martes, 25 de abril de 2017

El Altozano de Barcarrota

José Joaquín Rodríguez Lara


El Altozano guarda aún el aroma de las jeringas enhebradas en los juncos, la algarabía de los juegos -el triángulo, la bilarda, la roli, los platillos (nate, zate y colate), los chinches, los bolindres ("Polvorones, Risqueño, polvorones"), las siete y media...-, la voz del vino corriendo de vaso en vaso tras el portalón de El Chupito, la brisa marina del bacalao guillotinado en el comercio de ¿Cuatroojos?, las estremecedoras serenatas, en completa soledad y casi ciegas, de Camilo mientras balanceaba el torso sentado en el umbral de los Sánchez, los gurugú de los pavos de Calvino persiguiendo bichillos por el suelo, la alta letanía de los bachilleres pastoreados por Enrique bajo la superior supervisión de don Hilario, y la fuente, siempre la fuente del Altozano, reina coronada de cántaros y cañas amarillas, midiendo el curso de la vida con su eterno reloj de agua.

 

Si yo, en este momento, ahora mismo, pudiese recuperar aquellas palabras, aquel gesto, aquella mirada y, sobre todo, aquel silencio que me abrasó los labios con el hierro candente de tu nombre...


Te hablé con los ojos mientras te ibas, pero hay tantas cosas que nunca te dije, tantas, que necesitaría otra vida para sacarlas de mí. 


Si pudiera seguir amamantándome en los cuatro caños de la fuente, jugar en los cuatro rincones de la plaza, hacer equilibrios sobre las cuatro barandillas de hierro pulido por las caricias...  Si aún estuviéramos allí...


Inolvidable Altozano de mis ausencias, corazón de mis días, relicario de mi memoria.


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