lunes, 11 de diciembre de 2017

Compraste un convento y no lo sabes


José Joaquín Rodríguez Lara


España es un país de propietarios. De propietarios de vivienda. Encabeza las estadísticas de la Unión Europea en este apartado. La creencia de que pagar un alquiler es tirar el dinero, pues con lo que te cuesta ser inquilino vas comprando un piso que en unas pocas décadas será totalmente tuyo, es uno de los factores que está detrás de la burbuja del ladrillo y, por consiguiente, de la gravísima crisis económica de la que aún no hemos salido.

 

Durante los años inmediatamente anteriores a que estallara la crisis, España vivió una auténtica vorágine compradora de pisos. Se usó y se abusó del ladrillo como si fuese el colchón de la abuela. Muy pocas personas se planteaban vivir de alquiler en esos días; casi todo el mundo quería ahorrar o invertir teniendo una vivienda en propiedad.


La crisis cambió algo la tendencia. No había empleo, no había ingresos, los bancos no daban créditos y, a falta de otra posibilidad, el alquiler empezó a ser mirado con mejores ojos. Pero parece que la situación está volviendo a las viejas rodadas y comprar para especular ha recuperado su atractivo, a pesar de las intenciones sangradoras del ministro Cristóbal Montoro. El ladrillo empieza a moverse. De nuevo.


La Constitución de 1978 consagra, en su artículo 47, el derecho de todos los españoles "a disfrutar de una vivienda digna y adecuada", pero no especifica si debe ser propia o alquilada. Sin embargo, el artículo se suele interpretar como una invitación a disfrutar del derecho a la propiedad.


La elección de alquilar o comprar la vivienda habitual no es un dilema en este país. Aunque usted no lo crea, el dictador Francisco Franco protegió a las personas que vivían de alquiler, que no sólo no podían ser desahuciadas fácilmente, sino que ni siquiera se les podía subir el alquiler de forma desmesurada. El socialista Miguel Boyer, ministro de Hacienda en el primer Gobierno de Felipe González, terminó con los alquileres baratos anulando la protección legal a las viviendas, alquiladas, de renta antigua. Y una ministra socialista, Carme Chacón, propuso crear juzgados especiales para agilizar los desahucios de quienes no tenían vivienda propia.


La política de este país lleva demasiados años girando a favor de la compra para que la afición por el alquiler no se hubiera resentido con semejante acoso. Las ventajas fiscales del alquiler son aún muy inferiores a las que la compra disfrutó durante años.


La crisis dejó sin vender casi un millón de viviendas terminadas, o a medio terminar, y a pesar de la falta de compradores, la obsesión oficial era aliviar a los bancos del peso del ladrillo ‘tóxico’ vendiéndolas como fuera. ¿Y el alquiler? El alquiler no era opción o se consideraba el último remedio contra el problema.


¿Pero es mejor para todos la compra/venta que el alquiler? Estoy convencido de que no. En primer lugar considero que ambas opciones son compatibles. Y en último caso, si una modalidad de acceso a la vivienda debe arrasar a la otra, nunca debería permitirse, ni mucho menos estimularse por las administraciones públicas, que la compra/venta impere de forma abrumadora sobre el alquiler.


El alquiler activa la economía muchísimo más que la compra. La agiliza, la fluidifica, la flexibiliza. Comprarse un piso es como comprarse un convento. El esfuerzo y el ahorro de toda una vida enterrados entre cuatro paredes. Una inversión enorme que sólo suele desamortizarse por herencia, cuando fallecen sus propietarios. A veces, ni así.

 

Cierto es que las personas ancianas que son dueñas de una vivienda viven dentro de una hucha, pero la hucha no se mueve y si la rompen se quedan en la calle, sin techo bajo el que cobijarse.


En cambio, con el alquiler se puede apostar en cada momento a la casilla que más convenga y disponer del dinero sobrante como se prefiera. Al final de sus días, ni el propietario ni el inquilino se llevarán nada al otro barrio.


El alquiler tiene efectos positivos sobre el empleo, porque facilita la movilidad de la población trabajadora, que puede desplazarse a donde haya trabajo sin dejar una casa atrás y teniendo la seguridad de que allí a donde se mude habrá viviendas de alquiler a precios razonables. Claro que, para que haya esa movilidad es necesario que las administraciones públicas se tomen el alquiler, el empleo y la economía de otro modo.

 

Se precisa la misma inversión para hacer una vivienda para venderla que para alquilarla; se necesitan los mismos materiales y su construcción genera el mismo número de empleos. La diferencia está en que la vivienda propia nos ata al terreno y la alquilada, no.


Eso sí, hay un término medio. En Estados Unidos, país que creció a lomos de caballos y sobre carromatos y tiene una de las tasas de movilidad laboral más altas del mundo, lo saben muy bien, así que además de viviendas en propiedad y de viviendas en alquiler, los estadounidenses tienen viviendas de quita y pon. Las compran enteras o en tablones, como si fueran de IKEA, las montan sobre terrenos alquilados que tienen todo lo necesario –acceso, abastecimiento de agua, de luz y de gas, desagües, etcétera- para instalar una vivienda y si les sale una oportunidad laboral, aunque sea seis estados más allá, cargan su casa en un camión, con el frigorífico en su sitio y hasta con las camas hechas, y se mudan aunque tengan que cruzar el país de punta a punta.


Pero, ¿quién sería capaz de trasladar, ladrillo a ladrillo, el convento que se compró en un barrio de España?


(Segundo artículo publicado en extremadura7dias.com,
el 9 de diciembre del año 2017.)


sábado, 9 de diciembre de 2017

Pájaros hueros navegan la noche

José Joaquín Rodríguez Lara


Se acerca la media noche y me siento como Cristóbal Colón y sus compañeros durante las horas inmediatamente anteriores a su descubrimiento del Nuevo Mundo.


De aquella espera infinita surgió una frase antológica que unas veces se atribuye al almirante de la Mar Oceana y otras a alguno de sus marineros. "Toda la noche oyeron pasar pájaros". Es una de esas frases redondas que dicen mucho más de lo que cabe en sus apretadas letras.


José Manuel Caballero Bonald la convirtió en una novela de éxito y yo aún la conservo en los anaqueles de mi memoria, cada vez más apolillados y polvorientos. Esta noche la he desempolvado.


Sobre las calles y los campos de Salvatierra de los Barros están pasando a gran velocidad las nubes. Muchas nubes. Vienen del Oeste, blancas, bajas y hechas jirones. Al contemplarlas me he acordado del descubridor de América y de sus compañeros de epopeya y de la angustia de estar días y semanas y meses rodeado de agua sin ver la costa.
Ellos estaban en el océano Atlántico y anhelaban llegar a tierra. Yo estoy en tierra y anhelo que me llegue el océano Atlántico.


Un océano cargado de olas de lluvia, de mareas de lluvia, de espumas de lluvia, de borrascas de lluvia deshechas en goterones, más intensos que la sed, más persistentes que el sudor.


Estoy viendo pasar nubes toda la noche, alcatraces de luz, gaviotas del silencio, golondrinas de la ausencia... Inasibles pájaros hueros.


El océano se acerca a tierra firme, empieza a volar bajo, sobre nuestras cabezas, en nieblas y jirones de nubes, pero no llueve.


Lloverá, ya sé que lloverá, confío en que algún día lloverá, pero aún no se ve la lluvia, esa anhelada isla de fecundidad recortada en el sediento horizonte, y la travesía por el secarral de la espera se hace un poco más insufrible.


Toda la noche viendo pasar nubes, toda la noche.


jueves, 7 de diciembre de 2017

- Cuantos más periodistas echan a la calle,
  menos periodistas hay en las calles
 y muchísimos menos en los callejeros.


Regale vida


José Joaquín Rodríguez Lara


¿Papal Noel ya está arañando las ventanas, estamos más dentro que fuera de la Navidad, usted ya le ha colocado en el balcón el cubo con agua a los camellos de los Reyes Magos, por si acaso se adelantan, y aún no sabe qué regalar a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos, sobrinos, primos, amigos o a su madre de leche?

No desespere, no se deprima, no se encabrite. Podemos ayudarle.

Tiene usted razón en que cada año resulta más difícil encontrar el regalo adecuado porque sus padres, sus abuelos, sus tíos, sobrinos, primos, amigos y hasta su madre de leche -si acaso usted se hubiera o se hubiese criado a los pechos nutricios de una nodriza- tienen de todo. Y, además, que usted, el año pasado, ya les regaló esa cosa tan mona, tan chula y que estaba tan bien de precio que hasta lamentó no habérsela autoregalado, aunque fuera simulando que era el regalo de un amigo invisible.

