viernes, 31 de julio de 2015

Pregón salvaterreño



Señor alcalde, señoras y señores ediles del excelentísimo Ayuntamiento de Salvatierra de los Barros, otras autoridades, señoras y señores, amigos, vecinos, familiares y forasteros, buenas noches.

Es para mí un honor y un placer ofrecerles el pregón de la Feria de Salvatierra; de una fiesta amparada por el patronazgo de santo Domingo de Guzmán, santo que suele pasar desapercibido para la mayoría de los salvaterreños, aunque en la dehesa de Santo Domingo quedan vestigios de lo que parece que fue su ermita.

Es un honor porque, como saben muchos de ustedes, yo nací en Barcarrota, y el hecho de que el Ayuntamiento salvaterreño me haya invitado a ser el pregonero me sugiere que ya se me considera parte de este pueblo, vecino fijo, aunque sea discontinuo, de esta localidad y, en definitiva, un poco salvaterreño. Se lo agradezco con todo mi corazón.

Tiene Salvatierra muchos hijos y muchas hijas y bastantes vecinas y vecinos que han hecho méritos más que suficientes y albergan la voluntad necesaria para pronunciar el pregón. Estoy convencido, además, de que a la gran mayoría le apetece hacerlo. Cualquiera de esas personas podría estar ahora mismo aquí, ante ustedes, pero me ha tocado a mí y afronto la tarea con mucho gusto y con la esperanza de estar a la altura de quienes me precedieron como pregoneros y de quienes me sucederán.

Les decía que, además de un honor, ser pregonero de la Feria de Salvatierra es un placer.

Y es un placer porque, si sumamos un fin de semana tras otro y un verano con los demás veranos, es probable que haya pasado más años de mi vida en este pueblo que en la localidad que me vio nacer. Así que me siento muy cómodo pregonando los méritos de Salvatierra.

Porque Salvatierra también es mi pueblo.

Sin renunciar a mi origen barcarroteño, yo también me siento un poco más hijo de Salvatierra cada día.

Les voy a contar algo que muy pocas personas saben y que casi nadie de ustedes recordará. La primera vez que vine a Salvatierra fue para hacer de cómico ambulante. Vine a hacer teatro, aunque nunca he sido artista ni tampoco feriante. Me trajo mi gran amigo Luciano Nogales Guillén y jamás se lo agradeceré lo suficiente.

Conocí a Luciano mientras estudiábamos el Curso de Orientación Universitaria, más conocido como el COU, en Jerez de los Caballeros. Surgió entonces entre nosotros una amistad con la que no han podido ni los años, ni las diferencias de carácter, ni las de opinión, de aficiones o de intereses.

El colegio menor jerezano en el que ambos residíamos montó una obra de teatro con el objetivo de recaudar fondos para el viaje de fin de curso de los alumnos de COU. La obra era ‘El médico a palos’, una de las comedias más conocidas de Molière.

A la compañía que comandaban Luciano Nogales y don José Serradilla, que fue sacerdote en este pueblo y dirigía el espectáculo, le falló la persona que habían elegido como protagonista y Luciano pensó en mí como sustituto.

No porque yo le pareciese un buen actor, aunque había actuado en algunos teatros importantes, de Badajoz, Cádiz y Sevilla, e incluso había ganado un premio con mi trabajo sobre las tablas, sino porque Luciano suponía que, en el poco tiempo que faltaba para el estreno, yo sí podría aprenderme el papel.

Les digo esto porque, si a Luciano y al cura que dirigía el colegio no les hubiera fallado el primer actor en el que pensaron, es posible que yo no hubiese venido nunca a Salvatierra y que ahora no estuviese aquí, contándoles una anécdota que ha resultado crucial en mi vida.

No debimos de hacerlo demasiado mal los cómicos de aquel montaje, porque actuamos en Jerez de los Caballeros, en Higuera de Vargas, en Villanueva del Fresno y, naturalmente, en Salvatierra de los Barros.

Concretamente en el ‘teleclub’, a cuyo escenario salí vestido de leñador, no recuerdo ya si con un hacha en las manos, pero sí que simulaba darle golpes a un leño.

“Válgame Dios, y que durillo está este tronco. El hacha se mella toda y él no se parte”.

Estas eran mis primeras palabras en la obra, este fue el primer mensaje que les dirigí a los salvaterreños. Como pueden comprobar, aunque fuese en la ficción, ya entonces me entretenía yo con los quehaceres del campo y hasta los compartía con una ocupación completamente ajena al sector agrario, la de médico ficticio, confirmando que además de periodista, de escritor y hasta de pregonero, uno tiene su ‘poquino’ de ‘enrea’.

Aquella actuación en el ‘teleclub’ fue un éxito. Especialmente para mí. Vine a Salvatierra, me gustó y puede decirse que me quedé, pues desde entonces no he dejado de venir. Incluso me casé en la parroquia de San Blas y celebramos el convite en los salones del Barceló. Fue una boda salvaterreña por tres de sus cuatro costados. El cuarto costado fue barcarroteño y lo puse yo.

Ustedes dirán que lo que me gustó a mí no fue Salvatierra, sino Ana Mari, aquella muchacha de larga melena morena. Y tienen ustedes gran parte de razón. Pero yo me fijé en Ana María Benítez Benítez algún tiempo después, en Madrid. Y no en persona, sino a través de fotografías que tenían Luciano y Blanca Bellido. La vi, la conocí, me gustó, volví a Salvatierra a casarme con ella y puede decirse que aquí sigo, pues desde entonces o no me he ido o no he dejado de regresar, que viene a ser lo mismo.

Incluso he querido que mis hijos, Alejandro y Ana Inés, también conozcan este pueblo y hasta que lo sientan como suyo. Creo que algo estoy consiguiendo, pues los dos son hermanos del Santísimo Cristo de las Misericordias, que es algo así como tener un pasaporte espiritual de salvaterreño.

De Salvatierra me gustaron y me siguen gustando muchas cosas. En primer lugar, su paisaje, que es como un libro que no se puede leer de un tirón, pues aunque tenga páginas cortas y sencillas, también hay otras que se hacen muy cuesta arriba. Es el de Salvatierra un paisaje de pasos cortos y paradas frecuentes, lo que siempre invita a la contemplación y a la reflexión.

También me agradó el castillo, esa corona de piedra colocada sobre las sienes de la sierra. Una corona regia, pues regio fue su origen. Una corona con mucha historia y con muchísimas historias. Y una corona que aún luciría más si le ofreciese a Salvatierra su mejor cara, que es la fachada orientada al Suroeste, al convento franciscano de Santa María de Jesús.

En el castillo de Salvatierra, la parte más bonita es la que menos se ve.

La zona del convento es, en mi opinión, una de las más interesantes de todo el término municipal salvaterreño. No sólo por las ruinas de lo que fue este centro de oración, sino porque en su entorno están los restos de la ermita de Santo Domingo, cuya fiesta estamos celebrando, y las ruinas de la ermita de Santa María de Entrambasaguas, que hasta tuvo romería, y a la que envuelve el misterio de su nombre, el de su bosque de fresnos, al que el otoño suele darle una apariencia fantasmal, y el de un enigmático risco, que yo llamo de las cruces.

Se trata de un monolito, sospecho que puesto en pie de forma intencionada, que unas veces me parece un monumento prehistórico, sacralizado con símbolos cristianos, y otras una representación del Calvario, o una estación del Vía Crucis. Tiene este enclave un interés indudable, aunque sólo sea como misterio sin aclarar.

