lunes, 17 de agosto de 2015

El amor es fuerte pero el odio no se cansa


José Joaquín Rodríguez Lara


El problema de la memoria es que está dentro de la cabeza. Si la memoria estuviese en las esquinas de las calles o en las fachadas de los edificios o en los jardines, cualquiera podría acabar con ella en un santiamén. Pero no está ahí, está en las neuronas.


Y hay demasiadas personas empeñadas en que siga estando en carne viva, como una llaga sangrante, aunque sea en los sesos. Por más que intenten borrarla, siempre habrá alguien capaz de reescribirla. Sacará su pulverizador de teleserie policíal y dirá: aquí sigue.


Nadie cae ya en la cuenta de que en los castillos medievales se conspiró, se traicionó, se torturó, se asesinó... El motivo es muy simple: los castillos forman parte de la historia, no de la memoria. 


Recreación tridimensional mediante proyecciones de uno de los budas gigantes de Afganistán,
demolido en el año 2001 por los talibán fanáticos que consideran a estas imágenes enemigas del Corán.

Pero los nombres de las calles no; los nombres de las calles no son historia, sólo son un reflejo de la memoria. A la memoria se le puede echar toda la lejía que se quiera para intentar borrarla, o molerla a cañonazos como hicieron los talibán con los budas gigantes, pero la memoria no reside en los azulejos. Sólo se refleja en ellos. Ni reside en los azulejos ni en las rocas de las montañas. La memoria reside en la gente.


Si a la gente se le deja envejecer con sus recuerdos, se los llevará a la tumba y los nombres y las piedras perderán sentido y quedarán reducidas a cachitos de historia. Pero si se dispara contra sus recuerdos, se convertirán en símbolos, como los budas gigantes, incluso para quienes nunca tuvieron simbolismo alguno o hasta desconocían su existencia.


El ser inhumano es el único animal que no sólo es capaz de matar a un semejante por una simple discrepancia política, o por una cuartilla de garbanzos, sino que levanta un monumento y le pone el nombre a una calle para dejar constancia de su hazaña. El amor es fuerte, pero el odio no se cansa. Y contra el odio, de los que erigen monumentos y de los que los derriban, sólo hay un remedio eficaz: la historia, que es una forma encuadernada del olvido. 


No confío en que este país pueda reunir alguna vez suficiente olvido para tanto odio, y de tan buena calidad, como genera. Pero aún confío menos en que llegue a tener políticos capaces de distinguir entre la historia y la memoria. Para eso se necesitaría que se hubiesen formado en colegios regidos por una ley de educación inmune al odio de quienes hacen las leyes y de quienes las deshacen. 


Con todo, lo más sorprendente es que se le arranque el nombre a las calles y, sin embargo, el No-Do, memoria radiográfica -radiográfica de radiografía- de España, todavía no haya sido imputado. Ni imputado ni tampoco sacralizado, como hace la Iglesia Católica con los solsticios, con los monumentos megalíticos, con los dioses antiguos y con todo lo que le huele a pagano. Le pone una cruz y asunto solucionado: Dios es el único dios verdadero, no el genitivo de Zeus, a pesar de que Dios es una palabra que significa 'de Zeus'. (Zeus-Dios).


Espero que haber estudiado, que no aprendido, algo de griego -clásico, muy clásico-, no sea delito, aunque la ley de educación con la que lo estudié ya no tenga calle ni monumento ni perro que le ladre, pues sólo quedan rescoldos de ella en la memoria de algunos recalcitrantes como yo.



sábado, 15 de agosto de 2015

La gente del cajón


José Joaquín Rodríguez Lara


Le preocupaba la carrera espacial. Le preocupaba mucho, aunque aún no había cumplido los siete años de edad. Escuchó a su padre y a otros hombres hablar sobre el lanzamiento de cohetes y se le encogieron las tripas.

 
No dijo nada, porque en casa le habían enseñado que los niños no deben inmiscuirse en las conversaciones de las personas mayores, pero se pasó toda la siesta dando vueltas sobre el jergón de corcholina, incapaz de dormir. Y lo mismo le ocurrió por la noche y al día siguiente y al otro.


Cerraba los ojos y veía cohetes disparados contra el cielo. Tenía miedo. Si los cohetes salían de la tierra para ir al espacio, en algún sitio tendrían que hacer un agujero. No se llega a las estrellas así como así, abriendo una ventana en el cielo.


Y un agujero, tal vez no fuera gran cosa, pero tantos cohetes, cada uno con su agujero de salida, podían acabar con el mundo en poco tiempo. Para abrir un huevo basta con el pico de un pollo. Los picos de tres o cuatro cohetes podían partir el mundo por la mitad, convirtiéndolo en dos cascarones vacíos, inservibles para contener el aire y el agua y las encinas y los barbechos y a la gente. Todo lo que él conocía y hasta lo que se imaginaba quedaría desparramado, inservible, flotando en no sabía qué.

 
Los cohetes podían acabar con el mundo antes de que él lo hubiese recorrido. No le daría tiempo a ver el cortijo de Las Merinillas, ni a visitar Los Aceve(d)os; y no digamos ya a cruzar las lindes de Cabeza Rubia o de El Comandante, mundos tan lejanos que su padre ni siquiera regresaba a dormir cuando el encargado le enviaba con el tractor, el Lanz 60, a descortezarlos con la vertedera. Menos mal que su madre, algo es algo, le había llevado a comprar tomates al cortijo de Los Cabezu(d)os.


- Pero abre la talega, criatura.


Tres panes le había puesto la casera en la talega, como todas las semanas. Luego, ella misma le había hecho el nudo a la bolsa de tela, como si él no fuera capaz de hacer algo tan sencillo.