Pues este año le va a resultar muy fácil elegir el regalo especial o los regalos sorprendentes para sus seres queridos.

Estas navidades regale un detector de humos. O varios detectores. Los que usted pueda y considere necesarios.

Un detector no es un regalo simpático ni entretiene ni tampoco es vistoso; es un regalo para la casa, para toda la familia. Si regala un detector de humo estará regalando vida. Auténtica vida. Regalará compañía, presencia, esencia de familia.

Cada año, al llegar el frío, muchísimas personas mueren en España –con que falleciese sólo una ya serían demasiadas- intentando poner un poco de calor en su existencia.

Unas se intoxican con el monóxido de carbono desprendido por un brasero de picón incorrectamente gestionado; otras se abrasan entre las llamas originadas por el brasero, ya sea de picón o eléctrico, que prendió las faldas de una mesa camilla, un sofá o cualquier otro mueble.

El detector de humos alerta cuando todavía se puede controlar el fuego. Te despierta con su sirena si fumas en la cama y se te cayó de los labios el pitillo encendido. El detector contribuye a que te pongas a salvo.

No es un regalo glamuroso el detector de humos, de fuego o de gas; tampoco es vistoso ni entretenido, pero no es muy caro. Los hay de muchos precios y todos evitan que suceda lo que, si ocurre, ya no tendría remedio.

Ya sabemos que no hay mejor alarma que la precaución y que usted y sus familiares son personas precavidas y sensatas.

¿Quién va a dejar que un cojín caiga sobre el brasero de picón? Nadie, pero hay a quien se le ha caído y ha originado un incendio de consecuencias irremediables.

¿A quién se le va a ocurrir meter un brasero eléctrico, encendido, bajo la cama para paliar el frío de la noche? A nadie se le puede ocurrir semejante disparate, pero acaba de suceder en Cáceres con fatales consecuencias.

No le dé usted más vueltas. Estas navidades regale años de vida, regale a sus seres queridos un detector de humos. Y sí, además, detecta el gas y las llamas, muchísimo mejor.

Yo no los fabrico ni los vendo ni tampoco llevo comisión por la compra de detectores, pero créame, no hay mejor regalo que la vida.


(Primer artículo publicado en extremadura7dias.com ,
el 6 de diciembre del año 2017.)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La C

José Joaquín Rodríguez Lara


La C es la letra menguante del abecedario. No es una O mordida, es una luna en cuarto curso de retirada.

La C es una letra misteriosa. No tanto como la X, desde luego, que es la gran incógnita de la escritura en castellano, la única letra del abecedario que se niega a aparecer en su propio nombre: equis. ¿Dónde está la X en la equis? Es un misterio. La A, la Be, la Jota, la Te... Todas ellas, y todas sus otras compañeras, salen en sus respectivos nombres, pero la X, no. A la equis le gusta jugar a los espías.

Seguramente crea usted que la Y, tal vez por ser vecina de la X y querer emularla, tampoco sale en su nombre. Pero sí aparece. El nombre de la Y es y griega y lo lógico es que la Y de la y griega se escriba con Y y no con i latina.

Otra cosa muy distinta es el porqué escribimos griega con i latina en vez de con y griega. Tal vez el origen de esta contradicción esté en un lapsus cálami. No lo sé.

Pero la C es punto y aparte. Es la medalla de bronce del a -b - c dario y debe de faltarle el trozo que, al morderla en el podio para comprobar si verdaderamente es de bronce, se tragan los atletas que la reciben.

La C no es una letra de carácter. Y fíjese usted en que carácter se escribe con dos ces. Al contrario, la C muestra una personalidad voluble. Tiene varias caras la C.

Depende de con quién se junte, así se comporta. Cuando se arrima a la A, a la O o a la U, la C muestra su lado alternativo y suena como K. Caña, coña, cuña.

Pero si se acerca a la E o a la I, la C se comporta con unos modales de letra modosa y bien criada. Ahí tiene usted la cecina.

Y no queda aquí la cosa. A veces la C sale de marcha con la H y ambas forman la pareja más estrafalaria del abecedario, porque la C es una letra políglota, que lo mismo suena a K que a C, y la H es una letra muda, que no suena a nada.

Hay quien considera que esta pareja no es el dúo más extraño de la escritura en castellano, porque sólo es una letra, la letra CH. A mí, en cambio, me parecen un par de letras que disfrutan con su papel de payasetes y cuando actúan hacen cha, che, chi, cho, chu. Hay bebés que se ríen con estas cosas.

Yo creo que, en estas actividades circenses, es la C la que malmete a la pobre H, aprovechándose de que carece de voz, salvo que se la aspire, y no puede protestar, pero, definitivamente, la C me parece la letra más lunática del abchario.


martes, 5 de diciembre de 2017

La flor del cerdalí



José Joaquín Rodríguez Lara


De la caza surgió la ganadería y de la ganadería está resurgiendo la caza. Es el “movimiento pendular de los sistemas”, que decía mi profesor don Hilario Álvarez. Mi abuela Julia, que lo aprendió casi todo por sí misma, también lo veía claro: “Hijo, cuando el libro de la moda se acaba, hay que volver al principio”.

Y en esas estamos: columpiándonos en el péndulo y releyendo el manual de lo trapos de pasarela.


La domesticación de los animales de caza seguramente se inició, hace miles de años, encerrándolos en algún lugar y proporcionándoles alimento. Es lo mismo que se hace actualmente en las granjas cinegéticas y en los cotos intensivos con las perdices, los faisanes, los ciervos, muflones, gamos, etcétera. Los primeros ganaderos buscaban animales dóciles, que se dejasen matar sin correr demasiado; ejemplares confiados de los que se pudiera aprovechar su carne, su leche, sus huevos, su lana y su fuerza de trabajo.

Las personas que hoy crían piezas de caza buscan animales que soporten el confinamiento, pero que, a la vez, sean desconfiados, que corran, que huyan, que se escondan, que vendan cara su piel, sus colmillos, sus cuernas o sus plumas.

Sin embargo, en el fondo, tanto los ganaderos como los ‘venaderos’ –granjeros de especies venatorias- tienen el mismo objetivo: producir animales para el consumo humano.

A los ganaderos y a los ‘venaderos’ se les ha unido, a lo largo de los últimos años, un nuevo gremio: el de los ‘mascoteros’. El de los ‘mascoteros’ sin escrúpulos, sin conciencia o sin cerebro. Gente piadosa, amante de los animales de poca edad, que los tienen como objetos de compañía hasta que crecen y no pueden mantenerlos. Entonces, para solucionar su problema doméstico, como son personas muy sensibles y les da pena sacrificarlos, abandonan a los bichos en el campo y crean un problema público.

Conocí a alguien que, cuando le paría la gata, como le daba lástima matar a los gatitos, los enterraba, vivos, para no oírlos miar. “Arreglárosla como podáis”. Y se marchaba para su casa con la conciencia muy tranquila.

El nocivo efecto medioambiental del abandono de mascotas que pueden valerse por sí mismas es idéntico al que se genera cuando el animal no se abandona, pero por una custodia negligente se pierde en la naturaleza o se escapa para vivir por su cuenta y ver mundo.

Los ecosistemas son piezas de relojería, muy sensibles y ajustadas. Si quitamos o ponemos algún engranaje, por diminuto que sea, la precisión del reloj se resiente. A veces, hasta deja de funcionar.

Pues en el reloj que nos marca las horas faltan ya, o escasean, demasiadas piezas. El declive del conejo es una catástrofe tan notable como eliminar el pan de la dieta mediterránea, y la introducción de especies alóctonas, foráneas, como los cerdos vietnamitas va camino de serlo.

En muchas partes de España se ha dado ya la voz de alarma sobre la creciente presencia de cerdalíes en los campos y hasta en los núcleos urbanos.

Como casi todo el mundo sabe, el cerdalí es un cruce entre el jabalí silvestre y el cerdo vietnamita asilvestrado motu proprio o por decisión de quien lo abandonó. También se le llama jabamita y cerdolí.

Lo de jabamita –cabeza de jabalí y cola de vietnamita- me suena raro y hasta difícil de recordar. La denominación, bastante extendida, de cerdolí –cabeza de cerdo y cola de jabalí- me parece machista y falsa. Machista porque antepone el macho, el cerdo, a la hembra, la cerda, y falsa porque lo habitual es que los machos de jabalí se apareen con las cerdas domésticas, derrotando y expulsando del agreste tálamo nupcial, si es necesario, a los varracos domésticos, por muchas artes marciales que sepan los orientales. A los jabalíes no les va lo de hacer tríos. Lo raro es que un cerdo vietnamita, más pequeño que un jabalí, le distraiga las hembras al peludo tanque de los montes hispanos.