Además, en esta parte de Salvatierra, la situada al Sur y al Oeste del castillo, hay grandes cortijos, como los del Ratón y el de Santo Domingo, y dehesas abundosas en encinas y en alcornoques, es decir, en buenos jamones y en apetitosos embutidos, lo que siempre multiplica el valor ecológico y cultural del paisaje.

Y si el Sur y el Oeste del término municipal salvaterreño concentran lo mejor de los encinares, es precisamente en la ladera del Este, en la que ahora mismo nos encontramos, donde está asentado el casco urbano y se localizan también algunos de los vestigios más antiguos e importantes de los orígenes de esta población.

El lugar que actualmente ocupa Salvatierra, justamente en el lugar en el que están ustedes escuchando este pregón, ya estaba habitado hace más de 5.000 años. Aquellos primitivos salvaterreños vivían en una sociedad perfectamente organizada y poderosa que al menos dejó una muestra indudable de su organización y de su poderío levantando un dolmen, un sepulcro colectivo. Un monumento que recibe pocas visitas y menos cuidados, aunque está a pocos metros del pueblo, en el camino que sale de la calle Triana.

Así que, aunque en Salvatierra hay muestras de la cultura cristiana, de la hebrea, de la musulmana, de la visigótica, de la romana y de la lusitana, la ocupación de estas sierras se remonta mucho más atrás, hasta la prehistoria, hasta las gentes que ponían en pie enormes piedras para hablarle alto y claro al vecino del cerro de al lado y dejarnos memoria de su existencia.

La ermita de Santa Lucía y los restos aledaños a la misma son una prueba evidente de que Salvatierra ha sido habitada por pueblos de diferentes culturas desde la más remota antigüedad. Lo mismo atestiguan otros restos, como la famosa lápida oscurecida, o las piezas asociadas a los fenicios y a los visigodos, que pueden verse engastadas en los muros de la iglesia parroquial.

Pero mucho más significativa es aún la inscripción del ara votiva que tuve la inmensa fortuna de localizar y de fotografiar en Santa Lucía, y que actualmente está en el Museo de la Alfarería.

En la inscripción de ese altar de piedra se menciona a Ataecina, la diosa de la luz para los lusitanos, y a Proserpina, divinidad romana también asociada a la luz, al renacer de la primavera. Y por si ese sincretismo religioso entre la fe lusitana y la romana fuese poca cosa, el ara estaba en la ermita de santa Lucía, es decir, en un santuario dedicado a la santa cristiana de la luz y del renacimiento, pues bien es sabido que por Santa Lucía mengua la noche y crece el día.

Pero de todas las cosas buenas que hay en el Este de Salvatierra, la más apreciada y la que más fama le ha dado al pueblo es la vid. Bajando hacia el Naciente, los campos de Salvatierra se visten de viñas y cuando el Sol asoma su cresta de gallo tras el horizonte, en las casas de Salvatierra ya le espera el fuego rojo de su vino blanco y la noche espesa de su vino tinto.

Y si el Este de Salvatierra es vino, el Norte es agua. Desde el castillo hacia el Norte se extiende la ubre generosa de los manantiales. Están en esa ladera Los Cañuelos, cuyo nombre indica la abundancia de fuentes. En una cota inferior se encuentra la fuente de Las Mozas, que huele a risas de lavanderas, y, aún más abajo, el Pozo de la Nieve, un monumento singular que si estuviese acondicionado atraería a muchos visitantes.

Es una auténtica desgracia que el Pozo de la Nieve siga deteriorándose sin que las autoridades regionales ni las provinciales ni tampoco las locales hagan algo por salvarlo de la ruina. Unas porque no tienen dinero y otras porque carecen de voluntad.

El Pozo de la Nieve tendría que ser la joya monumental de Salvatierra. No porque sea más importante que el castillo, ni tenga más historia que el convento, ni tampoco más antigüedad que Santa Lucía o el dolmen de Triana, sino porque hay muchos castillos en Extremadura, hay muchísimos conventos, muchas ermitas y muchos dólmenes, pero hay muy pocos, poquísimos, pozos de la nieve en toda España.

Y de los que hay, casi ninguno está tan completo como el de Salvatierra y tiene un acceso tan fácil.

También en la cara Norte de la sierra del castillo, pero ya dentro del pueblo, está el pilar de La Zarza, cuyo chorro sacia a personas y a ganados, a pesar de que las sucesivas corporaciones municipales, para lavarse las manos ante cualquier indigestión, se obstinen en afirmar que el agua de La Zarza no es potable, sin prohibir que se beba.

Y, si continuamos bajando hacia el Norte, veremos la fuente de la Herrumbrosa, cuyas aguas siguen tomándose como remedio medicinal, nos acercaremos a los molinos que convertían el trigo en harina, y pasaremos por los baños de arriba y los de abajo, interesantísima demostración de que Salvatierra tuvo un balneario y mantiene lo esencial para volver a tenerlo: el agua.

¿Qué le falta para recuperarlo? Varias cosas. En primer lugar, iniciativa empresarial. Alguien que vea un negocio en las aguas de los baños. Y, en segundo lugar, vías de acceso. Son dos carencias íntimamente ligadas.

No es admisible que Salvatierra siga teniendo tan malos caminos. Ya sé que estamos en una sierra. Ya sé que llevamos años sumidos en una crisis económica brutal. Pero sé también que el desarrollo de los pueblos exige infraestructuras y que un campo sin vías de acceso es un negocio en vías de extinción.

La falta de caminos impide, además, la expansión del turismo rural, que tiene una importancia creciente, hasta el punto de ser un suplemento, cuando no un sustitutivo, de la actividad agraria tradicional.

La carencia de infraestructuras agrarias no sólo está dificultando el progreso de una parte importante de la población salvaterreña, sino que hipoteca el futuro de los jóvenes. Se dice a menudo que la juventud no quiere campo. Lo que no se suele decir es que el campo se empeña en ponerle dificultades a una juventud que se ha criado en las facilidades y que encuentra más salidas y satisfacciones en cualquier otra actividad laboral.

No entiendan ustedes estas palabras como una crítica a la Corporación municipal actual, que sólo lleva unos días en el cargo y aún debe estar tomando tierra. Tampoco carguen mis palabras exclusivamente sobre las espaldas de las corporaciones anteriores, fueran de izquierdas, de derechas o mediopensionistas.

La responsabilidad está muy repartida y, si me apuran, tienen menos culpa del mal estado de los caminos las autoridades que no los arreglan, que aquellos usuarios y propietarios que se desentienden de los portillos que se abren en los cercados y riegan de piedras los caminos, deteriorando las vías de acceso ante la desidia general.

Es una falta de compromiso y de colaboración que me disgusta. Cuando vine por primera vez a Salvatierra me encantó que en el pueblo no hubiese casino, que para mí era un monumento a la desigualdad social. En mi pueblo sí había y sigue habiendo casino. Había gente que era del casino y otras gentes que no podíamos ser del casino. El Salvatierra, no.

En Salvatierra había gente del campo y gente de la alfarería, además de gente del comercio y personas ocupadas en otros menesteres. Con muchas diferencias laborales entre sí, pero sin aparentes brechas sociales. Me pareció una sociedad muy homogénea. Luego empecé a darme cuenta de que la homogeneidad no incluía la virtud de la cohesión. Que cada alfarero pedaleaba por libre, que se creó una cooperativa de artesanos y fracasó. Y que prácticamente lo mismo pasaba entre la gente del campo.

En mi opinión, esa falta de colaboración, impide aprovechar todas las posibilidades que tiene Salvatierra, tanto en el campo como en la alfarería y en otras actividades. Y creo que eso nos perjudica a todos.

