lunes, 11 de diciembre de 2017

Compraste un convento y no lo sabes


José Joaquín Rodríguez Lara


España es un país de propietarios. De propietarios de vivienda. Encabeza las estadísticas de la Unión Europea en este apartado. La creencia de que pagar un alquiler es tirar el dinero, pues con lo que te cuesta ser inquilino vas comprando un piso que en unas pocas décadas será totalmente tuyo, es uno de los factores que está detrás de la burbuja del ladrillo y, por consiguiente, de la gravísima crisis económica de la que aún no hemos salido.

 

Durante los años inmediatamente anteriores a que estallara la crisis, España vivió una auténtica vorágine compradora de pisos. Se usó y se abusó del ladrillo como si fuese el colchón de la abuela. Muy pocas personas se planteaban vivir de alquiler en esos días; casi todo el mundo quería ahorrar o invertir teniendo una vivienda en propiedad.


La crisis cambió algo la tendencia. No había empleo, no había ingresos, los bancos no daban créditos y, a falta de otra posibilidad, el alquiler empezó a ser mirado con mejores ojos. Pero parece que la situación está volviendo a las viejas rodadas y comprar para especular ha recuperado su atractivo, a pesar de las intenciones sangradoras del ministro Cristóbal Montoro. El ladrillo empieza a moverse. De nuevo.


La Constitución de 1978 consagra, en su artículo 47, el derecho de todos los españoles "a disfrutar de una vivienda digna y adecuada", pero no especifica si debe ser propia o alquilada. Sin embargo, el artículo se suele interpretar como una invitación a disfrutar del derecho a la propiedad.


La elección de alquilar o comprar la vivienda habitual no es un dilema en este país. Aunque usted no lo crea, el dictador Francisco Franco protegió a las personas que vivían de alquiler, que no sólo no podían ser desahuciadas fácilmente, sino que ni siquiera se les podía subir el alquiler de forma desmesurada. El socialista Miguel Boyer, ministro de Hacienda en el primer Gobierno de Felipe González, terminó con los alquileres baratos anulando la protección legal a las viviendas, alquiladas, de renta antigua. Y una ministra socialista, Carme Chacón, propuso crear juzgados especiales para agilizar los desahucios de quienes no tenían vivienda propia.


La política de este país lleva demasiados años girando a favor de la compra para que la afición por el alquiler no se hubiera resentido con semejante acoso. Las ventajas fiscales del alquiler son aún muy inferiores a las que la compra disfrutó durante años.


La crisis dejó sin vender casi un millón de viviendas terminadas, o a medio terminar, y a pesar de la falta de compradores, la obsesión oficial era aliviar a los bancos del peso del ladrillo ‘tóxico’ vendiéndolas como fuera. ¿Y el alquiler? El alquiler no era opción o se consideraba el último remedio contra el problema.


¿Pero es mejor para todos la compra/venta que el alquiler? Estoy convencido de que no. En primer lugar considero que ambas opciones son compatibles. Y en último caso, si una modalidad de acceso a la vivienda debe arrasar a la otra, nunca debería permitirse, ni mucho menos estimularse por las administraciones públicas, que la compra/venta impere de forma abrumadora sobre el alquiler.


El alquiler activa la economía muchísimo más que la compra. La agiliza, la fluidifica, la flexibiliza. Comprarse un piso es como comprarse un convento. El esfuerzo y el ahorro de toda una vida enterrados entre cuatro paredes. Una inversión enorme que sólo suele desamortizarse por herencia, cuando fallecen sus propietarios. A veces, ni así.

 

Cierto es que las personas ancianas que son dueñas de una vivienda viven dentro de una hucha, pero la hucha no se mueve y si la rompen se quedan en la calle, sin techo bajo el que cobijarse.


En cambio, con el alquiler se puede apostar en cada momento a la casilla que más convenga y disponer del dinero sobrante como se prefiera. Al final de sus días, ni el propietario ni el inquilino se llevarán nada al otro barrio.


