domingo, 28 de marzo de 2021

Respetar la fe

José Joaquín Rodríguez Lara


Millones de personas está convencidas de que dios -su dios- creó a los seres humanos. Es una cuestión de fe. Ninguna prueba irrefutable avala esa suposición. La ciencia, es decir, el pensamiento racional, no ha podido demostrarlo hasta ahora -tampoco lo contrario- y estoy convencido de que nunca podrá demostrar ni una cosa ni la otra.


Por el contrario, hay más que sospechas de que fueron los seres humanos quienes crearon a dios -a cada uno de los dioses respectivos- colocándole en el punto central de un sistema de creencias al que llamamos religión.


La religión, todas y cualquiera de ellas, es una estrategia de los seres humanos para paliar su fragilidad, para diluir sus miedos, para pautar su comportamiento y, en definitiva, para encontrarle un sentido a sus vidas. La religión, la fe, es una de las ruedas que mueven el mundo. Y no es ni la más egoísta, ni la menos útil, ni tampoco la más perniciosa.


Así que la religión, todas, y sus oficiantes y fieles, mientras no infrinjan las leyes civiles, que deben estar siempre por encima de las religiosas, merecen el mayor de los respetos en cualquier situación.


Quienes se enfrentan a las creencias y a los actos religiosos de forma obscena, ofensiva, violenta o irracional, no son personas ateas, agnósticas, descreídas o demoniacas; son seres fanáticos que luchan contra una religión que abominan para imponer la suya que, aunque carezca de templos, de estatuas y de ropajes es otro proyecto de religión. La mayoría de las veces más perniciosa y abominable que la que pretenden abolir.



martes, 23 de marzo de 2021

Barrotes en la piel

José Joaquín Rodríguez Lara


Es nuestra primera patria. Y también la última. La frontera. Todo lo demás son ropajes, disfraces, camuflajes ridículos. Como este cartón. Fue pliego de papel, tuvo cuerpo, nombre y sombra antes de que mis uñas lo convirtieran en un erial para que yo mismo lo siembre de palabras con la lengua humedecida del carboncillo.


Escribir es arar, es sepultar el pensamiento, cuando no la vida entera, con la esperanza de que fructifique y con la certeza de que el fruto jamás alcanzará el volumen deseado. Son tantas las ocasiones en las que la cosecha palidece ante la semilla.  Pero, a pesar de todo, aquí sigo, escribiendo, cual lombriz que horada el fango; como hormiguilla que ilumina la ceguera del barro; todo lo más, lo mismo que un viejo minero demente empeñado en esconder piedras preciosas en las venas vacías del filón. A la luz del pitillo, a golpes del lapicero, mientras el postrero aliento de la última mariposa de humo alza el vuelo y se disuelve en el sopicaldo de mis cuatro paredes.


Todo me huele a tabaco. Todo. Hasta la luz. No sólo el folio que una vez fue cajetilla y ahora sólo es pergamino, vitela, piel estirada para regar con sangre los surcos de la vida. De mi vida. Una vida que no es gran cosa, ya lo sé. Pero es la que tengo; lo que me queda. Casi menos que a la cajetilla despanzurrada que, desde hace ya no sé cuanto tiempo, uso como cuaderno, hoja a hoja, pitillo a pitillo, calada a calada.


Me queda la piel, llena de borrones, es verdad, pero cerrada aún; una talega con su moño y su galón de cierre. Es mi patria. Vivo dentro de sus fronteras. Preso en ella y condenado a muerte desde que nací, me asomo a la reja del folio, con las manos aferradas a los barrotes del renglón, para imaginar el vuelo sonámbulo de las mariposas.