Si hay algo que siempre ha abundado en Salvatierra ha sido la valentía y el espíritu emprendedor. Durante algunos años creí que eran virtudes profundamente arraigadas en la forma de ser de los salvaterreños y que por eso había arrieros que montaban sus burros en el tren y se iban al fin del mundo a vender cacharros; o empresarios del campo que lo mismo abastecían de caballerías a los mataderos de Barcelona, que le adelantaban dinero a los parreños para que pudieran cultivar la cebada que ya les habían comprado antes de segarla; o familias que se fueron a Madrid y se abrieron camino vendiendo fruta.

Creo que buena parte de esa capacidad de arriesgar y de ese espíritu emprendedor está adormecido. Seguramente porque las circunstancias han cambiado y ya no es necesario irse a Francia a pregonar botijos para poder vivir, o ponerse en una calle madrileña a vender fruta, confiando en que no aparezcan los municipales, o arriesgarse a comprarle la cosecha de cebada a los parreños incluso antes de que la hayan sembrado.

Seguramente también hay valientes y emprendedores cuya actividad yo desconozco; e incluso es posible que ahora mismo esté siendo injusto con otras personas a las que sí conozco y de cuya actividad empresarial, por ejemplo en el mundo del vino, sí tengo noticias y cuya iniciativa no estoy alabando como se merecen. Personas que hacen lo que siempre se ha hecho y mantienen el negocio o que, incluso, intentan abrirse mercados muy lejos de Salvatierra y hasta consiguen premios importantes, como ha ocurrido recientemente en Francia con el vino de la Viña del Boticario.

No intento aquilatar los méritos de personas tomadas de una en una, ni tampoco de oficios, gremios o actividades. Mi intención es poner de relieve y resaltar que cuando la situación económica, política y social era mucho peor que ahora, en Salvatierra hubo personas valientes y emprendedoras que supieron hacer frente a las dificultades y darle la vuelta a su realidad. Sinceramente creo que ahora hay más facilidades para buscarse la vida de las que hubo nunca en tiempos de crisis.

Otra cosa es que haya tanta necesidad de buscársela lejos de casa, como ocurría entonces. Seguramente la auténtica valentía no esté en irse de Salvatierra, sino en quedarse criando cochinos, haciendo cacharros o buscándose la vida a través de mil vericuetos.

Creo que la situación ha cambiado más, y para mejor, de lo que ha cambiado la gente. Porque mantengo la certeza de que en Salvatierra sigue habiendo mucha buena gente.

Tengo la suerte de contar con la amistad de muchas de esas personas. Esa es otra de las razones que me hacen volver una y otra vez a este pueblo con el que sueño, disfruto, aprendo y vivo.

Un pueblo que luce merecidamente y con orgullo su apellido De los Barros, aunque también podría haberse llamado Salvatierra de los Vinos, o Salvatierra del Agua o incluso Salvatierra del Ibérico, pues además del barro origen del arte alfarero que ha hecho famoso a este municipio, el campo salvaterreño también es generoso en vino, en agua y en bellotas.

No quiero terminar mi pregón sin mencionar a dos personas de Salvatierra que, cada una a su manera, me han enseñado mucho. Podría citar a bastantes más, pero elijo a estas dos como referentes de dos mundos y dos estilos que considero casi antagónicos.

Una de esas personas se llamó Luciano Nogales González, Luciano ‘Cofata’, el gran alfarero que me enseñó el placer de innovar por el mero placer de hacer lo mismo de otra forma. Él lo llamaba ‘implicar’ el barro.

La otra persona fue Valentín Benítez Merchán, mi suegro, que fue ganadero, corredor y agente de banca, entre otros oficios, de quien aprendí que se pueden hacer cosas muy diferentes sin dejar nunca de hacer lo mismo.

Luciano fue un artista y Valentín un empresario. Estoy seguro de que en Salvatierra hay muchas personas como ellos dos y creo firmemente que la gente joven de este pueblo tiene la preparación, la valentía y el amor propio suficiente para que ni la alfarería ni la ganadería ni tampoco la viticultura desaparezcan nunca de Salvatierra de los Barros. Este pueblo seguirá siendo un buen lugar para vivir mientras siga habiendo agua en los caños de sus fuentes. Desde la Romana a la Herrembrosa y desde el pilar de La Zarza al de las Cogutas, que ya dejó de cantar su chorro.

Sobre la buena imagen de un pueblo dicen más las fuentes que las propias calles.

Es todo lo que yo pretendía decirles esta noche.

Les deseo que pasen ustedes muy buena feria.

Muchas gracias por darme posada. Se lo agradezco especialmente a Luciano, a Frasco de Vera y a Ignacio Guillén. Y gracias a todos ustedes por darme afecto.

José Joaquín Rodríguez Lara

Salvatierra de los Barros, 30 de julio del 2015.

miércoles, 29 de julio de 2015

Pedro Mari Sánchez triunfa entre todas las mujeres


José Joaquín Rodríguez Lara


'La Asamblea de las mujeres' calienta motores a ritmo de musical, arranca como teatro clásico, se acerca al final con gruesos trazos de cabaret y concluye imitando el desenlace de la película 'Con faldas y a lo loco'. ¿Qué es entonces 'La Asamblea de las mujeres'  que acaba de estrenarse en el Teatro Romano de Mérida, en versión de Bernardo Sánchez y bajo la dirección del actor Juan Echanove?


Ni se sabe muy bien, pero la comedia que escribió Aristófanes desde luego que no es. El séptimo espectáculo incluido en el programa del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida es una propuesta complicada que a pocas personas va a dejar indiferentes. A quien le guste reirá y aplaudirá, y a quien no le guste no le faltarán ganas de maldecir la hora en la que decidió ir a verla.


Dirá usted que esto es lo que suele ocurrir con cualquier espectáculo. Y tendrá razón. Pero aquí ocurre a lo grande. La obra tiene un gran reparto: Lolita, María Galiana, Pedro Mari Sánchez, Luis Fernando Alves, Sergio Pazos... Es una producción del propio Festival; es decir, una inversión en identidad, en imagen de marca, en futuro. Y además de durar dos horas, se va a representar durante diez días, agrupados en dos tandas de cinco, más que cualquier otro montaje, por lo que hay tiempo de sobra para disfrutarla y para sufrirla.


A la obra le sobra media hora y una ración considerable de expresiones soeces, pero el público se ríe y aplaude, aunque otra parte del respetable se sienta engañada y eche pestes contra lo que le están ofreciendo desde el escenario.

 
Más de 2.700 personas asistieron al estreno. Entre ellas estaban el presidente de la Junta y la consejera Portavoz, además del alcalde de Mérida, así como caras conocidas del mundo del espectáculo como Elena Furiase, la hija de Lolita, y Ricardo Gómez, el hijo pequeño de los Alcántara, en la serie 'Cuéntame cómo pasó'.


Lolita y Pedro Mari Sánchez. (Fotografía de Jero Morales)

Cuando Aristófanes escribió 'La Asamblea de las mujeres', en el año 392 antes de Cristo, las  mujeres atenienses no podían participar en política. No se las consideraba ciudadanas. En su comedia, Aristófanes plantea una idea revolucionaria para su época: que las mujeres tomen el poder. Y lo hace con una comedia que gira en torno a la convulsión social que ocasionaría el hecho de que Atenas fuese gobernada por mujeres.