- Anda y vete derechito al chozo; no te quedes mirando a los zagalones del cortijo, que tu madre te está esperando.


En la talega estaba la prueba de lo que pasaba con la tierra y, para demostrarlo, hizo que girase sobre su cabeza. La talega daba vueltas, pero el pan no se movió.


- Porque va dentro y la casera le ha hecho un buen moño. Pero, ¿qué pasaría si los tres panes fuesen fuera y yo le diese vueltas a la talega, así? Los panes saldrían volando. ¿Y si la talega se parte por la mitad?


No tenía la menor duda, si la talega se rompiera, los panes saldrían disparados como cohetes por cualquier roto o descosido. Y lo mismo ocurriría con el ocho de leche si en vez de estar acobardado en el fondo de la lechera estuviese fuera. O con la gente y los chozos si en lugar de estar dentro de la tierra estuvieran fuera.


- Y si no, fíjate en la honda.


Se decía a sí mismo para disipar cualquier duda.


- Si la honda fuese una talega o una lechera, las piedras no saldrían disparadas y las vacas se comerían los sembrados. Si está muy claro. Vivimos dentro.


Miró al cielo entonces, buscando el agujero abierto por el cohete, pero sólo vio veredas de humo blanco que delataban el paso de los aviones. Su padre le había dicho que para volar en avión hay que "atarse al cacharro" con un cinturón. Y él lo entendió a la primera. Lo del cohete no, pero lo del avión sí.


En las bestias no se usa cinturón porque vas casi a ras de suelo, aunque si te caes puedes darte un buen costalazo, pero en el avión... El avión va muy alto.


Tan alto que, por más que se esforzaba, nunca lograba ver ni siquiera los pies de los viajeros, a los que suponía sentados en hilera a horcajadas sobre el lomo del aeroplano, o dispuestos codo contra codo en las alas, que siempre imagino parecidas a los bancos corridos de la capilla.


- El piloto, seguro que tiene reclinatorio propio, con iniciales, como la señorita Dolores.


Luego creció, salió del campo, fue a la escuela, leyó y le vio los pies a los pasajeros de los aviones y hasta a los tripulantes de los cohetes en los informativos de la televisión. No había vuelto a pensar en el agujereado cascarón terráqueo hasta que una noche, mientras daban el Telediario en el televisor, su abuela María, que ya casi no sabía quien era, le devolvió a la infancia con una simple pregunta.


- Hijo, y a estos hombres, ¿cuándo se les echa de comer?


Los hombres eran los presentadores del Telediario. Cada uno en su mesa, con sus papeles y en su papel.


- ¿Pero qué dices abuela?


- Digo que cuándo le echáis de comer a estos hombres.


Para abuela María, la gente de la televisión vivía dentro del televisor, como si fuesen pollos a los que se estuviese criando en un cajón de tabaco. A los pollos se les ponía una tela metálica sobre el cajón, para protegerlos, y al televisor, una pantalla de cristal, para que la gente del cajón no se escapase.




viernes, 14 de agosto de 2015

Miguel Murillo, el Mediterráneo, Hércules, el Diluvio Universal y el Festival de Mérida



José Joaquín Rodríguez Lara


El mar Mediterráneo alberga muchos secretos de las culturas europea, asiática y africana. Y no en sus orillas. Los oculta bajo sus aguas.

Los profesores José María Abril y Raúl Periáñez, investigadores del departamento de Física Aplicada I de la Universidad de Sevilla acaban de publicar -en la revista científica 'Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology'- un trabajo de investigación que aporta luz sobre el modo en el que esos secretos quedaron ocultos bajo las aguas del mar de las civilizaciones.


Hace seis millones de años, el Mediterráneo sólo era un lago. Enorme, pero aislado. Un lago interior. Y se estaba secando, pues los ríos le aportaban menos agua de la que perdía por evaporación.


El Estrecho de Gibraltar.
En aquel tiempo, África y la península Ibérica estaban unidas por una lengua de tierra situada en lo que actualmente es el estrecho de Gibraltar. Pero ese dique que  mantenía separados al océano Atlántico y al mar Mediterráneo se rompió. Las aguas oceánicas encontraron un paso hacia el Mediterráneo y el gran lago intercontinental comenzó a llenarse rápidamente con agua salada procedente del Atlántico.


Las fértiles orillas mediterráneas quedaron cubiertas por las aguas en muy pocos años y todos los seres que vivían en ellas huyeron o se ahogaron, Hay quien ve en esta gigantesca y repentina inundación el origen de la leyenda sobre el Diluvio Universal. No se sabe exactamente qué fue el Diluvio, pero ya fuera un fenómeno mítico, una catástrofe natural o un castigo divino, difícilmente se podía salir a flote de él sin tener algún tipo de aviso sobre lo que iba a ocurrir.


¿Y qué podía hacer quien se diera cuenta de la manta de agua que se le venía encima? Huir. Si en ese instante había algún Noé viviendo en las orillas del Mediterráneo, trataría de poner a salvo a su familia y a sus animales. ¿Cómo? En un arca, en una patera o en un cayuco. Cualquier cosa vale, siempre que se mantenga a flote, cuando se lucha desesperadamente para escapar de la guadaña.


El Diluvio Universal debió de abrir los telediarios de medio mundo durante muchos milenios, pues no aparece sólo en la Biblia. Es una creencia firmemente asentada en otras culturas, además de en la cristiana.


