El día que nos perdimos en las Hurdes
José Joaquín Rodríguez Lara
Perder el móvil en las Hurdes es un
alivio. Casi podría decirse que es una bendición. Como bañarse empelote en las
aguas del río Hurdano, cauce aórtico del corazón altocacereño, hijo del arroyo
Malvellido, tributario del río Alagón, que contribuye a engordar la panza
satisfecha del Gabriel y Galán, un poeta con nombre de embalse, que entra en el
Tajo, y esto ya son palabras mayores, y que por el Tajo sale al Atlántico, al
mundo de los océanos, sopa de la Historia. Benditos sean todos ellos. No son
aguas corrientes las de este río jurdano. No lo son, aunque fluyan. Más me
parecen a mí sábanas de seda, Pepe. Sin pespuntes ni costuras. Seda virginal,
inconsútil.
- Solamente una vez me arropé con semejante
cendal y no me dormí, gracias sean dadas a los cerros que velaron mi inclusión en
las aguas de este río, evitando así que me ahogase y me perdiese, no ya en las
Hurdes, sino para siempre.
Contemplar
el paso del río Hurdano a ojo desnudo es la gran ventaja que tiene la telefonía
móvil. La que se puede perder y, de hecho, se pierde. Cosa que es imposible con
la telefonía estante. Para perder el teléfono fijo hay que perderse antes. No
saber donde estás. Desconocer el camino de vuelta a casa... En definitiva,
esfumarse sin dejar humo ni ceniza detrás. Desaparecer corriendo el riesgo de
que te encuentren y se desentiendan de ti por tu ausencia de valor venal.
Perder el móvil, en cambio, es todo lo contrario. Es encontrarse. Solo, sin la
maraña alfanumérica de tus contextos, pero encontrarse a uno mismo, despojado
de conexiones inalámbricas. De repente descubres, con auténtica sorpresa, que
puedes vivir sin celular. Que sabes dónde estás tú, no el móvil, pero sí tú, y
barruntas que no has olvidado el camino de regreso a tu cama. Aunque no sepas
dónde se quedó tu teléfono ambulante al que, por ser un objeto valioso, alguien
le dará posada.
- Tuvo que ser en aquella gasolinera en la
que nos bajamos y tú entraste en el bar, a orinar.
- Entré a mear y a preguntar por el camino
hacia Casares de las Hurdes a partir de aquella gasolinera, Pepe. Y tú también
measte.
- Sí, yo también... ¿Pero qué hice con el
teléfono? ¿Dónde dejé el móvil? Tuvo que ser en el aseo de ese sitio. Pero si
yo... Yo creo que ni siquiera meé.
- Sí, sí lo hiciste. ¿Para qué ibas a
entrar en el aseo de una gasolinera si no? En la otra no, pero en esa sí
tiraste de la bragueta. Convencido estoy de ello, aunque no te viese hacerlo.
- ¿Y dónde estaba aquella gasolinera?
- ¡A mí qué me preguntas! Si llevamos toda
la mañana, más de cuatro horas, buscándola y aquí seguimos. Más perdidos que la
Legión en Hornachos. No hay circuito de Fórmula 1 en el mundo que tenga más y
mejores curvas que esta parte de las Hurdes. ¿No te parece? Ni el de Mónaco
tiene tantas y tan cerradas. Alonso, ven para acá si te atreves, gallito del
volante. ¡Enhebra este rosario de curvas jurdanas, campeón! Por cierto, Rosario
se llama la primera mujer que matrimonió con Fernando Alonso, creo recordar.
Raquel del Rosario más certeramente. Es una cantante canaria. Muy guapa.
- Si no me hablas más alto no te oigo. He
perdido todos los contactos...
- Ya. Te has quedado sin la guía
telefónica de tu vida. Una tragedia. Lo sé. Tú sabes mucho de eso, Pepe.
Recuerda que eres teatrero. Todo un profesional de las tablas.
- ...pero me lo estoy pasando muy bien.
¡Estoy disfrutando! Este paisaje, este aire... Cada vez que te paras aprovecho
para bajar del coche y respirar. ¡Mira qué aire, mira!