Han pasado 2.406 años y las mujeres tienen derechos de ciudadanía en casi todo el mundo, pero aún hay países en los que no se les permite salir solas de casa ni conducir vehículos ni tomar según qué decisiones. Es cierto que hay mujeres que gobiernan, pero la mujer en general está todavía muy lejos del poder. Así que el texto de Aristófanes sigue teniendo vigencia. No es necesario actualizarlo para comprenderlo, pues incluso plantea otra faceta política, la implantación del comunismo entre las personas libres -las esclavas eran consideradas animales de trabajo-, que aún planea sobre la tierra.


Pero en 'La Asamblea' de Echanove, buena parte de estos mensajes se diluyen entre muestras de humor zafio y escenas que parecen parches para reparar un neumático que pierde aire.


Pues a pesar de todo, la obra funciona en taquilla tan bien que puede convertirse en un verdadero éxito. Buena parte del mismo hay que achacárselo a Pedro Mari Sánchez, un actor vestido de mujer, que triunfa entre las mujeres y ha sido lo mejor del estreno; a Lolita, que debuta en el Teatro Romano y deja constancia de su estirpe; y a Sergio Pazos en su papel de ateniense gallego. Un gallego que sobresale por su humor fino en un montaje lleno de sal gorda.

Y el problema no está en echarle sal gorda al teatro. Eso ya lo hacía Aristófanes. El problema está en pasarse con lo salado y anular cualquier otro sabor.


miércoles, 22 de julio de 2015

'Andrómaca' en el Templo de Diana


José Joaquín Rodríguez Lara


Minutos antes de que empezase el estreno de 'César & Cleopatra' en el Teatro Romano de Mérida concluía junto al Templo de Diana, igualmente emeritense, la representación de 'Andrómaca', una versión de la obra de Eurípides que firma y dirige Raquel Bazo.


Dicen que las comparaciones son odiosas, pero a veces son inevitables. Tanto 'César & Cleopatra' como 'Andrómaca' llevan la marca del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, aunque el primer espectáculo se represente en el Teatro Romano, en medio de una gran expectación, y el segundo, sin ese gran revuelo, se ponga en pie en la calle, junto a las ruinas del llamado Templo de Diana.


No se puede exigir que ambos montajes tengan la misma calidad pues la diferencia de caché, y por lo tanto de medios, entre uno y otro es abismal. En 'César & Cleopatra' trabajan dos actrices muy buenas y dos grandes actores. Quienes representan 'Andrómaca' no tienen ni la experiencia ni el prestigio ni los ingresos de Ángela Molina, de Emilio Gutiérrez Caba, de Lucía Jiménez ni tampoco de Marcial Álvarez. Tal vez le ganen en ambición, desde luego deberían de sobrepasarles en ilusión, y puede que algún día lleguen a igualarlos en los carteles, pero ya los superan en número.


Imagen de la puesta en escena de 'Andrómaca'. (Fotografía de Jero Morales.)


Y los superan por mucho, por muchísimo. Si en el reparto de 'César & Cleopatra' sólo hay cuatro nombres, en el de 'Andrómaca' hay catorce, más un coro integrado por 21 personas. Treinta y cinco artistas sobre un pequeño escenario, 35.


Hay mucho esfuerzo, muchas ganas de ser, muchos sueños en este montaje que se puede ver gratis o comprando una entrada que cuesta tres euros. Mi aplauso y mi reconocimiento para todas las personas que hacen posible la representación y para quienes la ven, paguen o no.


Es muy conveniente que el Festival de Mérida programe este tipo de espectáculos teatrales callejeros. Y lo es no porque semejante iniciativa constituya una saludable cantera de actrices, actores, autores, directoras y técnicos en general, sino porque puede ser un yacimiento de espectadores, un filón de público.


El teatro, como todo en esta vida, hay que probarlo para que de verdad te guste, y si hay personas que no van al Teatro Romano porque no les apetece o porque no pueden permitírselo -cualquier día de estos bajará el IVA y, con él, el precio de las entradas- lo más acertado es sacar el teatro a la calle.


Creo que hay que insistir en esta política, que no es nueva, aunque en algún momento pudiera parecer que no da frutos. Es necesario que el teatro clásico conquiste la vía pública. Quizá también se pudiera hacer en el Teatro Romano un día del espectador, con entradas más baratas; o conseguir que los grandes nombres de la escena ofreciesen actuaciones callejeras.


Ideas no van a faltar nunca. Y todas las que sirvan para divulgar y fortalecer el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida son buenas, porque el Festival es una realidad cultural y económica muy importante para Mérida y para Extremadura y merece todo el apoyo que se le pueda dar.



Ángela Molina seduce al Teatro Romano de Mérida


José Joaquín Rodríguez Lara


"Cuando yo sea mayor quiero ser como Ángela Molina", le comentaba una joven a su amiga mientras aplaudía con entusiasmo a la actriz, y a sus compañeros de reparto, al concluir el estreno de 'César & Cleopatra', sexto espectáculo de los nueve que integran el programa del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.


Ángela Molina encarna a una Cleopatra eterna, a una mujer cuya capacidad de seducción ya no reside en el físico, sino en la inteligencia, en la complicidad, en la memoria, en la ternura, en el sentido del humor y en su poquino de perversidad femenina, de pura mala leche. En esto se nota la mano de Magüi Mira, directora de la obra.


Le da réplica Emilio Gutiérrez Caba, de los Gutiérrez Caba de toda la vida, un valor interpretativo seguro por muchas crisis que zarandeen al teatro español. Emilio Gutiérrez Caba le pone voz y gesto a un César igualmente eterno, aficionado al tango, que está ya muy lejos de ser aquel general arrollador tanto en los campos de batalla como en las camas. El marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos de Roma se limita ya a contar batallitas. Amorosas y bélicas.


Ambos personajes evocan su juventud, su relación sexual y afectiva y sus peripecias políticas desde la eternidad de sus 2.000 años de historia. Y lo hacen instalados en pleno año 2015, concretamente a finales del mes de julio, vestidos de celebración, bebiendo whisky y cantando. Desde esta perspectiva, la pareja reflexiona sobre nuestro presente y sobre su pasado.


Pero no lo hace sola, sino reflejándose en el espejo de otra pareja, de otro César y de otra Cleopatra, encarnados respectivamente por Marcial Álvarez y por Lucía Jiménez, que son personajes terrenales, que viven en su tiempo, en la Alejandría egipcia y desconocen qué será de su vida, pues la pasión no es un recuerdo para ellos sino una punción cotidiana.


La propuesta dramática -dos personajes históricos interpretados simultáneamente, pero en dos planos temporales diferentes y muy separados en el tiempo, por dos actrices y dos actores distintos- resulta original e interesante. El montaje es una especie de docu-dram-edia, pues tiene mucho de documental histórico, bastante de drama y no pocas pinceladas de comedia, además de algún toque de musical.


César y Cleopatra, en paralelo, aunque algo revueltos. (Fotografía de Jero Morales)


El humor lo pone especialmente Ángela Molina, que hace una Cleopatra divertida, profunda en sus reflexiones y algo frívola en sus reacciones, con un toque chic y una tablet con la que no sólo "se entera de todo", sino que hasta se hace autorretratos, selfies. El público asistente al estreno -casi 2.000 personas- agradece con risas y aplausos su actuación. Lo conquista.


Su homónima, la Cleopatra todavía mortal, es un personaje menos refinado que el de la Cleopatra eterna. Lucía Jiménez es una mujer en la flor de la vida, con un físico muy atractivo y mediterráneo, pero su personaje carece de la suficiente carga erótica para escandalizar a Roma, algo que sí hizo la Cleopatra real.


Marcial Álvarez es otro de esos actores en cuyo trabajo se puede confiar. Hace un buen papel y se muere muy bien. Si la obra hubiese concluido con su muerte y con Ángela Molina y Emilio Gutiérrez Caba haciendo mutis por la valva regia mientras bailaban un tango, el teatro se hubiese venido abajo y habría que volver a poner las columnas en pie. 