El alquiler tiene efectos positivos sobre el empleo, porque facilita la movilidad de la población trabajadora, que puede desplazarse a donde haya trabajo sin dejar una casa atrás y teniendo la seguridad de que allí a donde se mude habrá viviendas de alquiler a precios razonables. Claro que, para que haya esa movilidad es necesario que las administraciones públicas se tomen el alquiler, el empleo y la economía de otro modo.

 

Se precisa la misma inversión para hacer una vivienda para venderla que para alquilarla; se necesitan los mismos materiales y su construcción genera el mismo número de empleos. La diferencia está en que la vivienda propia nos ata al terreno y la alquilada, no.


Eso sí, hay un término medio. En Estados Unidos, país que creció a lomos de caballos y sobre carromatos y tiene una de las tasas de movilidad laboral más altas del mundo, lo saben muy bien, así que además de viviendas en propiedad y de viviendas en alquiler, los estadounidenses tienen viviendas de quita y pon. Las compran enteras o en tablones, como si fueran de IKEA, las montan sobre terrenos alquilados que tienen todo lo necesario –acceso, abastecimiento de agua, de luz y de gas, desagües, etcétera- para instalar una vivienda y si les sale una oportunidad laboral, aunque sea seis estados más allá, cargan su casa en un camión, con el frigorífico en su sitio y hasta con las camas hechas, y se mudan aunque tengan que cruzar el país de punta a punta.


Pero, ¿quién sería capaz de trasladar, ladrillo a ladrillo, el convento que se compró en un barrio de España?


(Segundo artículo publicado en extremadura7dias.com,
el 9 de diciembre del año 2017.)


sábado, 9 de diciembre de 2017

Pájaros hueros navegan la noche

José Joaquín Rodríguez Lara


Se acerca la media noche y me siento como Cristóbal Colón y sus compañeros durante las horas inmediatamente anteriores a su descubrimiento del Nuevo Mundo.


De aquella espera infinita surgió una frase antológica que unas veces se atribuye al almirante de la Mar Oceana y otras a alguno de sus marineros. "Toda la noche oyeron pasar pájaros". Es una de esas frases redondas que dicen mucho más de lo que cabe en sus apretadas letras.


José Manuel Caballero Bonald la convirtió en una novela de éxito y yo aún la conservo en los anaqueles de mi memoria, cada vez más apolillados y polvorientos. Esta noche la he desempolvado.


Sobre las calles y los campos de Salvatierra de los Barros están pasando a gran velocidad las nubes. Muchas nubes. Vienen del Oeste, blancas, bajas y hechas jirones. Al contemplarlas me he acordado del descubridor de América y de sus compañeros de epopeya y de la angustia de estar días y semanas y meses rodeado de agua sin ver la costa.
Ellos estaban en el océano Atlántico y anhelaban llegar a tierra. Yo estoy en tierra y anhelo que me llegue el océano Atlántico.


Un océano cargado de olas de lluvia, de mareas de lluvia, de espumas de lluvia, de borrascas de lluvia deshechas en goterones, más intensos que la sed, más persistentes que el sudor.


Estoy viendo pasar nubes toda la noche, alcatraces de luz, gaviotas del silencio, golondrinas de la ausencia... Inasibles pájaros hueros.


El océano se acerca a tierra firme, empieza a volar bajo, sobre nuestras cabezas, en nieblas y jirones de nubes, pero no llueve.


Lloverá, ya sé que lloverá, confío en que algún día lloverá, pero aún no se ve la lluvia, esa anhelada isla de fecundidad recortada en el sediento horizonte, y la travesía por el secarral de la espera se hace un poco más insufrible.


Toda la noche viendo pasar nubes, toda la noche.


jueves, 7 de diciembre de 2017

- Cuantos más periodistas echan a la calle,
  menos periodistas hay en las calles
 y muchísimos menos en los callejeros.