Pie en tierra, José Manuel Villafaina inspira
y respira como si acabase de emerger de un pozo sin fondo. Del pozo de mi
coche. Pero aquí no está su móvil. Seguro que no lo ha perdido aquí, dentro del
vehículo. Lo he revisado todo muy bien. A fondo. Bajo los asientos, en las
guanteras, en las ranuras en las que se pierde todo y ni me caben las manos
cuando intento recuperar lo que se han tragado, hasta detrás de las pestañas de
los parasoles he mirado. Pero nada. Aquí no está el teléfono móvil que ha
perdido Pepe Villafaina, que se ha venido conmigo a las Hurdes desde Badajoz.
Salté de la cama a las cinco de la mañana del sábado 25 y a las seis iniciamos
el viaje. Es mucho más del mediodía del domingo 26 y aquí estamos, buscando un
móvil en el corazón del misterio jurdano.
- ¡Tan temprano vamos a salir! –me dijo
Pepe. Prefiero estar allí a primera hora –le expliqué. No conozco la rabiza de
la carretera, el cordelillo final del látigo, y no me gustaría perderme los actos por
haber llegado tarde.
Nuestro destino era Casares de las Hurdes
donde, para la mañana del sábado, Tani Martín y sus edecanes habían organizado
un homenaje a Diego Bardón, torero pánico, corredor de maratones de espalda,
actor, morantista, enemigo acérrimo de la mediocridad, enamorado de las Hurdes,
un genio irrepetible. ¡Irrepetible! La vida nos lo dio y la vida nos lo quitó
y, entre uno y otro momento, Diego dio de sí todo lo que tenía. ¡Todo! A ser generoso
no le ganó nunca nadie.
A pesar de que había dormido poco, Pepe no
echó una cabezadita en el coche. Le aconsejé que lo hiciese, pero declinó mi confiada
autorización. Durante todo el viaje no dejamos de hablar sobre Diego, sobre el
homenaje, sobre el libro que acaba de publicar en el que vivisecciona sin
anestesia al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y a sus
personajes con mando en plaza, sobre actrices y actores, sobre las Hurdes que
José Manuel Villafaina dice conocer bien por haber trabajado en la zona
realizando actividades de arte dramático, y sobre todo lo que se nos ocurría, viniese
a cuento o no viniese.
Habíamos desayunado magníficamente en un
área de servicio junto a la autovía A-66, en la provincia de Cáceres, y
volvimos a la carretera y a la conversación distendida. Cuando recuperamos la
noción del espacio nos dimos cuenta de que estábamos perdidos. Nos confundimos
de carretera. Nos habíamos pasado y nos encontrábamos muy lejos de la ruta que
tendríamos que haber seguido. A más de 75 kilómetros al norte de Béjar, en la
provincia de Salamanca. Salimos de la autovía e, inmediatamente, intentamos
volver a ella para recorrerla en sentido contrario. No fue sencillo. Vamos, nos
resultó bien difícil. Quien no sabe tiene casi las mismas dificultades para
desempeñarse en la vida que quien no ve. Y nosotros ni sabíamos ni tampoco veíamos
señales de tráfico que nos indicaran la ruta correcta. No las veíamos porque no
las hay. Las carreteras españolas están muy mal señalizadas. Muy mal. A la
administración parece interesarle muchísimo más recaudar a través de las multas
que ayudar para que no sea necesario sancionar a quienes conducen. En las
autovías y en otras carreteras principales de esta España farandulera se
informa con mucha más eficacia sobre el nombre de los cauces fluviales y sobre
las joyas patrimoniales -Arroyo de la Cabrera, Arroyo del Judío, castillo de
las...-, que sobre la dirección correcta para llegar a las poblaciones. Faltan muchas
indicaciones imprescindibles y abundan los letreros superfluos. Y no resulta
extraño que busques y rebusques infructuosamente en una rotonda la salida
correcta para Cáceres, por ejemplo, y cuando no la ves y echas mano de la
intuición eligiendo la que te parece más probable, cien metros más allá, en un
punto que en modo alguno puede verse desde la ruleta que sortea las direcciones,
te encuentras la señal que con tanta ansiedad buscabas: 'Cáceres'. ¿No pueden
poner el cartel donde lo necesitas, en vez de donde ya no te hace falta porque,
sin ver ni saber, has acertado? Pueden hacerlo, pero no quieren. La primera
misión de la autoridad, de cualquier autorizante, es fastidiar a quienes
pagamos su sueldo. Esa es la auténtica base de su felicidad. ¡Cuánta razón tenía
Diego!