La obra no es larga, pues la representación dura aproximadamente una hora y media, pero le sobran diez o quince minutos. La parte documental, la histórica, se hace pesada; la reflexiva resulta ardua a veces y hay un guiño a Extremadura que es completamente innecesario.


Por lo demás, el montaje no aprovecha las dimensiones del Teatro Romano de Mérida; es decir, que una vez más se presenta en formato de bolsillo, completamente apto para la plaza Porticada de Santander. Pero, al menos, no agrede a las columnas del frente escénico. Admitamos lo malo si evitamos lo peor, pero a este paso, como algún día alguien haga un montaje teatral pensando en el Teatro Romano de Mérida, muchos espectadores gritarán ¡milagro, milagro, milagro, José Tamayo ha resucitado!


Entre las casi 2.000 personas que asistieron al estreno de 'César & Cleopatra' estuvieron Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, a quien le gustó la obra, y el exdiputado socialista Luciano Fernández, que compartió con Ángela Molina estudios de Arte Dramático, en Madrid, y que, acompañado de su esposa, acudió a abrazar a su condiscípula y amiga para recordar viejos tiempos. 


Casi casi como acababan de hacer César y Cleopatra sobre la escena del Teatro Romano. Si es que el teatro, o es vida o no es teatro.




viernes, 17 de julio de 2015

Carmen Machi, una Merkel con más corazón y con mucho arte


José Joaquín Rodríguez Lara


El Teatro Romano de Mérida acercándose al lleno. Unas 2.400 personas en pie. Aplaudiendo durante varios minutos. Carmen Machi, Manuela Paso, José Luis Martínez y el resto del reparto volviendo una y otra vez a la escena, a través de la valva regia, para responder con saludos a la ovación del público. Los vomitorios del Teatro Romano emeritense, y los accesos a los vomitorios, llenos de personas dedicándole elogios al espectáculo que acababan de presenciar...


Un éxito, una noche triunfal, un día grande. El cielo amenazaba lluvia, pero la tormenta no estaba en las nubes, sino en el escenario. 'Antígona' ha vuelto a poner sobre el tapete la vieja lucha entre la ley y la tradición, entre la razón de estado y el estado sin razón, entre lo legal y lo lícito, entre la autoridad y la piedad, entre el deber público y el interés particular.


Las personas que han presenciado la representación de esta tragedia, el quinto montaje del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, han asistido con enorme atención al desarrollo del espectáculo, seguramente convencidas de que el conflicto entre la ley y la conciencia reflejado en la 'Antígona' que Sófocles escribió unos 450 años antes de que naciese Cristo, continúa vivo en la sociedad actual.


Forma parte de la vida. Porque el teatro es vida y mientras refleje la vida y lo haga con arte, con inteligencia y con respeto al espectador, seguirá vivo.


En la 'Antígona' que protagoniza Carmen Machi, sobre un texto de Miguel del Arco, que versiona la obra de Sófocles, hay vida, hay arte, hay inteligencia y hay respeto al respetable. Y por eso interesa al público y 2.400 personas, aunque a simple vista parecían más, se han puesto en pie en el Teatro Romano de Mérida para subrayar con sus aplausos el agradecimiento por lo que acababa de contemplar.


Carmen Machi.

Una tragedia representada 'a pelo', sin aditivos, sin decorado, sin otros ingredientes que la palabra, el gesto, el movimiento, la coreografía de cuatro actrices y de otros tanto actores. Con una mujer, Carmen Machi, convertida en gobernante de Tebas, en un Creonte encarnado en mujer, en una suerte de Angela Merkel, rubia como la canciller alemana, tan estricta y exigente como la emperadora -lo de emperatriz le viene estrecho- de la Unión Europea, pero con más corazón que la todopoderosa gobernante germana y, sobre todo, con muchísimo más arte que ella.


Poco importa en este caso que una actriz haga de mujer para encarnar a un hombre y que demuestre tantos o más redaños que podría haber mostrado un Creonte masculino. En 'Antígona' el conflicto no tiene sexo, porque ni el estado ni la ley ni tampoco el poder son masculinos ni femeninos.


Lo mismo sucede con el argumento. Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, habían acordado turnarse en el gobierno de Tebas. Llegado el final de su mandato, Eteocles se niega a cederle el poder a su hermano Polinices, por lo que este ataca la ciudad con un ejército. Ambos hermanos mueren en la batalla, ganada por los partidarios del aprovechado Eteocles. Creonte, tío de ambos contendientes, ensalza a Eteocles como héroe, pero prohíbe, bajo pena de muerte, tributar honores fúnebres y darle sepultura a Polinices, que a pesar de que había combatido por lo que legítimamente le correspondía, es declarado traidor por haber atacado a su ciudad. Antígona, hermana de ambos fallecidos, se decide a sepultar a Polinices. Su hermana Ismene intenta disuadirla, pues la matarán si es descubierta. A pesar de ello, Antígona cubre con una capa de polvo el cadáver de su hermano Polinices, y es detenida y condenada a muerte por Carmen Machi, que empieza defendiendo la aplicación de la ley hasta sus últimas consecuencias, continúa intentando salvar su imagen como gobernante de Tebas y termina sufriendo las consecuencias de la aplicación estricta de su propia norma.


A pesar de su antigüedad, el argumento llega al público, confirmando que cuando el teatro se hace bien, con autenticidad y con arte, siempre interesa, como demuestran los aplausos. Desgraciadamente no todos los espectáculos alcanzan ese nivel, y no pocas veces se comprueba que hay más teatro en la vida que vida en el teatro.


jueves, 16 de julio de 2015

'Edipo Rey', teatro para espectadores ciegos


José Joaquín Rodríguez Lara


Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón acaban de poner sobre la escena del Teatro Romano de Mérida un texto limpio, contundente y claro. Sobre todo muy claro. Tan claro que no es necesario mirar hacia el escenario para disfrutarlo, pues se entiende perfectamente simplememte oyéndolo.


El 'Edipo Rey' ofrecido por el 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida parece teatro leído. El texto lo es todo en este montaje: no hay acción.


El rey Edipo, sin duda el personaje más desgraciado del teatro grecolatino, se arranca los ojos para no verse como asesino de su padre, como esposo de su madre y como hermano de sus propios hijos e hijas. Los espectadores asistentes a la representación podrían haber hecho lo mismo que Edipo: sacarse los ojos o cerrarlos o volver la cara, con la seguridad absoluta de que no se perderían nada de la obra.


En este 'Edipo Rey' hay mucho que escuchar, pero nada que ver. Es un espectáculo muy adecuado para espectadores ciegos. Más que una representación teatral parece teatro radiofónico. Y teatro radiofónico de calidad. Salvo algún pequeño fallo, la dicción es muy buena durante toda la representación, que dura aproximadamente una hora. El sonido, también.


En esta obra no hay decorados, excepto la columnas y estatuas del imponente frente escénico del Romano. El vestuario tampoco es llamativo. Carece de cualquier relación con el mundo clásico. El reparto viste 'a la europea', que dicen los norteamericanos. El atuendo de Edipo recuerda un poco a la falda-pantalón que durante un tiempo lució Miguel Bosé en sus conciertos. Y Yocasta, su madre y esposa, luce un vestido que parece sacado de la serie 'Cuéntame' y, más concretamente, de baúl de aquella doña Carmen Polo de Franco que salía en el NODO, en la televisión y en las páginas de huecograbado del diario Abc. Todo ello en blanco y negro.