Regale vida


José Joaquín Rodríguez Lara


¿Papal Noel ya está arañando las ventanas, estamos más dentro que fuera de la Navidad, usted ya le ha colocado en el balcón el cubo con agua a los camellos de los Reyes Magos, por si acaso se adelantan, y aún no sabe qué regalar a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos, sobrinos, primos, amigos o a su madre de leche?

No desespere, no se deprima, no se encabrite. Podemos ayudarle.

Tiene usted razón en que cada año resulta más difícil encontrar el regalo adecuado porque sus padres, sus abuelos, sus tíos, sobrinos, primos, amigos y hasta su madre de leche -si acaso usted se hubiera o se hubiese criado a los pechos nutricios de una nodriza- tienen de todo. Y, además, que usted, el año pasado, ya les regaló esa cosa tan mona, tan chula y que estaba tan bien de precio que hasta lamentó no habérsela autoregalado, aunque fuera simulando que era el regalo de un amigo invisible.

Pues este año le va a resultar muy fácil elegir el regalo especial o los regalos sorprendentes para sus seres queridos.

Estas navidades regale un detector de humos. O varios detectores. Los que usted pueda y considere necesarios.

Un detector no es un regalo simpático ni entretiene ni tampoco es vistoso; es un regalo para la casa, para toda la familia. Si regala un detector de humo estará regalando vida. Auténtica vida. Regalará compañía, presencia, esencia de familia.

Cada año, al llegar el frío, muchísimas personas mueren en España –con que falleciese sólo una ya serían demasiadas- intentando poner un poco de calor en su existencia.

Unas se intoxican con el monóxido de carbono desprendido por un brasero de picón incorrectamente gestionado; otras se abrasan entre las llamas originadas por el brasero, ya sea de picón o eléctrico, que prendió las faldas de una mesa camilla, un sofá o cualquier otro mueble.

El detector de humos alerta cuando todavía se puede controlar el fuego. Te despierta con su sirena si fumas en la cama y se te cayó de los labios el pitillo encendido. El detector contribuye a que te pongas a salvo.

No es un regalo glamuroso el detector de humos, de fuego o de gas; tampoco es vistoso ni entretenido, pero no es muy caro. Los hay de muchos precios y todos evitan que suceda lo que, si ocurre, ya no tendría remedio.

Ya sabemos que no hay mejor alarma que la precaución y que usted y sus familiares son personas precavidas y sensatas.

¿Quién va a dejar que un cojín caiga sobre el brasero de picón? Nadie, pero hay a quien se le ha caído y ha originado un incendio de consecuencias irremediables.

¿A quién se le va a ocurrir meter un brasero eléctrico, encendido, bajo la cama para paliar el frío de la noche? A nadie se le puede ocurrir semejante disparate, pero acaba de suceder en Cáceres con fatales consecuencias.

No le dé usted más vueltas. Estas navidades regale años de vida, regale a sus seres queridos un detector de humos. Y sí, además, detecta el gas y las llamas, muchísimo mejor.

Yo no los fabrico ni los vendo ni tampoco llevo comisión por la compra de detectores, pero créame, no hay mejor regalo que la vida.


(Primer artículo publicado en extremadura7dias.com ,
el 6 de diciembre del año 2017.)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La C

José Joaquín Rodríguez Lara


La C es la letra menguante del abecedario. No es una O mordida, es una luna en cuarto curso de retirada.

La C es una letra misteriosa. No tanto como la X, desde luego, que es la gran incógnita de la escritura en castellano, la única letra del abecedario que se niega a aparecer en su propio nombre: equis. ¿Dónde está la X en la equis? Es un misterio. La A, la Be, la Jota, la Te... Todas ellas, y todas sus otras compañeras, salen en sus respectivos nombres, pero la X, no. A la equis le gusta jugar a los espías.

Seguramente crea usted que la Y, tal vez por ser vecina de la X y querer emularla, tampoco sale en su nombre. Pero sí aparece. El nombre de la Y es y griega y lo lógico es que la Y de la y griega se escriba con Y y no con i latina.

