lunes, 17 de agosto de 2026

 La churrería de mi pueblo


José Joaquín Rodríguez Lara


Lo mismo que le ocurre a usted, y a la mayoría de las personas que conoce, yo he comido jeringas de churrerías muy diversas. Antes de que se acuñaran términos como churros y porras, en mi pueblo, Barcarrota (Unión Europea), toda la población llamábamos jeringas a lo que los doctos inmortales de la Real Academia Española de la Lengua se empeñan en nombrar tejeringos. 

    Jeringa es el término que me parece más correcto para nombrar a estos populares frutos de sartén. Y tengo razones varias para opinar así. 

   En primer lugar, las jeringas se hacen con una jeringa, ya sea esta manual y artesana, es decir, sobaquera, o eléctrica e impersonal. La masa del tejeringo sale siempre de una jeringa.

   En segundo término, la palabra jeringa es la más perecida al académico tejeringo.

    Y en tercer orden, cambiar el idioma para nombrar a lo que ya tiene nombre y cuenta con una honda tradición me parece un actitud desdeñosa propia de personas pretenciosas, afectadas y embargadas por complejos de inferioridad. Dixit.

    Cuando yo era un muchacho, que ciertamente lo fui y disfruté siéndolo, en Barcarrota había muchas churrerías. Estaban distribuidas por los diferentes cuarteles del callejero local. Las había en la Plaza del Altozano, al amparo de un árbol, bajo el arco superviviente al cerramiento porticado de la Plaza de España, junto a la Plaza de los Corredores, donde se crio y moceó el padre del campeón Alberto Contador, en el Muelle... Incluso se vendían jeringas de forma ambulante por las calles. Eran churrerías muy modestas. Algunas se reducían a un caldero, una hornilla, el baño para tener la masa protegida con un paño blanco y una tapadera de tablas así como, por supuesto, el montón de leña, de encina a poder ser, para calentar el aceite. 

    Ya no hay tantas churrerías como había. Ni en Barcarrota ni en sitio alguno. Eso sí, en mi pueblo hay una que destaca sobre las que hubo, hay y seguramente habrá. Está situada en la antigua travesía de la carretera de Huelva, en la salida hacia Badajoz, en instalaciones que fueron de la desaparecida fábrica de la harina. El local, enmarcado en ladrillo visto, tiene la elegancia y la belleza de la sencillez. Es muy amplio para ser una churrería. Además de jeringas ofrece todo tipo de tostadas, cafés, infusiones y zumos. Incluso da cabida a los niños pequeños. Es un lugar muy agradable para desayunar; a pie de barra, sentado a alguna de las muchas mesas que hay en el interior del establecimiento o en los veladores que ocupan la terraza exterior, protegida por una verja de forja que la separa de la carretera.

    Me gusta la churrería de mi pueblo. Me gusta mucho. Tenía ganas de decírselo a Maribel, que fríe las jeringas, ella las llama porras, y coordina el funcionamiento del equipo churrero con sonrisas y buen criterio. Dicho está. Maribel no es un miembro de mi familia; tampoco es amiga o vecina mía. Es una persona a la que he visto trabajar y me convence su aptitud. El día que empiece a llamar jeringas a las jeringas, como se hacía en la Barcarrota de mi adolescencia, no habrá quien la detenga.

    La próxima vez que pase usted por Barcarrota y quiera desayunar, no lo dude: busque esta churrería. Es muy fácil encontrarla. Se llama El Bocata, pero no se  lo tenga en cuenta. Un borrón lo echa el mejor de los escribanos. Y quien sabe si algún día no se llamará La Jeringa o El Tejeringo. En esta churrería, el nombre es lo de menos. En realidad, casi nadie la busca por su nombre, sino por las hechuras de sus instalaciones, la calidad de su carta y el buen servicio de su personal. Muchas gracias, Maribel.