martes, 25 de abril de 2017

El Altozano de Barcarrota

José Joaquín Rodríguez Lara


El Altozano guarda aún el aroma de las jeringas enhebradas en los juncos, la algarabía de los juegos -el triángulo, la bilarda, la roli, los platillos (nate, zate y colate), los chinches, los bolindres ("Polvorones, Risqueño, polvorones"), las siete y media...-, la voz del vino corriendo de vaso en vaso tras el portalón de El Chupito, la brisa marina del bacalao guillotinado en el comercio de ¿Cuatroojos?, las estremecedoras serenatas, en completa soledad y casi ciegas, de Camilo mientras balanceaba el torso sentado en el umbral de los Sánchez, los gurugú de los pavos de Calvino persiguiendo bichillos por el suelo, la alta letanía de los bachilleres pastoreados por Enrique bajo la superior supervisión de don Hilario, y la fuente, siempre la fuente del Altozano, reina coronada de cántaros y cañas amarillas, midiendo el curso de la vida con su eterno reloj de agua.

 

Si yo, en este momento, ahora mismo, pudiese recuperar aquellas palabras, aquel gesto, aquella mirada y, sobre todo, aquel silencio que me abrasó los labios con el hierro candente de tu nombre...


Te hablé con los ojos mientras te ibas, pero hay tantas cosas que nunca te dije, tantas, que necesitaría otra vida para sacarlas de mí. 


Si pudiera seguir amamantándome en los cuatro caños de la fuente, jugar en los cuatro rincones de la plaza, hacer equilibrios sobre las cuatro barandillas de hierro pulido por las caricias...  Si aún estuviéramos allí...


Inolvidable Altozano de mis ausencias, corazón de mis días, relicario de mi memoria.


viernes, 14 de abril de 2017


La espera



José Joaquín Rodríguez Lara


Noche de Viernes Santo en Salvatierra de los Barros. Ni el aire se mueve. El cielo, de terciopelo negro, le presta su manto a La Soledad. Las estrellas velan en silencio, sin atreverse a mostrar su inquietud con algún parpadeo. Aunque sea leve. En un huerto, como si fuera un monaguillo con matraca, suena un grillo que reta a sus congéneres sin obtener respuesta. Un poco más lejos, un perrillo ladra sin demasiada convicción. Y no hay más. Ni siquiera se ven navajas fugaces abriendo chirlos de luz en la cara del firmamento. Noche de Viernes Santo en Salvatierra de los Barros, noche hundida en el silencio. Se diría que la vida mira al campanario, anhelando el repique de campanas para recuperar el aliento.




miércoles, 5 de abril de 2017

Teléfonos de guardia


José Joaquín Rodríguez Lara


Madrid, domingo, 2 de abril del 2017, año de Nuestro Señor. A las (me reservo la hora) y 29 minutos, el Paseo de la Castellana respira tranquilidad. Hay pocos vehículos todavía y por los bulevares de la gran avenida capitalina empiezan a trotar los atletas sin dorsal que huyen de su sombra.

 
También hay perros, teckels, gran danés, schnauzers, kerry blue terrier, piccolo levriero italiano, shiba inu y hasta perros sin marca que tiran de sus amos paseándolos por el césped entre deposición y deposición. Aquí y allá picotean un puñado de palomas torcaces, mucho más mansas y confiadas que las domésticas palomas zuritas. Y allá y más aquí se ve a parejas veteranas y hasta a personas ancianas asistidas por lazarillos que absorben con fruición los rayos del segundo sol abrileño.


Está muy agradable el día. A lo largo del tándem que forman el Paseo de Recoletos y la Castellana lucen con galanura las banderolas que anuncian una exposición, sobre el arquitecto Rafael Moneo, en el Museo de la baronesa Thyssen-Bornemisza. Un detalle de los arcos que configuran la falsa nave transversal del Museo Nacional de Arte Romano, de Mérida, una de las obras más importantes de Moneo, ilustra la cartelería.

 
Hay viandantes que se detienen a acariciar, a olisquear y a fotografiar los racimos de la glicina que cubre con una catarata de flores blanquiazules la verja de la Fundación BBVA.

 
Muchos centenares de metros más arriba, en torno al estadio Santiago Bernabéu, también desparraman su perfume blanquiazul los puestos ambulantes en los que se venden bufandas (de Cristiano, de Isco, de Milan) camisetas y hasta toallas del Real Madrid. Hay partido y el coliseo merengue, uno de los museos más visitados y caros de Europa (24 euros cuesta el tour completo y 14 te cobran por la mitad, Florentino, ya te vale), espera al Alavés.


En la acera de enfrente, en El Corte Inglés, venden huevos de oca. A casi 10 euros la collera, que tampoco es moco de pavo. Los venden en unas cajitas modelo 'delicatessen' y te incitan a comprarlos invitándote a darte un festín de sabor.


Con todo, lo que más me sorprende de este abigarrado paseo castellano es un guardia civil, un agente de la Benemérita, que a esas horas y 29 minutos hace como que hace guardia en la acera, en una puerta del Ministerio del Interior.


Es delgado, mide en torno al 1,80, tiene el fusil terciado sobre el pecho y el abdomen, con la bocacha encañonando al suelo, y no se distingue si es joven o veterano porque permanece con los ojos y la cara entera y todos sus sentidos clavados en un teléfono móvil que sostiene con la mano derecha. ¿Está consultando la hora para saber cuánto falta para que le llegue el relevo? No creo, porque la hora se consulta en un instante. ¿Le ha enviado un mensaje su sargento? No es probable. Si el centinela necesitara recibir mensajes de sus mandos o enviárselos sería mucho más práctico y eficaz hacerlo a través de un pinganillo y de un micrófono. Entonces, ¿qué esta haciendo este agente de guardia ante una puerta del Ministerio del Interior a las y 29 minutos?


