del oso antes de abatirlo es lo que tiene.
Estoy convencido de que el periodismo es ir, verlo y contarlo. Ir han ido. Faltaría más. Verlo, como el valor a la tropa, se supone que lo han visto. Ahora, contarlo... No lo cuentan. Lo anticipan. Lo anuncian. Lo presuponen. Lo vaticinan. Porque dar por seguro lo que va a pasar cuando aún no ha ocurrido, aunque el guion esté prácticamente cerrado y sellado, no es periodismo es el timo de la estampita. ¡Mira cuantas medallas tengo! ¡Muchas, muchas! ¡De oro, de plata, de bronce, de pena! ¡Qué lástima! ¡Qué mala suerte!