- ¡Pero si es muy sencillo!
- Ya. Para quien sabe. Pero para quien no
sabe y está agobiado por el extravío de los caminos, no lo es. En la normativa
que regula el tráfico no conviene darle cobijo a la duda. Todo debe estar muy
muy muy clarito, pues hay que tomar decisiones sobre la marcha y, en ocasiones,
a no poca velocidad.
Después de muchas vueltas, tan mareados
como indignados, parece que tomamos la ruta correcta. No para encontrar el
móvil de Villafaina, que seguía sin aparecer, pero sí, al menos, para regresar
a Badajoz. A pesar de ello, nos comían los demonios de la ira. A los dos. Si en
vez de a Pepe hubiese llevado yo sentado a mi lado, como navegador tomtom, al
director general del ramo, lo habría abandonado en la siguiente gasolinera, lo
mismo que a un Pere sin microchip ni collar. Que en este caso sería un Pere
pachón. Por lo de Navarro.
- No recuerdo que hayamos pasado por aquí.
Mientras deshacíamos los pasos mal dados
nos ocurrió algo muy raro. Misterioso. Según todo los indicios, acabábamos de circular
por esa carretera y, al recorrerla en sentido contrario, en dirección a Béjar,
todo nos resultaba nuevo. Ni Pepe ni yo recordábamos haber pasado por allí unos
minutos antes. Solamente unos minutos antes. Es como si algo o alguien nos
hubiese teletransportado entre el área cacereña de servicio en la que
desayunamos y el punto de Salamanca en el que Villafaina se dio cuenta de que
nos habíamos perdido. En un centenar de kilómetros. Nada más y nada menos.
- ¿Estará jugado Diego con nosotros? ¿Nos
estará gastando una broma? -se preguntaba José Manuel mientras destejíamos el
asfalto de la autovía.
Pudiera ser. Ya era domingo. Un día de
fiesta apto para el jolgorio. O era eso o habíamos sufrido un claro episodio de
sonambulismo. ¿Se puede sufrir sonambulismo estando despierto, durante las
horas de sol?
- Lo que a mí más me extraña es que estoy
harto de llamar a tu número y nadie me responde. Pero el teléfono sigue
encendido. Todavía funciona. Da llamada. ¡Mira como suena, Pepe, mira como
suena!
- Ya, ya. No contesto a tus llamadas ni a
tus mensajes porque no tengo el teléfono. Lo he perdido.
- Más de veinte avisos habré dejado en tu
contestador desde que notaste la pérdida del móvil y nadie responde, Pepe.
¡Nadie! Tú, porque no lo tienes y quien lo tenga, porque no sabe o no quiere
hacerlo.
Durante nuestra una y mil vueltas a la
noria de la carreteras jurdanas recibí una llamada. Paré junto a una fuente de
cuneta para atenderla. El número no estaba en la agenda de mi móvil. ¿Quién
podría ser? ¿Habría encontrado el teléfono de José Manuel Villafaina? Era una
mujer y no llamaba para decirnos que había aparecido el móvil perdido. Marisol,
del hotel restaurante Montesol en el que se había alojado Pepe durante nuestra
estancia en Casares de las Hurdes, preguntaba si acaso, por un error, el
huésped no se habría llevado las llaves de la habitación en la que pernoctó y parece que, también, las del establecimiento.
- En la chaqueta. En la chaqueta las
tenía. Aquí están. Las he encontrado. Cuando bajé de la habitación no había
nadie, estaban las puertas cerradas y tuve que usar las llaves para salir. Las
guardé en la chaqueta y me olvidé...
Con una amabilidad digna de encomio,
Marisol propuso que dejáramos el llavero en algún bar o gasolinera de la zona para que
alguien las recogiera y las llevase al hotel Montesol. A Pepe le pareció más
correcto enviarlas directamente por correo. Así lo hizo durante la mañana
siguiente a nuestro regreso a Badajoz.