Pues esta claro: consulta su móvil. Y lo hace con verdadero embeleso. La pantalla del teléfono es su mundo en ese momento. Su atención a lo que pasa en la calle está suspendida. Es un centinela en stand-by.


Me choca la escena porque en el servicio militar aprendí que pocas cosas hay más serias que una guardia, en la que no pueden admitirse distracciones que sumen un peligro adicional tanto para el centinela como para las instalaciones que custodia. Me asombra que no se pueda consultar el teléfono mientras se conduce y sí pueda hacerse mientras se monta guardia en la calle, delante de una puerta del Ministerio del Interior. Imagino a un cirujano atendiendo la llamada de su sastre mientras opera a corazón abierto a una paciente castellana y me sobresalto. Tal vez no esté prohibido, e incluso forme parte de la uniformidad reglamentaria de la Guardia Civil, pero consultar el teléfono mientras se hace como que se hace guardia con un arma en plena calle no me parece ni ético, ni estético, ni tampoco aconsejable. Lo digo como lo siento.


Pero no crea usted que el comportamiento de este agente es una excepción. El mismo domingo, unos metros más abajo, en la Plaza de Cibeles, en la acera contraria, varias horas después, a las y 15 minutos, me acerco a un policía local que realiza su servicio en una puerta de acceso al ayuntamiento de Madrid, para preguntarle por una dirección, y el policía, que percibe mi presencia sigue tecleando en su teléfono móvil hasta que me detengo ante él, ya bajo los muros de la casa consistorial madrileña, levanta la cara y me pregunta: ¿qué desea?


Pues señor guardia, lo que yo desearía en estos momentos es que su madre, o su alcaldesa, no le permitiera consultar el teléfono móvil mientras está usted de servicio. Y lo mismo digo del padre, o del ministro, del guardia civil. Aunque esté permitido, no me parece conveniente. Y, con absoluta sinceridad, no me tranquiliza su idea de que Madrid es una ciudad tan segura que hasta se puede consultar el teléfono móvil mientras se hace guardia en la calle.




viernes, 24 de marzo de 2017


FASES.-


ADMIRACIÓN: Su seguidor.


DEVOCIÓN: Súper seguidor.


ADORACIÓN: Su perseguidor.


miércoles, 22 de marzo de 2017

- Las palabras son los glóbulos sonoros que llevan

el viento de la vida a través de las venas de la existencia.


lunes, 6 de marzo de 2017

Hay un bicho en el pastel


José Joaquín Rodríguez Lara


Soy goloso, pero no me comería un pastel en el que hubiese un bicho. Aunque fuese un bicho insignificante.


Tampoco iré a ver la película.


Porque dentro hay un bicho. Aunque sea un bicho de reparto, de poca enjundia.


No compraría pasteles en una pastelería en la que hubiese bichos. Aunque fuesen bichos pequeñitos y no estuviesen en todos los pasteles; aunque el responsable de que haya un bicho en el pastel que me apetece sea una persona y no toda la plantilla de la pastelería.


Creo que lo grave no es el tamaño o la importancia del bicho. Lo importante es la mala praxis empresarial. Lo importante es que saquen a la venta un pastel en el que se ha colado un bicho. Lo importante es que, al comprarlo y al comértelo, le quitas importancia a una actuación política que fomenta el odio.


Denigrar al bicho para salvar el pastel me parece un error. Lo importante no es salvar el pastel ni a la pastelería. Lo importante tampoco es aplastar al bicho. Lo importante es decirle con rotundidad a los reposteros, que si siguen horneando pasteles con bichos dentro se los van a comer ellos. Los bichos y los pasteles.


Y hay que decírselo con firmeza y en voz alta, porque los reposteros de este país o son sordos o están tontos o creen que los tontos y ciegos y sordos somos nosotros.

 

No sólo somos sus clientes, sus principales clientes, sus únicos clientes la mayoría de las veces, además cofinanciamos sus productos vía impuestos, a través de subvenciones. Sin olvidarnos de las inversiones que hacen las empresas de televisión, tanto públicas -dinero que es de todos-, como privadas, que viven de los ingresos publicitarios que les llegan porque nosotros nos sentamos frente al televisor. Y encima, pasamos por la taquilla de la pastelería. 


A pesar de que somos su mercado, una vez tras otra, nos venden pasteles con bichos dentro.

 

O nos desprecian o quieren envenenarnos.


sábado, 4 de marzo de 2017

El ocaso de las pilistras


José Joaquín Rodríguez Lara


No hay en el mundo maceta que haya hecho más pasillos que las pilistras. También es la que más veces lloró bailando bajo la lluvia en el aire cuadrangular de los patios.


La Real Academia Española llama aspidistra a la pilistra, pero no hay que tenérselo en cuenta. Tampoco llama maceta a la maceta, sino que usa la palabra maceta para denominar a catorce cosas distintas, a cada cual más estrafalaria. La Real Academia no sabe de pilistras ni de macetas. ¡Qué se le va a hacer!


Las pilistras nacieron para hacer guardia en el pasillo, como "civiles jamás floridos", según dice el verso de 'La tierra al fondo', mi primer libro. Tapizan con sus grandes hojas los zaguanes, flanquean de verde los recovecos de la avenida doméstica y le dan vida a la cal, al ladrillo, a la piedra y a la penumbra de los soportales interiores.


Es la suya una vida humilde, modesta, callada. La pilistra es la resignación hecha maceta. Hermana del silencio, hija de la sombra, amante del sosiego, almohada de las horas.


Nadie se adorna con una hoja de pilistra. Nadie la lleva al centro de la mesa o la utiliza para cortejar. La pilistra es un ser condenado a pasar desapercibido en la luz tamizada de su cenobio. Incluso cuando tienen la suerte de vivir en un patio, coronando de verde el surtidor de una fuente, los ojos se van a la dulzura de los geranios, a la pasión del clavel, al hipnótico aroma de la rosa, a la seducción anochecida del jazmín... ¿Quién se fija en la pilistra?


