viernes, 2 de enero de 2026

EL CABALLO DEL ALBA

José Joaquín Rodríguez Lara
https://elpostigodelara.blogspot.com/

¿Y si la nieve me engaña
que no es nieve, que son flores,
que es un sudario de escarcha,
los cabellos de una abuela
que volvió para ser lana
y cobijar con sus dedos
el techo de las cabañas,
de los campos desprovistos
de capotes y de mantas?
Por los senderos del viento
galopa una yegua blanca
y el jinete que la embrida
es el camino del alba.
Madrugada de los versos
prendidos de mi ventana.
Carámbanos de cuchillos,
gemas de la alborada.

domingo, 21 de diciembre de 2025

 Manifiesto regionalista extremeño

José Joaquín Rodríguez Lara

https://elpostigodelara.blogspot.com/


Una vez más el extremeñismo ha sido el gran derrotado en las elecciones autonómicas extremeñas. El extremeñismo político. El que se presenta a las elecciones. No ha obtenido ni un solo escaño y ha conseguido poquísimos votos.

    Es lógico. Se veía venir. Los votos no se ganan durante las campañas electorales. Se consiguen entre el final de una campaña electoral y el comienzo de la siguiente.

    Extremadura es profundamente regionalista. Desde luego, mucho más extremeñista que españolista. Aunque no presuma de serlo. Si no vota a los partidos regionalista es porque no los conoce, o no los entiende, o porque no se identifica con ellos. Este es uno de los problemas: el regionalismo extremeño ha sido siempre un batiburrillo. No es un partido. Son muchos. Tienen muchas más siglas, más líderes y más personalismos que ideologías. Si es que tienen alguna. Porque en Extremadura el regionalismo es y ha sido siempre mucho más emoción que acción. Más sentimiento que movimiento.

    Para que el extremeñismo político alcance cuotas de poder en Extremadura es necesario que el regionalismo se decante, que se depure, que sea una sola voz. No coyuntural y producto de un coalición electoral. Una sola voz liberada de escorias y lista para actuar.

    Y esa voz no debe brotar, como de la nada, simplemente porque hay elecciones. Es más, las elecciones no deberían ser el objetivo. Tan solo se trata de un paso más en una caminata por la historia. El objetivo debe ser la gente. El bienestar y el progreso de la gente.

    El regionalismo político extremeño debe plantearse qué es lo que actualmente le interesa al conjunto de Extremadura. Afortunadamente, está muy claro. No es una lengua general diferente, propia y exclusiva, ni la independencia,  ni tampoco el reconocimiento de instituciones singulares. Se trata del progreso socioeconómico de la región. Un progreso que se basa en la creación de riqueza. En que los jóvenes no tengan que emigrar para ganarse la vida. 

    Si para ello es necesario mantener una central nuclear como la de Almaraz, hay que luchar para mantenerla. Aunque hace 50 años, la lucha para cerrarla constituyera una herramienta poderosa para unir a la población extremeña. Y hay que mejorar las comunicaciones, por carretera, por ferrocarril, por avión... La construcción, sin retrasos, de una autovía entre Badajoz y Cáceres debe ser un objetivo primordial. La creación del corredor ferroviario de alta o, al menos, moderada velocidad, entre Lisboa y Madrid pasando por Extremadura, es una necesidad urgente. La puesta en marcha de servicios ferroviarios de cercanías entre las principales localidades extremeñas, es algo irrenunciable. Contar con instituciones educativas que miren tanto a la tierra propia como al espacio exterior es primordial. Y si para conseguirlo hay que ceder en otras reivindicaciones o apoyar proyectos ajenos o demandar ayuda en el fin del mundo, habrá que hacerlo.

    El extremeñismo político debe asumir su situación. No es nada. Parte de cero. No debe perderse en discrepancias ni en luchas ideológicas. El extremeñismo no es de izquierda ni de derechas; de Cáceres ni de Badajoz; ni es cristiano ni tampoco ateo o musulmán. La inclusión de Guadalupe, el corazón cristiano de esta tierra, en las diócesis extremeñas es una meta irrenunciable, porque facilitaría la cohesión regional, pero no es un objetivo marcado por la urgencia. A la lentitud vaticana se la debe convencer con la constancia. 