Así que, al referirme al engendro, yo prefiero denominarlo cerdalí; es decir, hijo de una cerda asilvestrada y de un jabalí silvestre.

Pero lo pernicioso de este cruce porcino no es darle uno u otro nombre, sino la extensión creciente de su presencia en los montes y en los cultivos agrarios españoles.

El cerdalí, algo más pequeño que el jabalí y con diversidad de color, pelaje y cabeza, hace más daño que el jabalí porque es más prolífico. Tiene más crías, come más, causa más destrozos, puede transmitir más enfermedades y, al competir con el autóctono cochino de monte, terminará contaminando con sus genes la pureza racial del jabalí. Ya hay estudios científicos que alertan sobre este peligro.

Lo que no parece haber es una ley o una orden de vedas que incluya al cerdalí y a su madre la señora cerda vietnamita como especie dañina, ajena al ecosistema español y, por lo mismo, susceptible de ser abatida en las cacerías legales. Especie cinegética, en suma. Para sí quisieran la zorra, la pega (urraca, picaza…), la grajilla, la tórtola turca y otras especies consideradas dañinas el estatus de protección que se aplica al cerdalí.

Tal vez opine usted que los cerdalíes son bonitos –para gustos los colores-, simpáticos (ídem) o escasos (lo mismo le digo) y, por lo tanto, no hay necesidad de perseguirlos y erradicarlos del medio natural.

Hay gente que creyó algo parecido cuando vio la primera flor –tan bonita, tan lila- del jacinto de agua en mitad del Guadiana y hoy, doce años después, doce años ya, el camalote es una plaga que está asfixiando el tramo medio de uno de los ríos más importantes de Europa.

Aquello sólo era un ramillete de flores lilas sobre una balsa de hojas muy verdes, pero ya hemos gastado millones de euros tratando de erradicarlo y en el Guadiana cada día hay más camalote.


Maldita sea la hora en la que a alguien se le ocurrió vaciar su pecera en el río.

(Artículo publicado en la revista 'Caza Extremadura' de noviembre / diciembre.)



lunes, 20 de noviembre de 2017

- Cuando la ciudadanía se manifiesta

 muestra sus necesidades.

 Cuando se manifiestan quienes gobiernan

 muestran su incapacidad.


viernes, 17 de noviembre de 2017

El asilo de los libros

José Joaquín Rodríguez Lara


El primer libro que tuve en mis manos fue 'El manuscrito'. Tía Felisa lo había comprado, en La Alianza u otra librería de Badajoz, y nos lo dejó para que leyésemos, como antes que nosotros habían hecho sus hijos, a la luz de la lumbre que iluminaba el chozo.


Los textos de 'El manuscrito' tenían una caligrafía primorosa. Había letras de muchos tipos. Las cursivas resultaban especialmente elegantes. Más que el gusto por la lectura, 'El manuscrito' despertaba el interés por escribir bonito.


Pero mi abuelo materno -gracias abuelo José- lo utilizaba para que mis hermanos y yo leyésemos. Como ni la vista ni la práctica le daban para asegurarse de que verdaderamente leíamos lo que estaba escrito en las páginas del libro, abuelo José nos ponía una mano en el hombro o en el cogote y, por el tacto, sabía si leíamos al pie de la letra o le dábamos un puntapié a las letras y nos inventábamos lo que salía por nuestras bocas. Teníamos siete años, el que más, y muchas ganas de jugar.


Siete años después llegó a mi casa otro libro. 'La noria', de Luis Romero, un recorrido novelado, cangilón a cangilón, por la Barcelona de la posguerra. Lo llevé yo y lo leí con mucho gusto. Creo que con esa lectura nacieron mis aficiones literarias y periodísticas.


Desde entonces vendrían mucho más. Hubo un tiempo, cuando estudiaba periodismo en Madrid, que compraba un libro casi cada domingo. Nada más saltar de la cama, en la calle Santiago, número once, me dirigía a La Cuesta de Moyano, a pie. Iba de caseta en caseta, curioseando entre libros, libreros y clientela. Si encontraba algo que me interesaba, lo ojeaba y decidía sobre la marcha: o compraba el libro y no comía o comía y no compraba el libro. Si bajaba La Cuesta de Moyano con el reflejo de un libro en las pupilas, el menú de ese domingo era plato único: sopa de letras. Deshacía el camino hasta Santiago once, me metía en el catre y me comía el libro con los ojos.


He leído muchísimo en la cama. Incluso cuando hacía el servicio militar. Se apagaban las luces de la compañía y yo seguía leyendo bajo la manta. Con una linterna. El soldado que hacía la primera imaginaria siempre se acercaba a mi litera para aconsejarme que dejara de leer o me quedaría ciego.


La gran mayoría de esos libros viven conmigo. En mi vivienda hay una habitación que llamamos 'la habitación de los libros'. Nunca los he contado y no sé cuantos tenemos, pero las estanterías están llenas y con muchos volúmenes en doble fila o tumbados sobre los demás.


Como ocurre en las calles cuando se intenta aparcar, prácticamente no hay un sitio libre, así que un libro no es la mejor tarjeta de visita para presentarse en mi casa. A pesar de ello, no dejan de llegar nuevos ejemplares. Los que compramos, los que nos regalan, alguno que escribo yo...


Aún lloro por aquella joya impresa sobre el puente de Alcántara, dibujado piedra a piedra. La dejé olvidada sobre una bobina de papel y desapareció. Pregunté, pregunté y pregunté, pero nadie había visto el libro, a pesar de su gran tamaño. Espero que quien se lo llevó lo tenga en un sitio digno. Incluso sueño con que me lo devuelva. Todos los libros son importantes para mí, pero ese más, pues me quedé sin él sin ni siquiera haber empezado a leerlo.


Vivo con mi libros, sin querer desprenderme de ellos, porque entre sus hojas hay retazos de mi vida. Algunos están casi desencuadernados, de tanto abrirlos. Otros, los menos, nunca los he leído. Los hay que incluso siguen embolsados en el plástico del retractilado. Me da igual. Son tan parte de mí como los que me sé de memoria.


Aunque en mi casa no quepa un libro más, nunca he pensado deshacerme de mis compañeros de viaje. Lo que anhelo es disponer del espacio necesario para que no estén apretujados unos sobre otros.

 

Mucha gente soluciona el problema tirando a la basura sus volúmenes o legando sus libros a una biblioteca o a cualquier otra entidad. Comprendo a esas personas, pero me resultaría muy difícil hacer algo así. Entregar mis libros, los libros que me alimentan, a una institución sería como llevarlos a un asilo, a un asilo de libros.


domingo, 5 de noviembre de 2017

- Tengo muchas ganas de ver alguna revolución

en la que, aunque los revolucionarios se enriquezcan,

 los pobres no queden hundidos en la miseria.


sábado, 4 de noviembre de 2017

¡Ayuda, por favor!


José Joaquín Rodríguez Lara


Llevamos toda la vida buscando puertas astrales, agujeros de gusano, pasadizos y túneles que nos transporten a otros mundos, en los que no haya conflicto catalán ni belenes esteban, y los tenemos delante de las narices: en nuestra propia casa. Parece un módulo espacial, con su escotilla y todo, pero no lo es. Es la boca del misterio y ni siquiera Íker Giménez, comandante de puesto de Cuarto Milenio, ha reparado en ello. ¿Cómo se explica, si no es una boca sideral, que se coma los calcetines? ¿A dónde van los calcetines que desaparecen en la lavadora? A otros mundos. Fijo.

 

A ver, señoras y señores astronautas, ángelas y ángeles (ya sé que ustedes tienen alas en vez de sexo, pero es por discriminar entre otras y unos y no marginar a nadie), paracaidistas y habitantes de las nubes en general: ¡ayuda, por favor! Acaba de desaparecer un calcetín azul, grueso, a medio lavar, apto para botas de campo. Está usado, pero todavía me da el avío. Si lo ve, llámeme o avise a la Guardia Civil.

 

El otro calcetín, hermano mellizo del desaparecido, está desolado por la pérdida. Se siente sólo y no le llega la carne, la del pie, al cuerpo. Temo que termine en el contenedor de residuos ¿orgánicos?, ¿de plásticos?, ¿para celulosa?. ¿De qué cosa que no es hilo ni lana ni algodón hacen ahora lo calcetines?


- ¿De poliéster?


- Bueno, de poli o de guardia civil. Me da lo mismo quién se lo ponga. ¿Pero, cómo los hacen para que se desintegren en la lavadora? Me devora la duda. Hay angustias con las que no se puede vivir.


- Ni con Angustias ni con Dolores ni con...