El extremeño Francisco de Zurbarán pintó a Hércules
cerrando el estrecho de Gibraltar,
en vez de abriéndolo.
La ruptura del dique que unía a Europa con África, que sin duda sirvió de puente en el trasiego de especies, también aparece en culturas muy anteriores al Cristianismo. Según la mitología clásica griega, el décimo trabajo de los doce a los que fue condenado Hércules consistió en separar a Europa de África abriendo lo que actualmente es el estrecho de Gibraltar. Es decir, permitiendo que las aguas atlánticas se mezclasen con las mediterráneas. Y lo hizo con sus propias manos, partiendo en dos la cordillera de la que formaban parte el monte Calpe, más tarde llamado montaña de Tariq y actualmente el peñón de Gibraltar, en Europa, y el pico Musa o el cerro el Hacho, no está claro, en África.


Ambos promontorios son las llamadas 'columnas de Hércules', que durante muchos siglos señalaron el final del mundo. Más allá de las columnas de Hércules, al Oeste, no había tierra conocida. Non Terrae Plus Ultra. El significado simbólico de las columnas de Hércules se mantiene en vigor desde la antigüedad. Incluso se le otorga relevancia oficial. En algunos escudos, como en el de España, aparecen las dos columnas de Hércules. Pero no para indicar que el mundo terminaba en el Estrecho de Gibraltar, sino para enfatizar que España atravesó las columnas y descubrió otros mundos. Y fueron extremeños quienes colonizaron buena parte de las tierras situadas más allá de las columnas.


Escena de 'Hércules' en el Teatro Romano de Mérida.
La leyenda de Hércules y de sus columnas también está presente en la programación del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida a través de un musical, titulado 'Hércules' que firma el dramaturgo extremeño Miguel Murillo. Por cierto, que el protagonista de 'Hércules' sabe muy bien dónde colocar una de las columnas, pero no tiene claro en qué lugar debe situar la otra. 


Miguel Murillo.
A pesar de que la mitología puede resultar ardua, el espectáculo es un éxito. La gente desea motivos para reír y con 'Hércules' no le faltan. Incluso ríe con afirmaciones que poco tienen de chistosas. Por ejemplo, cuando en la obra se dice que Hércules, hijo de Zeus y de Alcmena, colocó sus dos famosas columnas, una en África y otra en Europa, y abrió así el estrecho de Gibraltar. Esta afirmación no es un chiste, es pura mitología, pero al público asistente al estreno de la obra debió de parecerle una ocurrencia muy graciosa de Miguel Murillo y la rio con ganas.


El Mediterráneo es un mar lleno de misterios culturales, mitológicos, climáticos, geográficos, religiosos y, por supuesto, humorísticos.




miércoles, 12 de agosto de 2015

Hércules, la obra más divertida del Festival de Mérida


José Joaquín Rodríguez Lara


'Hércules' es ya la obra más divertida del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. El dramaturgo extremeño Miguel Murillo firma el texto de una comedia musical que tiene un fondo de teatro, un trasfondo de circo, rasgos de revista, atisbos de las andanzas de Don Quijote y de Sancho y hasta briznas de 'Josechu el Vasco', aquella historieta del TBO.


Se trata de una combinación entre la mitología clásica griega y la imaginación de un autor experimentado, como Miguel Murillo, puesta en escena por cantantes, actores y acróbatas. Y la mezcla funciona; funciona durante toda la función. La obra es ágil, colorista, entretenida y divertida. No hay nada grotesco en ella, nada que chirríe, y el público se lo pasa bien. Más de 2.500 personas asistieron al estreno.


El cantante Pablo Abraira, de quien muchas personas siguen recordando su 'Gavilán o paloma',
encarna a un Hércules vetusto que explica en un circo lo que ha sido su vida.
(Imagen de Jero Morales.)


'Hércules' se mantendrá en cartel hasta el domingo 16 de agosto. Es uno de esos espectáculos con los que disfrutan pequeños y mayores. Es recomendable tanto para quienes conozcan el Festival y deseen ver una obra agradable, como para quienes nunca hayan asistido a una representación en el Teatro Romano de Mérida y quieran debutar como público en el principal certamen de teatro grecolatino que se celebra en España.


Tal vez alguien le ponga pegas a que se represente en el Teatro Romano una obra que es actual, aunque se centre en el mundo clásico, que vincula a Hércules con Cádiz, con La Coruña y, por supuesto con Extremadura, a través de Mérida, puesta en escena por cantantes, actores y acróbatas. Está en su derecho, pero si así fuere habría que recordarle que clásico no es sinónimo de fósil, que la mitología sitúa junto a Cádiz, en el estrecho de Gibraltar, las columnas de Hércules y que cerca de Finisterre hay una torre herculina, además de que el escenario del Teatro Romano es una especie de pasarela por la que en tiempos de los romanos desfilaron más saltimbanquis que intérpretes de lo trágico.



El cantante Placentino Paco Arrojo en su papel
de maestro de ceremonias circense. (Imagen de Jero Morales.)

Los responsables del espectáculo, desde Miguel Murillo hasta Xenia Reguant, autora de la letra de las canciones, pasando por Ricard Reguant, director de la obra, Nuria García, coreógrafa, y Ferrán González, director musical, han elaborado un buen producto muy bien ofrecido al público por un amplísimo reparto en el que destacan los nombres de cantantes como Pablo Abraira y el placentino Paco Arrojo, así como el de Víctor Ullate Roche, bailarín, actor y coreógrafo.


Pero también hay otras personas, no tan conocidas, que hacen un buen trabajo. Javier Pascual, que debuta como actor, encarna a un Hércules joven al que le da el toque justo de chulería y de ingenuidad. Clara Alvarado, joven actriz de Navalmoral de la Mata, que interpreta a una bella gaditana experta en bivalvos, protagoniza un número musical más que notable. El mejor del estreno.


Por si todo ello fuese poco, el montaje no sólo respeta el escenario del Teatro Romano, sino que lo aprovecha casi en su totalidad, algo que raras veces se ve en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.