- Por aquí sí. Por aquí ya hemos pasado.
- Por aquí y por ahí y hasta por allí. No
te fastidia. Hemos pasado por todas las carreteras hurdanas y seguimos sin
encontrar la gasolinera en la que, según sospechas, olvidaste tu teléfono
móvil.
- En un sitio que se llama El Avión, pudo
ser, según puso en pie Tani con los datos que le dimos.
- El Avión, El Avión... Si tuviésemos el
teléfono del Avión llamaríamos para preguntar si los del Avión tienen tu
teléfono y así dejaríamos de dar vueltas y más vueltas detrás del dichoso
Avión. Que ya podría ir dejando un chorro de humo, como todos los aviones
serios. ¡Avión, humea para orientarnos y llevarnos hasta ti, leñe. Humea!
- Pues busca en tu teléfono el teléfono
del Avión y llama, Joaquín. ¡Llama!
- ¡Qué busque en mi móvil el teléfono del
Avión! De eso nada. Ni mijita, Pepe. Mi teléfono está para hacer llamadas y
para recibirlas. Todo lo más, para leer los guasás y ver la hora. Pero de ver
enlaces y entrar en Internet, nada. Pero nada de nada. Me niego a inundarlo con
aplicaciones raras. Por eso no se me pierde, como el tuyo.
- Yo ya he estado aquí.
- Y yo. Lo menos he pasado por aquí tres
veces durante la mañana de este domingo.
- No me entiendes, Joaquín. Me refiero a
que estuve aquí hace años, con las campañas de teatro. Era muy bonito. Íbamos a
los colegios, hacíamos animación y luego la gente acudía a las
representaciones. En las plazas o en las casas de cultura. Incluso venían de
otros pueblos. Los alcaldes se quedaban contentos. Hicimos muy buen trabajo.
¡Nos felicitaban!
En las Hurdes Altas el paisaje oscila
entre el laberinto de sierras y pinares y las partituras, perfectamente escritas,
con pentagramas por los que las notas musicales de los olivos ascienden hasta
el cielo y estallan en tonos verdialbinos. El contraste entre las masas abigarradas
de los pinos y la ordenada geometría de los olivares resulta muy curioso. Junto
a ellos, aquí y allá, crecen como salpicados por las manos campesinas cerezos y
otras plantas útiles. La población jurdana sufre de horror vacui. Tiene aversión
al vacío. En un paisaje tan inhóspito, se siente obligada a cultivar cualquier
rincón, hasta el más mínimo trozo de tierra, que lo admita. Y si no lo admite,
a transformarlo demoliendo barreras para convertirlo en terreno de labor.
- Mira, mira qué bonito, Joaquín. ¡Qué
olivar tan bonito! ¡Qué bien cuidado!
- Los liños llegan hasta arriba, hasta el filo
de las sierras. Cuando se plantaron estos olivares había mucha hambre y ahora,
décadas y hasta siglos después, si no hay tanta necesidad en las Hurdes, al
menos todavía quedan ganas de trabajar. Y a pie. Con bestias. Porque en esas
laderas, en esas barreras, no creo yo que puedan andar los tractores sin correr
el riesgo de volcar y causar una desgracia. Es increíble. Parece un ejército de
olivos perfectamente uniformados de verde y en riguroso orden de formación.
- Me lo pasé muy bien trabajando en estos
pueblos hurdanos.
Villafaina vuelve una y otra vez, sin
descanso, continuamente, a lo que ha sido su trayectoria profesional.
Especialmente en Extremadura y en América. A veces habla de sus parejas
sentimentales. Cuando le pregunto por ellas. Curiosamente, todas han sido y son
mujeres de ascendencia foránea. Filipina, venezolana, hawaiana... Y creo que
olvido a alguna. Pepe no tiene animadversión hacia las españolas, pero prefiere
compartir su destino sentimental con quienes no lo son.
- En las plazas, en las casas de
cultura... Nos alojábamos en establecimientos de la zona y estábamos una semana
o más días, enseñando o actuando en los pueblos. Fundamentalmente a los niños.