Otra cosa muy distinta es el porqué escribimos griega con i latina en vez de con y griega. Tal vez el origen de esta contradicción esté en un lapsus cálami. No lo sé.

Pero la C es punto y aparte. Es la medalla de bronce del a -b - c dario y debe de faltarle el trozo que, al morderla en el podio para comprobar si verdaderamente es de bronce, se tragan los atletas que la reciben.

La C no es una letra de carácter. Y fíjese usted en que carácter se escribe con dos ces. Al contrario, la C muestra una personalidad voluble. Tiene varias caras la C.

Depende de con quién se junte, así se comporta. Cuando se arrima a la A, a la O o a la U, la C muestra su lado alternativo y suena como K. Caña, coña, cuña.

Pero si se acerca a la E o a la I, la C se comporta con unos modales de letra modosa y bien criada. Ahí tiene usted la cecina.

Y no queda aquí la cosa. A veces la C sale de marcha con la H y ambas forman la pareja más estrafalaria del abecedario, porque la C es una letra políglota, que lo mismo suena a K que a C, y la H es una letra muda, que no suena a nada.

Hay quien considera que esta pareja no es el dúo más extraño de la escritura en castellano, porque sólo es una letra, la letra CH. A mí, en cambio, me parecen un par de letras que disfrutan con su papel de payasetes y cuando actúan hacen cha, che, chi, cho, chu. Hay bebés que se ríen con estas cosas.

Yo creo que, en estas actividades circenses, es la C la que malmete a la pobre H, aprovechándose de que carece de voz, salvo que se la aspire, y no puede protestar, pero, definitivamente, la C me parece la letra más lunática del abchario.


martes, 5 de diciembre de 2017

La flor del cerdalí



José Joaquín Rodríguez Lara


De la caza surgió la ganadería y de la ganadería está resurgiendo la caza. Es el “movimiento pendular de los sistemas”, que decía mi profesor don Hilario Álvarez. Mi abuela Julia, que lo aprendió casi todo por sí misma, también lo veía claro: “Hijo, cuando el libro de la moda se acaba, hay que volver al principio”.

Y en esas estamos: columpiándonos en el péndulo y releyendo el manual de lo trapos de pasarela.


La domesticación de los animales de caza seguramente se inició, hace miles de años, encerrándolos en algún lugar y proporcionándoles alimento. Es lo mismo que se hace actualmente en las granjas cinegéticas y en los cotos intensivos con las perdices, los faisanes, los ciervos, muflones, gamos, etcétera. Los primeros ganaderos buscaban animales dóciles, que se dejasen matar sin correr demasiado; ejemplares confiados de los que se pudiera aprovechar su carne, su leche, sus huevos, su lana y su fuerza de trabajo.

Las personas que hoy crían piezas de caza buscan animales que soporten el confinamiento, pero que, a la vez, sean desconfiados, que corran, que huyan, que se escondan, que vendan cara su piel, sus colmillos, sus cuernas o sus plumas.

Sin embargo, en el fondo, tanto los ganaderos como los ‘venaderos’ –granjeros de especies venatorias- tienen el mismo objetivo: producir animales para el consumo humano.

A los ganaderos y a los ‘venaderos’ se les ha unido, a lo largo de los últimos años, un nuevo gremio: el de los ‘mascoteros’. El de los ‘mascoteros’ sin escrúpulos, sin conciencia o sin cerebro. Gente piadosa, amante de los animales de poca edad, que los tienen como objetos de compañía hasta que crecen y no pueden mantenerlos. Entonces, para solucionar su problema doméstico, como son personas muy sensibles y les da pena sacrificarlos, abandonan a los bichos en el campo y crean un problema público.

Conocí a alguien que, cuando le paría la gata, como le daba lástima matar a los gatitos, los enterraba, vivos, para no oírlos miar. “Arreglárosla como podáis”. Y se marchaba para su casa con la conciencia muy tranquila.