Para que la pilistra salga al aire libre de los corrales o a la ventolera de las calles, tiene que estar lloviendo o ser el día del Corpus. Entonces, a veces, sí. Cuando llueve se permite que las pilistras abandonen la férrea formación de sus puestos de guardia y se agrupen, para bailar y acicalarse las hojas, bajo los goterones que les escurren por las carnes de las corvas. A las pilistras les gusta la lluvia. Pero no tardan en volver a su cuartel, al pasillo, donde, firmes sobre sus tiestos, las pilistras rumian las horas, en pie, con la cabellera recogida por un galón que hace las veces de cintillo, esperando que, con un poco de suerte, las saquen a la calle para flanquear el paso de algún desfile procesional. Tienen entonces la ocasión de compararse con las pilistras de la vecina. Esta tiene más hojas, a esa le sobra tiesto, a aquella le han metido la tijera para eliminar las puntas secas de su verdinegra melena...


Hubo un tiempo en el que las pilistras eran las reínas de las macetas. Se comerciaba con ellas, voceando, a duro la hoja, púas aparte, como si fuesen artículos de primera necesidad. De una matrona verde y lustrosa se hacían hasta tres, partiendo con sapiencia su cepellón para incrementar las ganancias. Las pilistras iban de casa en casa, con el tiesto apoyado en la cadera de las mujeres -muchas de ellas gitanas-, mientras se pregonaban sus bondades, se contaban su hojas y se regateaba su precio.


Ese tiempo ya pasó. Lo arrastró el viento. Se fue, lo mismo que el pastoreo de los pavos para Nochebuena, y ahora no es fácil encontrar una buena pilistra, experta en procesiones, que esté en venta. A euro la hoja, púas incluidas. Las mejores siguen haciendo guardia en los zaguanes, en los pasillos y los patios interiores de las viejas casas solariegas. Pero no se venden. O se venden con la casa, como si fuesen los pilares que sostienen las bóvedas. En las floristerías hay rosas de pitiminí, abundan las orquídeas y el cyclamen, se ven hortensias, azaleas... Las pilistras son tan resistentes, duran tanto las pilistras, que debe de resultar un mal negocio ponerlas en el escaparate. Si al menos se pudieran vender con el bicho que se las come incorporado, como se hace con los geranios.


jueves, 2 de marzo de 2017


Policías ignorantes


José Joaquín Rodríguez Lara


El artículo 3.1 de la Constitución española de 1978 no deja el menor resquicio a la duda: "El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla."


Cuando la Constitución dice "todos los españoles" se refiere a todos los españoles. Incluidos los aspirante a ingresar en la escala básica de la Policía Nacional, pero al Ministerio del Interior debe de importarle un bledo lo que diga la Constitución sobre la obligación que tenemos "todos los españoles" de conocer "el castellano".


Sólo así se explica que el Ministerio que lidera Juan Ignacio Zoido, con raíces extremeñas, y la Dirección General de la Policía, que encabeza el pacense Germán López Iglesias, hayan anulado una prueba integrada por cien palabras castellanas sobre las que las personas aspirantes a convertirse en agentes de la Policía debían decir si estaban bien o mal escritas.


Al parecer, los examinandos consideran que esa prueba ortográfica, entre las que hay términos como 'cascabel', 'claraboya', 'biquini', 'carriño', 'cián', 'aruñar', 'yuyo', 'champurrear' y 'diunvirato', era demasiado difícil para ellos. La prensa dixit.


El Sindicato Unificado de Policía (SUP) asegura que la prueba no evaluaba "el nivel de competencia de los alumnos" e incluía términos que "jamás se utilizan en la labor policial y son de uso reservado a eruditos".

¿Nivel de competencia? ¿Puede considerarse competente a quien desconoce el idioma en el que debe comunicarse tanto verbalmente como por escrito?


¿Eruditos? ¿El artículo 3.1 de la Constitución "todos los españoles tienen el deber de conocer"... el castellano sólo obliga a los eruditos, es decir, a las personas instruidas en varias ciencias, artes y otras materias? Los policías qué son, entonces, ¿no instruidos? ¿Son ignorantes de oficio? ¿Hay que seleccionar a los futuros agentes de la Policía Nacional entre quienes no dominan el castellano? ¿Y hay que hacerlo en un país llenos de filólogos y otros titulados universitarios, de letras, que no encuentran empleo?

¿Acaso la Policía habla con una jerga propia, ajena al castellano en el que se comunica el resto de la población española? ¿A qué aspiramos, a ser cada día más cultos o a vivir en un país de zopencos?


La anulación de esta modesta prueba ortográfica, que superarían sin problemas millares de alumnos de Secundaria, sin necesidad de haber brillado en un campeonato de ortografía, me recuerda al viejo caso de la Maja Desnuda de Cáceres, protagonizado por un policía local cacereño, el cabo Píriz, que ordenó retirar del escaparate de una librería una lámina que reproducía el famoso cuadro de Goya, ya que, según el mencionado agente, causaba escándalo público.

Colgada en el Museo del Prado, la Maja desnuda (98 x 191 centímetros) es una obra de arte, pero reproducida en formato muchísimo más pequeño y colocada en el escaparate de una librería cacereña, la Maja no era una obra artística, era un escándalo inadmisible. Se ve que el cabo Píriz no era un erudito. Él sólo era un policía y sólo sabía de cosas de la Policía.


Desapareció el franquismo, casi se olvidó el caso de la Maja Desnuda de Cáceres, pero he aquí que los aspirantes a policías y sus dirigentes sindicales y los responsables de la Dirección General de la Policía y del Ministerio del Interior siguen anclados en la órbita geoestacionaria de la ignorancia preconstitucional.