Nos recibían muy bien. Sólo una vez tuvimos problemas con un alcalde cuya mujer
tenía un grupo de teatro. Me fui y le dejé libre el escenario.
- Tengo la impresión de que este paisaje
hurdano está hecho para el espectáculo, José Manuel. Entre las alquerías de
Huetre y Casa Rubia, donde nació Tani, en la orilla derecha del río Hurdano hay
unos bancales que, al contemplarlos desde los alojamientos rurales del 'Bienve', parecen
auténticos escenarios teatrales, auditorios gigantescos construidos en mitad de
la naturaleza. Las piedras que sostienen esas terrazas de cultivo cuentan la
historia de las Hurdes, de sus gentes, de sus carencias seculares. Hay que
haber pasado muchas fatiguitas para castigarse las carnes aterrazando los
montes con la ilusión de poder cultivar otro olivo, un cerezo más, tal vez un imprescindible cesto de papas... Se dice que Dios hizo el mundo en seis días y que fueron los
holandeses quienes hicieron Holanda. Dicho dicho es injusto. Se olvida de las
Hurdes, a la que los hurdanos han hecho y siguen haciendo en silencio. Sin
alharacas. Aterrazando las laderas. Levantando paredes de piedra. Acarreando
serones de tierra fértil. Conduciendo de bancal en bancal la lágrimas de las
sierras para regar hasta los cultivos más diminutos... Te imaginas traer a este
escenario de aristas, chorreras y meandros una gran orquesta, la Filarmónica de
Berlín o la de Viena, ya puestos, con un director, o directora, de renombre
internacional para ofrecerle al mundo un concierto desde la primavera de las
Hurdes, desde el alma de Extremadura, si es que a Extremadura todavía le queda
un cacho de alma que no haya tenido que emigrar para buscarse la vida. Desde
aquí mismo, desde esta curva del laberinto hurdano invoco y convoco al mundo
del dinero, pero no a los bancos, que nadan en calderilla, a los ricos de
verdad, de España y de todo el mundo, a Elon Musk, a Jeff Bezos, a Zuckerberg, a
los jeques árabes, a Amancio Ortega, a su hija Sandra..., para que vengan a las
Hurdes Altas, contemplen el escenario y decidan si merece la pena o no la
merece regalarle a la Humanidad un concierto desde las Hurdes cada primavera.
Agrippa, yerno del emperador Octavio Augusto, le regaló a Augusta Emerita y al
mundo, lógicamente, un Teatro Romano que resume en su escenario y en las
columnas de su frente escénico, lo mejor de la cultura clásica. Los bancales y
las sierras de las Hurdes son la escena y el frente escénico del mítico teatro
hurdano, del laberinto de las leyendas. ¿Acaso Elon Musk y Bezos y Zuckerberg y
los emires y Amancio Ortega y su hija Sandra tienen menos sensibilidad
artística y menos redaños y menos dinero que Marcus Vipsanius Agrippa, el yerno
de Augusto?
Seguir dando vueltas por las curvas del
laberinto carece de sentido, así que decidimos parar y comer en Pinofranqueado.
Villafaina conoce la zona. Aprovecho para pedir que me localicen el número
telefónico del restaurante El Avión. Envío los correspondientes guasás, pero
nadie contesta. O no lo encuentran o sospechan que es otra broma de Diego
Bardón.
- Yo me quedaba ahí. En este hotel.
Bajando la cuesta, a la vuelta, hay un restaurante. También he comido en él.
Sin pérdida ni dilación, Villafaina me
lleva hasta el establecimiento. El Castúo se llama. Tiene una bonita terraza
protegida con árboles, plátanos ornamentales, y sombrillas. Casi todas las
mesas están ocupadas o reservadas. Nos ofrecen la posibilidad de comer en el
interior del local. No me apetece. A Pepe, tampoco. Con lo soleado y agradable
que está el día, comer bajo techo en vez de a la vista y a poquísimos metros
del río Hurdano nos parece un despilfarro. Por fin nos ofrecen una mesa para
dos. Pequeña. Aislada. Entre el sol y la sombra de la tarde. En la carta hay un
apartado dedicado a platos típicos extremeños. En ellos me centro. Mi elección
es rápida y sin dudas. Cuando las señales están claras y a la vista, hay poco
espacio para la confusión, señor director general de las señales de Tráfico.