Edipo; integrante del coro e hija de Edipo; Yocasta; Creonte; Tiresias, pastor e hija de Edipo. (Fotografía de Jero Morales.)
Los cinco integrantes del reparto se sientan a una mesa de comedor cubierta con un mantel blanco, sobre la que hay unos platos, unas copas y una vasija con agua. En torno a la mesa se desarrolla toda la obra, desde el principio hasta el final. Hay personajes a los que se espera, porque tardan, pero no pueden llegar porque están sentados a la mesa desde el primer momento. En este 'Edipo' la falta de movimiento es atroz. Hay tan poca acción en esa mesa que los comensales ni siquiera comen.


En realidad la mesa resulta uno de los elementos más anacrónicos del montaje. Edipo, Yocasta, Creonte, Tiresias, el dúo que hace de coro y de las hijas de Edipo -casi todo el reparto interpreta a varios personajes- permanecen sentados en torno a esta mesa como podrían contar la historia mientras jugaban a las cartas, charlaban recostados en un tresillo o apoyados en la barra de un bar. En este montaje lo único imprescindible es el texto.


Si en vez de estar sentados en torno a una mesa de comedor, lo hubiesen estado a la mesa de un estudio radiofónico, si las copas hubiesen sido sustituidas por micrófonos de radio, con sus correspondientes cortavientos, si en lugar de platos tuviesen auriculares, el montaje resultaría menos chocante.


Pero no es un mal montaje. Y la interpretación es buena. Simplemente no parece una puesta en escena muy adecuada para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y para el Teatro Romano emeritense. Y no porque le falte calidad, sino porque no aprovecha ni el Festival ni el Teatro. Con otro montaje, este Edipo podría satisfacer mucho más. Claro que para un solo pase y a mitad de semana, ¿quién se mete en más líos y en más gastos? Bueno está el chaleco para quien es padre.


Más de 1.500 personas han visto la representación de un 'Edipo Rey' que no desagrada, pero tampoco satisface completamente. Sabe a poco porque podía haber dado mucho más de sí. Entre los espectadores estaban su señoría Blanca Martín Delgado, presidenta de la Asamblea de Extremadura, doña Esther Gutiérrez Morán, consejera de Educación y de Empleo, y don Santos Jorna Escobero, consejero de Medio Ambiente y de Política Agraria. 


Posiblemente ha sido el estreno con más autoridades regionales, del PSOE, en lo que va de Festival.





miércoles, 15 de julio de 2015

La 'Medea' de Aitana


José Joaquín Rodríguez Lara


La segunda 'Medea' del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida ha sido un éxito. El público ha aplaudido durante varios minutos a Aitana Sánchez-Gijón, subrayando que la representación le había complacido. No hay mejor termómetro para medir el éxito de un espectáculo que el público, pues como afirma Jesús Cimarro, director del Festival, el teatro se hace para el público. No para la crítica ni para las instituciones: para el público.


Aitana Sánchez-Gijón protagoniza un montaje teatral que en su origen no está concebido para el Festival de Mérida o, mejor dicho, para el Teatro Romano emeritense. Y se nota. Se nota mucho. Es como un pantalón que se queda corto y se le saca la bastilla para tapar el trozo de pierna que ha dejado al descubierto el estirón de la escena. Esta 'Medea', que llega de Madrid, se ha diseñado para espacios mucho más pequeños.


El espectáculo se basa en la 'Medea' de Séneca, sobre la que Andrés Lima, autor de la versión, director del espectáculo, narrador, intérprete de Jasón y de Creonte y hombre para todo sobre el escenario, ha construido un proyecto que seguramente funciona mejor en un espacio escénico reducido que sobre la enorme pasarela del Teatro Romano de Mérida.


Medea, sus dos hijos de atrezo, la nodriza y, detrás, el coro. (Imagen de Jero Morales).


En el reparto de la obra sólo figuran cuatro personas; Aitana, que encarna a Medea; Andrés Lima, que como se ha dicho representa a Jasón y a Creonte, y que se comporta durante toda la obra más como un director que como un actor; Laura Galán, en el papel de la nodriza, y Joana Gomila que canta, con una bonita voz, por cierto, y toca el contrabajo. Y no hay más. Hasta los hijos de Medea y de Jasón son de atrezo, sendos muñecos de cartón, de plástico o de algo parecido, que ni se mueven ni pestañean a pesar de la que se les viene encima. Y advertidas debían de estar las criaturas, pues les faltan las manos y parte de los brazos. Gajes del oficio.


Tan sólo con cuatro personas es muy difícil llenar el escenario del Teatro Romano, salvo que se tenga una dimensión artística descomunal. En este caso, a la parquedad de medios de una 'Medea' concebida para espacios reducidos se le añade, como extensiones circunstanciales, un coro gigantesco para una obra de teatro: el Coro de Jóvenes de Madrid, que tiene unos 80 integrantes. No es un coro de teatro clásico, es un coro musical. No cuenta ni explica la acción, la subraya con música vocal, durante una noche y en el teatro Romano de Mérida.


La presencia de la 'Medea' de 
Aitana Sánchez-Gijón en el Festival es un visto y no visto, una única noche. La adaptación circunstancial, por lo breve, a la arena emeritense deja al descubierto desajustes y lagunas inevitables en el sonido, en la ocupación de espacios, en los movimientos... Seguramente es muy difícil pasar, para tan poco tiempo, del formato café teatro, dicho sea con todos los respetos y sólo con fines descriptivos, al del Festival de Mérida. Y esta dificultad juega en contra del montaje.


En la 'Medea' de Aitana Sánchez-Gijón hay muchos gritos, auténticos alaridos, y bastante menos de ese estado de ánimo que habitualmente se denomina emoción. La emoción se diluye debido a varios factores. El principal de todos es la ausencia de modulación. La obra comienza con una lectura acelerada e intensa sobre la mitología, a cargo del recitador-director-Jasón-Creonte, sigue con los alaridos y continúa con un nivel de intensidad dramático-vocal altísimo, pero monótono. Incluso a pesar del coro. Las canciones que interpreta Joana Gomila son un oasis de paz entre tanto decibelio y tanta desmesura gutural.


Más que emocionar, esta 'Medea' asusta. Los alaridos dan miedo, causan espanto, que sin duda es una forma de emoción, pero no una emoción que aproxime a lo que se ofrece desde el escenario. La invocación a Hécate y a todos los demonios del inframundo para envenenar los regalos que Medea le hará a Creusa, la nueva esposa de su marido Jasón, antes que a un conjuro recuerda a un aquelarre. El coro, distribuido en semicírculo en torno a la protagonista, resalta este efecto. Medea no parece una mujer abandonada y despechada a la que consumen los celos y el odio. Tampoco parece una hechicera solitaria. Parece una bruja come niños -una bruja con un tipo estupendo, desde luego, pero una bruja- y, como tal, termina embadurnada, si no en pez sí en otra sustancia igualmente pegajosa, y rebozada en plumón.


Tampoco resulta especialmente emotivo que Medea mate a sus hijos de cartón estrellándolos varias veces contra el suelo, hasta que a uno de ellos se le arranca la cabeza. Siempre queda ridículo empeñarse en matar algo que ya está muerto, pero tener que lanzar una y otra vez contra el suelo a dos muñecos para destrozarlos, más que ira, transmite impericia.