Alguien que no sabe como se escribe cascabel, ni cian (sin acento) ni biquini ni otras palabras que, si están bien escritas, tienen asiento en el diccionario, no debería recibir un sueldo público al amparo de una Constitución que se pasa por el forro (sinónimo de funda) de la pistola (sinónimo).


- Estamos archivados en el calendario.


- Soy tan mayor que ya sólo conservo fósiles en la memoria.


lunes, 27 de febrero de 2017


Viejos para el empleo, jóvenes para la jubilación


José Joaquín Rodríguez Lara


Tengo 60 años largos y no me importaría jubilarme a los 70, como parece que propone el ex presidente José María Aznar.


Sería una demostración de que para entonces aún estaría vivo y con ánimos para seguir en activo.


A cambio sólo pido que este sistema y esta sociedad, que todavía no me deja jubilarme, por lo menos me deje trabajar.


Que eso es precisamente lo que quiero: trabajar.


La Administración, tan comprensiva con la ciudadanía que sufre discapacidad o es inmigrante o tiene dificultades para pagar la luz o el alquiler, debería mostrar un poco de sensibilidad con las personas mayores de 55 años que buscamos pero no encontramos empleo porque las empresas nos rechazan y la Administración no tiene en cuenta nuestra lamentable situación.


Que se obligue a las empresas, a todas, a reservar un porcentaje de sus contratos para personas mayores de 55 años.


Y que la misma Administración, en sus convocatorias públicas de empleo, reserve otro porcentaje para aquellas personas que sin ser cojas, ni sordas, ni mancas, ni ciegas, ni padecer un síndrome físico o mental que merme sus posibilidades para acceder al empleo, sufrimos la mayor de las discapacidades: ¡SOMOS MAYORES!


Tenemos ganas de trabajar, pero no nos dejan porque ¡SOMOS MAYORES!


Poseemos experiencia laboral, pero no nos dejan aplicarla porque ¡SOMOS MAYORES!


Todavía podemos aportar mucho como trabajadores, pero no nos dejan hacerlo porque ¡SOMOS MAYORES!


Entonces, ¿tenemos que jubilarnos ya?


¡NO, PORQUE AÚN SOMO JÓVENES PARA LA JUBILACIÓN!

 

Tenemos que esperar algunos años a ver si, con un poco de suerte, nos morimos y el sistema se ahorra nuestra pensión.

 

Eso sí, los políticos, los banqueros, los agentes de policía, los maestros de escuela y otros funcionarios se jubilan a los 60 años o antes, sin necesidad de acercarse a los 70 que propone Aznar.


En este país, cualquier día va a ocurrir una tragedia de telediario y pagará las consecuencias quien menos se lo espera.


jueves, 23 de febrero de 2017

- El Sáhara se desangra en goterones de barro sobre España.
 África siempre nos llega pasada por agua.


El tren que nos lleva



José Joaquín Rodríguez Lara


Querida Lucía:

Llevo años deseando escribir esta carta sin conseguir ni siquiera garabatear tu nombre en el papel. Hoy, no sé bien el motivo, mis manos parecen estar libres y puedo, por fin, dibujar una tras otra las cinco letras más bonitas del abecedario: L u c í a.

Yo siempre te llamé Luci, ya lo sé. Pero, con los años, tu nombre fue creciendo dentro de mí y de aquel Luci dulzón, cariñoso, infantil y casi clandestino, he llegado a sentirte una Lucía con todas las letras, tan viva y vibrante como la luz que abre el día, aunque yo no esté ya en tus amaneceres. Bueno, en realidad nunca lo estuve.

Pero no temas, no quiero molestarte. No pretendo tontear contigo, ni es mi intención despertar en ti antiguas ilusiones, si es que aquel beso, tu primer beso, mi primer beso, fue algo más que una caricia de críos, de compañeros de clase arropados por la complicidad de una bombilla rota en la esquina de tu calle.

Ahora puedo decírtelo. La rompí yo. Fue al tercer chinotazo. Llevaba un puñado de piedras en el bolsillo y cargué con ellas la pedrera del tirador. Pero no la rompí para ocultarnos de las vecinas. No. Tampoco lo hice con la intención de aprovechar la oscuridad para acercarme a tus labios. ¡Qué va! La rompí por rabia. O por celos. Ya no lo sé bien. En aquel recodo del pueblo había una luz y vivía una Luci, mi Luci, y yo sólo tenía ojos para ti. Todo lo demás me estorbaba. La bombilla, también.

Por favor, no te rías de mí. Y si lo estás haciendo ahora, que sea sin maldad. Ríete con la risa limpia con la que entonces afrontabas los contratiempos de aquellos años.

No sé el porqué te cuento estas cosas, Lucía. No era de esto de lo que yo quería hablarte. No llevo esperando treinta y siete años con el folio en blanco para confesarte ahora que fui yo quien rompió la bombilla de tu esquina y que, por lo tanto, también soy yo el responsable de los traspiés y de los miedos que la oscuridad produjese en los vecinos de tu calle. Si te lo cuento es por volver a la antigua vereda de las confidencias. Entonces nos lo contábamos todo. ¿Te acuerdas?

Bueno, todo menos lo de la bombilla. Decírtelo me daba no sé qué. Y, además, Joaquín, el Litri, la repuso enseguida. Ni un mes estuvimos a oscuras.

A veces me pregunto qué hubiese sido de nosotros dos si mi padre no hubiera encontrado trabajo en Bilbao. ¿Seguiríamos todos en el pueblo? ¿Yo sería ahora albañil, como Miguelito, o chófer de la LEDA, como el Eusebio, o funcionario municipal como Serafín? A Maguilla siempre se le dio bien el papeleo. ¿Te acuerdas de que al principio era él quien te llevaba mis cartas? Cosillas enganchadas a lápiz en la cuadrícula de las hojas de la libreta. Pero eran mis cartas. Las primeras que escribí.

