martes, 9 de julio de 2013


La rejilandera tiene el viento en contra


José Joaquín Rodríguez Lara

La palabra rejilandera existe, a las pruebas me remito, pero no está registrada en el diccionario de la Real Academia, que mire usted por donde sí acepta el término rehilandera.

Creo que se equivocan el diccionario y los académicos, pues la palabra rejilandera, o regilandera, es mucho más real que la propia Real Academia y tiene muchísimo más brío, más brillo y más rotundidad que el académico término rehilandera.

Así se hace paso a paso una rejilandera de aspas cortadas.
Luego, se atraviesan las puntas de las aspas y el centro
de la cartulina con un alfiler o un clavillo,
se pincha en una vara y... a volar.
(Fotografía bajada de Internet)
Si la mitad de los académicos cogiesen una rehilandera y la otra mitad una rejilandera y corriesen calle abajo, para comprobar cual giraba mejor, ganaría el niño de la rejilandera, a la que desde la primera sílaba hasta la última letra se la ve dispuesta a moler el aire con el labio de sus aspas. Si la propia palabra lo dice: re-ji-lan-deeera...

Las rejilanderas de papel trenzado y las rejilanderas de cartulina o de hojalata, las que se hacían volar en el pico de un palito y las que se ponían en lo alto de una vara o de una caña clavada en la juncia de un chozo, o atada a los hierros de una reja, la rejilandera de usar y tirar y la que se pasaba los años moliendo los vientos con alma de veleta, aquella rejilandera que recorrió los caminos emperiná sobre el manillar de una bicicleta, nuestras rejilanderas de toda la vida se merecen tener un huequecino en el diccionario, aunque sea al lado de esa cosa tan cursi y sin alma a la que los académicos llaman rehilandera.


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