Tan poco es usual ver en Mérida a 25 intérpretes sobre la arena. Es más, resulta muy raro que se representen en el Teatro Romano obras con un reparto tan amplio. 'Hércules' confirma que es posible hacerlo y refuerza la sospecha de que quienes no lo hacen es porque están en contra de crear empleo.


La obra tiene, además, el merito de ofrecer una visión casi didáctica del capítulo de la mitología clásica dedicado a Hércules, y de hacerlo desde un ángulo tan arriesgado como es un musical.


La actriz morala Clara Alvarado interpreta a Yol, que enamora al joven Hércules, Javier Pascual.
(Imagen de Jero Morales.)

Hércules es una de las figuras mitológicas más presentes en la cultura universal. Son muchas las estatuas, los cuadros, las películas, las series de televisión, las obras de animación y los monumentos dedicados al hijo de Zeus y de Alcmena. Desde ahora, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida se suma a esta dilatada tendencia con un musical que hace pasar un buen rato. Y no largo. Se lo aseguro.



viernes, 31 de julio de 2015

Pregón salvaterreño



Señor alcalde, señoras y señores ediles del excelentísimo Ayuntamiento de Salvatierra de los Barros, otras autoridades, señoras y señores, amigos, vecinos, familiares y forasteros, buenas noches.

Es para mí un honor y un placer ofrecerles el pregón de la Feria de Salvatierra; de una fiesta amparada por el patronazgo de santo Domingo de Guzmán, santo que suele pasar desapercibido para la mayoría de los salvaterreños, aunque en la dehesa de Santo Domingo quedan vestigios de lo que parece que fue su ermita.

Es un honor porque, como saben muchos de ustedes, yo nací en Barcarrota, y el hecho de que el Ayuntamiento salvaterreño me haya invitado a ser el pregonero me sugiere que ya se me considera parte de este pueblo, vecino fijo, aunque sea discontinuo, de esta localidad y, en definitiva, un poco salvaterreño. Se lo agradezco con todo mi corazón.

Tiene Salvatierra muchos hijos y muchas hijas y bastantes vecinas y vecinos que han hecho méritos más que suficientes y albergan la voluntad necesaria para pronunciar el pregón. Estoy convencido, además, de que a la gran mayoría le apetece hacerlo. Cualquiera de esas personas podría estar ahora mismo aquí, ante ustedes, pero me ha tocado a mí y afronto la tarea con mucho gusto y con la esperanza de estar a la altura de quienes me precedieron como pregoneros y de quienes me sucederán.

Les decía que, además de un honor, ser pregonero de la Feria de Salvatierra es un placer.

Y es un placer porque, si sumamos un fin de semana tras otro y un verano con los demás veranos, es probable que haya pasado más años de mi vida en este pueblo que en la localidad que me vio nacer. Así que me siento muy cómodo pregonando los méritos de Salvatierra.

Porque Salvatierra también es mi pueblo.

Sin renunciar a mi origen barcarroteño, yo también me siento un poco más hijo de Salvatierra cada día.

Les voy a contar algo que muy pocas personas saben y que casi nadie de ustedes recordará. La primera vez que vine a Salvatierra fue para hacer de cómico ambulante. Vine a hacer teatro, aunque nunca he sido artista ni tampoco feriante. Me trajo mi gran amigo Luciano Nogales Guillén y jamás se lo agradeceré lo suficiente.

Conocí a Luciano mientras estudiábamos el Curso de Orientación Universitaria, más conocido como el COU, en Jerez de los Caballeros. Surgió entonces entre nosotros una amistad con la que no han podido ni los años, ni las diferencias de carácter, ni las de opinión, de aficiones o de intereses.

El colegio menor jerezano en el que ambos residíamos montó una obra de teatro con el objetivo de recaudar fondos para el viaje de fin de curso de los alumnos de COU. La obra era ‘El médico a palos’, una de las comedias más conocidas de Molière.

A la compañía que comandaban Luciano Nogales y don José Serradilla, que fue sacerdote en este pueblo y dirigía el espectáculo, le falló la persona que habían elegido como protagonista y Luciano pensó en mí como sustituto.

No porque yo le pareciese un buen actor, aunque había actuado en algunos teatros importantes, de Badajoz, Cádiz y Sevilla, e incluso había ganado un premio con mi trabajo sobre las tablas, sino porque Luciano suponía que, en el poco tiempo que faltaba para el estreno, yo sí podría aprenderme el papel.

Les digo esto porque, si a Luciano y al cura que dirigía el colegio no les hubiera fallado el primer actor en el que pensaron, es posible que yo no hubiese venido nunca a Salvatierra y que ahora no estuviese aquí, contándoles una anécdota que ha resultado crucial en mi vida.

No debimos de hacerlo demasiado mal los cómicos de aquel montaje, porque actuamos en Jerez de los Caballeros, en Higuera de Vargas, en Villanueva del Fresno y, naturalmente, en Salvatierra de los Barros.

Concretamente en el ‘teleclub’, a cuyo escenario salí vestido de leñador, no recuerdo ya si con un hacha en las manos, pero sí que simulaba darle golpes a un leño.

“Válgame Dios, y que durillo está este tronco. El hacha se mella toda y él no se parte”.

Estas eran mis primeras palabras en la obra, este fue el primer mensaje que les dirigí a los salvaterreños. Como pueden comprobar, aunque fuese en la ficción, ya entonces me entretenía yo con los quehaceres del campo y hasta los compartía con una ocupación completamente ajena al sector agrario, la de médico ficticio, confirmando que además de periodista, de escritor y hasta de pregonero, uno tiene su ‘poquino’ de ‘enrea’.