La primera la rompiste sin haber llegado a leerla. Me lo contó Serafín hinchando los carrillos. “Así puso los belfos la Luci, así. Y los ojos, como las cabras del tío Mijares. Esa niña no te quiere. Te lo digo yo”. Creo que Maguilla te cogió miedo desde entonces. Y eso que, como las cartas no tenían sello, me cobraba una perra gorda por cada una que te llevaba. Figúrate, un dineral de los de aquella época.

Pero ni entonces me escoció pagarle ni ahora me avergüenza confesar que lo hice. Le aboné a Serafín sus oficios de cartero y le pagué con gusto. En aquella época, escribirte me resultaba fácil, aunque no tuviera nada nuevo que contarte, porque nos veíamos cada día. En cambio, ahora… No acierto a decirte lo que me bulle dentro.

A veces, en casa, le he oído contar a mi madre que fulanito y citranita están “hablando”. A mí siempre me ha llamado mucho la atención eso del ‘están hablando’. “Y por qué hablan, mama”, pregunto yo. “El porqué va a ser, criatura, porque son novios.” “Y qué se dicen”, mama. “Pues qué se van a decir, ‘almadiós’, pues cosas de novios”.

Siempre me quedé con las ganas de saber qué tiene que decirle un novio a una novia cuando ‘hablan’ porque son novios. ¿Qué tenía que decirte yo a ti para que nos pusiéramos a hablar como novios? Aunque hablásemos a través de cartas escritas a lápiz en hojas de libreta.

Yo quería ser tu novio. La verdad es que sentía que ya lo era. Pero nunca supe si tú te sentías mi novia. Te lo iba a preguntar, a declararme, supongo, pero justo entonces llegó al pueblo tu primo el de Madrid y tú te pusiste tontina y yo tonto perdido y nos enfadamos y pasó la feria y todo se precipitó.

Te busqué en la plaza y en tu calle y en la iglesia… Y no te vi. Paqui, la de Elvirina, me dijo que estabas mala, y Conchi Méndez me contó que habías sido mala y estabas castigada. ¿Mala tú? ¿Qué habías hecho, Lucía, para que no te dejasen salir de casa ni para ir a misa?

Saqué la libreta, afilé el lápiz, te escribí tres cartas más y Maguilla me las devolvió una a una por ‘ausencia del destinatario’, según decía él, muy profesional en su papel de cartero. Me devolvió las tres cartas, pero se quedó con las tres perras gordas. Ni siquiera se las reclamé. Le hubiese dado hasta un real, o una peseta, incluso diez reales o un duro de mi abuela con tal de que Maguilla te hubiese entregado mi carta. Mi última carta. Aquella en la que te contaba que mi padre había encontrado trabajo en Bilbao y que nos íbamos, pero que no me olvidases porque volveríamos para la feria o para los tosantos o algún día, y yo jamás iba a olvidarme de ti.

¿Cómo iba a imaginar que ya no volveríamos a vernos nunca más? ¿Cómo iba a suponer yo que mi padre cambiaría definitivamente las mulas por los ascensores? ¿Quién iba a decirme a mí que yo iría a la escuela de Barakaldo –entonces se escribía con ‘ce’- sin el tirador y sin un buen puñado de chinotes en el bolsillo del pantalón?

En Barakaldo, mi padre se revisaba y se recortaba las uñas cada día. A mi madre se le blanqueó el cutis, porque lavaba la ropa dentro del piso, con polvo de saquito que venía en cajas de cartón, lo mismo que las galletas, en vez de junto al pozo, con jabón y caústica, como se había hecho toda la vida. Hasta nos compró un cepillo de dientes para cada hermano y, todos, todos los domingos comíamos arroz con pollo. Pero no pollo del pueblo, no; pollo de Barakaldo, sin plumas, ni aleteos en el suelo, ni sangre cuajada en el cuchillo, ni molleja, ni patas, ni cabeza. Un pollo de comprar y comer, porque la vida nos había dado tantas vueltas en Bilbao que iba por delante de nosotros, marcándonos el paso.

Fue como subir a un tren y no poder bajarse de él ni siquiera después de haber muerto. Mi pobre padre está enterrado aquí. Mi madre vive conmigo, pero ya no podemos alejarnos de su lápida. Durante estos años hemos ido de estación en estación. Conocí a mucha gente. Me casé. Tengo hijos. Cualquier día me harán abuelo. He sido feliz, todavía lo soy, en la medida en la que se puede ser feliz encerrado en un tren que tú no diriges. Me hubiera gustado encontrarte en algún vagón de ese mercancías. Hubiera sido muy bonito.

Pero no te escribo para declararme ahora, casi cuarenta años después y por una carta cerrada, con sello. Mentiría si te digo que aún te amo. Aunque la mentira hubiera sido mayor si, a oscuras bajo el casquillo de aquella bombilla rota, te hubiese dicho entonces que te amaba. Yo solamente estaba enamorado. Loquito por ti. Sólo eso. Lo cierto y verdad es que siempre te he querido mucho, Lucía, muchísimo, y que, durante todos estos años, nunca te he olvidado.

A quien pude preguntar, le pregunté y algo sé de cómo te ha ido en la vida. Estoy convencido de que Serafín se habrá esforzado en hacerte feliz. Maguilla siempre fue servicial. No he querido indagar más, porque no tengo derecho a hacerlo y porque, para mí, tú sigues siendo, Lucía, la Luci que siempre iluminó mis penumbras.

Si te escribo esta carta, después de tantos años, es sólo para darte las gracias por haber llenado de luz un rincón de mi vida, un recodo de mi existencia que siempre hubiese estado vacío sin ti.

Gracias, Lucía. Gracias por seguir presente en mi memoria.

Con todo mi corazón, recibe un gran abrazo.