-¿Te vas a callar de una vez? Y mira por la ventana, a ver si ves el calcetín. ¡Pobrecino mío!, con lo que yo lo he sudado. Vamos a hacerle una foto con el móvil al mellizo y ponemos carteles.


- Pero antes habrá que dejarlo a secar en la alambrera del brasero, porque está empapado y como sigue llorando...


- La madre que te parió. Anda, déjalo y pon la tele, a ver qué está cocinando hoy el Puigdemonio.


- Ahí lo tienes... Mira que le sienta mal la barretina de cocinero al tío.


- Si es que con esos pelos de fregona que gasta... Ni sé yo como lo dejan salir por Eurovisión.


- Cosas de Junqueras que tiene mucho peso. El Junqueras es pariente del Chicote, ¿no?


- Ahora que lo dices, se dan un aire; como si fuesen hermanos de primos segundos o algo así.


- Habría que meterlos a los dos en la lavadora, a ver si desaparece alguno y eso que ganamos.


- Cállate ya, que no oigo al Puigdemonio.


- ...hoy, para todos los paladares catalanes, vamos a preparar un plato rico rico: Calçots a la Independencia con Butifarra.


- Eso, sí, con butifarra, con mucha butifarra internacional. ¡Chúpatese esa, Puigdemonio!


- ¡Que te calles, leche! ¡Pobrecino mío!, ¿dónde estará?


- ¿El Puig..?


- ¡Qué Puig ni que Puig! ¡El calcetín, coño, el calcetín, que pareces un telediario, siempre con el Puigdemonio en la boca!


viernes, 3 de noviembre de 2017

La lista del paro engaña


José Joaquín Rodríguez Lara


En mi opinión se sigue contando mal a las personas paradas. Según las 'listas del paro', el mes de octubre dejó 3.263 desempleados más en Extremadura, región en la que la afiliación a la Seguridad Social (SS) aumentó en 825 cotizantes.

Si damos las cifras por verdaderas, el paro no subió en Extremadura en 3.263 personas el mes pasado. Todo lo contrario, el desempleo bajó en 825 personas. Porque la afiliación a la SS, y por lo tanto el trabajo legal, aumentó justamente en 825 personas que no estaban afiliadas porque no tenían empleo o trabajaban ilegalmente.
 
Los supuestos 3.263 parados más que nos dejó el mes de octubre ya estaban parados antes de ese mes, pues no cotizaban a la Seguridad Social. Si hubieran estado cotizando y hubiesen perdido su empleo, la afiliación a la SS no habría aumentado en 825 personas; habría disminuido en 2.438 cotizantes. (3.263 menos 825).
 
En vez de contar parados, es decir, demandantes de empleo, debemos contar empleados, personas afiliadas a la SS. 

Las listas del paro suben y bajan por multitud de razones. Las personas sin empleo anterior que se incorporan al segmento de la población activa y se inscriben como demandantes de empleo son clasificadas automáticamente como paradas. ¿Qué hacían esas personas el mes anterior? ¿Trabajaban? No. Estudiaban, se dedicaban 'a sus labores', por ejemplo escardando cebollinos, o no hacían nada. Pero, oficialmente, no estaban paradas. Empezaron a ser consideradas paradas cuando se inscribieron como demandantes de empleo. Justo en ese instante. A efectos oficiales, hasta ese momento trabajaban, pues no buscaban trabajo.

Lo mismo ocurre con quienes deciden, de repente, inscribirse en las oficinas de empleo, algo que hasta ese día no les había atraído, o quienes llegan del extranjero y empiezan a buscar trabajo o se recuperan de una enfermedad y se sienten con ganas de trabajar.

Lógicamente, las personas que pierden su empleo y se inscriben como demandantes para encontrar otro tienen una incidencia muy importante en la evolución mensual del desempleo.

Pero así como la lista del paro puede crecer por diversas razones, la lista del empleo solo sube por una razón: porque aumenta el número de personas que trabajan. Se cotiza a la SS porque se trabaja.

Puede ser un empleo temporal, precario, a media jornada, mal pagado, muy por debajo de la preparación y de la capacidad de la persona empleada, pero no deja de ser un empleo.

La afiliación a la SS puede confundir, pero es bastante más fiable que la lista del paro. La lista del paro engaña siempre. Basta con que a quien busca trabajo se le olvide renovar su demanda para que, oficialmente, deje de estar sin empleo. Para la lista del paro te mueres y has empezado a trabajar.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Naufragio en seco

José Joaquín Rodríguez Lara


Como vigía en la madrugada, huelo los aires que llegan hasta el carajo del palo mayor, tolvanera inmisericorde en la que sigue encallada Extremadura, nuestra nao capitana.

 

Encaramado en los altos de Salvatierra de los Barros, qué no daría yo por emular a Rodrigo de Triana y, a pecho descubierto y con boca de campana, gritar a los cuatro vientos: ¡agua, agua, por fin llega el agua!


Pero no llueve. Pasan la horas, los días, las semanas, los meses, pasan la confianza y la esperanza y la fe y no llueve. Hemos naufragado en el océano de los barbechos y ni siquiera tenemos tu consuelo magistral, Fernando Serrano Mangas, historiador, investigador, profesor y carpintero de ribera, que tanto nos enseñaste sobre pecios, cargas, naufragios y tesoros.


Tú, el mayor experto mundial en la carrera de Indias, en barcos y en el trasiego de metales y otras preciosas mercancías entre las costas americanas y Sevilla, fuiste un extremeño de tierra muy adentro, un portento que nació en Salvaleón y en Salvaleón se ha quedado, para siempre, encallado entre libros, apuntes, misterios desvelados y secretos sin desvelar.


Y sigue sin llover, querido e inolvidable Fernando. No cae ni una gota. Hemos vuelto a naufragar en un secarral. Somos los Cabeza de Vaca del secano. Es nuestro sino, amigo mío.


lunes, 30 de octubre de 2017


Pequeñas reformas para grandes cambios




José Joaquín Rodríguez Lara


Guillermo Fernández Vara ha anunciado esta misma tarde una remodelación de su Gobierno. En puridad, no es una crisis, pues nadie sale del Gabinete. En todo caso, sería una crisis con aspiraciones de crecimiento. Una especie de crisis del estirón. 


Hay un crecimiento indudable: aumenta el número de sillones. Antes había una presidencia y cinco consejerías y media, pues el departamento de Portavocía y Relaciones Institucionales tenía y tiene rango de consejería. Por eso motivo su titular participa en la reuniones del Consejo de Gobierno. A partir de ahora habrá una presidencia, una vicepresidencia/consejería y cinco consejerías y media, pues Vara crea la Consejería de Cultura e Igualdad y, además, asciende a vicepresidenta a la consejera de Hacienda. 


Sobre el papel no son grandes reformas, ni políticas ni administrativas, pero parece que Vara aspira a conseguir importantes cambios con esos modestos ajustes. 


Eleva a vicepresidenta a la consejera de Hacienda, intentando darle más relevancia nacional. No era necesario. Las administraciones del Estado no van a prestarle más atención a lo que opine la consejera extremeña de Hacienda por el mero hecho de que ahora sea vicepresidenta. Si Vara le hubiese dado competencias de más calado, tal vez, pero no es el caso. Es la misma consejería con distinto nombre. El ascenso a vicepresidenta de la consejera parece más relevante en el ámbito doméstico. Desde ahora, la compañera de Hacienda, ademas de compañera, es jefa, del resto de las consejeras y consejeros, por lo tanto, sus criterios pesarán más. No porque sean más acertados, sino porque serán emitidos desde una posición más alta, lo que amortiguará cualquier posible discrepancia. Una rebelión resulta impensable. Fuera de la Junta hace mucho frío.


El ascenso también puede interpretarse como un reconocimiento a la tarea desarrollada por la propia consejera, que sin tener el cargo ha ejercido de vicepresidenta en la sombra desde que entró en el Gabinete de Vara. 


La creación de una Consejería de Cultura e Igualdad, que se encargara de funciones que hasta ahora han estado asignadas a la Presidencia es, en primer lugar, una rectificación que Vara se hace a sí mismo. El modelo o no ha funcionado a su gusto o por fin, loado sea el Cielo, el presidente/consejero de Cultura se ha dado cuenta de que su actuación era manifiestamente mejorable. Dice Vara que no se ha entendido lo que quiso hacer al asumir las competencias de cultura y, como el sector cultural le reclama mayor "visibilidad", crea la Consejería de Cultura para que la cultura sea más visible. 