Aquella actuación en el ‘teleclub’ fue un éxito. Especialmente para mí. Vine a Salvatierra, me gustó y puede decirse que me quedé, pues desde entonces no he dejado de venir. Incluso me casé en la parroquia de San Blas y celebramos el convite en los salones del Barceló. Fue una boda salvaterreña por tres de sus cuatro costados. El cuarto costado fue barcarroteño y lo puse yo.

Ustedes dirán que lo que me gustó a mí no fue Salvatierra, sino Ana Mari, aquella muchacha de larga melena morena. Y tienen ustedes gran parte de razón. Pero yo me fijé en Ana María Benítez Benítez algún tiempo después, en Madrid. Y no en persona, sino a través de fotografías que tenían Luciano y Blanca Bellido. La vi, la conocí, me gustó, volví a Salvatierra a casarme con ella y puede decirse que aquí sigo, pues desde entonces o no me he ido o no he dejado de regresar, que viene a ser lo mismo.

Incluso he querido que mis hijos, Alejandro y Ana Inés, también conozcan este pueblo y hasta que lo sientan como suyo. Creo que algo estoy consiguiendo, pues los dos son hermanos del Santísimo Cristo de las Misericordias, que es algo así como tener un pasaporte espiritual de salvaterreño.

De Salvatierra me gustaron y me siguen gustando muchas cosas. En primer lugar, su paisaje, que es como un libro que no se puede leer de un tirón, pues aunque tenga páginas cortas y sencillas, también hay otras que se hacen muy cuesta arriba. Es el de Salvatierra un paisaje de pasos cortos y paradas frecuentes, lo que siempre invita a la contemplación y a la reflexión.

También me agradó el castillo, esa corona de piedra colocada sobre las sienes de la sierra. Una corona regia, pues regio fue su origen. Una corona con mucha historia y con muchísimas historias. Y una corona que aún luciría más si le ofreciese a Salvatierra su mejor cara, que es la fachada orientada al Suroeste, al convento franciscano de Santa María de Jesús.

En el castillo de Salvatierra, la parte más bonita es la que menos se ve.

La zona del convento es, en mi opinión, una de las más interesantes de todo el término municipal salvaterreño. No sólo por las ruinas de lo que fue este centro de oración, sino porque en su entorno están los restos de la ermita de Santo Domingo, cuya fiesta estamos celebrando, y las ruinas de la ermita de Santa María de Entrambasaguas, que hasta tuvo romería, y a la que envuelve el misterio de su nombre, el de su bosque de fresnos, al que el otoño suele darle una apariencia fantasmal, y el de un enigmático risco, que yo llamo de las cruces.

Se trata de un monolito, sospecho que puesto en pie de forma intencionada, que unas veces me parece un monumento prehistórico, sacralizado con símbolos cristianos, y otras una representación del Calvario, o una estación del Vía Crucis. Tiene este enclave un interés indudable, aunque sólo sea como misterio sin aclarar.

Además, en esta parte de Salvatierra, la situada al Sur y al Oeste del castillo, hay grandes cortijos, como los del Ratón y el de Santo Domingo, y dehesas abundosas en encinas y en alcornoques, es decir, en buenos jamones y en apetitosos embutidos, lo que siempre multiplica el valor ecológico y cultural del paisaje.

Y si el Sur y el Oeste del término municipal salvaterreño concentran lo mejor de los encinares, es precisamente en la ladera del Este, en la que ahora mismo nos encontramos, donde está asentado el casco urbano y se localizan también algunos de los vestigios más antiguos e importantes de los orígenes de esta población.

El lugar que actualmente ocupa Salvatierra, justamente en el lugar en el que están ustedes escuchando este pregón, ya estaba habitado hace más de 5.000 años. Aquellos primitivos salvaterreños vivían en una sociedad perfectamente organizada y poderosa que al menos dejó una muestra indudable de su organización y de su poderío levantando un dolmen, un sepulcro colectivo. Un monumento que recibe pocas visitas y menos cuidados, aunque está a pocos metros del pueblo, en el camino que sale de la calle Triana.

Así que, aunque en Salvatierra hay muestras de la cultura cristiana, de la hebrea, de la musulmana, de la visigótica, de la romana y de la lusitana, la ocupación de estas sierras se remonta mucho más atrás, hasta la prehistoria, hasta las gentes que ponían en pie enormes piedras para hablarle alto y claro al vecino del cerro de al lado y dejarnos memoria de su existencia.

La ermita de Santa Lucía y los restos aledaños a la misma son una prueba evidente de que Salvatierra ha sido habitada por pueblos de diferentes culturas desde la más remota antigüedad. Lo mismo atestiguan otros restos, como la famosa lápida oscurecida, o las piezas asociadas a los fenicios y a los visigodos, que pueden verse engastadas en los muros de la iglesia parroquial.

Pero mucho más significativa es aún la inscripción del ara votiva que tuve la inmensa fortuna de localizar y de fotografiar en Santa Lucía, y que actualmente está en el Museo de la Alfarería.

En la inscripción de ese altar de piedra se menciona a Ataecina, la diosa de la luz para los lusitanos, y a Proserpina, divinidad romana también asociada a la luz, al renacer de la primavera. Y por si ese sincretismo religioso entre la fe lusitana y la romana fuese poca cosa, el ara estaba en la ermita de santa Lucía, es decir, en un santuario dedicado a la santa cristiana de la luz y del renacimiento, pues bien es sabido que por Santa Lucía mengua la noche y crece el día.

