domingo, 26 de mayo de 2013
viernes, 24 de mayo de 2013
- Desconfíe de quien inicia un discurso diciendo: voy a ser breve.
Primero, porque se puede decir lo mismo con tres letras menos
y la mitad de palabras: seré breve.
Segundo, porque al anunciar brevedad
está alargando innecesariamemte su intervención.
Y tercero, porque excusatio non petita, accusatio manifesta.
jueves, 23 de mayo de 2013
Extremadura, caminos de perdición
José Joaquín Rodríguez Lara
Extremadura es una región en marcha. Cada día tiene más caminantes. Prácticamente no hay localidad extremeña en la que no se organice alguna caminata, alguna ruta o visita guiada por esos campos extremeños de la soledad y de la incuria.
A las marchas ya no se les llama excursiones, aunque se parecen mucho a las excursiones de toda la vida, con zapatos cómodos, ropa ligera, gorrita, mochila, garrote de apoyo y bocadillo. Eso sí, últimamente las botellas de agua han sustituido a las cantimploras, que han pasado a ser prendas de museo etnográfico. Tan de museo que alguien debería organizar una marcha, una ruta, una gira, o aunque tan solo fuese una caminata, con cantimploras. Más que nada, para reivindicar la permanencia en el indumento de los andariegos de la caramañola o caramayola, como la llaman en Argentina, Bolivia, Chile y Paraguay. La Real Academia Española de la Lengua dixit.
Con la floración de los caminantes se han multiplicado los senderos con denominación de origen, así como los carteles de madera rústica y los brochazos paralelos de pintura que los anuncian: 'Ruta de los Molinos', 'Ruta de los Castaños', 'Ruta Imperial de Carlos V', 'Ruta del Rey Jayón', 'Ruta de los Contrabandistas', de cafe, 'Ruta con Alberto Contador', en Barcarrota, 'Ruta de los Pilones', 'Ruta de los Dólmenes'... Hay muchísimas más, pero es solo un ejemplo de la amplísima oferta rutera con la que cuenta Extremadura, que se puede recorrer de punta a punta y de cabo a rabo a pie, a caballo, en bicicleta, en motocicleta o en el quad nuestro de cada día.
La afición a recorrer los caminos públicos, a señalizarlos y a promoverlos como escapatoria a la rutina es inversamente proporcional al interés que ponen las administraciones públicas en su conservación. La gran mayoría de las trochas, veredas, caminos de herradura, carriles y hasta parte de los cordeles y cañadas reales son ya simples indicios en los campos extremeños. Muchas de las vías que esta tierra utilizó para comunicarse, para el traslado de ganados, de frutos, de personas y de otras vasijas, las puertas por las que entraron y salieron, la lengua, la gastronomía, las devociones y hasta parte de la flora y de la fauna, están actualmente cubiertas de zarzales, colonizadas por jaras, hogarzos, piornos, majuelos, galaperos, escobas, retamas, piruétanos y hasta por plantas de gran porte como encinas, robles y alcornoques. Hay puntos que no se pueden atravesar ni siquiera a pie, porque las piedras de los cercados han caído al camino y lo obstruyen, o porque el dueño de la cerca ha incorporado la vía pública a sus propiedades con la simple colocación de una cancilla, de un mallazo o de una alambrada, cuando no lo hace aprovechando la fiereza del matorral. Hay puentes de piedra y de ladrillo abandonados sobre los torrentes, como sortijas caídas del dedo anular, porque, allí donde un día hubo un camino abierto al paso de las palabras, ahora solo hay tréboles, viboreras, leche de pájaro, pan de lagarto y otras yerbas.