Paquino


viernes, 10 de febrero de 2017

jueves, 9 de febrero de 2017

El cine español desprecia a su clientela


José Joaquín Rodríguez Lara


El cine, en general, es un negocio. Hay quien lo considera un arte, el séptimo arte. Pero si la dimensión artística fuese su principal cualidad, el cine no sería un arte; sería un surtido de artes. Porque escribir historias es un arte; interpretarlas dándole vida a los personajes es un arte; la fotografía es un arte; la música es un arte; hay arte en el vestuario y en el maquillaje y en...


Pero, por encima de todo, es un arte vivir de un negocio, el cine, que es ruinoso; de una industria que devora más dinero del que genera. Si el cine, en general, es el séptimo arte, el cine español es el arte octavo y el noveno y el décimo y... ¿Cómo no va a ser un arte trampear con las subvenciones y con los ingresos por taquilla para no desaparecer?


Luego está la gracia, el salero, el arte de menospreciar, despreciar, atacar y aburrir al público, a la clientela, y reclamarle simultáneamente que, además de subvencionarte, palabra que termina en arte, pase por taquilla.


¿Cuándo se divorciaron el cine español y los españoles que iban al cine? Posiblemente durante la Guerra del Golfo. ¿Y quién estaba entonces en la cresta de la ola cinematográfica? ¿Almodóvar, don Pedro?


Sí, porque lo de dame la pasta que "no me he sentido español ni cinco minutos" es de ayer como quien dice.


¡Vuelve Berlanga, Luis García, aunque sea de script! Y tráete contigo a Pepe Isbert, a Alfredo Landa, a Rafaela Aparicio, a Adolfo Marsillach, a Sara Montiel, a Amparo Rivelles, a Gracita Morales, a Fernando Rey, a Lina Morgan, a José Luis Ozores y a tantas y tantos artistas que con su buen hacer, cada uno en su estilo, llenaban los cines de España.


domingo, 5 de febrero de 2017

Últimas voluntades


José Joaquín Rodríguez Lara


No quiero rezos
ni tampoco lágrimas.
Prefiero escuchar
el canto del sol contra la lluvia
y la música del pasodoble
'Suspiros de España'.
Si te acuerdas de mí
alza tu copa y bebe
y vive y deja vivir.
Que no te hunda la ausencia.
Que el dolor no te derrumbe.
Allí donde yo esté
espero tener un lápiz
y un cuaderno entre las manos.
No necesitaré flores;
no las cortes para mí.
Me bastará con el musgo
y con la hierba
que se abran paso entre las piedras.
Pero si te empeñas
en hacer un gesto
que honre mi memoria
lee algo de lo que escribí.
Algo que te emocione.
A mí me gusta la vida entera
y sé que la echaré mucho de menos;
mucho más de lo que la vida
va a echarme de menos a mí.


(De mi poemario 'Poemas sin libreto')




viernes, 3 de febrero de 2017

- El Gobierno de Vara me recuerda a El Huerto de Renato: muchas palabritas y muy poquitos frutos.


Se cachondean de los extremeños y no dimiten



José Joaquín Rodríguez Lara


Desde que Zapatero, al que Dios mantenga en la gloria, no vaya a ser que vaya al infierno y lo joda, aseguró con total solemnidad en una cumbre hispanolusa que Extremadura tendría un tren AVE en el año 2010, él mismo, sus ministros y sus sucesores en los sucesivos gobiernos de España llevan años, aaaññoooos, cachondeándose de los extremeños. 


El último ha sido el ministro de Fomento, don Íñigo de la Sorna (la errata es mía, y está publicada, aunque no patentada) en su reciente visita a Extremadura. 


Váyase usted a la mierda, señor ministro. Y de paso, llévese a los gobernantes extremeños inoperantes y sin vergüenza que permanecen en sus cargos aunque no hagan nada, porque si dimitiesen tampoco harían nada pero perderían el sueldo. 


Bueno, perdón, sí han hecho algo. Han hecho una comisión del ferrocarril que es lo que hay que hacer, constituir una comisión, cuando no se quiere hacer nada. ¡Atajo de inútiles!


martes, 31 de enero de 2017

Las turmas del varraco


José Joaquín Rodríguez Lara


Se ha capado al varraco. En Barcarrota, mi pueblo, llamamos varraco a lo que en otros lugares llaman verraco, pero es la misma cosa y con idéntica función y calidad. El varraco del que hablo ha cumplido su función perfectamente. Y con un alto grado de calidad. Después de ejercer su oficio durante varios años, acaba de pasar a la situación B: retiro a la espera de más altos menesteres. Y para que pueda retirarse es necesario castrarlo. La operación la ha realizado un prestigioso especialista. Y la ha ejecutado a satisfacción de todos menos del varraco. ¡Qué le vamos a hacer!


Como del cerdo, especialmente del cerdo ibérico, se aprovechan hasta los andares -gracias al agroturismo- me he traído a casa las turmas, vulgo testículos, gónadas, criadillas, huevos o cojones, del varraco. Las he limpiado a conciencia, eliminando telas y demás tejidos nada apetitosos, y las estoy cocinando. Más de medio kilo de turmas de semental ibérico, línea Valdesequera. Si me sale bien, publicaré la receta en el apartado 'Buen Provecho', de este mismo blog.


Pero el asunto me incita a la reflexión. En primer lugar quiero detenerme en la castración. Capar a los cerdos es imprescindible para poder comer jamón. O se castran de pequeños o se castran de adultos, pero antes o después deben perder su virilidad, pues el sabor a macho es incompatible con el refinado paladar humano.


No son los cerdos y las cerdas los únicos animales que se castran. También se capan los gallos, para mejorar el sabor de su carne. La operación es delicadísima. La vida del gallo corre peligro. Los capones gallegos tienen fama y son un manjar tradicional.