    El regionalismo debe estar por encima de las rivalidades. Es necesario soslayar cualquier obstáculo interno o externo que impida avanzar. Todo lo que sea bueno para el progreso de la población extremeña y que no hipoteque inevitablemente, o dañe de forma irreversible, el futuro de Extremadura, es válido para el extremeñismo si lo fortalece.

    El regionalismo político no debe dilapidar sus todavía muy escasas fuerzas luchando contra los partidos y las organizaciones políticas no regionalistas que cuenten con el apoyo de la población extremeña. En primer lugar porque esa población tiene derecho a apoyar a quien considere más oportuno. En segundo término, porque si apoya a fuerzas que no son extremeñistas se debe a que las que sí lo son no saben convencerla de que le irá mejor si apoya al regionalismo. Y en tercer lugar, porque el extremeñismo no es independentista, es español y le interesa que a España le vaya bien para que también le vaya bien a Extremadura. Lo que no puede consentir el extremeñismo político ni quienes se sientan extremeñistas es que el bienestar y el avance de España se base en maltratar y perjudicar a Extremadura. Esa debe ser la línea roja. Quien la cruce debe saber que le haremos frente con todas nuestras armas.

    Contra cualquier cosa que divida a la región, que la lastre, que la empobrezca, que la deteriore, que la reduzca a ser un granero de energía, de materias primas, de manso asentimiento o de mano de obra es contra lo que debe luchar el extremeñismo político.

    Y para nada vale intentarlo hacer durante una campaña electoral. Es necesario hacerlo todos los días. Con todos los temas. Sin estridencias pero sin descanso. El extremeñismo político no debe ser un chaparrón que cesa con tanta rapidez como se puso en marcha. Y que ahora descarga aquí y más tarde lo hace allá. El regionalismo tiene que ser una niebla que lo llene todo, que todo lo empape y que no sea parte del paisaje, sino el paisaje mismo.

    Solo así, algún día, Extremadura tendrá voz y voto en España. Y hasta me atrevo a decir que en Europa.

viernes, 5 de diciembre de 2025

 Aparte de mí su programa


José Joaquín Rodríguez Lara

elpostigodelara.blogspot.com


"Programa, programa y programa", decía don Julio Anguita resaltando la importancia de los compromisos políticos. Y tenía toda la razón el líder andaluz. Lo que ocurría, entonces, es que el programa era él. La declaración de intenciones y de objetivos de aquel Partido Comunista y de aquella Izquierda Unida residían en don Julio Anguita. La gente podía o no compartir su ideología comunista, pero creía en su honradez. Lo mismo que creyó en la honradez de Gerardo Iglesias, que dejó la política y pidió la reincorporación a la mina.

    ¿Queda en España algún político en uso que genere un grado equivalente de confianza? No digo superior. Solamente parecido. 

    No afirmo que los políticos actuales sean todos unos delincuentes. No es verdad. No lo son. Los hay merecedores de ingresar en el campo de concentración de Guantánamo. En otros casos, bastaría con la cárcel de su pueblo. Hay políticos que han perdido la pátina de la honradez no por arrastrarla por el suelo, sino por compartir militancia, banco parlamentario o gabinete de gobierno con quienes han hecho de la delincuencia su modus operandi.

    De forma real o vicaria están manchados todos. A ojos del electorado. Limpiar esas manchas va a ser dificilísimo. Casi imposible. El servidor público que roba cava muchas tumbas. La suya. Las de su familia. Las de la sociedad a la que se había comprometido servir. Las de lo demás políticos.

    La imagen pública del político, la actitud que genera, siempre ha sido más importante que los proyectos que vende. Ahora no es más importante. Ni siquiera muchísimo más importante. Es determinante. Crucial. Fulminante. Definitiva. España está cayendo al abismo y hemos llegado al punto de no retorno.

    Así que aparte usted de mí su programa electoral. No voy ni a mirarlo. No me interesa. No creo en él. No creo en usted. Lo conozco tanto y tan bien, como político y como persona, a pesar de que nunca hayamos viajado juntos ni comido juntos ni delinquido juntos, que de usted no espero nada bueno. Nada.