Es una explicación endeble, por no decir increíble. También se le ha pedido, por activa y por pasiva, que distribuya las competencias de educación y de trabajo en dos consejerías y no sólo no lo hace, sino que se ufana de mantener la combo-consejería, con una consejera que es como el dios Jano de la política extremeña: principio y final de la vida útil de la ciudadanía. Nada que ver con la consejería del espacio natural y todo lo que se mueva, que deja en un símbolo minimalista a la propia cabeza de Medusa. La de las serpientes, ya sabe usted.

Manifiesta Vara su deseo de que quienes se han estado ocupando hasta ahora de la Cultura en la Junta de Extremadura sigan en sus cargos, por lo que hay que deducir que, en opinión del presidente, no lo están haciendo mal. El que no sigue haciendo de consejero de Cultura es el jefe, es decir Vara, que suelta competencias para que la política cultural mejore. 


¿Mejorará? 


Mejorará si se deja de hacer todo lo que se esta haciendo mal, que no es poco. Pero el simple hecho de crear la Consejería de Cultura no va a mejorar la realidad cultural. Los cambios a mitad del partido no siempre mejoran el juego del equipo, pero cuando se está cansado o no se da pie con bolo, sobre todo si juegas en la media, lo honrado es introducir cambios. 


Luego están las ruedas de prensa para vestir las reformas y que todo quede bonito. Pero ese es otro cantar. De gesta.


sábado, 28 de octubre de 2017

El último parado

José Joaquín Rodríguez Lara


Érase una vez una comunidad autónoma del sur de España en la que cada día había menos desempleo.

La demanda de trabajo bajaba con tal velocidad que, en muy poco tiempo, se llegó a una situación impensable: sólo había un desempleado, uno.

El resto de la población no estaba parada. Todo lo contrario. Cada vez se movía más, marchándose a otras regiones en las que sí encontraban trabajo.
 
Eso sí, en los cementerios cada día había más muertos de hambre. Viejos sin horizontes. Personas muy quietas y en posición horizontal.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Fábula del campanario metido en harina



José Joaquín Rodríguez Lara


Había una vez una aldea en la que se cocía pan. La mayor parte de la producción se vendía a los habitantes de las aldeas vecinas, que no tenían hornos ni molinos harineros, aunque sí producían trigo.

Embriagados por el brillo y el aroma de sus molinos y tahonas, los regidores de esa aldea y una buena parte de su población despreciaban a los agricultores y demás vecinos residentes en las otras aldeas de la comarca. Todo su empeño se centraba en excavar fosos y en reforzar la empalizada con la que habían rodeado a su poblado para mantener alejadas a las personas ajenas a su tribu e impedir así que se acercasen a sus molinos y a sus tahonas.

Ofendidos por una actitud que consideraban absolutamente injusta y xenófoba, los habitantes de las demás aldeas decidieron dejar de comprar el pan que se cocía tras los fosos y la empalizada. Esto alarmó a muchos molineros y a bastantes panaderos, por lo que se apresuraron a anunciar que abandonaban su aldea.

Pero también causó alarma entre algunos productores de trigo que, con el jefe de su tribu a la cabeza, se metieron en harina y se subieron al campanario para advertir a sus feligreses que si dejaban de comprarle pan a los panaderos xenófobos, los molineros que los despreciaban no le comprarían trigo a los agricultores despreciados y la economía de la aldea se resentiría.

MORALEJA: Hay gentes a las que les preocupa tan poco la dignidad de quienes, a ambos lados de la sinrazón, luchan y arriesgan sus bienes en defensa de la justicia, que prefieren seguir comerciando con los xenófobos para que no se le descalabren sus cuentas.


jueves, 19 de octubre de 2017

El desparrame de la televisión

José Joaquín Rodríguez Lara


La televisión tiene cadenas porque si estuviese suelta destruiría el mundo. Como King Kong. Los programas de televisión se sirven encerrados en jaulas -la caja tonta llaman al televisor- porque si se distribuyesen envueltos en papel terminarían con la Humanidad. Con la humanidad de la Humanidad ya casi han terminado.


La televisión es desmesura porque si no fuese desmesura no sería espectáculo y si no hay espectáculo no hay televisión. La normalidad no vende.


En la televisión triunfa lo extremo y fracasa la moderación. Si eres lo más en lo que sea, no lo dudes, hay un puesto para ti en la televisión. No importa que seas muy machista, mucho, y no lo sepas, que tengas una apariencia estrafalaria y la cultives, que te hayas montado un cuento y vivas del cuento, que no hayas dado ni un palo al agua y se te note en la cintura, que manipules con humor y cantes fatal, que ganes en fealdad según te van realizando operaciones de estética, que la lencería vaya a ser tu traje de fiesta hasta que nos den las uvas...

 

Todo vale. Hasta la belleza desnuda, sin aditivos. Si destacas por la perfección de tus rasgos faciales, pásate por la televisión. Siempre podrás informar sobre deportes o gesticular ante los mapas del tiempo. La ciencia meteorológica es otra cosa.


¿Quiere decir todo esto que en la televisión no trabaja gente normal? Bueno, gente normal hay poca en Extremadura, en El País, en El Mundo y en cualquier otra sala de espectáculos, pero sí, en la televisión trabaja gente normal. A veces. 


Pero es gente normal de provincias, profesionales de gran valía a quienes nunca le darán un Premio Ondas o un Antena de Oro porque son de provincias, en primer lugar, y gente normal para terminarlo de arreglar. No son lo más.

 

Lo más suele ser gente de provincias que se va a la capital. A desparramarse por los televisores.


El mundo de la televisión es así. La televisión es la parte brillante del universo hertziano. Pero también existe otra parte igualmente desmesurada y espectacular. Es el público.

 

La gente que a todas horas ve esos programas de televisión, precisamente esos y no otros, es la materia oscura que se envenena de molicie y de zafiedad desmadejada al otro lado de la reja del televisor.

 

Menos mal que King Kong está encadenado. Por ahora.


miércoles, 18 de octubre de 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

Paisaje submarino


José Joaquín Rodríguez Lara


El macizo del romero es el arrecife del huerto.

Recostado contra la tapia, verde de profundidad y azul de espuma perfumada, salpica el aire con sus esencias montaraces. Entre las ramas y las hojas y las flores del romero se cobijan y se alimentan multitud de animalillos. Es una increíble explosión de vida, un ballet de colores en la resolana submarina del otoño.

Por el tronco, retorcido y pardo, que emerge junto al arriate desentrañando el misterio de la tierra, trepa la lagartija. Durante un instante, se para a tomar el sol y enseguida se escabulle en el intrincado oleaje de los aromas. La lagartija siempre parece forastera. Es una turista permanentemente tumbada sobre su vientre.

En las hojas del romero se posan multitud de insectos, de mil formas y tamaños, que aman y juegan mientras se alimentan. Las moscas formalizan su relación en un suspiro, posadas sobre el ramaje. Las abejas recorren los tallos y entran en todas las flores. Van de visita y no les falta ni la constancia ni tampoco el bolso. Siempre se llevan algo para casa. En sus vistosos helicópteros de policía, las avispas sobrevuelan el macizo. Vigilantes. Algún moscardón zumba con prisas de motero entre las mariposas, blancas, verdecillas, pardas, rojizas, azules... Casi todas diminutas. Entran y salen de las flores en un irrefrenable caos sincrónico.

Las mariposas son los ángeles o los peces payasos del romero coralino. Nadan tranquilamente de un lado para el otro, visitando todos los surtidores de néctar; pero si alguna gallina se acerca al arrecife, tanto ellas como los demás habitantes del romero toman precauciones o directamente desaparecen para no jugarse la vida.

Las gallinas causan terror en el arrecife. Son los tiburones del huerto.


jueves, 5 de octubre de 2017

El corrido de la patata


José Joaquín Rodríguez Lara


El ser humano es el único animal capaz de asesinar a un semejante y erigir un monumento para celebrarlo. Ándese usted con tiento. De semejante bicho puede esperarse cualquier cosa.

Las personas, en general, parecen ser más proclives al enfrentamiento que a la colaboración. Los animales también luchan. Los tiburones se devoran unos a otros incluso antes de nacer. Y no es una exageración literaria. Es una verdad documentada.

Pero los animales luchan por bienes tangibles: la comida, el territorio en el que está la comida, la actividad sexual, que les asegura la continuidad de sus genes en el tiempo, y el liderazgo, el poder, que les facilita y les garantiza la reproducción.

Los seres humanos luchan, a muerte, por esas cosas y por otras que parecen no interesarles ni poco ni mucho ni nada a los animales. El color de la piel, el lenguaje y la ideología, por ejemplo, no despiertan instintos sanguinarios en los animales.

En las personas, sí. El instinto tribal y el sentimiento de propiedad, que no deja de ser un tribalismo al menudeo, se atrinchera contra los demás, enroscándose como una serpiente sobre sus huevos.