- De primero quiero zorongollo.
Indago si el zorongollo se prepara en las
Hurdes como en Badajoz. Descubro que, básicamente, es lo mismo. Se trata de una
ensalada de pimiento morrón, asado, liberado de la piel y de las pepitas y
cortado en tiras. Se le añade abundante cebolla cruda, picada en juliana, y se
aliña con aceite, vinagre y sal. Eso es todo. Se le pueden añadir más
ingredientes. Ajo, aceitunas, huevo cocido, tomate asado y pelado, cebolla asada... En este
caso no es así. Ni falta que le hace. El zorongollo de El Castúo está realmente
bueno.
- De segundo me apetece tomar cabrito.
En las Hurdes todavía se puede comprar
cabrito de calidad en las carnicerías. Incluso hay una variedad de cabra
hurdana, parecida a los especímenes de la Agrupación de la Meseta. Se trabaja
para que la cabra jurdana sea una verdadera raza y oficialmente esté reconocida
como tal. Es más pequeña y muy diferente a las dos razas caprinas extremeñas
perfectamente consolidadas: la retinta, seleccionada en la zona conocida como
Los Cuatro Lugares -Hinojal, Monroy, Santiago del Campo y Talaván- y la raza
verata, generalmente de capa negra con manchas blancas en el hocico y en las
punta de las orejas, propia de la comarca de la Vera. Ambas razas son de doble
propósito. Se crían por su leche y por su carne, si bien la verata es más
lechera y, seguramente por este motivo, mucho más abundante. Desdeño la
paletilla de chivino jurdano y pido unas chuletas. Están buenísimas y muy
tiernas, como le corresponde a un cabrito lechal. Tan buenas están estas
chuletas que ni siquiera le pido perdón al chivino por comerme sus costillas. Hace
años, para satisfacer mi vocación de enrea empedernido, tuve algunas cabras,
tanto retintas como veratas, además de ovejas. Cada vez que se disponía a parir
un animal le suplicaba al destino que la cría fuera hembra.
- Si naces hembra te quedarás aquí, en Los
Cañuelos, con tu madre, pero si naces macho tendré que sacrificarte. Y no me
gustaría hacerlo.
Más de uno y más de treinta recentales
sacrifiqué con mis propias manos. No estoy orgulloso de haberlo hecho, pero aquellos
chivinos y aquellos corderos estaban destinados a vivir muy pocas semanas y los
matase yo o los regalase vivos, su final estaba escrito. Si lo hacía yo al
menos permanecían con sus madres, amamantándose, hasta el último y fatídico
instante.
De postre pedí pera tatín pero, aunque
estaba en la carta, no había y nada de lo que me ofrecieron como bocado
sustituto me podía quitar el mal sabor de boca de aquella postrera decepción
gastronómica. Villafaina, que no come carne, pidió una ensalada. Le sirvieron
una espectacular, con salmón y todo lo imaginable en una ensalada. De segundo
tomó pulpo a feira. El pulpo viene al mundo como si no tuviese madre ni sexo,
así que no debe de causar problemas de conciencia a la hora de cocerlo.
- Aquí hay muchas patatas y poco pulpo.
Se quejó Pepe nada más ver el plato. Creo
que tenía razón. Pero también estoy convencido de que el pulpo a la gallega hay
que comerlo en Galicia y no en la patria de los chivinos jurdanos. El pulpo de
El Castúo era marroquí, según nos dijo el camarero. Y las patatas distaban
mucho de ser los típicos cachelos gallegos. Sin duda no fue el mejor plato de
nuestro menú. Pero José Manuel remendó el desaguisado con una apetitosa cazuelita
de tarta al whisky. Una copa de tinto para él y un refresco de cola para mí
-pues era yo quien conducía, señor Pere Navarro- complementaron el refrigerio.
Todavía no habíamos terminado de comer
cuando el día pasó del agradable sol a un gran chaparrón de tormenta primaveral.