     Creo que no se debe votar a una ideología. Y menos aún a un programa electoral. Se debe darle el voto a las personas a las que se considere más capaces para solucionar los problemas que tiene la sociedad. En cada momento. Independientemente de la ideología que tengan esas personas. He llegado a votar a cuatro partidos diferentes en unas mismas elecciones generales.

    Cambio la orientación de mi voto cada vez que lo considero necesario. Y no por el contenido de los programas. Por la credibilidad de las personas. ¿Qué puede hacer un gobernante que no pueda hacer otro en un mundo vigilado por las armas, controlado por el capital, socavado por la delincuencia, infectado por la desesperanza? ¿Qué grado de holgura, de alternativa honrada, cabe en la gestión pública? ¿Un instituto? ¿Media carretera? ¿Un impuesto más o menos justo? Nada. Nada que sea determinante para mejorar la sociedad.

    Para mejorarla de verdad. Los programas electorales se los lleva el viento y de ellos no quedan ni letras ni papel. Lo único que tiene peso en la política, como en casi todos los órdenes de la vida, es la honradez. La credibilidad.

    El programa, programa, programa está muy bien. Pero un programa sin Anguita es como un jardín sin flores. Si por un prodigio esotérico resucitase don Julio Anguita González y se presentara, ahora, en España, a cualquier elección, la ganaría de calle y con mayoría absoluta. 

    Y no por su programa. Por su carisma. España está pidiendo a gritos políticos honrados que además sean honestos, que de sinvergüenzas y puteros ya vamos servidos.

    Anguita sería presidente del Gobierno y, siendo republicano irrecuperable, mostraría más respeto a la Constitución y a sus instituciones que muchos constitucionalistas de nuevo cuño. Estoy convencido de ello.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Deogracias, el hombre que tocaba los platillos