Eso explica el rechazo al extraño, ya sea extranjero, forastero o simplemente vecino de otro barrio. De la empalizada hacia fuera, nadie es buena gente. Más que la conducta importa el campanario. No me ha hecho nada, pero, cuidado, es de izquierda. O de derechas.

En las ideologías hay pocas ideas y muchos tópicos, frases hechas y prejuicios. Si no piensa como yo, es mala gente. Si no adora al mismo dios, o no dios, al que le rezo yo, es un pecador, un pagano, un infiel, un sectario condenado a condenarse.

Esto es lo habitual, pero no creo que sea lo natural. ¿A qué deidad adora la naturaleza? ¿Qué ideología defiende? Los peces, las plantas, las aves, los insectos, los mamíferos, los virus, las bacterias... ¿son de izquierdas o de derechas?

¿No tienen ideología? ¿Por qué no iban a tenerla si nosotros sí la tenemos y antes que personas fuimos animales arborícolas y hasta seres unicelulares? ¿Quién ha demostrado que la naturaleza no sea de izquierdas, de derechas o de centro? ¿Las plantas y los animales, y todos los seres que interactúan con el medio natural, son conservadores o revolucionarios?

¿Es conservadora la planta que le pone alas, o garras, a sus semillas para que viajen lo más lejos posible y conquisten nuevos espacios? Creo que no. Parece más revolucionaria que otra cosa. Siempre oteando el horizonte y lista para el cambio.

¿Es revolucionario el animal que se adapta a un determinado enclave natural, con su comida, su clima, sus refugios, y no sale de él salvo que se le eche a la fuerza? A mí me parece más conservador que cualquier otra cosa. Los hay que los sacas de su entorno y se mueren. No hay revolución ahí.

¿Y no existe un termino medio? Estoy convencido de que sí. La patata, por ejemplo, pariente cercana del tomate -rojo a rabiar-, de la berenjena -azuloscuracasinegra-, y del tabaco -verde en el campo, pardo en la fábrica y negro en los pulmones-, entre otras hierbas pertenecientes a la importantísima familia de las solanáceas, la planta de la patata, la patatera, no es ni de izquierda ni tampoco de derecha. Es de centro. Su ideología está equidistante entre la socialdemocracia y la democracia cristiana.

La patatera es de centro a pesar de que, en su juventud, fue revolucionaria; como la zanahoria, la remolacha, el cacahuete y otras plantas que, para evitar que los herbívoros devorasen sus frutos, impidiéndoles la reproducción, optaron por esconderlos bajo tierra. El suyo fue un invento revolucionario, pero con los siglos se ha convertido en una práctica conservadora. La patatera esconde su riqueza en la oscuridad del subsuelo para que nadie se la quite. Y si alguien o algo desentierra algún tubérculo -tan feo de cara como de nombre- exponiéndolo a la luz del sol, la planta no se resigna a perderlo, así que lo envenena con un buen chute de clorofila verde para que le siente mal a quien se lo coma. La patata, que un día fue revolucionaria, entró en el Consejo de la Revolución y se ha convertido en funcionaria.

"Mi padre fue peón de hacienda / y yo un revolucionario, / mis hijos pusieron tienda, / y mi nieto es funcionario", que dice el corrido mexicano.

sábado, 30 de septiembre de 2017

El renacer de Sucesos


José Joaquín Rodríguez Lara


El periodismo de sucesos no alcanzaba semejante nivel de notoriedad desde los tiempos gloriosos de 'El Caso'. A pesar de sus modestos comienzos -inicialmente se imprimía en los restos de las bobinas de papel desechados por otras publicaciones-, ''El Caso' fue todo un fenómeno informativo entre los años 1952 y 1997. Este semanario, especializado de forma monográfica en sucesos, llevó a toda España los crímenes cometidos en el país durante la segunda mitad del siglo XX. 'El Caso' se leía en todas las ciudades y hasta en los pueblos más diminutos con un fervor y una fidelidad que para sí hubiesen querido los grandes rotativos de entonces y de ahora.


Con el comienzo de la etapa democrática, el interés del periodismo español por 'la sangre impresa y ordenada' -los asesinatos de ETA en Nacional, los demás, en Sucesos- disminuyó, y no sólo se eclipsó 'El Caso', sino que hasta desaparecieron las secciones de sucesos en las páginas de los periódicos. Los crímenes -el asesinato de los marqueses de Urquijo (1980), de las niñas de Alcácer (1992), de Sandra Palo (2003)- generaban información, pero dejaron de ser un género periodístico con parcela propia en el planillo de los periódicos.


La situación está cambiando o lo ha hecho ya definitivamente. El arranque de esta nueva etapa del periodismo de sucesos podría situarse a finales del año 2011, con el homicidio de Marta del Castillo y el asesinato de los hijos de José Bretón. Desde entonces, el periodismo de sucesos está en auge. Los periodistas saltan de un caso a otro -asesinato de la niña Asunta Basterra en Galicia (septiembre del 2013), desaparición en Monesterio, Extremadura, de Manuela Chavero (julio del 2016), de Diana Quer, en Galicia (agosto de 2016), de Francisca Cadenas, en Hornachos, Extremadura (mayo del 2017), y muchos otros crímenes que no se incluyen en este texto para no hacer interminable su lectura.


El último gran suceso, con el que estos días no puede ni la extorsión independentista catalana, es la desaparición, muerte y localización (agosto/septiembre del 2017) de una pareja de jóvenes (23 y 21 años) en el embalse gerundense de Susqueda. El caso está lleno de misterio y se está contando como un folletín por entregas. Algo muy propio de la prensa.

 
Con este doble homicidio -intencionado, por supuesto; no planificado y ejecutado de forma chapucera- la información de sucesos ha alcanzado una nueva cota de notoriedad y de impacto popular. Especialmente a través de la televisión, que le concede minutos en su programación matinal, en sus informativos de hora punta y que hasta ha creado programas íntegramente dedicados a los sucesos. Desde 'El Caso' no se había visto semejante cosa.


Que las dos muertes del embalse de Susqueda son intencionadas parece estar muy claro, aunque el orificio de bala que presenta el cráneo de la chica podría haber tenido su origen en una negligencia o en un accidente. La muerte de su compañero descarta esta posibilidad, ya que resulta impensable que se produzcan dos negligencias o dos accidentes tan seguidos con armas de fuego.


El doble crimen no parece haber sido planeado o, si lo fue, se planeó muy mal, pues se ejecutó con muy poca precisión. Aunque la zona en la que, presumiblemente, se realizaron los hechos está prácticamente desierta, los asesinos -es imposible que el doble crimen lo ejecutase una sola persona- dejaron pruebas de tener muy poca práctica en la comisión de este tipo de delitos. El intento de hundir en el embalse el automóvil usado por la pareja, metiendo la primera velocidad y colocándole una piedra en el acelerador; la pretensión de hacer desaparecer el kayak que usaban rajándolo y poniéndole piedras; que se lastrase el cuerpo de los jóvenes metiendo piedras en sus mochilas indica que hubo improvisación y urgencia. Si a esto se suma el hecho de que los asesinos fuesen regando de pistas las orillas del embalse, hundiendo en un lugar el coche, en otro el kayak y en un tercero los cadáveres de los dos infortunados, dando así facilidades para que al menos uno de los puntos fuese localizado, ahonda la evidencia de la impericia de los asesinos. Las bandas del Este no suelen cometer este tipo de errores.


Hay que confiar en que los agentes que investigan los hecho reúnan datos suficientes pata detener a los criminales. Más difícil de resolver parecen los casos de Manuela Chavero, de Diana Quer, y de Francisca Cadenas, que desaparecieron dejando muchísimo menos rastro.


Cuarenta y dos años se han cumplido ya desde que cinco personas murieron de forma violenta en el cortijo sevillano de Los Galindos, marcado para siempre por la sangre y los cuerpos de las víctimas. El escenario era dantesco. En Los Galindos había rastros para hacer un tratado de criminología. Sin embargo, 42 años después aún no se sabe quien realizó aquella matanza, ni cómo ni tampoco el porqué. El delito prescribió en 1995. La memoria, sin embargo, tardará muchísimo más en borrarse. Y los archivos de televisión desaparecerán, si desaparecen, el día del juicio final, por la tarde.


lunes, 25 de septiembre de 2017

El nombre de las cosas

José Joaquín Rodríguez Lara


San Francisco era un santo tan humilde que, según cuentan sus íntimos, los frailes terminaron por referirse a él en los escritos llamándole Pa Co, abreviaturas de Pater Comunitatis, padre de la comunidad; franciscana, naturalmente. Otros dicen que Pa Co es un hipocorístico. A saber lo que será, cuando hay gente 'pa to'.