Pero de todas las cosas buenas que hay en el Este de Salvatierra, la más apreciada y la que más fama le ha dado al pueblo es la vid. Bajando hacia el Naciente, los campos de Salvatierra se visten de viñas y cuando el Sol asoma su cresta de gallo tras el horizonte, en las casas de Salvatierra ya le espera el fuego rojo de su vino blanco y la noche espesa de su vino tinto.

Y si el Este de Salvatierra es vino, el Norte es agua. Desde el castillo hacia el Norte se extiende la ubre generosa de los manantiales. Están en esa ladera Los Cañuelos, cuyo nombre indica la abundancia de fuentes. En una cota inferior se encuentra la fuente de Las Mozas, que huele a risas de lavanderas, y, aún más abajo, el Pozo de la Nieve, un monumento singular que si estuviese acondicionado atraería a muchos visitantes.

Es una auténtica desgracia que el Pozo de la Nieve siga deteriorándose sin que las autoridades regionales ni las provinciales ni tampoco las locales hagan algo por salvarlo de la ruina. Unas porque no tienen dinero y otras porque carecen de voluntad.

El Pozo de la Nieve tendría que ser la joya monumental de Salvatierra. No porque sea más importante que el castillo, ni tenga más historia que el convento, ni tampoco más antigüedad que Santa Lucía o el dolmen de Triana, sino porque hay muchos castillos en Extremadura, hay muchísimos conventos, muchas ermitas y muchos dólmenes, pero hay muy pocos, poquísimos, pozos de la nieve en toda España.

Y de los que hay, casi ninguno está tan completo como el de Salvatierra y tiene un acceso tan fácil.

También en la cara Norte de la sierra del castillo, pero ya dentro del pueblo, está el pilar de La Zarza, cuyo chorro sacia a personas y a ganados, a pesar de que las sucesivas corporaciones municipales, para lavarse las manos ante cualquier indigestión, se obstinen en afirmar que el agua de La Zarza no es potable, sin prohibir que se beba.

Y, si continuamos bajando hacia el Norte, veremos la fuente de la Herrumbrosa, cuyas aguas siguen tomándose como remedio medicinal, nos acercaremos a los molinos que convertían el trigo en harina, y pasaremos por los baños de arriba y los de abajo, interesantísima demostración de que Salvatierra tuvo un balneario y mantiene lo esencial para volver a tenerlo: el agua.

¿Qué le falta para recuperarlo? Varias cosas. En primer lugar, iniciativa empresarial. Alguien que vea un negocio en las aguas de los baños. Y, en segundo lugar, vías de acceso. Son dos carencias íntimamente ligadas.

No es admisible que Salvatierra siga teniendo tan malos caminos. Ya sé que estamos en una sierra. Ya sé que llevamos años sumidos en una crisis económica brutal. Pero sé también que el desarrollo de los pueblos exige infraestructuras y que un campo sin vías de acceso es un negocio en vías de extinción.

La falta de caminos impide, además, la expansión del turismo rural, que tiene una importancia creciente, hasta el punto de ser un suplemento, cuando no un sustitutivo, de la actividad agraria tradicional.

La carencia de infraestructuras agrarias no sólo está dificultando el progreso de una parte importante de la población salvaterreña, sino que hipoteca el futuro de los jóvenes. Se dice a menudo que la juventud no quiere campo. Lo que no se suele decir es que el campo se empeña en ponerle dificultades a una juventud que se ha criado en las facilidades y que encuentra más salidas y satisfacciones en cualquier otra actividad laboral.

No entiendan ustedes estas palabras como una crítica a la Corporación municipal actual, que sólo lleva unos días en el cargo y aún debe estar tomando tierra. Tampoco carguen mis palabras exclusivamente sobre las espaldas de las corporaciones anteriores, fueran de izquierdas, de derechas o mediopensionistas.

La responsabilidad está muy repartida y, si me apuran, tienen menos culpa del mal estado de los caminos las autoridades que no los arreglan, que aquellos usuarios y propietarios que se desentienden de los portillos que se abren en los cercados y riegan de piedras los caminos, deteriorando las vías de acceso ante la desidia general.

Es una falta de compromiso y de colaboración que me disgusta. Cuando vine por primera vez a Salvatierra me encantó que en el pueblo no hubiese casino, que para mí era un monumento a la desigualdad social. En mi pueblo sí había y sigue habiendo casino. Había gente que era del casino y otras gentes que no podíamos ser del casino. El Salvatierra, no.

En Salvatierra había gente del campo y gente de la alfarería, además de gente del comercio y personas ocupadas en otros menesteres. Con muchas diferencias laborales entre sí, pero sin aparentes brechas sociales. Me pareció una sociedad muy homogénea. Luego empecé a darme cuenta de que la homogeneidad no incluía la virtud de la cohesión. Que cada alfarero pedaleaba por libre, que se creó una cooperativa de artesanos y fracasó. Y que prácticamente lo mismo pasaba entre la gente del campo.

En mi opinión, esa falta de colaboración, impide aprovechar todas las posibilidades que tiene Salvatierra, tanto en el campo como en la alfarería y en otras actividades. Y creo que eso nos perjudica a todos.

Si hay algo que siempre ha abundado en Salvatierra ha sido la valentía y el espíritu emprendedor. Durante algunos años creí que eran virtudes profundamente arraigadas en la forma de ser de los salvaterreños y que por eso había arrieros que montaban sus burros en el tren y se iban al fin del mundo a vender cacharros; o empresarios del campo que lo mismo abastecían de caballerías a los mataderos de Barcelona, que le adelantaban dinero a los parreños para que pudieran cultivar la cebada que ya les habían comprado antes de segarla; o familias que se fueron a Madrid y se abrieron camino vendiendo fruta.