Arroyo de la Luz: camino prácticamente intransitable
por las piedras caídas de los cerramientos de las fincas.
(Imagen publicada por el blog 'Óscar y Lola en bicicleta'.)
Durante las últimas décadas, con la urbanización creciente de España han ganado algunos urbanitas, pero el campo extremeño ha perdido mucho; y no es uno de los retrocesos menos significativos la pérdida de sus caminos, que se difuminan en el paisaje a pasos agigantados. Muchísimos alcaldes son o se han convertido en personal de oficina y se comportan como regidores del núcleo urbano, pero no del término municipal que rodea a su población. Les preocupa la pavimentación de las calles y de las plazas, la creación de centros culturales y de ocio, la dotación de infraestructuras de servicio y la mejora de las carreteras, pero no prestan el mismo interés y hasta se desentienden de los caminos, como si esas vías, que son de todos, no fuesen parte esencial del pasado, del presente y del futuro de sus municipios.
Es raro el pueblo extremeño en el que hay más industriales y artesanos que personas dedicadas a la agricultura y a la ganadería. Pues a pesar de ello, son muchos los ayuntamientos que se han preocupado de tener un polígono industrial, aunque sea pequeñito, o al menos un semillero de empresa. Pero son muchos más los que les han dado la espalda a sus agricultores y ganaderos despreocupándose de los caminos, que son los viales de acceso al 99,999 por ciento de las empresas extremeñas: las explotaciones agrarias. El principal polígono empresarial de Extremadura se llama campo, c-a-m-p-o; no tiene farolas, ni casi red eléctrica, carece de gasolinera, de cafetería, de vigilancia, de aparcamientos señalizados y de viales por los que pueda pasar no ya un camión o una simple furgoneta, sino ni siquiera esa motocicleta descendiente de aquellas recuas de acémilas que hace siglos abrieron los pasos a golpe de afanes arrieros.
El campo, el mayor polígono empresarial de Extremadura, no es ni puede ser un simple lugar de esparcimiento para moteros y otros excursionistas; el campo es un ámbito de producción y no está ajeno a la competitividad creciente que se les exige a todas las empresas. Si a una explotación agraria no puede llegar un camión cargado de semillas o de pienso, si no puede salir cargado de lechones o de corcha, si no pasa un tractor arrastrando una empacadora, los costes de esa explotación serán más elevados, su competitividad menor y la generación de empleo tampoco estará a la altura de lo que debería.
El estado de los caminos es especialmente infame en algunos términos municipales en los que la orografía es accidentada, pero lo quebrado del terreno no impide, sin embargo, diseñar proyectos para coronar las crestas rocosas con parques de aerogeneradores, aunque para ello será necesario abrir pistas que salten por encima de los riscos, vías tan despejadas, anchas y confortables que hasta podrán transitar por ellas camiones de gran tonelaje cargados con las enormes aspas de los molinos.
Es verdad que en Extremadura hay propietarios de fincas rústicas que rechazan cualquier alteración de los límites de sus propiedades, aunque no las exploten, pero ni la incomprensión, ni la desidia, ni tampoco la cerrazón de unos pocos debiera impedir que se haga lo que es beneficioso para todos, incluidos quienes lo rechazan.
¿No se merece el campo extremeño que, al menos en el apartado de los accesos, se le trate como lo que es, un sector económico de capital importancia para el desarrollo de la región? ¿No sería posible adecuar el estado de tantos caminos intransitables a las necesidades actuales de las explotaciones agrarias y generar empleo directo e indirecto con esas obras? ¿Recuperando, ensanchando y mejorando los viejos caminos interiores, no se contribuiría a estrechar y restañar esos otros viales, casi tan viejos como ellos, que van a todas partes y no vuelven de casi ninguna, esos caminos de perdición por los que Extremadura continúa desangrándose en su secular hemorragia migratoria?
por las piedras caídas de los cerramientos de las fincas.
(Imagen publicada por el blog 'Óscar y Lola en bicicleta'.)
Es verdad que en Extremadura hay propietarios de fincas rústicas que rechazan cualquier alteración de los límites de sus propiedades, aunque no las exploten, pero ni la incomprensión, ni la desidia, ni tampoco la cerrazón de unos pocos debiera impedir que se haga lo que es beneficioso para todos, incluidos quienes lo rechazan.
- En el lenguaje político, lo que se niega es posible
y lo que no se descarta, casi seguro.
- Ninguna persona es tan joven como cree
ni tampoco tan vieja como las demás suponen.
martes, 21 de mayo de 2013
Que 30 años lo es todo
José Joaquín Rodríguez Lara
Hubo un tiempo en el que Extremadura era una sandía partida por la mitad: verde por fuera, roja en el fondo y llena de lágrimas amargas como pepitas de carbón. Y entre las dos mitades lanzaba destellos la hoja del cuchillo que separaba a Cáceres de Badajoz. Al norte del filo, tanto para lo militar como para lo civil, la sanidad, la educación, la política, lo profesional y lo que no tiene precio, la mitad cacereña dependía de Salamanca y de Madrid. Al sur de la hoja afilada, la mitad badajocense, para las mismas cosas, dependía de Sevilla.
Si a muchos extremeños les duele aún que el santuario de la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura, y la Puebla en la que se asienta, así como un amplio ramillete de localidades del Nordeste de la región, dependa de la archidiócesis de Toledo, en lugar de hacerlo de una diócesis extremeña, cualquiera puede imaginar lo que le dolía a los extremeños de corazón aquella extremadura descuartizada que para nada dependía de sí misma.