A lo que 'san Paco' de Asís (Italia) llamaría "hermano cavolo" por aquí recibe el nombre de col, sin distinguir al repollo de la berza. 


'Berza' le dicen a la veza, 'vena' a la avena y 'alpacas' a las pacas (del francés pacque) de paja, que además de estar hechas con trigo, 'cebá', alfalfa u otras hierbas, también puede ser de 'berza/vena', con más avena que veza, casi siempre. 


'Pacas' llaman por estos lares a las franciscas, aunque, si hay confianza con ellas o trabajan en una película dirigida por Almodóvar, entonces las llaman 'kikas' y hasta 'kiskas', como si fuesen chocolatinas. 


Los esquimales tiene diferentes combinaciones de palabras para denominar a la nieve según esté en forma de polvo, de hielo, derritiéndose o como esté. Por aquí tenemos poca nieve, aunque la apreciamos muchísimo y, en confianza, la llamamos 'cubitos'. 


Eso sí, franciscos, pacos, kikos, kiskos y curros hay para dar y tomar; los que quieras.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El erizo


José Joaquín Rodríguez Lara



El erizo es uno de esos animales que, para la gran mayoría de los seres humanos, habitan justo en la línea que separa a la indiferencia del menosprecio.


Sus crías son preciosas y los adultos no son feos, pero entre que te da la espalda y se hace una bola si te acercas demasiado a ellos y que no resulta agradable acariciarlos, el erizo no tiene muchos amigos en el mundo de los seres humanos.


En el campo se cree que la eriza en celo envenena la hierba por la que pasa y puede matar a vacas, ovejas y otros herbívoros si pastan sobre el rastro. Seguramente es por eso que no se le quiere mucho.


Aunque hubo un tiempo en el que se apreciaba su carne. Y no por necesidad. Más parece haber sido por puro placer gastronómico. Como ocurre en las ranas. En casa tengo un recetario en el que se enseña a cocinarlo.


Afortunadamente para el erizo, no creo que aún se cace para comérselo.


Algunas personas lo tienen como animal de compañía. En Internet abundan los consejos sobre su alimentación. Curiosamente, aunque es un animal insectívoro y frugívoro, se aconseja suministrarle pienso seco para gatos, a pesar de que en su hábitat natural, los erizos cazan y comen grillos, ciempiés, alacranes y hasta víboras.


Así que ya lo sabe: si ve un erizo en la carretera y lo atropella, habrá matado usted a un amigo.






sábado, 23 de septiembre de 2017

La vida

José Joaquín Rodríguez Lara

No hay mayor desolación
que una maleta abandonada
en mitad de la estación.


(De mi poemario 'Poemas sin libreto')


jueves, 14 de septiembre de 2017

Para servir, hay que servir


José Joaquín Rodríguez Lara


Mucha gente, demasiada, supone que para servir copas o cordero asado con verduritas y patatas panaderas vale cualquiera. No es verdad. Existe un gran desconocimiento en torno al oficio de servir copas y cordero. Para empezar, no es lo mismo ser camarero que barman. En puridad, el camarero no trabaja en la barra, sino en la cámara, en el comedor. También hay diferencias entre ser camarera de hotel y pasarse la vida preparando habitaciones, y ejercer el cargo de camarera de la Virgen y tener el honor de vestirla en su camarín, además de prepararle el altar.


Para trabajar detrás de una barra o en un comedor, y hacerlo con profesionalidad, hay que tener algunas cualidades y habilidades que no suelen abundar entre el común de los mortales.


Empecemos por las físicas: los pies deben ser de titanio. Capaces de aguantar jornadas más que maratonianas. Detrás de una barra y por el pasillo que une la cocina con el comedor se hacen más kilómetros al día que en la mayoría de las competiciones deportivas. Lo sé por experiencia.


Y si los pies tienen que aguantar una paliza tras otra, no digamos las que soportan las articulaciones, las piernas, la cintura, la espalda, el cuello, los brazos... ¿Alguna vez ha sostenido usted con la mano izquierda una bandeja de comedor, ovalada y larga como un barco, con tres kilos de cordero asado en un extremo, dos kilos de patatitas en el otro y olas de salsa por el medio, mientras con la mano derecha articulaba en forma de pinza la cuchara y el tenedor con la que servía, en el plato, a los comensales? Yo sí. ¿Desea un poco más de cordero la señora?


Luego están las exigencias psicofísicas. Hay que tener la cabeza muy despierta y un gran equilibrio mental para no quedarse corto ni pasarse. Como todo el mundo, la clientela, incluso la de toda la vida, es hija de su madre y de su padre y hay que tratarla como si se estuviese desactivando una bomba, que puede estallarte entre las manos aunque carezca de carga explosiva y ni siquiera tenga dientes. Por no haberlos echado aún o por haberlos perdido por el camino.


En el mundo del fútbol se justifica que se pierdan los nervios con el pretexto de que el deportista está a 180 pulsaciones por minuto. ¿A cuántas pulsaciones se juegan los partidos de hora punta en la hostelería?


Para servir copas y otros caldos es muy conveniente tener agudeza visual, tanto de frente como hacia los laterales, y resulta provechoso poseer un buen sentido de la orientación y una gran sensibilidad espacial. Casi como para ser astronauta. Se deben poner los cinco sentidos en las personas a las que se está atendiendo en cada instante, pero sin perder de vista al resto del Universo.


El sentido de la orientación y la percepción exacta del espacio en el que se evoluciona resultan indispensables en los momentos de gran afluencia de publico, cuando los movimientos son más rápidos y constantes, y el más mínimo roce con un colega puede convertir el suelo del local en una laguna de sopa de fideos o de licor con hielo.


Una buena atención profesional exige, además, respeto, cordialidad, deligencia, precisión, flexibilidad y tanta memoria como capacidad de olvido.


La clientela debe ser recibida, acomodada y servida con rapidez, pero no es mejor quien más corre si, por correr, por ejemplo, vierte el café sobre el plato, tiñendo de marrón tanto la porcelana como el sobrecito del azúcar.


Algunas empresas hosteleras le dan más importancia a la decoración de sus locales que a la formación de su personal. Una chaquetilla manchada, unas manos con mal aspecto, hablar, por teléfono o sin teléfono, en vez de atender a la clientela, beber mientras se trabaja de cara al público -¿cómo le sentaría a usted que el camarero masticase un bocadillo mientras le sirve su filete?-, gritar, discutir y otros malos hábitos bastante extendidos en el mundo de la hostelería no se disimulan por mucho que se renueve la decoración.


La profesionalidad ha mejorado mucho en el sector durante los últimos años, pero a nivel global sigue siendo manifiestamente mejorable. El hecho de que muchas personas inicien su actividad laboral en la barra o en el comedor no es un argumento de peso para creer que, para servir cafés o paellas, no se precisa formación más allá de la que se ofrece en un cursillo de manipulación de alimentos.


Para servir copas o solomillo de retinto al queso de La Serena no basta con tener atractivo físico: hay que servir. Servir para el trabajo de servir copas y solomillo de retinto al queso de La Serena.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Tostá con higos frescos de Barcarrota


José Joaquín Rodríguez Lara


No es un invento. Tampoco es el descubrimiento que uno fuese buscando. Todo lo más, un hallazgo; casual e inesperado, como casi todos los hallazgos.


Pero sí es una propuesta. Firme, seria y sincera. Pruebe usted la tostá (vulgo, tostada) con higos frescos de Barcarrota. No se arrepentirá.


Es muy sana, es nutritiva, es apetitosa, tiene muy pocas calorías -100 gramos de higos frescos tienen 65 calorías; la misma cantidad de mermelada, 280, de foigras, 518, de mantequilla, 717...- y lleva incluida al menos una pieza de fruta fresca, algo que se recomienda para que el desayuno sea completo y saludable. La falta de fruta es la más grave carencia detectada en el desayuno de los niños españoles. La tostá con higos frescos de Barcarrota corrige este importante problema.


Soy de Barcarrota y en su II Feria del Higo -sábado 9 de septiembre de este 2017- acabo de presentar la tostá con higos frescos de Barcarrota. Más de cien tostás, preparadas por el maestro cocinero Fernando González y por Paco Quinito -agitador cultural- y otros colaboradores, se distribuyeron entre el público, que las comió con regocijo mientras escuchaba mis explicaciones. A todos los comensales pareció gustarle la propuesta. 'Riquísima' y 'yo no había comido nunca algo así' fueron las afirmaciones más repetidas.