Creo que buena parte de esa capacidad de arriesgar y de ese espíritu emprendedor está adormecido. Seguramente porque las circunstancias han cambiado y ya no es necesario irse a Francia a pregonar botijos para poder vivir, o ponerse en una calle madrileña a vender fruta, confiando en que no aparezcan los municipales, o arriesgarse a comprarle la cosecha de cebada a los parreños incluso antes de que la hayan sembrado.

Seguramente también hay valientes y emprendedores cuya actividad yo desconozco; e incluso es posible que ahora mismo esté siendo injusto con otras personas a las que sí conozco y de cuya actividad empresarial, por ejemplo en el mundo del vino, sí tengo noticias y cuya iniciativa no estoy alabando como se merecen. Personas que hacen lo que siempre se ha hecho y mantienen el negocio o que, incluso, intentan abrirse mercados muy lejos de Salvatierra y hasta consiguen premios importantes, como ha ocurrido recientemente en Francia con el vino de la Viña del Boticario.

No intento aquilatar los méritos de personas tomadas de una en una, ni tampoco de oficios, gremios o actividades. Mi intención es poner de relieve y resaltar que cuando la situación económica, política y social era mucho peor que ahora, en Salvatierra hubo personas valientes y emprendedoras que supieron hacer frente a las dificultades y darle la vuelta a su realidad. Sinceramente creo que ahora hay más facilidades para buscarse la vida de las que hubo nunca en tiempos de crisis.

Otra cosa es que haya tanta necesidad de buscársela lejos de casa, como ocurría entonces. Seguramente la auténtica valentía no esté en irse de Salvatierra, sino en quedarse criando cochinos, haciendo cacharros o buscándose la vida a través de mil vericuetos.

Creo que la situación ha cambiado más, y para mejor, de lo que ha cambiado la gente. Porque mantengo la certeza de que en Salvatierra sigue habiendo mucha buena gente.

Tengo la suerte de contar con la amistad de muchas de esas personas. Esa es otra de las razones que me hacen volver una y otra vez a este pueblo con el que sueño, disfruto, aprendo y vivo.

Un pueblo que luce merecidamente y con orgullo su apellido De los Barros, aunque también podría haberse llamado Salvatierra de los Vinos, o Salvatierra del Agua o incluso Salvatierra del Ibérico, pues además del barro origen del arte alfarero que ha hecho famoso a este municipio, el campo salvaterreño también es generoso en vino, en agua y en bellotas.

No quiero terminar mi pregón sin mencionar a dos personas de Salvatierra que, cada una a su manera, me han enseñado mucho. Podría citar a bastantes más, pero elijo a estas dos como referentes de dos mundos y dos estilos que considero casi antagónicos.

Una de esas personas se llamó Luciano Nogales González, Luciano ‘Cofata’, el gran alfarero que me enseñó el placer de innovar por el mero placer de hacer lo mismo de otra forma. Él lo llamaba ‘implicar’ el barro.

La otra persona fue Valentín Benítez Merchán, mi suegro, que fue ganadero, corredor y agente de banca, entre otros oficios, de quien aprendí que se pueden hacer cosas muy diferentes sin dejar nunca de hacer lo mismo.

Luciano fue un artista y Valentín un empresario. Estoy seguro de que en Salvatierra hay muchas personas como ellos dos y creo firmemente que la gente joven de este pueblo tiene la preparación, la valentía y el amor propio suficiente para que ni la alfarería ni la ganadería ni tampoco la viticultura desaparezcan nunca de Salvatierra de los Barros. Este pueblo seguirá siendo un buen lugar para vivir mientras siga habiendo agua en los caños de sus fuentes. Desde la Romana a la Herrembrosa y desde el pilar de La Zarza al de las Cogutas, que, lamentablemente, ya hace tiempo que dejó de cantar su chorro.

Sobre la buena imagen de un pueblo dicen más las fuentes que las propias calles.

Es todo lo que yo pretendía decirles esta noche.

Les deseo que pasen ustedes muy buena feria.

Muchas gracias por darme posada. Se lo agradezco especialmente a Luciano, a Frasco de Vera y a Ignacio Guillén. Y gracias a todos ustedes por darme afecto.

José Joaquín Rodríguez Lara

Salvatierra de los Barros, 30 de julio del 2015.

miércoles, 29 de julio de 2015

Pedro Mari Sánchez triunfa entre todas las mujeres


José Joaquín Rodríguez Lara


'La Asamblea de las mujeres' calienta motores a ritmo de musical, arranca como teatro clásico, se acerca al final con gruesos trazos de cabaret y concluye imitando el desenlace de la película 'Con faldas y a lo loco'. ¿Qué es entonces 'La Asamblea de las mujeres'  que acaba de estrenarse en el Teatro Romano de Mérida, en versión de Bernardo Sánchez y bajo la dirección del actor Juan Echanove?


Ni se sabe muy bien, pero la comedia que escribió Aristófanes desde luego que no es. El séptimo espectáculo incluido en el programa del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida es una propuesta complicada que a pocas personas va a dejar indiferentes. A quien le guste reirá y aplaudirá, y a quien no le guste no le faltarán ganas de maldecir la hora en la que decidió ir a verla.


Dirá usted que esto es lo que suele ocurrir con cualquier espectáculo. Y tendrá razón. Pero aquí ocurre a lo grande. La obra tiene un gran reparto: Lolita, María Galiana, Pedro Mari Sánchez, Luis Fernando Alves, Sergio Pazos... Es una producción del propio Festival; es decir, una inversión en identidad, en imagen de marca, en futuro. Y además de durar dos horas, se va a representar durante diez días, agrupados en dos tandas de cinco, más que cualquier otro montaje, por lo que hay tiempo de sobra para disfrutarla y para sufrirla.