José Joaquín Rodríguez Lara
https://elpostigodelara.blogspot.com/

Se llamaba Deogracias. Deogracias Méndez Cuenda. No le conocí. Pero era mi tío abuelo. Hermano de María Cuenda. Mi abuela. Madre de mi madre. Isabel. Mi abuela materna nunca me habló de su hermano. Me enteré de su existencia cuando yo era un adolescente y ella padecía demencia senil. Mientras comíamos.
    Estábamos toda la familia… Mi madre, mis hermanos, mis hermanas y yo sentados en torno a la mesa camilla. Mi padre, no. Mi padre estaba en Alemania. Era emigrante. Había tenido que emigrar para que pudiéramos comer. Literalmente. Mi madre servía los platos y nosotros mirábamos la televisión. En el comedor, debajo de donde estuvo la campana de la chimenea, había un televisor. Lo había traído mi padre. De Alemania. Él que ni siquiera había tenido receptor de radio, porque no podía gastar dinero en semejantes lujos, cuando trabajaba en el campo. En la finca La Cocosa. Donde se crío y fue pastor, yuntero y tractorista.
    El televisor era de color. De la marca Grundig. En aquella época, lo mejor de lo mejor. Pero lo veíamos en blanco y negro porque, entonces, ni Televisión Española ni la portuguesa, que se veía muy bien en Barcarrota, mi pueblo, emitían en color. Es curioso porque Televisión Española tenía dos canales, dos cadenas, y sólo nos llegaba La 1. La VHF. La portuguesa tenía otros dos y solamente nos llegaba el segundo. En la portuguesa ponían muchas corridas de toros. Por la noche. Los jueves. Festejos de ocho toros. De rejones. También ponían muchos anuncios de una marca de refrescos llamada Sumol. Laranjina Sumol. Sumol é outra música, decía el anuncio.
    Así fue como nos enteramos de que habíamos tenido un tío abuelo llamado Deogracias. Estábamos viendo el Telediario, mientras comíamos. El informativo le dedicó una noticia al gran director de orquesta austriaco Herbert von Karajan, un astro musical universal, y a la filarmónica de Berlín. Palabras más que mayores.
    - Yo tuve un tío músico –dijo mi madre como si fuese la cosa más normal del mundo. Tocaba en la banda añadió.
    En el contexto del rutilante Von Karajan, con honores de Telediario, de aquellos Telediarios, la noticia nos sorprendió a todos. Nada sabíamos sobre nuestro pariente músico. Hasta desconocíamos su existencia. Inmediatamente le pedimos a mi madre más datos sobre él. Así nos enteramos de que era hermano de nuestra abuela María, no de nuestro abuelo José, y de que se llamaba Deogracias. El nombre, por inusual, acrecentaba el misterio y el interés  que nos había despertado el personaje.
  - ¿Y qué instrumento tocaba? –preguntó mi hermana Maribel.
    - Los platillos –dijo mi madre. Tocaba los platillos en la banda del pueblo.
   La carcajada fue general. Para nuestra mentalidad infantil, por la edad y por la endeblez cultural, los platillos no eran un instrumento musical. Para tocar los platillos en la banda municipal de música de tu pueblo ni siquiera hacía falta ser músico.
    - Con tener cuidado para no pillarse los dedos… dije yo ignorante de mí e inmisericorde con mi desconocido pariente.
    Con los años me enteré de que mi tío abuelo Deogracias Méndez Cuenda, el hombre que tocaba los platillos, tuvo méritos muchos más destacados que el de formar parte de la banda municipal de música de su pueblo. Según fui conociendo su vida aumentó mi respeto y mi aprecio hacia él.
    Además de músico, el hombre que tocaba los platillos, lo que ahora me parece una clara predisposición a colaborar con su población en beneficio de la cultura, Deogracias fue zapatero. Un humilde zapatero remendón. Me lo imagino en su pequeño taller doméstico, cubierto por un mandil oscuro, sentado en una silla baja, con el hondón de bayón. Estaría rodeado por leznas, ovillos de cabo, zerote, tenazas, satines… Todo dispuesto de forma ordenada en pequeños cajetines. De madera. Desportillados. Por aquí y por allá habría hormas, retazos de cuero y de caucho. Albarcas, borceguíes, sandalias, quizá algunas botas altas y hasta zapatos finos a medio remendar se alinearían en algún estante. De las paredes seguramente colgarían láminas taurinas, alguna sobre el cante flamenco y hasta otras de carácter revolucionario. Porque mi tioabuelo Deogracias fue concejal en aquellos años convulsos. Concejal de izquierdas. Trato de averiguar si socialista o lerruxista.
   La debilidad física, las malformaciones corporales, problemas respiratorios o cardiacos es lo que solía condenar de por vida a la pena de la lezna y el cabo a quienes terminaban como zapateros remendones. Por eso trabajaban sentados. Bajo techo. En sus talleres siempre había uno o dos asientos libres. Más que para la clientela, esas sillas estaban destinadas a los amigos. Sin buscarlo ni pretenderlo, en los talleres de zapatería, de aquellas zapaterías, tenían lugar tertulias en las que se debatía largo y sentado sobre política. Es difícil ser de derechas cuando careces de casi todo y tu puchero depende de tu habilidad al manejar la lezna y el cabo porque tu cuerpo no te da para echarte a los caminos a pelear por el sustento. Era muy difícil sentirse de derechas cuando veías a tantas criaturas descalzas porque sus padres, si es que aún los tenían, carecían de los medios necesarios para comprar un par de albarcas o de sandalias de cuero. Incluso unas humildes alpargatas de esparto.