Cáceres y Badajoz al inicio de los años 80.
(Imagen bajada de Internet)
Estaba Extremadura abierta en canal sobre la mesa de España, sin ser consciente de que entre todos la habían partido por la mitad para comérsela a bocados, y sin sacar fuerzas, ni ganas, ni ilusión para arrancarse el cuchillo de la barriga, atravesárselo entre los dientes y empezar a sentir y a respirar como una región, no como dos provincias engañadas por un mapa.
La situación comenzó a remediarse en el año 1983, con la aprobación, en febrero, del primer Estatuto de Autonomía, la celebración de elecciones autonómicas, la constitución de la primera Asamblea de Extremadura, el día 21 de mayo, y la elección del primer presidente de un gobierno regional extremeño. Fue como si la sandía comenzase a rodar y con cada vuelta cicatrizase un poco la cuchillada.
Treinta años después, la Extremadura hemisférica es una verdadera región. Ha cambiado muchísimo, ha mejorado bastante, todavía arrastra algunos de los problemas que tenía entonces, especialmente el paro, y han surgido otros nuevos, pero Extremadura ha dejado de ser dos mitades para ser un todo.
La mayor parte del mérito corresponde sin duda a la ciudadanía extremeña, algunos periodistas también hemos puesto lo nuestro, tampoco han faltado políticos con visión de futuro y partidos con vocación de unidad que han contribuido a hacer de Cáceres y de Badajoz una región, pero la aportación mayor la han realizado sin duda las instituciones surgidas al amparo del Estatuto de Autonomía: la Asamblea y la Junta de Extremadura.

Sede del Parlamento extremeño, en Mérida.
(Imagen bajada de Internet)
El Parlamento extremeño se ha convertido en la sede del debate político regional y el Gobierno de Extremadura, desde Ibarra hasta Monago, pasando por Vara, en el punto de referencia hacia el que convergen todas las miradas. Si hace 30 años Cáceres miraba hacia Madrid y Badajoz hacia Sevilla, hoy, desde todas partes de Extremadura se mira hacia Mérida, hacia la capital regional que surgió del antagonismo provinciano por decisión salomónica de los parlamentarios que redactaron el primer proyecto de estatuto de autonomía de Extremadura.
Ese punto de referencia se puso de manifiesto durante el acto de conmemoración de los 30 años de autonomía. El exdiputado por IU Agustín Real que, por haber sido parlamentario, había sido invitado a la celebración y tenía acceso libre al hemiciclo, abandonó su localidad y se dirigió a la tribuna, en la que estaba hablando el presidente José Antonio Monago. Entre aspavientos, el exdiputado iba desparramando falsos billetes mientras decía "bla, bla, bla". En otra época, estando en la sala Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno de España, que presidía el acto, cualquier autor de semejante actuación le habría lanzado los billetes a la propia vicepresidenta del Gabinete de Rajoy, pero esta vez al exdiputado le parecío más apetecible apuntarse su 'minuto de gloria' a costa del presidente del Gobierno de Extremadura. Lógicamente, el espontáneo fue desalojado del hemiciclo con mucho más respeto y consideración que el mostrado por él ante sus colegas, excompañeros y correligionarios. Hay señorías que, más que haberse despojado del señorío, parecen haber perdido el oremus.
Mi profesión como periodista destinado en Mérida me ha permitido vivir en primerísimo primer plano muchos de los hechos en los que se asienta el nacimiento de la región extremeña. Llegué a Mérida el 11 de enero del año 1982, cuando en la antigua capital de Lusitania tan sólo ejercían el periodismo en medios de información general Miguel Manzano, Fernando Delgado y Felipe Rodríguez; y ninguno de los tres lo tenía como actividad no ya única, sino ni siquiera principal. Ángel Briz realizaba tareas informativas para el Ayuntamiento emeritense. A los pocos días de mi llegada se incorporó el periodista cacereño Raúl Rubio y más tarde se sumaron Carmen Acevedo, José López Aroca y el malogrado Fernando Hernández. Desde entonces, el número de periodistas que trabajan en Mérida no ha dejado de crecer.
Más de 30 años -30-, depués de haber visto, fotografiado y contado cómo se aparejaba con urgencia el salón de actos del parador emeritense Vía de la Plata y se constituía el primer y único parlamento extremeño preautonómico, que tuvo como presidente al socialista Pablo Castellanos, justo 30 años después de haber estado en la constitución de la primera Asamblea de Extremadura, en el emeritense salón de actos de la casa de la cultura, y cuando pronto se cumplirán los 30 años desde que fotografié los restos de las monjas enterradas en la cripta de lo que iba a ser el primer asentamiento propio del Parlamento extremeño, afirmo sin la menor duda que Extremadura ha ganado mucho con la autonomía y que no es la menor de esas ganancias el haberse convertido en una región lo que eran dos provincias separadas por un cuchillo.
Dice el tango que 20 años no es nada; así será, si lo canta Gardel, pero para Extremadura, 30 años lo han sido todo y apenas si son una pizca de lo que puede deparar el porvenir.

(Imagen bajada de Internet)

(Imagen bajada de Internet)
sábado, 18 de mayo de 2013
- No conviene que los banqueros pasen demasiado tiempo en la cárcel,
pues se corre el riesgo de que les enseñen sus malas artes a los raterillos.
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