A la obra le sobra media hora y una ración considerable de expresiones soeces, pero el público se ríe y aplaude, aunque otra parte del respetable se sienta engañada y eche pestes contra lo que le están ofreciendo desde el escenario.

 
Más de 2.700 personas asistieron al estreno. Entre ellas estaban el presidente de la Junta y la consejera Portavoz, además del alcalde de Mérida, así como caras conocidas del mundo del espectáculo como Elena Furiase, la hija de Lolita, y Ricardo Gómez, el hijo pequeño de los Alcántara, en la serie 'Cuéntame cómo pasó'.


Lolita y Pedro Mari Sánchez. (Fotografía de Jero Morales)

Cuando Aristófanes escribió 'La Asamblea de las mujeres', en el año 392 antes de Cristo, las  mujeres atenienses no podían participar en política. No se las consideraba ciudadanas. En su comedia, Aristófanes plantea una idea revolucionaria para su época: que las mujeres tomen el poder. Y lo hace con una comedia que gira en torno a la convulsión social que ocasionaría el hecho de que Atenas fuese gobernada por mujeres.


Han pasado 2.406 años y las mujeres tienen derechos de ciudadanía en casi todo el mundo, pero aún hay países en los que no se les permite salir solas de casa ni conducir vehículos ni tomar según qué decisiones. Es cierto que hay mujeres que gobiernan, pero la mujer en general está todavía muy lejos del poder. Así que el texto de Aristófanes sigue teniendo vigencia. No es necesario actualizarlo para comprenderlo, pues incluso plantea otra faceta política, la implantación del comunismo entre las personas libres -las esclavas eran consideradas animales de trabajo-, que aún planea sobre la tierra.


Pero en 'La Asamblea' de Echanove, buena parte de estos mensajes se diluyen entre muestras de humor zafio y escenas que parecen parches para reparar un neumático que pierde aire.


Pues a pesar de todo, la obra funciona en taquilla tan bien que puede convertirse en un verdadero éxito. Buena parte del mismo hay que achacárselo a Pedro Mari Sánchez, un actor vestido de mujer, que triunfa entre las mujeres y ha sido lo mejor del estreno; a Lolita, que debuta en el Teatro Romano y deja constancia de su estirpe; y a Sergio Pazos en su papel de ateniense gallego. Un gallego que sobresale por su humor fino en un montaje lleno de sal gorda.

Y el problema no está en echarle sal gorda al teatro. Eso ya lo hacía Aristófanes. El problema está en pasarse con lo salado y anular cualquier otro sabor.


miércoles, 22 de julio de 2015

'Andrómaca' en el Templo de Diana


José Joaquín Rodríguez Lara


Minutos antes de que empezase el estreno de 'César & Cleopatra' en el Teatro Romano de Mérida concluía junto al Templo de Diana, igualmente emeritense, la representación de 'Andrómaca', una versión de la obra de Eurípides que firma y dirige Raquel Bazo.


Dicen que las comparaciones son odiosas, pero a veces son inevitables. Tanto 'César & Cleopatra' como 'Andrómaca' llevan la marca del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, aunque el primer espectáculo se represente en el Teatro Romano, en medio de una gran expectación, y el segundo, sin ese gran revuelo, se ponga en pie en la calle, junto a las ruinas del llamado Templo de Diana.


No se puede exigir que ambos montajes tengan la misma calidad pues la diferencia de caché, y por lo tanto de medios, entre uno y otro es abismal. En 'César & Cleopatra' trabajan dos actrices muy buenas y dos grandes actores. Quienes representan 'Andrómaca' no tienen ni la experiencia ni el prestigio ni los ingresos de Ángela Molina, de Emilio Gutiérrez Caba, de Lucía Jiménez ni tampoco de Marcial Álvarez. Tal vez le ganen en ambición, desde luego deberían de sobrepasarles en ilusión, y puede que algún día lleguen a igualarlos en los carteles, pero ya los superan en número.


Imagen de la puesta en escena de 'Andrómaca'. (Fotografía de Jero Morales.)


Y los superan por mucho, por muchísimo. Si en el reparto de 'César & Cleopatra' sólo hay cuatro nombres, en el de 'Andrómaca' hay catorce, más un coro integrado por 21 personas. Treinta y cinco artistas sobre un pequeño escenario, 35.


Hay mucho esfuerzo, muchas ganas de ser, muchos sueños en este montaje que se puede ver gratis o comprando una entrada que cuesta tres euros. Mi aplauso y mi reconocimiento para todas las personas que hacen posible la representación y para quienes la ven, paguen o no.


Es muy conveniente que el Festival de Mérida programe este tipo de espectáculos teatrales callejeros. Y lo es no porque semejante iniciativa constituya una saludable cantera de actrices, actores, autores, directoras y técnicos en general, sino porque puede ser un yacimiento de espectadores, un filón de público.


El teatro, como todo en esta vida, hay que probarlo para que de verdad te guste, y si hay personas que no van al Teatro Romano porque no les apetece o porque no pueden permitírselo -cualquier día de estos bajará el IVA y, con él, el precio de las entradas- lo más acertado es sacar el teatro a la calle.


Creo que hay que insistir en esta política, que no es nueva, aunque en algún momento pudiera parecer que no da frutos. Es necesario que el teatro clásico conquiste la vía pública. Quizá también se pudiera hacer en el Teatro Romano un día del espectador, con entradas más baratas; o conseguir que los grandes nombres de la escena ofreciesen actuaciones callejeras.


Ideas no van a faltar nunca. Y todas las que sirvan para divulgar y fortalecer el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida son buenas, porque el Festival es una realidad cultural y económica muy importante para Mérida y para Extremadura y merece todo el apoyo que se le pueda dar.