    En cualquier caso, además de tocar los platillos en la banda, de remendar calzado y de desempeñar sus responsabilidades políticas en la Corporación Municipal de Barcarrota, mi tioabuelo Deogracias repartía un periódico. Ignoro cual era. Trataré de averiguarlo. Pero supongo que sería de ideología socialista, anarquista, radical o, incluso, agraria. Aunque los agrarios eran o estaban más cerca de la derecha.
    Por lo demás, Deogracias estaba casado, parece que tenía dos hijas, y era un buen hombre. Mi madre, que entonces era una niña, me contó que su tío la sacaba de paseo, con sus hijas, y les daba de beber a todas en el caño del pilar de El Berrocal, que todavía existe. Seguramente viviría cerca. Se valía para ello de la petaca en la que guardaba la picadura de tabaco. Todo esto lo he contado de forma más pormenorizada en mi libro de relatos titulado ‘Ese gato amarillo, ¿de quién es?’, publicado en Amazon.
    En 1938, este hombre fue fusilado por las huestes franquistas. En Nogales. El pelotón de fusilamiento no sólo terminó con la vida de Deogracias Méndez Cuenda. Se llevó por delante a decenas de personas. Murieron 90, según una de las fuentes que he consultado. Entre ellas había varias mujeres. Sigo investigando, pero por lo que he podido saber hasta ahora las personas asesinadas fueron detenidas en varios pueblos y trasladadas a Nogales. La sinrazón por la que se las fusiló fue dar un escarmiento a los antifranquistas. Al parecer, alguien había matado a un oficial de la Guardia Civil. Creo que a un teniente. Y se pretendió castigar el homicidio asesinando indiscriminadamente a decenas de personas significadas por no ser franquistas. Entre ellas estaba mi tioabuelo Deogracias, que entonces ya no sería, ya no podía serlo, concejal. Ni repartir por las calles un periódico de izquierdas. ¿Por qué se le consideró entonces culpable del crimen? ¿Por remendar zapatos? ¿Por haber sido concejal? ¿Por su ideología de izquierdas? ¿Por haber repartido un periódico? ¿Por tocar los platillos en la banda municipal de música? Seguramente se le condenó sin juicio simplemente por el terrible delito de existir. Casi con total seguridad su crimen fue ese. Fue declarado merecedor de la muerte por el mero hecho de estar vivo.
    El escenario del fusilamiento no se eligió a la ligera. Fue en un enclave llamado, todavía, El Contadero. Está a la salida de Nogales. Entre las carreteras de La Morera y de Salvaleón. El Contadero, llamado así porque según parece allí se reunía al ganado para contarlo, está situado en la base de la Sierra de Monsalud, en la que se escondían mucho huidos. Antifranquistas. Se pretendió sin duda que la vista del fusilamiento y hasta el estruendo de los disparos llegase hasta los maquis que se escondían entre las chaparras de la sierra.
  Los huesos de las personas fusiladas permanecieron décadas enterrados en una fosa común en El Contadero. Hace unos años se excavó el lugar de la masacre y los restos fueron depositados en un pequeño mausoleo construido en el cementerio parroquial de Nogales. El nombre de las personas fusiladas, ignoro todavía si todas, así como una sucinta referencia a las circunstancias de la ejecución, se muestran en unas lápidas de mármol.
    He subido hasta el alto y diminuto cementerio de Nogales, blanco de cal y muy limpio, barrido por la barriga de los vientos, en busca del lugar en el que reposa mi tioabuelo Deogracias. Su nombre está en la lápida principal. No sé qué habrá de él dentro del mausoleo. Prometo visitar este lugar, ahora que sé donde está, cada vez que pueda. No para hacer una reivindicación antifranquista. No a modo de una periódica romería institucionalizada, como ocurre con otras fosas de fusilamiento. Ese tipo de celebraciones, tanto las de un bando como las del otro, me parecen contraproducentes. El odio se alimenta con celebraciones, con discursos y con otros odios. Renovados. Yo, que no olvido ni perdono ni siquiera los pisotones involuntarios, no me había desentendido de mi tioabuelo Deogracias Méndez Cuenda desde que conocí su existencia. Pero tampoco enarbolo su memoria como bandera o pancarta. En mi familia no se hablaba de él, más allá de la anécdota de los platillos, pero según me iba enterando de cosas por fuentes ajenas a la familia, aumentó mi interés.
   Ya lo tengo localizado. En el cementerio parroquial de Nogales. En la cumbre del cerro. Junto al castillo, del siglo XV, que fue de los Suárez de Figueroa, poderosos señores de las hojas de higuera, dueños del ducado de Feria. El camposanto raya con la iglesia de San Cristóbal, del siglo XVI, con ábside en forma de fornido torreón. Está al final de una cuesta que se clava en las piernas y en el pecho y no termina más allá de las nubes, pero casi casi. 
    El ancho mundo que se divisa desde lo alto de este cerro nogalero compensa el esfuerzo de gatear la cuesta para llegar hasta él. Mejor subir y bajar a pie, aunque sea con el cuerpo molido, que en coche fúnebre. Ahí está mi tioabuelo Deogracias, el zapatero remendón y concejal de izquierdas, músico con platillos en las manos, redondos y brillantes como soles, el repartidor de periódicos, junto a sus compañeras y compañeros de martirio, en el cielo de Nogales, a la sombra de la Sierra de Monsalud, fragosa cresta de gallo en la que hubo un tiempo durante el que la libertad, escondida entre las chaparras, se hacía esperanza.