El numeroso público -unas 2.500 personas, el mejor debut en lo que va de Festival- asistente a la representación vio todo esto y, en general, le gustó. Aplaudió con ganas tras poco más de una hora de espectáculo. Después del estreno no faltaron comparaciones entre la 'Medea' de Ana Belén (dos horas de representación), que abrió este 61 Festival de Mérida, y la 'Medea' de Aitana Sánchez-Gijón, que sacaba ventaja en las preferencias. Tras la representación, Aitana parecía muy satisfecha, feliz y relajada. Buena señal.


Entre el público estaba el expresidente socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra que, aunque acostumbra a ir al Festival no suele asistir a los estrenos. Esta vez, al ser representación única, no quiso perdérsela. Estuvo también el alcalde emeritense, espectador habitual, ejerciendo de anfitrión.


Subrayo la presencia de estos dos dirigentes socialistas -uno con cargo y otro sin él- porque, hasta ahora, salvo error u omisión, las nuevas autoridades regionales no se están dejando ver en los estrenos del Festival. Hay que suponer que se debe a la tarea extra que conlleva subirse en marcha al gobierno autonómico, y no a un problema de incompatibilidad con los horarios -las representaciones comienzan cerca de las once de la noche- o con la programación, decidida y cerrada durante el mandato del popular José Antonio Monago. 


El presidente Guillermo Fernández Vara estuvo anoche en Badajoz, en el estreno de la película 'El país del miedo', que ha abierto el Festival Ibérico de Cine. La película se basa en una novela de Isaac Rosa, hijo del exconsejero y exdirigente sindical Antonio Rosa, y está dirigida por Francisco Espada.



domingo, 12 de julio de 2015

Cuentino, algo escatológico,
que me contó mi padre
un día que venía a cuento


La tierra buena


José Joaquín Rodríguez Lara


Dos hortelanos barcarroteños iban cada semana a Higuera de Vargas, a vender sus higos de tiberia, sus calabacines, tomates, pimientos, cebollas, garrapatos y demás hortalizas.


Salían de Barcarrota sobre las tres de la madrugada, cada uno con su burra, cada burra con sus canastos y cada canasto lleno a rebosar de fruta y verduras frescas, bañadas todavía por los aromas de las huertas recién regadas. 


Uno de los hortelanos estaba a punto de casarse y el otro ya era abuelo, pero hacían buena collera y siempre realizaban el viaje juntos.


El más joven era algo durero y cada vez que necesitaba parar, para hacer de vientre, perdía mucho tiempo. Hasta el punto de que, a veces, se quedaba sólo, pues el abuelo mantenía la marcha camino de Higuera y la burra seguía a su compañera y tampoco aflojaba el paso para esperar a su amo.


Ocurrió que más de un día, el joven hortelano llegaba sólo y descompuesto al mercado, cuando su paisano ya llevaba bastante tiempo vendiendo las hortalizas. Mientras esperaba a su dueño, la burra no veía el momento de que la despojasen de la carga, que parece pesar más cuando se llega al destino y nadie descarga los canastos.


Tan habitual se hizo la desagradable situación originada por el estreñimiento, que el hortelano se decidió al fin a ponerle remedio pidiéndole ayuda a su compañero de caminatas.


- Tío Senen, ¿por qué tardo tanto en hacer de vientre si almuerzo lo mismo que usted y, sin embargo, usted se alivia en un santiamén?
- Porque no eliges la tierra buena.
- ¿Y cual es la tierra buena?
- Depende. Hay que saber buscarla, muchacho. La próxima vez me avisas y yo te diré si la tierra es buena o no.


A la semana siguiente caminaban ambos hortelanos hacia el mercado de Higuera cuando el joven sintió la necesidad de pararse.


- Tío Senén, ¿es buena esta tierra?
- No, esta no lo es. Está demasiado cerca de Barcarrota.

Dos o tres kilómetros después, el hortelano volvió a preguntar.

- ¿Es buena esta tierra, tío Senen?
- Esta es tierra floja. Tampoco vale.


El hortelano se sujetó la barriga y, como pudo, siguió caminando.


- No dirá usted que esta tampoco es buena tierra, tío Senén, pues, sin ir más lejos, recuerdo que hace dos semanas se paró usted aquí mismo a echar la firma.
- Sí, es verdad. Pero fíjate que esta noche viene el aire del charco y ya no es lo mismo. No es buena tierra, créeme.
- ¿Y entonces, ¿dónde está la tierra buena?
- Más adelante seguro que la hay.
- Pues usted me dirá, porque estoy a punto de estrumpir y alto y no sea que se espanten las burras, tiren los canastos y tengamos una desgracia.
- No será para tanto, muchacho. Pero mira, ¿ves aquel cabezo, allá al fondo?
- No lo he de ver, si lo subo cada semana.
- Pues ahí, a la caída del cabezo según se va para la Higuera, seguro que hay buena tierra para hacer de vientre.


Acuciado por la necesidad, el hortelano no sólo no volvió a preguntar, sino que arreó su burra, coronó el cabezo y cuando el tío Senén lo alcanzó, él ya se había abrochado el cinto y se estaba acomodando la faja.


- ¿Qué, muchacho, es buena esta tierra?
- Buenísima, tío Senén. Mano de santo. ¡Cuánta razón tenía usted! Para hacer de vientre a gusto, no hay mejor cosa que encontrar buena tierra.


Desde ese día, los dos hombres llegaban juntos al mercado, pues el tío Senén siempre sabía cual era la tierra mejor para hacer de vientre.


Pero, como los años no pasan en balde, el viejo hortelano enfermó y dejó de ir a Higuera. Su compañero tuvo que hacer el camino solo y enseguida volvió a las andadas. Hubo días en los que hasta se le perdió la burra.


Para ponerle remedio a tanta calamidad, a la vista de que el tío Senén llevaba meses sin salir de la cama, el joven hortelano se acercó hasta el lecho del doliente y, tan pronto como los dejaron a solas, le pidió ayuda.


- Tío Senén, si usted me hiciera el favor...
- Dime, muchacho, ¿qué se te ofrece?
- Que no encuentro tierra buena y la burra ya no me respeta. En cuanto me paro, la bestia se me pierde. Si usted me hiciera el favor, si usted quisiera...
- Si yo quisiera, ¿qué?
- Enseñarme, enseñarme a distinguir la tierra buena para que yo pueda hacer de vientre en un santiamén. 
- Ah, sólo es eso.
- Sí, eso sólo, tío Senén. ¿Cómo se distingue la tierra buena? ¿Dónde está el secreto, tío Senén, dónde?
- En las ganas, muchacho, en las ganas.
- ¡En las ganas!
- Mismamente. ¿En dónde va a estar si no el secreto para jiñar en un periquete? En aguantarse y hacer ganas. ¡Natural!

miércoles, 8 de julio de 2015

Sócrates y la negra sombra del euro


José Joaquín Rodríguez Lara


Mario Gas y Alberto Iglesias firman el texto de 'Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano' que acaba de estrenarse en el Teatro Romano emeritense. Es el segundo estreno del 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y el segundo montaje -el primero fue 'Medea', con texto de Vicente Molina Foix- en el que se aborda el mundo clásico con una obra nueva. Sobre todo en el caso de 'Sócrates'. 


Hasta ahora lo que se acostumbraba a hacer en Mérida era reescribir la obra, o las obras, de los clásicos, manteniendo el título y el nombre del autor, que ya no puede reclamar sus derechos, ni económicos ni literarios, y destrozarla con el pretexto de actualizarla, tanto en el lenguaje (haciendo que la sordomuda no pare de hablar, por ejemplo), en el vestuario (cambiando las togas por uniformes nazis, generalmente) o en la escenografía, llenando la escena del Teatro Romano de automóviles, neumáticos o cualquier otro objeto que descontextualice el mensaje original.