 

Incluso se castran animales que, al menos inicialmente, no se destinan a la mesa. Es lo que ocurre con los toros/bueyes, burros, mulos y caballos. Con la castración pierden temperamento sin que disminuya su fuerza para el trabajo.


Más aún: se castra a las personas. Todavía. La castración de los varones es un castigo que tiene las raíces muy hondas. Pero no sólo se ha utilizado la castración como castigo. También se usó como gratificación. Cuando no se permitía que las mujeres cantasen en público, siglos XVI al XVIII, se capaba a los niños que tenían mejor voz para que conservasen el tono agudo. Eran los castrati. Los coros de las iglesias estaban llenos de capones. Algunos castrados, como Farinelli, se hicieron famosísimos. Y muy ricos. Las personas melómanas adoraban la voz prodigiosa de los castrados. Y las menos melómanas, su voz y otros encantos.


¡Qué la castración de personas es cosa del pasado! ¡Incluso de un pasado atroz! ¡Qué se lo cree usted! Actualmente se siguen castrando seres humanos. Y no sólo en algunas operaciones de esterilización. En el cambio de sexo, de varón a mujer, hay castración. Y la castración sigue utilizándose como castigo. Contra los violadores reincidentes, por ejemplo. El protagonista de esta historia, real como la vida misma, no es un violador, pero sí tiene un amplio historial como reincidente.


No sé qué pensará el varraco -si es que los varracos tienen pensamiento, que diría Luis Chamizo- de que se cocine la parte de su ser que más le duele. Sobre todo en estos primeros días. Hay un rechazo a comer carne de un animal vivo. Y más si es precisamente ese pedazo de carne. A mí no me parece mal que se consuman las turmas de los varracos. También se comen los rabos que se le cortan a las borregas y nadie se escandaliza. En África, los masai le sacan sangre a sus vacas, clavándoles una flecha en el pescuezo, y se la beben recién 'ordeñada'. 
La sangre. A veces la mezclan con leche. Y, además, no lo hacen una vez, sino siempre que lo necesitan. Es otro modo de comerse vivo al ganado. Como si fuese una ostra o una almeja, pero respetando su vida. Mucho más cruel es cocer a los caracoles vivos para chupar sus conchas y disfrutar de la salsa.


Estas y otras prácticas pueden parecer atroces para aquellas personas convencidas de que las pechugas de pollo nunca tuvieron plumas y las chuletas de cordero jamás mamaron. Pero no es así. Los seres humanos seguiríamos durmiendo en las copas de los árboles si no hubiésemos empezado a comer carne hace al menos dos millones de años. Detrás de la evolución humana hay muchas prácticas difíciles de digerir para la gente que está en contra del consumo de carne, pero son las prácticas que nos han permitido sobrevivir hasta hoy.


Hasta aquí hemos llegado cuidando, criando y sacrificando animales según un código ético que ha ido pasando de padres a hijos. No existían entonces los filósofos comunitarios, políticos y funcionarios de la Unión Europea, que gobiernan el campo desde sus altos despachos. Son personas que no han pisado la hierba ni para ir de merienda, pero el mundo rural está en sus manos. Y lo patean con bota de hierro.


Yo les mandaría una fiambrera con mi guiso de turmas, para que sepan a que sabe la dehesa extremeña, pero me temo que, aunque el varraco de esta historia es cojonudo y sus prendas hacen honor a su fama, no hay huevos suficientes para tanto campesino de moqueta.




viernes, 27 de enero de 2017

La peor minusvalía


José Joaquín Rodríguez Lara


La protección a las personas más débiles es uno de los rasgos característicos de las sociedades organizadas. Es una práctica ancestral; incluso anterior al nacimiento de la humanidad.


Esa protección adopta formas muy diversas. Una de las más evidentes es la que se da en el acceso al empleo. Las administraciones no sólo reservan plazas para personas con minusvalías físicas, psíquicas o sensoriales; también protegen a una parte de la ciudadanía cuya debilidad no es física, ni psíquica ni tampoco sensorial. Es una debilidad externa, social. Una debilidad que se intenta corregir facilitando el acceso de las personas que la sufren a ámbitos que, sin la protección oficial, les estarían vedados. Es lo que ocurre con las mujeres, para las que las administraciones habilitan vías de acceso al empleo, a los consejos de administración y a los cargos de representación.


No ocurre lo mismo con otras personas que carecen de minusvalías físicas, psíquicas o sensoriales, pero sí reciben un rechazo radical en el acceso al trabajo. Son, somos, los varones mayores de 50 años que carecemos de empleo. Hasta cumplir esa edad, o un poco menos, eramos trabajadores expertos, veteranos que dominábamos los secretos de nuestro oficio, maestros y formadores de la juventud que se iba incorporando a la empresa.


Pero cumplimos los 50, o los 47 o los 56 años, nos expulsaron del empleo y en un minuto pasamos de estar considerados como veteranos expertos a que se nos tenga por viejos inútiles. El mundo del trabajo no nos quiere y la Administración no nos jubila. Estamos entre la espada y la pared, perdidos y abandonados en tierra de nadie, estirando el cuello para no ahogarnos antes de alcanzar la orilla de la pensión que, por la forma de cálculo, se hace más pequeña a medida que nos acercamos a ella.


Queremos trabajar. No nos dejan. Aceptaríamos jubilarnos con una pensión digna. No nos lo permiten. ¿Qué esperan? Que nos muramos sin llegar a cobrar la pensión por la que hemos cotizado durante la mayor parte de nuestra vida.


Ser un experto/veterano/viejo/inútil es una debilidad enorme, pero no está protegida por el Estado ni por la sociedad. Desde el punto de vista laboral, no hay minusvalía mayor que haber cumplido los 50 años. Tienes criterio y experiencia, conservas las habilidades y los conocimientos imprescindibles para el ejercicio de tu oficio, pero la sociedad te desprecia. No le vales. Y el Estado no te protege, porque no cojeas, ni eres ciego, ni sordo ni tampoco eres mujer. Tu minusvalía como veterano inútil es enorme, pero nadie la contempla.