martes, 11 de noviembre de 2025

 El troncomóvil hispano


José Joaquín Rodríguez Lara

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La Justicia española no tiene edad. Ni edad, ni sexo, ni clase. Clase social. Por no tener, la Justicia española carece hasta de diligencia. Y tampoco es que se desplace a caballo, como los sheriff del Far West. La Justicia va en trocomóvil. Como los Picapiedra.

    Pasan los años. Prescriben los delitos. Quienes delinquen campan a sus anchas. Libres. Disfrutando de sus botines. Y, con un poco de suerte, les llega la vejez y hasta la muerte antes de que les alcance la Justicia. Se van al otro barrio con los botines puestos. Bailando claqué. Sin haber reparado el daño causado. Dejan atrás a sus víctimas. Indefensas. Desesperadas y desamparadas por la Justicia. Porque la Justicia española tiene más pompa que jabón. Ya se sabe que el jabón resbala. Acelera el movimiento.

  En España, quienes delinquen, la gran delincuencia, no necesita abogados. Les basta con la lentitud, con la torpeza judicial.

    Hay quien dice que la Justicia española es garantista. Pero no es verdad. No te garantiza nada. Ni siquiera que te haga justicia. La verdad es que la Justicia de este país está impregnada del general papeleo nacional; sumergida en la sempiterna burocracia hispana; acogida al castizo vuelva usted mañana que con tanta puntería describió don Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, para quien escribir en Madrid era llorar. Imagínese usted lo que diría Fígaro ahora si viviera en Badajoz, esperando que le llegase el tren de la felicidad, con su querida, en todas las académicas acepciones, Dolores Armijo.

    Dolores, el desdén que cargó su pistola aquel malhadado 13 de febrero de 1837. En la calle del desengaño fue. Del desengaño vital. Vulgo calle de Santa Clara. En pleno Madrid de los Austria. A los 27 años.
   Larra, madrileño con raíces en Extremadura, como tantísimos madrileños, no hubiera servido para juez español. Era demasiado eficiente. A pesar de que también tenía raíces portuguesas, que son más pastueñas. 
    ¿Qué pasa con el tren Lisboa-Madrid, vecinos? ¿A qué juez español cargado de puñetas le han encargado ustedes que ponga en marcha de una puñetera vez el futuro peninsular?

lunes, 10 de noviembre de 2025

- Todavía eres lo que más me gusta de mí.

 

martes, 28 de octubre de 2025

La canción del Otoño

José Joaquín Rodríguez Lara

Al final del Invierno, los países nórdicos reciben con patatas cocidas y otros alimentos a las grullas, que llegan de España en cuyos campos se han estado alimentando, desde el final del Verano, con bellotas de las dehesas extremeñas, con maíz de las tierras de regadío y con otros granos.
    En los países nórdicos, el gruar de las grullas, su trompeteo, anuncia la Primavera. ¡El final del frío y el de los hielos!
    Yo acabo de salir al balcón para recibir a la lluvia. Llega del Noroeste, después de haberse alimentado en el Océano. La acaricio mientras me empapa. La recibo con esperanza, porque fecunda a las dehesas y anuncia que empieza el Otoño. La mejor estación del año, la más generosa, la plena de sensata madurez, la de frutos más necesarios. Si no hubiese castañas, bellotas, nueces, piñones..., el año moriría de hambre tras el Verano.
    La lluvia es la canción del Otoño. Y las grullas lo saben.