En 'Sócrates' no ocurre casi nada de esto. Y es de agradecer. Se trata de una obra nueva, basada en documentos históricos, lógicamente, que aporta su grano de arena a la amplia, pero también limitada, panoplia de textos teatrales sobre el mundo clásico.


Aunque sólo sea por esto, por ver un 'clásico de hoy mismo', ya merece la pena asistir a la representación de 'Sócrates'. Si además el protagonista es el gran José María Pou, la asistencia está más que justificada.


José María Pou y Carles Canut en los papeles de Sócrates y Critón. (Fotografía de Jero Morales.)

Pero hay más. A Pou le acompañan en escena seis buenos profesionales del teatro que ofrecen una actuación notable. Especialmente en el caso de Carles Canut, de Pep Molina y de la impresionante Amparo Pamplona, que ha vuelto al Teatro Romano diecisiete años después de su última actuación y está estupenda en el papel de la mujer de Sócrates. El público asistente al estreno aplaudió el mutis de la actriz tras un pequeño monólogo en el que explica la relación con su esposo el filósofo.


'Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano' es una obra de muy poca acción y de mucha reflexión. No es una obra sencilla ni fácil de seguir. Hay que mantener la atención en todo momento. Y escuchar, escuchar sin distracciones, tratando de beberse las palabras. Se puede cerrar los ojos, a veces hasta conviene hacerlo, pero hay que tener completamente abiertos los oídos durante toda la representación.


Además de poquísima acción, en este espectáculo también hay muy pocos diálogos. La obra se basa en los monólogos. Hay muchos y en diversos formatos: monólogos a varias voces, monólogos interiores, monólogos que se aproximan al diálogo con el público, monólogos grabados que semejan voces en of, aunque el actor permanece en escena...


Es una combinación interesante desde el punto de vista de la mecánica teatral, pero dificulta el seguimiento de la obra, en la que, en una especie de prefacio, se explica la muerte de Sócrates, a continuación se desarrolla el juicio en el que se condena a muerte al filósofo, más tarde, Sócrates reflexiona en voz alta sobre su vida, su condena, la justicia y la injusticia y, por último, se vuelve a explicar la ejecución.


La escenografía es sobria, minimalista. La escena rectangular, de corredor, propia del Teatro Romano adopta las formas redondeadas de un teatro a la griega con la incorporación de un círculo que ocupa gran parte de la orchestra y permite que los actores estén más cerca del público. El círculo parece un gran disco de gramola, con algún rayón, pero quiere ser una plaza o una corte de justicia, cuando no simplemente la cueva en la que Sócrates fue encerrado y obligado a suicidarse bebiendo un mejunje elaborado a base de cicuta.


Aunque leyendo el texto que Mario Gas firma en el programa de mano de la función, el círculo también podría ser interpretado como la negra sombra de un enorme euro clavada sobre el solar griego. 


Como coautor y director de 'Sócrates', Mario Gas dedica el "espectáculo al pueblo griego, y a su gobierno, esperando que el caso de Grecia sirva para que avance la Europa de los ciudadanos y retroceda la Europa del gran capital".


Curiosamente, Gas homenajea a un Gobierno griego que lleva meses reclamándole más dinero a "la Europa del gran capital", con un ciudadano Sócrates que rechaza el dinero que, para salvarle la vida', le ofrece su amigo y seguidor Critón, una persona adinerada. Aunque no se sabe si tanto como la troika, reencarnación comunitaria de las 
'muy benévolas' y muy clásicas Euménides griegas, antecesoras de las muy justicieras Furias romanas. 


Don Mario, perdóneme, pero creo que el ciudadano Sócrates, el Sócrates auténtico, se hubiese tomado la cicuta voluntariamente y con mucho gusto antes que ver supeditado el cobro de su pensión de filósofo a las concesiones de "la Europa del gran capital". 


Estoy convencido de ello pero, para cerciorarme, voy a intentar ver otra vez su obra, porque considero que merece la pena y porque seguramente hay en ella cosas que me perdí la noche del estreno.


miércoles, 1 de julio de 2015

Demasiada 'Medea'


José Joaquín Rodríguez Lara


El 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida acaba de iniciarse, en la primera noche del mes de julio del año 2015, con un clásico entre los clásicos: 'Medea'.


Medea es un mito clásico; con la 'Medea' de doña Margarita Xirgu comenzaron las representaciones teatrales entre las ruinas del Teatro Romano de Mérida; 'Medea' es el título que más se ha programado en el festival emeritense; la programación de este año incluye dos Medea, y Ana Belén empieza a ser ya una clásica actriz trágica de Mérida. Tanto que hasta interpreta a Medea.


¿Demasiada Medea? No. Al Festival de Mérida nunca le sobrará una 'Medea'. Si acaso, le faltará. Si el clásico concierto de Año Nuevo en Viena termina siempre con la 'Marcha Radetzky', de Johann Strauss, padre, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida bien podría comenzar siempre con la 'Medea' de cualquiera de sus muchos progenitores. Incluida la de algún padre novicio, que la hay.


Ana Belén protagoniza esta 'Medea' de Vicente Molina Foix, que ha construido su obra a partir de textos de Eurípides, de Séneca y de Apolonio de Rodas. La producción es del Festival de Mérida y de Pentación Espectáculos.


A la versión de Molina Foix le sobra metraje. Dos horas sobre las cáveas, y no digamos nada sobre las sillas, del Teatro Romano de Mérida son demasiado tiempo incluso para estar sentado. Siempre. Sobre todo cuando son dos horas ininterrumpidas, pues el respiro de los entreactos pasó definitivamente a la historia. Si el interés de la obra empieza a medirse con el entumecimiento de las piernas, desde los dedos de los pies hasta el inicio de la espalda, mala cosa. Muy interesante tiene que estar el espectáculo para que nadie se remueva con inquietud en su localidad.


La 'Medea de Vicente Molina Foix y de Ana Belén, bajo la dirección de José Carlos Plaza, tiene cosas buenas. Desde luego. El público arreció en sus aplausos cuando salió a saludar Consuelo Trujillo, reconociendo y premiando, por encima de cualquier otra, su actuación en el papel de la nodriza o criada. Es lo mejor del montaje. Al menos en la noche del estreno.


Medea, Jasón, los hijos de ambos y la nodriza. (Fotografía de Jero Morales.)

No puede decirse lo mismo de Adolfo Fernández, que encarna a un Jasón carente del carisma y del carácter arrollador que se le supone al seductor jefe de los argonautas. Y entre ambos está Ana Belén, una Medea que se sabe que es mala porque comete maldades, no porque emane maldad. Da la impresión de que a su interpretración le afecta, para mal, el no contar con la réplica de un Jasón que parezca verdaderamente ruin y que justifique suficientemente su despecho y su vesania. A Creonte le basta con un par de gestos para transmitir mucha más vileza.


El resto del reparto realiza un trabajo correcto y eficaz.


Por lo demás, la escenografía no es desmesurada ni oculta la columnata del frente escénico, primera y gran tentación de cualquier escenógrafo. Además, tiene la ventaja de que es única e inamovible, con lo que se aligera -quién lo iba a decir- la representación evitando el acostumbrado "llévate esta silla y trae para acá esa cama".


Y sí, inevitablemente, hay micrófonos y, por consiguiente, los diálogos tienen su pátina de artificio, pero al menos la técnica no ha fallado escandalosamente, como ocurre en no pocas ocasiones.


Si el gran José María Rodero hubiese sabido que la megafonía iba a mejorar tanto, no se habría muerto en 1991. Eso sí, don José María exigiría al menos un descanso. Justo antes de que Creonte salga a escena.