El nocivo efecto medioambiental del abandono de mascotas que pueden valerse por sí mismas es idéntico al que se genera cuando el animal no se abandona, pero por una custodia negligente se pierde en la naturaleza o se escapa para vivir por su cuenta y ver mundo.

Los ecosistemas son piezas de relojería, muy sensibles y ajustadas. Si quitamos o ponemos algún engranaje, por diminuto que sea, la precisión del reloj se resiente. A veces, hasta deja de funcionar.

Pues en el reloj que nos marca las horas faltan ya, o escasean, demasiadas piezas. El declive del conejo es una catástrofe tan notable como eliminar el pan de la dieta mediterránea, y la introducción de especies alóctonas, foráneas, como los cerdos vietnamitas va camino de serlo.

En muchas partes de España se ha dado ya la voz de alarma sobre la creciente presencia de cerdalíes en los campos y hasta en los núcleos urbanos.

Como casi todo el mundo sabe, el cerdalí es un cruce entre el jabalí silvestre y el cerdo vietnamita asilvestrado motu proprio o por decisión de quien lo abandonó. También se le llama jabamita y cerdolí.

Lo de jabamita –cabeza de jabalí y cola de vietnamita- me suena raro y hasta difícil de recordar. La denominación, bastante extendida, de cerdolí –cabeza de cerdo y cola de jabalí- me parece machista y falsa. Machista porque antepone el macho, el cerdo, a la hembra, la cerda, y falsa porque lo habitual es que los machos de jabalí se apareen con las cerdas domésticas, derrotando y expulsando del agreste tálamo nupcial, si es necesario, a los varracos domésticos, por muchas artes marciales que sepan los orientales. A los jabalíes no les va lo de hacer tríos. Lo raro es que un cerdo vietnamita, más pequeño que un jabalí, le distraiga las hembras al peludo tanque de los montes hispanos.

Así que, al referirme al engendro, yo prefiero denominarlo cerdalí; es decir, hijo de una cerda asilvestrada y de un jabalí silvestre.

Pero lo pernicioso de este cruce porcino no es darle uno u otro nombre, sino la extensión creciente de su presencia en los montes y en los cultivos agrarios españoles.

El cerdalí, algo más pequeño que el jabalí y con diversidad de color, pelaje y cabeza, hace más daño que el jabalí porque es más prolífico. Tiene más crías, come más, causa más destrozos, puede transmitir más enfermedades y, al competir con el autóctono cochino de monte, terminará contaminando con sus genes la pureza racial del jabalí. Ya hay estudios científicos que alertan sobre este peligro.

Lo que no parece haber es una ley o una orden de vedas que incluya al cerdalí y a su madre la señora cerda vietnamita como especie dañina, ajena al ecosistema español y, por lo mismo, susceptible de ser abatida en las cacerías legales. Especie cinegética, en suma. Para sí quisieran la zorra, la pega (urraca, picaza…), la grajilla, la tórtola turca y otras especies consideradas dañinas el estatus de protección que se aplica al cerdalí.

Tal vez opine usted que los cerdalíes son bonitos –para gustos los colores-, simpáticos (ídem) o escasos (lo mismo le digo) y, por lo tanto, no hay necesidad de perseguirlos y erradicarlos del medio natural.

Hay gente que creyó algo parecido cuando vio la primera flor –tan bonita, tan lila- del jacinto de agua en mitad del Guadiana y hoy, doce años después, doce años ya, el camalote es una plaga que está asfixiando el tramo medio de uno de los ríos más importantes de Europa.

Aquello sólo era un ramillete de flores lilas sobre una balsa de hojas muy verdes, pero ya hemos gastado millones de euros tratando de erradicarlo y en el Guadiana cada día hay más camalote.


Maldita sea la hora en la que a alguien se le ocurrió vaciar su pecera en el río.

(Artículo publicado en la revista 'Caza Extremadura' de noviembre / diciembre.)



lunes, 20 de noviembre de 2017

- Cuando la ciudadanía se manifiesta

 muestra sus necesidades.

 Cuando se manifiestan quienes gobiernan

 muestran su incapacidad.