jueves, 24 de junio de 2021
- En el corazón brotan palabras
miércoles, 23 de junio de 2021
El vacío
José Joaquín Rodríguez Lara
Envidio al viento, que se cuela por las rendijas
para calentarse en el nido de tu casa.
Envidio a la luz del sol, que se abre paso en los cristales
y besa el suelo de sus estancias.
Envidio a la lluvia, que con sus lágrimas
acaricia las mejillas de la fachada.
Y envidio a quien camina por tu calle y te oye; y a quien te ve;
a quien te saluda y le respondes sin que se trastoquen su pasos.
A quien pasa ante tu casa y no se le van los ojos a tu puerta y a tus ventanas,
le envidio.
A quien te tiene cerca y no te siente y a quien no te extraña aunque lejos te tenga,
también les envidio.
Hasta a la envidia, dueña del vacío que me distancia de ti,
la envidio; con toda mi ausencia, la envidio.
(De mi poemario 'Poemas sin libreto')
viernes, 23 de abril de 2021
La voz del olvido
¿En qué instante se hizo infinito tu nombre?
¿Quién le puso corazón y labios y ojos al silencio?
¿Cómo olvidarte si hasta el olvido me habla de ti?
(De mi poemario 'Poemas sin libreto')
domingo, 28 de marzo de 2021
Respetar la fe
José Joaquín Rodríguez Lara
Millones de personas está convencidas de que dios -su dios- creó a los seres humanos. Es una cuestión de fe. Ninguna prueba irrefutable avala esa suposición. La ciencia, es decir, el pensamiento racional, no ha podido demostrarlo hasta ahora -tampoco lo contrario- y estoy convencido de que nunca podrá demostrar ni una cosa ni la otra.
Por el contrario, hay más que sospechas de que fueron los seres humanos quienes crearon a dios -a cada uno de los dioses respectivos- colocándole en el punto central de un sistema de creencias al que llamamos religión.
La religión, todas y cualquiera de ellas, es una estrategia de los seres humanos para paliar su fragilidad, para diluir sus miedos, para pautar su comportamiento y, en definitiva, para encontrarle un sentido a sus vidas. La religión, la fe, es una de las ruedas que mueven el mundo. Y no es ni la más egoísta, ni la menos útil, ni tampoco la más perniciosa.
Así que la religión, todas, y sus oficiantes y fieles, mientras no infrinjan las leyes civiles, que deben estar siempre por encima de las religiosas, merecen el mayor de los respetos en cualquier situación.
Quienes se enfrentan a las creencias y a los actos religiosos de forma obscena, ofensiva, violenta o irracional, no son personas ateas, agnósticas, descreídas o demoniacas; son seres fanáticos que luchan contra una religión que abominan para imponer la suya que, aunque carezca de templos, de estatuas y de ropajes es otro proyecto de religión. La mayoría de las veces más perniciosa y abominable que la que pretenden abolir.
martes, 23 de marzo de 2021
Barrotes en la piel
José Joaquín Rodríguez Lara
Es nuestra primera patria. Y también la última. La frontera. Todo lo demás son ropajes, disfraces, camuflajes ridículos. Como este cartón. Fue pliego de papel, tuvo cuerpo, nombre y sombra antes de que mis uñas lo convirtieran en un erial para que yo mismo lo siembre de palabras con la lengua humedecida del carboncillo.
Escribir es arar, es sepultar el pensamiento,
cuando no la vida entera, con la esperanza de que fructifique y con la certeza
de que el fruto jamás alcanzará el volumen deseado. Son tantas las ocasiones en
las que la cosecha palidece ante la semilla.
Pero, a pesar de todo, aquí sigo, escribiendo, cual lombriz que horada
el fango; como hormiguilla que ilumina la ceguera del barro; todo lo más, lo
mismo que un viejo minero demente empeñado en esconder piedras preciosas en las
venas vacías del filón. A la luz del pitillo, a golpes del lapicero, mientras
el postrero aliento de la última mariposa de humo alza el vuelo y se disuelve
en el sopicaldo de mis cuatro paredes.
Todo me huele a tabaco. Todo. Hasta la luz. No sólo el folio
que una vez fue cajetilla y ahora sólo es pergamino, vitela, piel estirada para
regar con sangre los surcos de la vida. De mi vida. Una vida que no es gran
cosa, ya lo sé. Pero es la que tengo; lo que me queda. Casi menos que a la
cajetilla despanzurrada que, desde hace ya no sé cuanto tiempo, uso como
cuaderno, hoja a hoja, pitillo a pitillo, calada a calada.
Me queda la piel, llena de borrones, es verdad, pero cerrada
aún; una talega con su moño y su galón de cierre. Es mi patria. Vivo dentro de
sus fronteras. Preso en ella y condenado a muerte desde que nací, me asomo a la
reja del folio, con las manos aferradas a los barrotes del renglón, para
imaginar el vuelo sonámbulo de las mariposas.
domingo, 21 de marzo de 2021
martes, 16 de febrero de 2021
En la muerte de un poeta
José Joaquín Rodríguez Lara
Ha fallecido Alberto Oliart Saussol. Emeritense, político de inspiración democristiana, durante la Transición ocupó varias carteras ministeriales en los gobiernos de Adolfo Suárez. Por aquel tiempo, le hice una amplia entrevista. Años después, le rescataron -sin gran fortuna- para que resucitara la Radio y Televisión Española. Las pertinentes notas necrológicas darán cuenta con detenimiento de su trayectoria política al servicio de España. Como aportación traigo a este escenario algo de lo que creo que no se hablará en esos obituarios: del Alberto Oliart poeta. Hace años, rebuscando en una librería de viejo, el purgatorio de los libros, encontré un ejemplar de 'Olalla', Revista de Poesía. La publicación, dirigida por el poeta Félix Valverde Grimaldi, está fechada en mayo del año 1957, cuando yo todavía gastaba picos (vulgo, pañales), editada en Mérida e impresa con una tipografía tan nítida que sus textos casi pueden leerse con los ojos cerrados, al tacto. Entre esas páginas encontré algo que no esperaba: un soneto firmado por Alberto Oliart Saussol. Este es el poema:
ERA EL AMOR...
Era el amor batalla luminosa
que llevaba a la cumbre de la vida.
¡Cumbre de vientos! ¡Libertad subida!
Pura ascensión del trigo y de la rosa.
Nada digais. (sic) Dejad que cada cosa
tenga la gloria de su luz cumplida.
¿Que (sic) palabra de amor yace dormida
si, fuente el alba, canta rumorosa?
Nada digáis. Dejad que los amantes
se alejen por los campos olvidados.
Callad. ¡Cantan encima de sus muertos!
Ojos abiertos, bocas anhelantes...
¡Amad! ¡Amad!. (sic) que pronto derribados
no seréis más que muertos entre muertos.
Los versos de aquel poeta, luego ministro, compartían revista con poemas de autores tan reconocidos como Jesús Delgado Valhondo y Manuel Pacheco. Como bien dejó escrito Alberto Oliart, no seremos "más que muertos entre muertos", aunque las librerías de viejo nos arropen con su polvo.