Con lo sencillo y fácil que sería reservar plazas para las personas con 'minusvalía de edad' en las convocatorias públicas de empleo. Con lo justo que resultaría obligar a las empresas a mantener en plantilla un porcentaje adecuado de veteranos.


La crisis, o lo que sea este infierno, nos ha puesto en la calle a centenares de miles de trabajadores expertos; los aledaños del sistema público de pensiones están rodeados de veteranos que queremos seguir trabajando y cotizando a la Seguridad Social.


Si en las instituciones o en los organismos públicos hay alguien que no comprenda o que rechace los anhelos de los cuarentones, de los cincuentones y de los sesentones que queremos trabajar y no nos dejan, espero que ese político o ese alto cago no llegue a viejo. Y no es que yo le desee la muerte. Es que no quiero que sufra.



miércoles, 18 de enero de 2017

A Don José le encantan las vecinas


José Joaquín Rodríguez Lara


La cabra es caprichosa. No hay más que verla. Su propio nombre lo dice. Las raíces de caprino y de capricho tienen el mismo o parecido origen. Las cabras son animales muy caprichosos.


Mi hermano menor, Servando, asegura que la cabra es un espíritu libre, que quiere cuando quiere querer y si no quiere querer no quiere. Si así fuese, el corazón caprino le daría mil vueltas en autonomía a la papa palpitante que nos remueve la sangre a las personas.


Sea como fuere, a la cabra hay que echarle de comer aparte, por si le apetece comer. La gente suele creer lo contrario, pero una cabra no come cualquier cosa. Cierto es que engulle hojas, ramas y espinos sin problemas, pero antes de comerse algo, paladea el alimento. Si el sabor de una hoja no le gusta, la deja y se mete en la boca otra. Igual que la desechada, incluso de la misma rama y del mismo brote, pero que sí le apetece.


La cabra es tan caprichosa que puedes ponerle ante los labios la mejor comida, abundante y fresca, y ella hará lo posible y lo imposible para darte la espalda y probar el sabor de una rama que hay al otro lado del muro, justo en la cerca del vecino. ¿Qué tiene el cercado de la vecindad que no tenga el tuyo? Tiene una excursión. A las cabras le gustan las caminatas.


Ellas son así. Son cabras y se comportan como cabritas, cabritos, cabrones o cabronas, según sea el sexo y la edad. La misma palabra lo dice.


Y ya que ha salido a relucir el tema, a Don José, el macho de la piara, un retinto extremeño de porte imponente, le encantan las vecinas. Las cabras de Manolo. Pastan junto al castillo, pero a Don José no le importa que estén cuatro cercados y media docena de alambradas más allá. Algo deben de tener las vecinas cuando Don José abandona a la parentela, joven y vistosa, se salta las cercas a pie juntillas y se va a cohabitar con cabras ajenas. Lógicamente, vuelve cuando le da la real gana, pasa revista a su propio harén y, si lo tiene a bien, se marcha de nuevo. Ya lo dice el refrán, echa ganado caprino si quieres conocer a tus vecinos.


Cuando pasan estas cosas, lo mejor es no tomárselo a pecho, porque la cabra no es que tire al monte, es que tira para donde le da la gana y te pongas como te pongas, si quiere darse un capricho con el vecindario, se lo dará por muchos obstáculos que le organices.


Don José no es mala gente. Todo lo contrario. Me come en la mano y, desde que 
Pepito, su mellizo, está acantonado en El Moral, de maniobras con las cabras de Narciso, Don José está más tranquilo. Ya no tiene que pelear los amores. Ni los propios ni los ajenos.


Eso sí, a caprichoso no hay quien le gane.


jueves, 12 de enero de 2017

- Se acusa al vacío de causar muertes que, en realidad, son obra de lo lleno, cuando el blando vacío se acaba y comienza el duro suelo.


martes, 10 de enero de 2017

domingo, 1 de enero de 2017


Matar a una mujer sale barato


José Joaquín Rodríguez Lara


Creo que la sociedad emplea demasiadas energías en honrar a las víctimas de la violencia machista y dedica muy pocas a perseguir a sus asesinos. Las palabras de condena, las muestras de repulsa y los minutos de silencio le dicen a los asesinos potenciales que matar es gratis, que la repulsa social no les alcanzará la piel.


Un bicho que dejó de ser hombre mató a su pareja y, a los ojos de la sociedad, toda su condena se redujo a unas cuantas muestras de repulsa y a unos pocos minutos de silencio.


¿Dónde estaba el asesino mientras tanto? ¿Cómo se desarrolló la persecución policial? ¿En qué celda está recluido? ¿A qué ha quedado reducida su vida? ¿Cómo fue su proceso judicial? ¿Cuántos años lleva en la cárcel? ¿Qué cara pone cuando su compañero de celda hace de vientre delante de sus narices? ¿Cómo lleva los recuentos? ¿Cómo sufre el peso de los años, de los meses, de las semanas, de los días, de las horas, de los minutos, de los segundos y de las décimas y centésimas y milésimas de segundo que pasa entre rejas? ¿Cómo se le pudre la piel y la mirada y el ánimo en la cárcel? ¿Ha muerto ya? ¿Quién apaciguó su miedo durante la agonía? ¿Quién fue a su entierro?


Todas estas y muchas otras cosas me gustaría que contasen los periodistas sobre los asesinos de mujeres, en vez de prestarle tanta atención a los desolados minutos de silencio, con cuatro concejales y tres funcionarios en la puerta del ayuntamiento.


Esas inútiles muestras de dolor, de repulsa y de condena social sólo dicen una cosa: matar a una mujer sale barato.