Hasta granizos tuvimos, como la tarde anterior, en Casares de las Hurdes, cuando
comíamos en el restaurante del Montesol, en homenaje a Diego Bardón. En el restaurante de Pinofranqueado,
el resto de los comensales se refugió en una zona cubierta, en la propia
terraza. Pepe y yo, que ya estábamos terminando de comer, optamos por tomar
asiento bajo la sombrilla más cercana. Allí estuvimos, rodeado por una cascada
de chorros que caían del toldo, hasta que la tormenta arreció y tuvimos que
buscar un techo más firme. Muchas de las personas que estaban comiendo o habían
comido en los salones del restaurante salieron de ellos y se concentraron en la
parte techada de la terraza. Pero no para disfrutar de la preciosa vista del
río Hurdano, que discurre a sus pies. Lo hicieron para ver llover. Nosotros
también estuvimos contemplando los goterones de lluvia, que caían a plomo sobre
el cemento, la tierra y las aguas del Jurdano. Después de bastantes minutos de
espera, subimos hasta el lugar en el que habíamos aparcado el coche para darnos
cuenta de que habíamos perdido un móvil, nos habíamos perdido en las Hurdes y,
además, acabábamos de perder las llaves de mi vehículo.
- En este bolsillo no están. En este otro no
las he guardado.
- Búscalas en los bolsillos traseros del
pantalón.
- Tampoco. Se me han debido de caer
mientras comíamos.
Quien no tiene cabeza debe tener piernas. Pepe
se cobijó en un portal, para eludir la furia del chaparrón. Yo hice un nuevo
paseo hasta el restaurante. Bajo la lluvia, que no amainaba, y sin paraguas.
Siempre hay que llevar al menos un paraguas en el maletero de tu vehículo,
aunque sea verano. Yo llevo dos. Pero si has extraviado las llaves, ¿para qué te sirve el
paraguas de emergencia? Las llaves se me habían caído del bolsillo y estaban en
el suelo. Entre el asiento y el cerramiento. Como suele ocurrir cuando te
sientas, sea en los coches, en el cine o en un sofá. Finalmente pudimos volver
a la carretera. Quería llegar a Villanueva de la Sierra, a pocos kilómetros de
Pinofranqueado, y abrazar a mi amigo y colega, mi hermano más bien, Raúl Rubio.
No sé cómo lo hicimos, pero no volvimos ni a perder nada ni a perdernos
nosotros. Parece que Diego se había cansado de embromarnos.
Mas no habían terminado las anécdotas de
nuestro viaje a la Hurdes. Nada más llegar a mi casa, en Badajoz, me acomodé frente al
ordenador para buscar el número telefónico del restaurante El Avión y llamar
preguntando por el móvil de Pepe. Me hallaba realizando esta tarea cuando me
llamaron desde el mismo móvil de Villafaina. Salté en la butaca de oficina sobre la que me siento a escribir mis novelas y todo lo que me viene a la cabeza. Por fin
alguien había escuchado los numerosos mensajes que había ido dejando en el
contestador e Villafaina y me llamaba para decirme que tenía el teléfono. Era un hombre. Por
la voz me pareció de mayor edad que yo. Por las preguntas que me hacía,
bastante desconfiado.
- ¿Dónde ha encontrado usted el teléfono?
le pregunté.
- En mi casa.
- ¡Cómo que lo ha encontrado en su casa! ¿En
qué casa?
- En mi casa de Badajoz.
No pudo aguantar más. Dejó de fingir la
voz, en lo que es un experto. Enseñar a modular la voz es una de sus funciones
como profesor teatral. Finalmente se delató.
- Joaquín, soy Villafaina. El móvil no lo
perdí en las Hurdes. Me lo había dejado en mi casa. Aquí en Badajoz.
- Pero si te llamé a las seis menos cinco
para decirte que ya estaba en el punto de encuentro que habíamos convenido.
- Sí. Hablamos por teléfono. Pero después
de hablar lo olvidé en casa.
- La madre que te parió, Pepe. Dos días
dando vueltas por las Hurdes buscando tu teléfono y lo tenías en tu casa de Badajoz. La
madre que te parió.