La tostá de higos frescos de Barcarrota tiene diversas virtudes. Cuesta poco, es fácil de preparar, se elabora con productos completamente naturales, es apetecible...


Como es una tostá, tomamos como base una rebanada de pan -blanco, integral, de centeno, con semillas, de hogaza...; como usted lo prefiera- que tostaremos con mimo para no quemarlo. Sobre el pan recién tostado se rocían unas gotas de aceite de oliva; no más de una cucharadita. A continuación se pelan uno o dos higos frescos -cada pieza suele pesar menos de 50 gramos- y se untan sobre el pan, como si fuese foi, cachuela u otro alimento untable de los que se utilizan habitualmente en el desayuno y en la merienda. Si así lo desea, puede poner unos granos de sal gorda sobre la tostá. Y ya está lista para llevársela a la boca.


El higo es una fruta con una proporción muy baja de sodio, y por lo tanto es recomendable para las personas que no pueden tomar demasiada sal. Aunque a esta tostá se le añadan unos granos de sal, el contenido en sodio todavía será inferior al que tienen productos industriales como las conservas y semi conservas.


Así de fácil es la preparación de una tostá con higos frescos de Barcarrota. Hay otras versiones -con mantequilla, con queso, con miel...- pero no tienen ni el bajo contenido calórico ni la frescura ni tampoco el sabor auténtico de la tostá que les propongo. Comparen y convénzanse.


A la tostá con higos frescos de Barcarrota la hemos llamado así porque tiene a Barcarrota y a sus higos como epicentro. La propuesta la hace una persona nacida en Barcarrota; la tostá se ha presentado en la Feria del Higo de Barcarrota y, lo más importante, Barcarrota es el paraíso del higo. Sus brevas y sus higos de tiberia, de rey, de cuello de dama, de calabacita... son frutas de primor, con una calidad altísima. La producción es tradicional y el sabor invita a repetir.


Lástima que la temporada del higo fresco, tanto en Barcarrota como en cualquier otro lugar, sea tan corta y sólo permita disfrutar de esta tostá durante unos meses. Llegará el día en el que se podrán tener higos frescos, pelados y listos para untarlos sobre el pan, en cualquier momento del año. Hasta entonces, aprovéchese de que aún queda verano y desayune tostás con higos fresco de Barcarrota.


lunes, 4 de septiembre de 2017


La revolución conserva


José Joaquín Rodríguez Lara


La izquierda, en general, es bastante conservadora. De hecho, no hay nada más conservador que un revolucionario.


Los revolucionarios nacen con orejeras. Sólo pueden mirar al frente y sólo ven lo que les bulle entre las orejas. ¿Y qué es lo primero que hace un revolucionario cuando triunfa? Constituir, con la mayor solemnidad posible, el Consejo de Defensa de su Revolución. Poner en marcha un órgano monolítico y endogámico con el irrenunciable propósito de conservar congelados los trazos inspiradores de su idea. En no pocas veces, de su única idea. Los consejos de la revolución son frascos llenos de formol en los que se custodian, se conservan y se momifican los principios revolucionarios.


Para formar parte del Consejo de la Revolución es necesario haber sido jefe revolucionario y muy allegado al líder supremo de la revolución. De lo contrario no se entra en el frasco. Cuando un consejero de la revolución muere, no se le reemplaza, no vaya a ser que al retirar el tapón se introduzcan en el recipiente ideas nuevas, simplemente se amortiza la plaza.


Los revolucionarios se acartonan y se enmohecen retorciéndose entre las viejas consignas de los días de guerra, pero mantienen el ideario bélico pase lo que pase. Lo que ocurra fuera del frasco les trae al fresco. Muchos, ni siquiera cambian de atuendo. Parecen daguerrotipos colgados en las alcayatas del pasado.


Tampoco aceptan que deban morirse. Un revolucionario de verdad es para siempre. Fidel Castro vivió 90 años; Mao Zedong, 83; Ho Chi Ming, 76... El revolucionario que muere joven lo hace de muerte natural: tiroteado.


En el apartado de la longevidad los totalitarios de izquierda se parecen mucho a los totalitarios de derecha: se gastan menos que las pilas del conejo. Augusto Pinochet vivió 91 años y Francisco Franco, 83.


Si se considera lo mucho que ha adelantado la medicina, son pocos años, pero si se tiene en cuenta que Castro, Mao, Ho Chi Ming, Pinochet y Franco organizaron una y mil batallas, es un prodigio que llegasen a viejos.


El secreto de su longevidad resulta evidente: las revoluciones, incluso las que parecen de izquierdas, suelen ser muy conservadoras.


miércoles, 30 de agosto de 2017

El pimentón extremeño


José Joaquín Rodríguez Lara


Me encanta el pimentón de La Vera. Es uno de los tesoros que Extremadura le ofrece al mundo.


Una pizca de pimentón verato da sabor; dos pizcas dan color y tres pizcas conservan.


Y lo más asombroso es que siendo por sí mismo una joya gastronómica, el sabor del pimentón de La Vera, tanto si es dulce como si es picante o es agridulce, mejora una barbaridad, pero una barbaridad, cuando se le añade chorizo, se le unta queso, se cubre con unas sopas de ajo, se acompaña con un frite de cabrito, con lomo en vela o con cualquier otra cosita...


El pimentón de La Vera es increíble: admite cualquier acompañamiento. Yo lo he probado hasta con pulpo gallego y, oye, ¡genial! El pimentón.


martes, 29 de agosto de 2017

El otoño, tras la cerca de los calendarios


José Joaquín Rodríguez Lara


Primera gran tormenta del estío. Caliente. Explosiva. Violenta. Atronadora y cargada de relámpagos. Con goterones gordos como altramuces y granizos que sacuden la tierra con su descarga de fusilería. ¡Fuego graneado, que se acaba el verano!


La charca de Almamés, que estaba completamente seca, ha cogido agua en media hora de diluvio y la humedad le vendrá bien a la aceituna, muy agostada, y a la bellota. Salvo que volvamos al horno inmisericorde de los 40 y más grados y se pierda buena parte de la cosecha y de la montanera. Habrá que esperar unos días para saber como le ha sentado el agua a los higos y a las uvas.


El verano no se acaba por una tormenta, pero anuncia que algún día, al fin, se irá. A su pesar, claro. El estío es una estación invasiva. Depreda sobre las demás y las devasta. Lo mismo se adelanta y pisotea a la primavera, que se encarama a lomos del otoño y lo cabalga sin permitirle que salte la cerca de los calendarios y galope en libertad.


El verano es un ególatra y está convencido de que la pelota que arde sobre nuestras cabezas es suya. Así que si él no juega, no deja jugar a nadie. No se resigna a la jubilación el verano. Por el 21 de septiembre deja el empleo, pero enseguida, a final de mes, reaparece con el Veranillo de San Miguel (29 de septiembre), también conocido como Veranillo del Membrillo y como Veranillo de los Arcángeles. Llamarlo Veranillo de la Feria de Zafra tampoco sería descabellado, pues en el centenario certamen agroganadero extremeño hay de todo y, por supuesto, abunda el calor.


Con tantas intromisiones veraniegas, al otoño le cuesta relinchar. Las calores no terminan con estos ramalazos del estío, sino que vuelven a mediados de noviembre con el Veranillo de San Martín. El verano es agobiante. Por el calor y por lo mucho que dura. ¡Qué pesadez!


El otoño, en cambio, tiene como bandera la moderación. Situado entre el bochorno veraniego y el frío invernal, el otoño no molesta a nadie. Es el salón dorado de las estaciones. Nos ofrece frutos consistentes, como la bellota, la castaña y la nuez, que tantas hambres han remediado; nos obsequia con la fragancia de las uvas, de las granadas, del pero sanmigueleño y del membrillo. No es abundante en flores, pero nos viste y nos abriga con el hermoso manto tornasolado de las hojas en vuelo, mariposas de noviembre, y con la toca mullida del musgo, que lo mismo arropa a gigantes de piedra que a setas diminutas y a duendecillos del bosque.


En las ciudades, en las que se venera a la primavera, se idolatra al verano y se festeja al viejo de las nieves, se suele menospreciar al otoño. Es como si no existiese o como si fuera simplemente la antesala del invierno. Pero el otoño es fundamental en el reloj de la vida; una pieza muy importante en el engranaje de los días. En el campo lo saben bien.


La otoñada es el gozne, la bisagra del año, que para la gente que subsiste a pesar del campo no se inicia en enero, sino al comienzo del otoño, por San Miguel, cuando empiezan y acaban los contratos campestres, cuando se vende y se compra el ganado, se enceta la montanera y arranca el engorde de los cochinos. Por San Miguel, el otoño salta las cercas y galopa los calendarios. Si el verano le deja.